La verdad es que el dolor enturbia la razón. Son tantas las cosas vividas conjuntamente a lo largo de más de treinta años que, al momento de comenzar a borronear estas líneas, no sé por cual empezar. Quiero escribir algo que aunque parezca ser una nota necrológica, no lo sea. El patetismo no debería tener cabida en estas líneas que procuran recrear a este personaje tan singular como Tomás en algunas de sus riquísimas facetas.

Nuestro caminar en paralelo arranca en 1985, en un curso que dicté en la vieja sede de FLACSO en la avenida Federico Lacroze. Era, obvio, un curso de Teoría Política, y el primero que dictaba en la Argentina luego del retorno de mi largo exilio. Los estudiantes, unos treintas, me sorprendieron porque si bien había una mayoría de jóvenes otros no lo eran tanto; gentes perseguidas por la dictadura, o que vieron clausuradas sus casas de estudio; o testigos aterrorizados por las desapariciones que asolaban al país. Entre ellos Tomás, siete años menor que yo; Eduardo Grüner, apenas tres años menor; Norberto Sessano, posiblemente de misma edad, entre los casos que mejor recuerdo. De la generación más joven recuerdo, entre otras y otros, a Mabel Thwhaites Rey y María Clelia Guiñazú, que acababan de hacer sus carreras de grado, y pido perdón si alguien ha caído en este involuntario olvido. Era la primera clase así que procedí a presentar mi programa, expuse los lineamientos teóricos e ideológicos de mi concepción de la teoría y la filosofía política como saberes indispensables para la construcción de una buena sociedad, socialista naturalmente, y a la clase siguiente avancé en el desarrollo de esta cuestión. No pasó mucho tiempo para que cayera en la cuenta de que el trío arriba mencionado más que alumnos eran mis colegas. Sobre todo cuando anuncié que a la siguiente, la tercera, se la dedicaría al estudio de Platón y pregunté si alguien quería preparar una breve introducción general a su vastísima obra. Tomás levantó rápido su mano y se comprometió a hacerlo. Una semana después yo asistía complacido a una notable síntesis del pensamiento de ese autor, llena de matices y anotaciones sobre su vida y las circunstancias de la Atenas clásica. Haciendo hincapié en su exposición desarrollé la mía y al terminar la clase lo llamé, primero para felicitarlo y después para preguntarle qué estaba haciendo en mi curso. La respuesta fue que deseaba completar de alguna manera sus estudios y tener un certificado formal que lo habilitara para acceder a concursos sobre el tema que se suponía se sustanciarían en breve plazo. Nos quedamos charlando largo rato y pude apreciar que, efectivamente, estaba frente a un colega dueño de una notable formación en los temas de la filosofía política. Tomás había, al igual que Grüner, pasado por las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, y adquirido una notable formación teórica. En resumen: gracias al protagonismo de los nombrados ese curso se convirtió en un seminario de altísimo nivel. Por eso cuando al promediar 1985 gano los concursos para el dictado de Teoría Política y Social I y Teoría Política y Social II en la flamante Facultad de Ciencias Sociales de la UBA puse como condición que me permitieran armar un equipo de apoyo de mi máxima confianza. El director de la carrera de ciencia política en ese momento, Edgardo Catterberg, asintió y así pude constituir un equipazo de trabajo con Tomás Varnagy, Rubén Dri, Eduardo Grüner y Norberto Sessano, aparte de un notable y entusiasta grupo de jóvenes Jefes de Trabajo Práctico que, con el paso de los años, se convirtieron en distinguidos especialistas en la materia. Gracias a su labor, las Cátedras de Teoría I y Teoría II adquirieron un prestigio extraordinario y atraían a centenares de alumnos en cada cuatrimestre.

Dos cosas fueron las que establecieron un inmediato torrente de mutua simpatía entre Tomás y yo: primero, el interés en la teoría y la filosofía política que sobrevivían a duras penas en medio de la “modernización” de las ciencias sociales. Es que, tras la recuperación de la democracia se produjo una invasión de teorías y corrientes de pensamiento importadas de la academia norteamericana, y en donde el empirismo más ramplón (y conservador) marginaba a la reflexión filosófico-política a los arrabales de los planes de estudio de la recién creada carrera de ciencia política en la UBA. Encontré en Tomás un aliado formidable en esta cruzada que, creo, fue bastante exitosa para contener o al menos debilitar la barbarie del saber convencional en las ciencias sociales. Pero hubo un segundo elemento que cimentó nuestra asociación por largos años: el agudo sentido del humor de Tomás, rasgo que para mí constituye una de las pruebas más contundentes de la inteligencia. Creo que fue Friedrich Nietzsche quien dijo que la potencia intelectual de un hombre se mide por su humor, y esto le cabe sin duda al amigo que acaba de partir. Y las grandes figuras de la filosofía política, desde Platón hasta Marx, pasando por Maquiavelo y Tomás Moro, hicieron del humor y su filo crítico una de sus armas favoritas en los combates que debieron librar contra los representantes del poder establecido. 

Su pasión por la filosofía política y su agudo sentido del humor fueron dos atributos que forjaron una profunda y duradera amistad. Pero más allá de nuestra relación especial Tomás era un ser de una energía y vitalidad extraordinarias y, como si lo anterior fuera poco, un maestro insuperable. Clarísimo en sus clases, con una didáctica persuasiva e incontrovertible y siempre apelando a diversos materiales de apoyo para facilitar la comprensión de temas muy complicados, todo lo cual redundaba en la admiración y el cariño que le dispensaban sus estudiantes. Encima de todo eso atendía a quienes acudían para solicitar una aclaración, un apoyo bibliográfico con una generosidad poco usual en un ambiente académico usualmente signado por un malsano individualismo. Y, debo añadir que con el mismo entusiasmo se reunía periódicamente para mejorar la formación teórica de sus JTP, varios de los cuales con el paso de los años se convirtieron en notables profesores. Un ejemplo de su vocación docente: cuando gané el concurso nos encontramos con un aluvión de estudiantes, producto del nuevo clima político imperante en la Argentina de los inicios del alfonsinismo. Organicé una reunión de ambas cátedras para ver como haríamos frente a esa demanda. Y ahí Tomás propuso que en lugar de  ofrecer un teórico, que usualmente muchos profesores dictan en horas de la mañana, ofreciéramos dos: uno matutino y otro vespertino, así ningún estudiante se privaba de las clases teóricas  sea por sus horarios de trabajo, problemas de transporte o lo que fuera. Esto significaba duplicar el trabajo del equipo y levantó toda clase de protestas y reparos. Pero la testarudez, otros de los rasgos de Tomás, pudo más que todos esos argumentos y finalmente, creo que hasta el día de hoy, ambas cátedras de Teoría I y Teoría II se dictan mañana y tarde, lo que me parece sigue siendo un caso único en la facultad. Más allá de esto, que obligó a titulares y adjuntos a redoblar esfuerzos, para mí, como titular de ambas cátedras, su colaboración no solo fue imprescindible sino, más que eso, extraordinaria. 

Amistad y colaboración que fructificaron en numerosas obras conjuntas, más allá de que una vez que nuestro diálogo intelectual descendía del topus uranus  de Platón, ese mundo más allá de los cielos donde habitan las ideas perfectas y nos sumergíamos en la sórdida materialidad de la sociedad civil y la política práctica solíamos enfrascarnos en fuertes discusiones. La caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética marcaron una nueva etapa en sus preocupaciones teóricas. Entre otras cosas porque pudo visitar a su amada Hungría, tierra de sus ancestros, y, a partir de ahí, recorrer varios países de Europa del Este en donde campeaba un furioso anticomunismo, capaz de distorsionar las percepciones aún de las mentes más lúcidas. Un punto de maduración de esta tendencia lo marcó la publicación de su libro “Proletarios de todos los países … ¡perdonadnos!”,  en donde reivindica el carácter corrosivo del “humor político clandestino” y el papel de los chistes políticos en la deslegitimación de los gobiernos de Europa del Este y la Unión Soviética. Para esa ocasión me solicitó escribiera un prólogo, cosa que acepté de buen grado. El libro era toda una reflexión sobre la circulación de esos chistes y sus efectos corrosivos, cosa que está fuera de discusión. Pero también señalé que el derrumbe de la URSS y de las mal llamadas “democracias populares” del Este europeo obedecía a un complejo de causas mucho más amplias, y que mal se podía entender este desenlace sin el pertinaz hostigamiento de Estados Unidos y sus vasallos europeos desde fines de la Segunda Guerra Mundial. No estaba muy de acuerdo pero, nobleza obliga, corrigió algunos de los párrafos finales para hacer lugar a este factor, el rol de Estados Unidos, sin el cual su argumento sobre el papel del “humor político” corría el riesgo de terminar flotando en el vacío.  Ejemplos similares de desencuentros en el prosaico terreno de la política abundan, pero jamás se rompió la relación de afecto y respeto que mantuvimos a lo largo de más de treinta años. Podíamos discutir horas, porque tan testarudo como él también lo soy yo, pero jamás tuvimos una discusión que terminara en agrios términos. 

Mal podría poner fin a esta recordación de mi amigo y colega sin compartir dos episodios que lo pintan de cuerpo entero. Estaba yo dictando un teórico de Teoría I y Tomás se hallaba presente. Antes de terminar mi clase les digo a los alumnos que les íbamos a tomar un parcial domiciliario y que tenían que abordar, por escrito, una temática propia del curso. Recuerdo que dijimos algo así como “escribir un papercito”. La sorpresa y el temor se apoderó de muchos estudiantes, jóvenes que cursaban recién el primer años de la universidad. “Profesor, ¿y como sería eso?”, me preguntaron.  Ni lerdo ni perezoso le pedí a Tomás que evacuara esta consulta: pasó al frente, y se dirigió de este modo al alumnado: “Miren. Ustedes tienen que elegir un tema de los muchos contenidos en el curso. El “papercito” debería tener tres partes:  Primera parte, dicen que es lo que van a hacer, que problema van a examinar, qué es lo van a estudiar.  Segunda parte: estudian y hacen lo que habían anunciado. Y, Tercera parte, cuentan que fue lo que estudiaron e hicieron.” Las carcajadas resonaron con estruendo, pero las tensiones se aliviaron y luego de eso muchas y muchos le perdieron miedo a los domiciliarios.” Si en lugar de esa explicación Tomás o yo hubiéramos acudido a lo que indican los manuales de metodología empirista, con su tramposa complejidad, todavía estaríamos esperando los “parcialitos” de nuestros alumnos.

El otro ejemplo ocurrió en un examen final. Una alumna se presenta y cuando el jurado le pregunta sobre qué tema va a hacer su presentación inicial ella responde Platón. Comienza a hablar y rápidamente caímos en la cuenta de que estaba muy confundida y que se le habían mezclado varios autores de Teoría I en su cabeza. Le pedimos que situara la obra del autor en el marco de su sociedad y su época, le preguntamos qué evocaba la palabra Academia, o expresiones como “la alegoría de la caverna” y nada.  Para ayudarla Tomás (que detestaba tener que aplazar a un alumno) le pregunta si recuerda las características de la Grecia Clásica pero la joven ya estaba en medio de un pantano y cuánto más hablaba más se hundía. Casi el unísono le preguntamos sobre el Siglo V en Atenas y se le iluminó la cara. “Bien : ¿entonces Platón es un filósofo del Siglo V dijimos a coro?” Sí, respondió ella con certeza. Se seguridad me resultaba sospechosa, algo no me cerraba, y le pregunto: “¿Siglo V, de qué era, antes o después de Cristo”?  Y con otra sonrisa nos dice, a quemarropa, casi a los ritos: “¡Después de Cristo!” La fulminé con la mirada y le dijo, no, antes de Cristo. Le entregué la libreta y le dije que aprovechara  el verano para estudiar a fondo y que volviera a la mesa de examen en Marzo. Acongojada, nos pidió perdón, nos dijo que había querido estudiar bien pero no pudo, etcétera. La consolamos diciéndole que lo que le había ocurrido era muy frecuente y que en marzo todo sería mucho mejor. Pero lo interesante fue que cuando la muchacha se marchó Tomás saltó de la mesa del jurado, la fue a buscar y para decirle que si estaba de acuerdo a partir de febrero él la recibiría en su oficina de la facultad para repasar con ella todos aquellos asuntos que no lograse entender, cosa que efectivamente hizo. En marzo volvió a rendir y aprobó con una buena nota su examen de Teoría I. Este gesto, inusual por su generosidad, altruismo y vocación docente, pinta lo que fue Tomás Varnagy para sus alumnas y alumnos. ¡Qué en paz descanses, querido amigo!