(Atilio A. Boron) En esta ocasión creo que nada mejor que compartir con ustedes el notable texto que escribiera sobre el tema Eduardo Galeano en Memoria del Fuego III. El Siglo del Viento. Lo reproduzco sin tocar una coma, pero debo hacer una aclaración: hacia el final del artículo el gran escritor uruguayo dice que “Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero.” Correcto, pero el emisor original de la orden de asesinar al Che no estaba en La Paz sino en Langley, Virginia, donde se encuentran las oficinas de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Fue su Director, Richard Helms, en consulta con el presidente Lyndon B. Johnson quienes desecharon la propuesta de someter a Guevara a un largo y humillante juicio encaminado a desprestigiar a la Revolución Cubana y finalmente acordaron que lo mejor era matar al Che y hacer desaparecer sus restos. Esta fue la orden transmitida a La Paz, al presidente René Barrientos y fue llevada a cabo ante la presencia y la directa supervisión del agente de la CIA Félix Rodríguez, un cubano traidor reclutado por la Agencia. Quien perpetró el cobarde asesinato del Che fue el suboficial boliviano Mario Terán Salazar. Esto ocurrió en un fatídico 9 de Octubre de 1967. El Che se convertiría en un símbolo inmortal de la lucha por la justicia. Barrientos, Helms, Johnson y Terán Salazar, en cambio, se revuelcan en el estiercolero de la historia.
(A continuación el texto de Eduardo Galeano)
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A orillas del río Ñancahuazú
Diecisiete hombres caminan hacia la aniquilación
El cardenal Maurer llega a Bolivia desde Roma. Trae las bendiciones del Papa y la noticia de que Dios apoya decididamente al general Barrientos contra las guerrillas.
Mientras tanto, acosados por el hambre, abrumados por la geografía, los guerrilleros dan vueltas por los matorrales del río Ñancahuazú. Pocos campesinos hay en estas inmensas soledades; y ni uno, ni uno solo, se ha incorporado a la pequeña tropa del Che Guevara. Sus fuerzas van disminuyendo de emboscada en emboscada. El Che no flaquea, no se deja flaquear, aunque siente que su propio cuerpo es una piedra entre las piedras, pesada piedra que él arrastra avanzando a la cabeza de todos; y tampoco se deja tentar por la idea de salvar al grupo abandonando a los heridos. Por orden del Che, caminan todos al ritmo de los que menos pueden: juntos serán todos salvados o perdidos.
Perdidos. Mil ochocientos soldados, dirigidos por los rangers norteamericanos, les pisan la sombra. El cerco se estrecha más y más. Por fin delatan la ubicación exacta un par de campesinos soplones y los radares electrónicos de la National Security Agency, de los Estados Unidos.
Quebrada del Yuro
La caída del Che
La metralla le rompe las piernas. Sentado, sigue peleando, hasta que le vuelan el fusil de las manos.
Los soldados disputan a manotazos el reloj, la cantimplora, el cinturón, la pipa. Varios oficiales lo interrogan, uno tras otro. El Che calla y mana sangre. El contralmirante Ugarteche, osado lobo de tierra, jefe de la Marina de un país sin mar, lo insulta y lo amenaza. El Che le escupe la cara.
Desde La Paz, llega la orden de liquidar al prisionero. Una ráfaga lo acribilla. El Che muere de bala, muere a traición, poco antes de cumplir cuarenta años, exactamente a la misma edad a la que murieron, también de bala, también a traición, Zapata y Sandino.
En el pueblito de Higueras, el general Barrientos exhibe su trofeo a los periodistas. El Che yace sobre una pileta de lavar ropa. Después de las balas, lo acribillan los flashes. Esta última cara tiene ojos que acusan y una sonrisa melancólica.











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