Publicada en Página/12
El irreversible proceso de declinación de la hegemonía global del imperio estadounidense no es tan solo una cuestión económica o tecnológica. Semejante reduccionismo impediría calibrar en toda su magnitud las múltiples dimensiones de este lento pero inexorable ocaso. Es también una cuestión militar: la imposibilidad de ganar guerras, continuamente resaltada por los analistas de ese país y ratificada en estos días por el revés experimentado por Washington (y sus compinches en Tel Aviv) en la guerra contra Irán.
Y es también moral porque las sociedades, no sólo la estadounidense sino en general las del Occidente colectivo, parecen haber sido anestesiadas para no tener compasión alguna por las víctimas de la brutalidad desatada por el genocidio, la limpieza étnica y el robo de territorios ajenos practicados por el régimen neofascista israelí, con sus indiscriminados ataques contra poblaciones civiles indefensas; o por los brutales ataques que Estados Unidos e Israel lanzaron en contra de la población y la selectiva aniquilación de la dirigencia religiosa y política iraní; o por el bombardeo norteamericano en contra de una Caracas indefensa y el posterior secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela Nicolás Maduro y la diputada Cilia Flores. Hechos aberrantes, propios de figuras monstruosas como Adolf Hitler, que en su tiempo suscitaban una condena cuasi universal y que hoy son “normalizados” y aceptados con indiferencia por la población por obra de la canalla mediática, el reinado de los algoritmos y los dispositivos de control cognitivo y volitivo que las clases dominantes tienen a su disposición para someter a los pueblos y consolidar su supremacía.
Entre los muchos países que las sufrieron se encuentran Venezuela, sobre todo a partir del 2015, y Cuba,ininterrumpidamente desde 1960, cuando la administración Eisenhower comenzó a imponer las primeras sanciones en contra de la Revolución Cubana. La criminal intensificación del bloqueo decretada por Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, ha llevado las cosas a un extremo sin precedentes. En vano la abrumadora mayoría de los países miembros de la ONU han venido solicitando por décadas al gobierno de Estados Unidos poner fin al bloqueo (que los publicistas del imperio tratan de endulzar hablando de “embargo” y no de bloqueo).
El imperio, cuya brutalidad crece a medida que avanza su declinación, ha hecho caso omiso de estas demandas y ha seguido infligiendo un “castigo colectivo” al pueblo cubano, provocando muertes y terribles padecimientos, sobre todo a quienes necesitan atención médica. Esto aparte del castigo que significa la política del bloqueo en lo relativo al abastecimiento petrolero para la vida cotidiana de toda la población: larguísimos cortes de energía eléctrica, obstáculos a la movilidad, desabastecimiento de bienes esenciales, parálisis en las instituciones, desde escuelas y universidades hasta hospitales públicos.
En lo estrictamente médico, hay que recordar que Cuba, que se encontraba a la cabeza de los países con menor tasa de mortalidad infantil en el mundo, experimentó un aumento de un 148% entre 2018 y 2025, pasando de 4.0 por mil nacidos vivos a 9.9, según un estudio difundido por el Center for Economic and Policy Research de Washington. Este salto significa que aproximadamente 1.800 niños cubanos han muerto a causa del bloqueo, cifra que se empequeñece cuando se le añaden las muertes ocasionadas en pacientes que no pueden acceder a sus medicamentos oncológicos o a drogas para el tratamiento de la diabetes y muchas otras enfermedades crónicas.
En suma, la política de Washington es un crimen de guerra y sus responsables deberían ser enjuiciados como se hizo en los juicios de Nuremberg, después de la derrota del nazismo, con los jerarcas del régimen responsables del genocidio de los judíos. Hoy tenemos otro en marcha —en Gaza, Cisjordania, sur del Líbano— que, sin embargo, no provoca la indignación y el repudio que se suscitara en aquel momento y, para colmo, nos encontramos con una sociedad anestesiada en su capacidad de pensar críticamente y reaccionar contra ese verdadero asesinato en masa que produce la política de sanciones estadounidenses a Cuba, a Venezuela y a numerosos países de todo el mundo.
Esta tácita naturalización del bloqueo es uno de los grandes triunfos del “soft power” imperial.De ahí la urgencia de librar la “guerra de pensamiento”, como decía Martí, y que nos urgía a que la ganásemos “a fuerza de pensamiento”. Esto implica combatir con todas nuestras fuerzas contra el sentido común dominante y los actores que, como Poncio Pilatos, se lavan las manos y se desentienden de esta tragedia, sobre los apáticos y los que hacen un culto de la despolitización y del repliegue sobre los intereses egoístas. En su putrefacción, el imperio ha envilecido a las sociedades del Occidente colectivo, fomentando el egoísmo y tornándolas insensibles ante el dolor de sus semejantes. Vienen al caso las palabras que un joven Gramsci plasmara en su artículo titulado“Odio a los indiferentes”. Allí decía, entre otras cosas, que “la indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello que no se puede contar.” O, añadimos nosotros, lo que se puede pero no se quiere contar porque el espacio mediático está dominado por el enemigo, empeñado en encubrir los crímenes del sistema. Y seguía Gramsci diciendo que “vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.” Gramsci recoge en ese pequeño artículo el legado humanista que Dante Alighieri dejara estampado en La Divina Comedia cuando sentenció que el “círculo más horrendo del infierno lo había reservado Dios para quienes en tiempos de crisis moral habían optado por la neutralidad”.











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