Publicada en Página/12
Al momento de redactar estas líneas y con el 99 por ciento de los votos escrutados, Flávio Bolsonaro se estaba imponiendo al presidente Lula da Silva por un 2 por ciento, pero sin poder superar la barrera del 50 por ciento que lo habría proyectado a la presidencia en la primera vuelta. Hay que recordar que, desde el retorno de la democracia, solo Fernando H. Cardoso pudo hacerlo y en dos ocasiones: en 1990 y en su reelección en 1994. La impresión de los observadores es que la ventaja que ya obtuvo Bolsonaro, si bien se fue acortando a medida que avanzaba el recuento de los votos, luce como irreversible, pero a la vez como insuficiente para evitar los rigores del balotaje.
Por eso la hora de la verdad llegará el domingo 25 de octubre, cuando el electorado brasileño deberá decidir si reelige como presidente a un estadista como Lula o deposita a Brasil en manos de un personaje menos que mediocre (y con muchas causas pendientes con la justicia), pero convenientemente teledirigido desde la Casa Blanca.
No en vano, durante su campaña Lula habló en innumerables ocasiones de un Brasil soberano, de la importancia de la soberanía para garantizar el progreso nacional y el bienestar de su población. En su notable discurso inaugural ante la Asamblea General de la ONU el 22 de septiembre de este año pronunció una frase categórica: “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”. Con esa simple sentencia, Lula pulsó una cuerda muy sensible para la mayoría de los delegados allí presentes, que respaldaron sus palabras con el aplauso más fervoroso del actual período de sesiones de la Asamblea General.
Comprensible y digna de todo apoyo la frase de Lula, porque la de Brasil es una elección que trasciende de lejos el ámbito nacional y se libra en el corazón mismo de la disputa geopolítica en curso. Una elección cuyo resultado no solo determinará el futuro de ese país, sino que, me atrevería a decir, incidirá también en el proceso de reconfiguración multipolar del sistema internacional, toda vez que Bolsonaro ha declarado que, de llegar a la presidencia, propiciaría el abandono de su país del BRICS, emulando la gigantesca estupidez del presidente argentino, un energúmeno vociferante que habita en sus propios delirios y una de cuyas primeras medidas al llegar a la presidencia fue rechazar el ingreso de la Argentina al BRICS, cosa que debería haberse producido el 1.º de enero del 2024.
Una elección de extraordinaria importancia en el tablero geopolítico mundial, dado el impacto negativo que tendría la eventual salida de Brasil del BRICS al debilitar el peso de esta coalición en la economía y la política mundiales. Es debido a ello que la Administración Trump ha intervenido de modo tan descarado en el proceso electoral brasileño, cosa que también fue denunciada por Lula en el ya mencionado discurso condenando la “interferencia externa” en los procesos electorales latinoamericanos. Para Trump, el triunfo de Flavio Bolsonaro le permitiría acrecentar su gravitación en el extremo sur del continente, incorporar a Brasil al indigno “Escudo de las Américas” y, como he dicho en otra ocasión, darle el jaque mate a México, cuya presidenta viene resistiendo con mucha inteligencia y valentía el permanente acoso de la Casa Blanca.
Más allá de estas influencias geopolíticas, ciertos elementos de la campaña de ambos candidatos podrían ser decisivos para inclinar la balanza hacia uno u otro lado en el balotaje que se viene. Las reiteradas denuncias que pesan sobre Flávio Bolsonaro por escándalos bancarios de diverso orden no parecen haberlo afectado en la primera vuelta. Difícil que lo hagan en las próximas semanas porque el ambiente político está dominado por el triunfalismo del que hará gala la derecha brasileña e internacional por el desempeño de Bolsonaro y la reafirmación de que las urnas parieron un Congreso aún más reaccionario que el actual. No obstante, pese a ello, sería arriesgado decir que la victoria del líder de la ultraderecha puede darse ya por descontada.
Lula es un avezado político y, ante el shock producido por este inesperado triunfo de Bolsonaro, un posible resultado sería la movilización de amplios sectores de la ciudadanía que, si optaron por abstenerse de votar en la primera vuelta, podrían verse inclinados a participar en las elecciones para evitar la victoria de un candidato que mucho mal le haría al pueblo brasileño. Claro que no hay que perder de vista que los grandes medios de comunicación han jugado sistemáticamente en contra de Lula y lo seguirán haciendo. Su labor en línea con el proyecto neoliberal es desalentar el interés por la política y envenenar a la opinión pública con un discurso que subraya el carácter incurablemente corrupto de la política, y lo seguirán haciendo en las próximas semanas.
Habrá que ver cómo Lula diseña su campaña y cuáles serían los temas centrales de la misma y si podrá, con su prédica y su excepcional carisma, despertar el interés de quienes el día de hoy optaron por abstenerse de participar en la lucha política y facilitaron la pequeña ventaja obtenida por Bolsonaro. No todo está perdido. Y no sería imposible que el resultado final revierta lo ocurrido en la primera vuelta.
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