En un día como hoy, pero del 2005, la IVª Cumbre de las Américas celebrada en Mar del Plata rechazaba el proyecto estadounidense de creación de un área de libre comercio de las Américas, el tristemente célebre ALCA.  Con justa razón se han escrito ríos de tinta para exaltar este enorme logro de los pueblos de Nuestra América. De haber prosperado esa iniciativa la región habría quedado férreamente sometida a la dominación norteamericana, institucionalizando y legalizando la dependencia que, de hecho, padecían los países del área. El ALCA era, de lejos, el proyecto geopolítico y económico más importante que Washington había concebido para los países de América Latina y el Caribe en el marco de la euforia desatada por al derrumbe de la Unión Soviética y las fantasías del “nuevo siglo americano.”  Pese a que en la agenda previamente acordada no se contemplaba discutir la propuesta del ALCA,  Estados Unidos -con la ayuda de su lugarteniente, Canadá- trató de imponer el tema y lograr un voto positivo en la Cumbre, lo que habría abierto de par en par las puertas al proyecto imperialista. No obstante, en su discurso de apertura de las sesiones Néstor Kirchner (pese a su difícil posición como anfitrión de la Cumbre) se pronunció en contra de la  pretensión estadounidense de incorporar el tratamiento del ALCA en las deliberaciones. La indigna postura de Canadá fue secundada por una serie de  gobiernos conservadores  latinoamericanas: el de México (presidido en ese entonces por Vicente Fox);  el de Panamá (presidido por Martín Torrijos, y, sibilinamente, por el presidente de Chile, Ricardo Lagos. Pero las intervenciones posteriores de Luiz Inacio “Lula” da Silva, Tabaré Vázquez y, sobre todo, de Hugo Chávez, liquidaron definitivamente ese proyecto y en la Declaración Final quedó claro que no había acuerdo sobre el tema y que, por lo tanto, quedaba postergado indefinidamente. Fue, dicho en términos diplomáticos, el certificado de defunción del ALCA.

En buena hora, pues tal como lo dijera el Secretario de Estado de George W. Bush Jr., Colin Powell, el objetivo que perseguía ese tratado era nada menos que “garantizar para las empresas norteamericanas el control de un territorio que se extiende desde el Ártico hasta la Antártica y el libre acceso sin ninguna clase de obstáculo de nuestros productos, servicios, tecnologías y capitales por todo el hemisferio.” Una desembozada anexión económica que, tal como lo subrayara en numerosas oportunidades José Martí, remataría inexorablemente en supeditación política. En sus propias palabras, “quien dice unión económica, dice unión política. El pueblo que compra, manda. El pueblo que vende, sirve. El pueblo que quiere morir vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse a más de uno. … El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios.”

La aprobación del ALCA habría legalizado el pillaje colonial vehiculizado en los noventas por las políticas del Consenso de Washington. Es por eso que los borradores del proyecto habían sido discutidos entre “expertos” y al margen de toda clase de escrutinio y/o control públicos. La razón salta a la vista: los verdaderos objetivos del ALCA eran inconfesables, como se desprende claramente de las palabras de Powell. Es por eso que los voceros de la derecha, que ayer como hoy nos aturdían con sus graznidos en favor de la democracia liberal, la rendición de cuentas, la transparencia en la gestión de la cosa pública y el “empoderamiento” de la sociedad civil archivaron todos esos principios a la hora de pretender imponer el ALCA o, antes, el Acuerdo Multilateral de Inversiones en medio del más absoluto secreto. Hoy obran del mismo modo al aceptar que una deuda monstruosa como la contraída por el gobierno de Mauricio Macri al margen de toda discusión pública o parlamentaria deba ser pagada sin chistar, haciendo caso omiso de su insalvable ilegitimidad e ilegalidad de origen. Vicios descalificadores que afectan tanto al FMI –que por razones políticas otorgó un préstamo incobrable para facilitar la re-elección de Macri- como al gobierno que endeudó irresponsablemente al país.  

Es oportuno recordar la gesta de Mar del Plata y extraer las lecciones del caso para enfrentar con éxito los desafíos que hoy atribulan a la Argentina. La firme oposición al proyecto norteamericano al interior de la sala de deliberaciones se nutrió de la extraordinaria movilización popular que se dio cita en aquella ciudad, producto de la eficacia de la larga  campaña continental  del “No al ALCA”. En suma: se le pudo decir un rotundo no al imperio porque la firmeza de las convicciones del puñado de líderes populares allí reunidos (más Fidel, que desde lejos fue el gran estratega de esa batalla mientras que Chávez fungía como su mariscal de campo) se amalgamaron con la energía  política que brotaba del protagonismo de las multitudes que, desde las calles, acompañaron todo el proceso. Esa simbiosis entre líderes y masas fue decisiva ayer y lo es aún más el día de hoy. Y sin ella, cualquier pretensión de cambiar el mundo se convierte en una desdichada ilusión.