La idea de que descendemos de los barcos es el reverso de la medalla, que en su anverso muestra la Campaña del Desierto. Este nombre, como la Conquista del Oeste de EEUU, oculta un genocidio pues si para ocupar un territorio hacía falta una campaña era porque allí había comunidades originarias instaladas desde hacía siglos. Basta recordar la toponimia de este país: Bariloche, Carhué, Cutral-Có, Ibicuy, Mburucuyá, Carapachay, Amaicha, Aimogasta, Jáchal, Uco, Oberá, Calilegua, La Quiaca y paro porque me exaspera tanto negacionismo. Basta con repasar los nombres de estos lugares, en lo que sería una lista interminable para comprobar claramente la presencia de tantas comunidades originarias en el territorio de lo que siglos más tarde sería la Argentina.

Toda América se construyó sobre el exterminio o el sometimiento de los pueblos originarios, y la Argentina no es excepción, aunque este hecho sea negado por la historia oficial. Esas comunidades originarias no tuvieron el fabuloso esplendor de los Incas, los Mayas o los Aztecas pero su existencia era incuestionable. Fuimos una sociedad multicultural desde la época de la colonia hasta hoy, y hay que dejar de lado el colonialismo mental de considerarnos europeos y asumir nuestro mestizaje étnico como un fecundo patrimonio cultural.