Un día como hoy pero de 1975 se consumaba la derrota militar de Estados Unidos en Vietnam. Salvo la bomba atómica, Washington atacó a ese país con todas sus armas, incluyendo las bacteriológicas y el napalm y apelando también a las matanzas indiscriminadas de civiles, como ocurriera en la aldea de My Lai en 1968, donde masacraron a unos quinientos hombres, mujeres y niños, todos desarmados. Lo destrozó materialmente, pero el espíritu de los patriotas vietnamitas quedó intacto, lo que a la postre los condujo a la victoria. Una agresión hecha ante la indiferencia, cuando no abierta complicidad, de casi todos los gobiernos europeos y la gran mayoría de los latinoamericanos, como ocurre en estos días con los crímenes que continúa perpetrando Estados Unidos con sus políticas de bloqueos, sanciones económicas, ataques mercenarios y guerras híbridas contra gobiernos rebeldes. El sufrido en el país asiático fue un revés bochornoso para el imperio, pero a un costo exorbitante para Vietnam: más de tres millones de muertos a causa de once años de ataques ininterrumpidos y la devastación de gran parte de su territorio. El líder del “mundo libre” arrojó sobre ese país asiático (con una superficie equivalente las provincias argentinas de Córdoba y Salta reunidas) unos14 millones de toneladas de bombas, 10 veces más que las lanzadas durante la Segunda Guerra Mundial sobre toda Europa. Pero no sólo eso: también roció este territorio con 70 millones de litros del “agente naranja”, un letal herbicida fabricado por la ex Monsanto, hoy Bayer. Los expertos calculan que la vegetación tardará más o menos otro medio siglo en recomponerse de la masiva defoliación producida por aquel veneno.

La guerra fue iniciada por el presidente demócrata Lyndon Johnson en 1964 e impulsado hasta el paroxismo por un delincuente de marca mayor, el republicano Richard Nixon –quien por serlo fue destituido de su cargo- y su tenebroso consigliere, insólitamente galardonado como Premio Nobel de la Paz, Henry Kissinger. Si algo faltara para demostrar la identidad entre demócratas y republicanos, cosa que hemos visto decenas de veces en Latinoamérica, el caso del Vietnam aportaría una evidencia irrefutable. En sus recuerdos del día en que se producía la debacle Kissinger escribió en el semanario ‘Newsweek’: “El presidente y yo (en ese momento era Gerald Ford) nos habíamos convertido en espectadores de un drama sobre el que nada podíamos hacer, paralizados entre un dolor imposible de evitar y un futuro que todavía no estábamos en condiciones de encauzar.” Palabras mentirosas, que trasuntaban la desazón no por el drama ocasionado a los vietnamitas sino por el histórico descalabro de la principal fuerza militar del planeta, hundida en la ignominia por un rival más débil en lo que a equipamiento y armamentos se refiere pero infinitamente más poderoso desde el punto de vista moral. Además, si alguien no puede decir que fue “espectador” de esa tragedia es Kissinger, el estratega político y diplomático de la guerra. Una guerra perdida pese a la cual Washington no ha querido ni siquiera oír hablar de reparaciones de guerra, para resarcir a Vietnam de los inmensos daños humanos y materiales ocasionados. Mucho menos pedir perdón el daño causado. No lo hicieron aún con Japón, pese a las dos bombas atómicas, y claramente lo dejó planteado Barack Obama también para Vietnam, poco después de recibir su inmerecido premio Nobel de la Paz. ¡Y pese a ello Washington se autoproclama como el campeón de la justicia, la libertad y los derechos humanos!