Publicada en Página/12
Donald Trump pone punto final a una semana aciaga para las extremas derechas. Comenzó el domingo 25 de octubre con la aplastante derrota sufrida por Flávio Bolsonaro a manos de Luiz Inácio “Lula” da Silva; siguió dos días después con la derrota política, si bien no electoral, de Benjamin Netanyahu en Israel: su rejunte de genocidas y violentos supremacistas obtuvo la mayoría de las bancas en el Kneset, 53, pero los 48 escaños obtenidos por el bloque de centro-derecha opositor tienen condiciones para formar gobierno si logra forjar una coalición con los mal llamados “partidos árabes” (porque incluyen algunas formaciones políticas judías y al partido comunista de Israel) que en una histórica performance se alzaron con 19 escaños. Netanyahu, en cambio, no tiene margen alguno para crear una alianza de gobierno. Y, por último, este martes 3 de noviembre, el electorado le dio la espalda a Trump, en una derrota aplastante.
El magnate neoyorquino había transformado esta elección legislativa en un plebiscito sobre su gestión en la Casa Blanca. Aunque “mi nombre no esté en las listas, saben que yo estoy detrás de cada candidato republicano”, y perdió sin atenuantes. De nada sirvió su demagógica oferta de retribuir con 5.000 dólares a cada ciudadano estadounidense si obtenía mayoría en ambas cámaras del Congreso. La población hizo oídos sordos a su promesa.
Particularmente dolorosa debe haber sido para él y sus multimillonarios compinches la derrota sufrida en Texas, uno de los principales bastiones de los republicanos. Trump se jugó entero en contra de James Talarico, el candidato demócrata que competía contra Ken Paxton, el tenebroso y ultraconservador abogado —¡y fiscal general del estado!— beneficiado con un generoso donativo de Elon Musk (190 millones de dólares), una cifra apenas levemente inferior a la que gastarían los demócratas en toda la campaña y casi la mitad de lo que el dueño de la red social X invirtió para “fortalecer” la democracia estadounidense, perdón. La “plutocracia” que rige los destinos de ese país, y que ascendió a 446 millones de dólares. Lo cierto es que con Talarico retorna al Senado un demócrata por primera vez desde 1988.
Hay que tener en cuenta que la importancia de Texas suele ser subestimada en muchos análisis sobre la política norteamericana: no tiene el atractivo de Nueva York o de California, lo cual es un grueso error. Con sus 32 millones de habitantes, es el segundo estado más grande de la Unión, solo superado por California con sus 39 millones de habitantes. El producto bruto de Texas es de unos 3 billones de dólares, superior al de Brasil (2.2 billones) y al de cualquier otra economía latinoamericana. Si hiciéramos un ranking de las principales economías del mundo, California estaría en el quinto lugar y Texas en el noveno, pisándole los talones a Francia. Además, en su extenso territorio se encuentran cuatro de las diez mayores ciudades de Estados Unidos: Houston, San Antonio, Dallas y Fort Worth.
Por otra parte, con sus 695 mil kilómetros cuadrados, es el segundo estado más grande del país, solo superado por Alaska, con sus 1.700.000 kilómetros cuadrados. Se entiende la desesperación del dueño de Tesla y Starlink y X por retener tan fabuloso emporio. Allí no solo se perdió un senador, sino también la gobernación del estado a manos de Regina “Gina” Hijojosa, de ascendencia mexicana, convertida en la primera latina que gobernará ese estado derrotando ampliamente a Greg Abbott, el gobernador republicano de los últimos diez años y fiel aliado de Trump. Junto con Texas, la otra obsesión de Trump era Kansas, un estado que desde 1932 había sido totalmente adverso a los demócratas, pero esa tradición fue quebrada este martes con el triunfo de un pastor metodista y escritor, Adam Hamilton. Talarico, conviene anotarlo, hasta ahora compartía su tiempo como legislador estatal y como estudiante en el Seminario Presbiteriano de Teología. Ambos se convirtieron en verdugos del magnate neoyorquino. Para colmo de males, el tan vilipendiado (por Trump) candidato demócrata de Michigan, Abdul El-Sayed, triunfó en las elecciones de ese estado, transformándose en el primer senador musulmán en la historia del Senado de Estados Unidos.
Trump es el gran perdedor de estas elecciones, pese a que se involucró como ningún otro presidente en una elección de medio término. Movilizó a sus amigos milmillonarios, que abrieron sus arcas para garantizar que los republicanos mantuvieran su predominio en el Congreso. Las cifras son escandalosas: a los 446 millones de Musk hay que sumar los aportes de Richard y Elizabet Uihlein, 150 millones, Jeff y Janine Yass, 110 millones, la zarina de los casinos Miriam Adelson, 67 millones. Todos esos fondos fueron para la campaña de los republicanos; los demócratas, a su vez, se beneficiaron de la generosidad de George Soros, que aportó 102 millones, Michael Bloomberg hizo una donación de 84 millones y Reid Hoffman y Michelle Yee (Linkedin) aportaron 41 millones de dólares. Si alguna evidencia era necesaria para ratificar la penosa involución de la democracia norteamericana en una oprobiosa plutocracia los datos del financiamiento de la elección de ayer hablan con una elocuencia irrefutable.
Las razones de fondo para esta debacle republicana son múltiples y serán examinadas en otro artículo. Entre ellas, las consecuencias económicas de la guerra que Trump y Netanyahu están librando en contra de Irán, desatando un aumento generalizado de precios debido a la duplicación del costo del galón de diésel con el consecuente recorte del poder adquisitivo de la población. A eso súmese la indignación provocada por la cruzada para cazar inmigrantes desatada por el ICE y el malestar (más bien la rabia) generalizada por esa política promovida desde la Casa Blanca, reflejada en los bajos niveles de aprobación popular de la figura del presidente, oscilando en torno al 32 o 35 por ciento, según las diversas encuestas.
Dadas estas circunstancias, la vieja teoría del “pato rengo” retoma plena vigencia después de estos resultados, que entre otras cosas arrojan pesadas sombras de dudas sobre el futuro de James D. Vance y Marco Rubio, aspirantes a conducir a un barco seriamente averiado en medio de una tormenta perfecta en alta mar. Y golpea además con mucha fuerza en contra del ya oxidado “Escudo de las Américas”, esa banda de fachos latinoamericanos de ultraderecha que ve que su jefe está groggy en un rincón del ring y rogando que no le asesten el puñetazo final. Igual de consternado debe estar en estas horas el besatraseros mayor del imperio, Javier Milei, viendo cómo se derrumba su alianza mafiosa con Bolsonaro, Bibi y ahora Trump. Por suerte, estará en España para irradiar su mística redentora y lograr que también en España sus amigos de Vox y el PP muerdan el polvo de la derrota.











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