(Por Atilio A. Boron) La historia contemporánea muestra un parteaguas insoslayable: la Revolución Rusa. Dividió a nuestro tiempo en un antes y un después.  Rebeliones y revueltas de pueblos y naciones oprimidas han sido una constante en la historia de la humanidad. Y una tras otra fueron aplastadas por el peso de la reacción, de los poderosos y privilegiados, que infligieron castigos atroces y aleccionadores a quienes tuvieron la osadía de desobedecer e insubordinarse. El poder establecido pretendía aplacar para siempre las esperanzas de una vida mejor, más humana, digna de ser vivida.

 

Pese a sus intentos y a los terribles castigos reservados para los insurgentes las rebeliones de los condenados nunca cesaron. Irrumpían una y otra vez, como la primavera, impulsadas por el rechazo al inhumano orden vigente y la visión de una buena sociedad. Ambas, la injusticia presente y la promesa de un orden social moralmente superior encendía los corazones e iluminaba las mentes de millones de personas a lo largo de la historia. La excepcionalidad de la Revolución Rusa radica en que fue la primera un lograr la completa derrota de los opresores. La Revolución Francesa se limitó a cambiarlos: diezmada y expulsada la aristocracia nobiliaria por obra de la guillotina y la emigración, la burguesía se apresuró en reemplazarla y se erigió en la nueva clase dominante. En Rusia, en cambio, bajo la conducción de Lenin y los bolcheviques fueron los obreros, los campesinos, los soldados, los intelectuales, las mujeres, la gente de pueblo quienes se convirtieron, por vez primera en la historia, en la clase dominante, iniciando un experimento social, político y económico de inéditas proporciones y cuyos ecos se escuchan aún hoy. Las derrotas, desde la de Espartaco hasta la de la heroica Comuna de París, fueron vengadas por el poder soviético. 

 

La humanidad comenzaba a escribir una nueva historia. Según John Roemer, académico de Yale y una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo, resumió en pocas palabras el significado histórico de la Revolución Rusa cuando escribió que  “la revolución bolchevique fue, pienso, el evento político más importante ocurrido desde la Revolución Francesa porque convirtió en realidad para centenares de millones, o quizás miles de millones, de personas por primera vez desde 1789 el sueño de una sociedad basada en una norma de igualdad más que en una norma de avaricia y ambición.” La historia subsecuente confirmaría los alcances del viraje histórico abierto en Rusia en 1917 inaugurando la era de las revoluciones socialistas que  cambiarían definitivamente la conformación económico-social y política de China, Vietnam, Corea, Laos, Nepal y Cuba amén de la descolonización en África y Asia y los procesos revolucionarios aún en curso en buen número de países. A pesar de la enconada resistencia de las fuerzas del capital y del imperialismo no habrá marcha atrás. Las restauraciones oligárquico-burguesas, por más sangrientas que sean, no lograrán detener la ascendente dialéctica de la historia. La era inaugurada por la toma del Palacio de Invierno en San Petersburgo no tiene reversa. Las clases y naciones oprimidas descubrieron, gracias a los acontecimientos rusos de 1917, que otro mundo es posible, y no cejarán de luchar hasta construirlo.