Hoy recibí una muy triste noticia: falleció en México Óscar Cuéllar Saavedra. Estoy profundamente afectado por la noticia porque se fue una persona admirable, amigo ejemplar y un enorme compañero intelectual. Óscar fue el primero que cuando llegué a Chile, en aquellos lejanos días de enero de 1967, me brindó toda su cálida hospitalidad y me ayudó a entender lo que era ese país, su gente, su historia, sus luchas.  Lo que podía ser su futuro. Tuve la suerte de conocerlo gracias a que, al igual que yo, había sido admitido para cursar una Maestría en Ciencia Política en la FLACSO de Santiago. Ni bien nos conocimos hubo un torrente de simpatía mutua que nos acompañaría durante toda la vida. Generoso, solidario, desprendido como pocos, me introdujo en el denso mundo cultural del comunismo chileno en el cual sobresalía la fulgurante presencia de Pablo Neruda pero bajo cuyo manto protector se agrupaban numerosos intelectuales, periodistas, historiadores, artistas y también algunos jóvenes músicos que, poco después, irrumpirían con fuerza en extraordinarios conjuntos como Quilapayún e Inti Illimani.

 

Óscar no sólo me enriqueció con su amistad, facilitando mi asimilación a un país por mí desconocido y al cual llegaba con mi familia y dos niños muy pequeños; también lo hizo al convertirse en mi irreemplazable alter ego intelectual. El permanente diálogo con él fue decisivo para dar inicio al proceso de “latinoamericanizar” mi pensamiento, encerrado como estaba en el parroquialismo de una Argentina encandilada por Europa y que vivía de espaldas a su continente. Si bien encontré en la FLACSO un grupo notable de jóvenes latinoamericanos y caribeños la persona con la cual discutía los grandes temas del momento era Óscar. Muchas eran las cuestiones que agitaban el clima intelectual de Chile, que palpitaba las vísperas de un gran acontecimiento histórico que se concretaría en 1970 con la llegada de la Unidad Popular al gobierno. Los temas eran casi infinitos:  alcances y límites de las teorías de la dependencia que cuestionaban la visión del desarrollismo de la CEPAL;  los crímenes perpetrados por el imperialismo en nuestros países y en Vietnam; las vías y el carácter de la revolución latinoamericana; el Mayo francés y el callejón sin salida del marxismo althusseriano; la recuperación de la obra de Antonio Gramsci (que Óscar conocía ampliamente) como componente imprescindible para la recreación del marxismo; las enseñanzas de la derrota de la guerrilla del Che en Bolivia y los obstáculos de una “vía pacífica” al socialismo tal como se insinuaba en Chile; los límites teóricos y epistemológicos de las ciencias sociales “norteamericanas”, hegemónicas en nuestras universidades; las promisorias perspectivas que abría la renovación del pensamiento marxista, superando los esquematismos de los manuales soviéticos; la importancia del retorno a las fuentes de la filosofía política para reinstalar la necesidad de un pensamiento utópico que rompiese con los asfixiantes moldes del saber convencional y lograse convencer a las grandes masas desheredadas de Nuestra América que “otro mundo era posible”. Había también otros temas de conversación, pero los arriba mencionados eran los más importantes y recurrentes.

 

Se comprende mi desazón ante la noticia. Se fue también un compañero de las innumerables marchas y manifestaciones que conmovían las calles y plazas de todo Chile durante los años finales del gobierno democristiano y los primeros de Salvador Allende. Dos acontecimientos imborrables fueron compartidos hombro a hombro con Óscar: uno, el repudio a la visita de Richard Nixon a Chile en Mayo de 1967. Alguien tuvo la mala ocurrencia de invitarlo a visitar a la Escuela de Ciencia Política de la FLACSO pensando que allí encontraría un grupo amigable de jóvenes de toda Latinoamérica y el Caribe. En su lugar se encontró con una veintena de fieras que ni bien ingresó al recinto comenzaron a atacarlo recordándole los crímenes de Estados Unidos en Vietnam, el apoyo a los golpes de estado en Brasil (1964), Argentina (1966), a Stroessner en Paraguay, a Duvallier en Haití, a Somoza en Nicaragua. Le enrostrábamos asimismo la invasión de Playa Girón en Cuba y la más reciente (1965) a República Dominicana. El hombre, sorprendido, visiblemente perturbado y rojo de indignación, tuvo la mala idea de responder con insolencia a una pregunta. Esto provocó una batahola con insultos de todo tipo e intentos de acercarnos para propinarle el puñetazo que bien se merecía ese bribón. Ante este inesperado descalabro el servicio secreto que lo acompañaba optó por alzarlo en vilo e iniciar una ignominiosa huída para depositarlo en el auto de la embajada y ponerlo a salvo de una lluvia de monedas y piedras que los estudiantes lanzaban a modo de amable despedida. Oscar fue uno de los que mejor puntería demostró tener en esa gloriosa escaramuza de las luchas antiimperialistas.

 

El otro acontecimiento que me marcó de modo indeleble fue la apoteósica llegada de Fidel Castro a Santiago el 10 de Noviembre de 1971. En el aeropuerto fue recibido por el presidente Salvador Allende y luego dio comienzo al traslado hacia la residencia del embajador de Cuba en Santiago. El trayecto se hizo en un auto descapotado para que ambos mandatarios, parados en la parte de atrás del vehículo, saludaran a quienes habían acudido a recibirlos que eran centenares de miles. Sabíamos que la caravana pasaría por la Avenida Costanera, muy cercana a la sede de FLACSO, y allí fuimos los estudiantes, y yo con Óscar en medio de una multitud que aplaudía a rabiar y entonaba toda clase de consignas en solidaridad con la Revolución Cubana y de repudio a las agresiones imperialistas contra la isla rebelde. Esperamos un par de horas al rayo del sol y de pronto se divisó a la caravana que avanzaba a marcha lenta precediendo al vehículo presidencial. Este  pasó a escasos tres metros de nosotros y ambos notamos que Fidel fijó un instante su mirada en nuestro grupo, intrigado por saber quiénes eran los gritones que lo recibíamos con tanta alegría. Satisfecha su curiosidad alzó su mano derecha y la dirigió en nuestra dirección, como si nos estuviera saludando personalmente. Ni bien el automóvil  prosiguió su marcha y se fue alejando de nuestro lugar nos abrazamos emocionados con Óscar convencidos de que habíamos sido testigos de un momento histórico. Como Hegel, nos dijimos entre risas, cuando vio a Napoleón desfilar a caballo por las calles de Jena después de destruir al Sacro Imperio Romano Germánico. Si bien la comparación era intencionalmente exagerada, lindando con una humorada sobre todo cuando se la evoca con la mesura que otorga el medio siglo transcurrido desde ese momento, la misma tenía (y tiene) sin embargo un grano de verdad que no se nos escapó a ninguno de los dos: Fidel representaba el inicio de una nueva etapa en la historia de Latinoamérica, como Napoleón lo hizo al poner fin al absolutismo dinástico europeo. No estábamos tan despistados con nuestra comparación.

 

Aparte de charlas interminables nuestra amistad fructificó también en la redacción de un largo artículo escrito “a cuatro manos” y publicado por la Revista Mexicana de Sociología en 1983 (“Apuntes críticos sobre la concepción idealista de la hegemonía”). Allí advertíamos sobre los problemas teóricos resultantes de pensar la cuestión de la hegemonía apelando a un Gramsci irreal, ficticio,  caprichosamente desgajado de su estrecha relación que el italiano mantuvo con el pensamiento y la práctica revolucionaria de Lenin. En esa nota también alertábamos sobre los problemas prácticos latentes en esos planteamientos idealistas, dado que la hegemonía era concebida  como una operación desvinculada de la dominación del capital, y que a nuestro entender rematarían en la exaltación de un seductor neopopulismo pero huérfano por completo de un horizonte anticapitalista, cosa que la historia posterior comprobó de modo irrefutable.

 

Óscar fue un comunista incómodo con los imperativos organizacionales del partido. Su espíritu crítico y su permanente inquietud intelectual suscitaban no pocas críticas en los sectores más ortodoxos.  Pero algo que no estuvo jamás en discusión  fue la convicción de que era un hombre que vivía sus creencias sin fisuras ni dobleces, y que en cada coyuntura crítica de la vida política chilena siempre estuvo en la trinchera correcta. En fin, se me agolpan tantos recuerdos que corro el riesgo de que estas notas no lleguen a tiempo a sus hijas y sus familiares. Los vinos con los cuales regábamos nuestras largas charlas en la casa de la calle Franke, en el barrio de Ñuñoa, ofrecerían material para un pequeño ensayo aparte. Luego de eso, años más tarde, el golpe de Pinochet, el exilio, el re-encuentro en México y el inicio de una nueva vida en ese país, la segunda patria para él y para mí. Hoy Óscar ha partido y el mundo es un poco menos amable y con su ausencia hay una luz menos en medio de tanta oscuridad. Quería como pocos a sus amigos y a su familia, y adoraba a sus hijas, como le consta a todos quienes lo conocimos. Se fue, en fin, un hombre a quien le debo mucho. A lo largo de tantas décadas de amistad no sé si logré equilibrar las cuentas. Creo que sí, al menos en parte, por lo que me tocó y pude hacer, junto con algunos amigos, para viabilizar su salida de Chile durante los primeros trágicos meses de la dictadura. Pero sé que aún cuando nada hubiera hecho su altruismo y benevolencia le habrían  impedido formularme reproche alguno. Así era este amigo que aún a la distancia siguió siendo mi interlocutor intelectual. Pocas veces he escrito algo sin pensar en cuál sería la opinión de Óscar. No será lo mismo ahora que ha partido, pero en mi pensamiento seguirá estando tan presente como antes. ¡Hasta la victoria siempre, querido amigo!