El Coronacolapso es síntoma de la enfermedad capitalista: 
colapso sanitario y demás aberraciones de un sistema criminal

Por Cecilia Zamudio

El Coronacolapso ha dejado al desnudo la abyección capitalista que convierte la sanidad en mercancía, para beneficio de la clase burguesa. Ha puesto de manifiesto una situación mundial de precariedad y explotación contra la clase trabajadora que es brutal: el personal médico ha tenido que trabajar sin equipos de protección anti-contagio porque los Estados burgueses no los han suplido; la carencia de materiales ha aumentado el contagio y ha provocado muertes que se hubieran podido evitar; miles de personas han muerto por falta de personal médico, de hospitales, de máquinas de respiración asistida. Miles de ancianos no han podido acceder a respiradores en los hospitales, tras haber sido explotados toda su vida. En las residencias de ancianos se ha producido una mortandad porque los propietarios de dichas residencias capitalizan reduciendo personal y sobre-explotándolo, lo que precariza las condiciones de vida de los ancianos [1].

 

La situación de pandemia y de confinamiento sin subsidios ha empujado a millones de personas a situaciones desesperantes: millones de trabajadores informales, parados de larga duración, trabajadores a merced de las Empresas de Trabajo Temporal, artistas, músicos, vendedores ambulantes, jornaleros, trabajadoras de limpieza y cuidados (en la mayoría de los casos no declaradas por los empleadores), migrantes en situación de marginación administrativa por causa de leyes lesivas [2], han padecido y padecen física hambre. Mujeres, niñas y niños han tenido y tienen que convivir con un maltratador, encerradas, lo que ha causado un incremento de suicidios. Y mientras tanto, mientras la clase explotada viene falleciendo por falta de insumos médicos y viene padeciendo hambre por falta de subsidios, mientras crece su angustia en cubículos habitacionales de escasos metros cuadrados o en chabolas sin agua, la banca ha recibido millonadas de los Estados burgueses. En todos los países capitalistas ha sido recurrente la inyección de inmensas cantidades del presupuesto público a la banca privada y a los mayores empresarios, un gigantesco robo amparado en la excusa de «la crisis del Coronavirus«. Cuando la crisis es precisamente inherente al capitalismo: la crisis sanitaria le es inherente, la crisis económica también. Los Estados burgueses han favorecido a la gran industria con exenciones de impuestos, con el pago de las cotizaciones sociales desde el presupuesto público para dejar intactas las grandes fortunas, con subsidios millonarios a los más ricos, con facilidades de despido y de incremento de la explotación contra la clase trabajadora, etc. El gran capital roba y roba al presupuesto público: acelera la acumulación capitalista mientras las mayorías padecemos sufrimiento, privación de libertad, ansiedad, precariedad, hambre y muerte.

En los países más brutalmente saqueados por la voracidad capitalista, la parte más empobrecida de la clase explotada se ha visto obligada a sacar los cadáveres de sus seres queridos a las aceras [3], porque el Estado burgués, tras haber decretado severos recortes en Sanidad que participaron del colapso de los hospitales, no agilizó la recogida de cadáveres, mientras que el traslado de dinero público a la gran empresa fue sumamente ágil. En varios países capitalistas se han descubierto camiones con cadáveres putrefactos, mientras los familiares intentan saber en qué fosa común están sus seres queridos; no hay respeto por el dolor de las familias. En decenas de países, millones de personas viven en chabolas sin agua corriente, en condiciones de desnutrición, a merced de que cualquier epidemia arraigue tenazmente y las arrase (de hecho varias enfermedades curables asesinan anualmente a millones de personas, porque en el capitalismo la medicina y las vacunas no son accesibles a todo el mundo). El coronavirus tiene la posibilidad de clavar sus dientes más afilados sobre pequeños campesinos e indígenas, privados del acceso al agua por grandes multinacionales, como en el caso de los indígenas Wayú de Colombia, que están sufriendo un Genocidio (muriendo de sed y hambre) desde que tres multinacionales (Billiton, Glencore y Anglo American) desviaron un río para su explotación de la mayor mina de carbón a cielo abierto del mundo[4] (toneladas de carbón son encaminadas hacia Europa y Estados Unidos, para su sobreconsumo energético).

 

En países gangrenados hasta la médula por el capitalismo, como Estados Unidos, miles de personas han muerto sin la debida asistencia médica, algunas sin siquiera ingresar a un hospital por no tener «seguro médico»(privatización total de la sanidad). Frente a la cruel realidad de centenares de miles de personas sin techo en EEUU, las «medidas tomadas» por las autoridades han sido consternantes, como la que implementaron en Las Vegas: pintaron líneas blancas en el suelo de parkings para que las personas sin techo sigan durmiendo en las calles, pero “respetando la distancia de seguridad” [5]. La cantidad de fallecidos por la combinación entre coronavirus y capitalismo es tan elevada en Estados Unidos, que miles de personas son enterradas en gigantescas fosas comunes: la población más golpeada por los contagios es la clase trabajadora que vive hacinada y en la mayor precariedad, y por supuesto los trabajadores obligados a ir a trabajar en plena pandemia: la población afrodescendiente, indígena y latinoamericana es especialmente golpeada [6]. El hacinamiento carcelario también incrementa los contagios [7].

En el mundo entero, en los países capitalistas, millones de trabajadores han sido obligados por la patronal a ir a trabajar en sectores no indispensables para frenar una pandemia (automotriz, aeronáutico, armas, electrodomésticos, construcción, textil, etc.). Esta explotación ha permanecido incluso en las fases más graves de la pandemia, poniendo en riesgo las vidas de millones de trabajadores y las de sus familias, y contribuyendo a la expansión del contagio. Esta vulneración contra la Salud de toda la población ha sido avalada por los Estados burgueses, para que la patronal no dejara, ni unas semanas, de ganar sobre el trabajo ajeno, sobre la plusvalía que nos roba; también fue avalada para que los grandes empresarios no tuvieran que pagar la retribución por baja laboral, como correspondería por emergencia sanitaria: con toda la plusvalía que le roban a los trabajadores durante todo el año, bien podrían haber pagado bajas por pandemia, pero no han querido sacar ni la más mínima migaja de sus gigantescas fortunas. Obligar a millones de trabajadores a ir a trabajar en sectores no indispensables, ha causado mayor propagación del virus y prolongación del confinamiento: lo que ha repercutido en la quiebra de pequeños comercios, en la quiebra de millones de familias trabajadoras del sector informal, en el agravamiento de enfermedades crónicas por el sedentarismo, en las muertes por coronavirus y por todas las demás afecciones de salud que no han sido atendidas durante meses.

Los Estados burgueses han avalado todo lo requerido por la gran industria, mientras han tenido el cinismo de culpabilizar de la expansión de la epidemia a la clase trabajadora, a las pocas personas que han osado salir de sus cubículos habitacionales (unas impelidas por respirar aire puro, otras por escapar del infierno del maltrato, otras impelidas por el hambre). Los medios han culpabilizado sin reparo a quienes hayan intentado no morir de hambre confinados y sin subsidios, pero en cambio han hecho silencio total sobre la cotidiana situación de contagio que representan los hacinamientos fabriles. Las fuerzas represivas han repartido multas y palizas a granel: miles de personas han sido brutalmente golpeadas por la policía, teniendo incluso un “salvoconducto” para ir a hacerse explotar en sectores no indispensables o para ir a trabajar en el sector sanitario o alimentario; pero la policía no les ha dado siquiera el tiempo de mostrarlo, procediendo con violencia a tirarlas al suelo, reventarles el cuerpo a patadas, hacerlas desvestir para humillarlas y demás torturas que hemos podido apreciar en infinidad de videos (las redes todavía escapan, en alguna medida, a la censura mediática y manipulación que presenta a las fuerzas represivas como “fuerzas del orden”) [8].

Para colmo del maltrato oficializado, los obreros que han sido obligados durante semanas a ir a construir (y distribuir) objetos innecesarios, han sido conminados al encierro en sus cubículos habitacionales durante los fines de semana: somos concebidos como mera mano de obra, no como seres humanos con necesidad de respirar aire puro. Incluso, durante meses, se nos ha prohibido ir a los funerales de nuestros abuelos y abuelas, que han fallecido en la más abyecta soledad. “Trabajar hacinados para incrementar las ganancias de la patronal: sí; pasear solos: no”. “Trabajar arriesgando nuestras vidas en lugares hiper poblados: sí; despedir a nuestros abuelos y seres queridos fallecidos, guardando la distancia de seguridad: no«. Esas son las imposiciones descarnadas que se han hecho, pensando solamente en salvaguardar el lucro de los grandes capitalistas. Y cuando los obreros han protestado, por miedo a contagiarse y llevar la muerte a sus familias, la respuesta ha sido despidos. Cabe señalar que una situación de tanto abuso patronal y explotación, una situación en la que los trabajadores han sido (y son) obligados criminalmente a exponerse a contagio y eventual muerte, sería el momento ideal para que los sindicatos llamaran a una gran Huelga General, masiva, incluso de carácter internacional. Pero no lo hacen: queda retratada la obediencia y conciliación con la patronal de los grandes sindicatos (ya no responden a los intereses de la clase trabajadora); queda patente la necesidad urgente de crear y fortalecer sindicatos que no se dejen cooptar, sindicatos de clase, que respondan a la clase trabajadora y sus intereses, para que en situaciones como la actual, pudieran accionar la coordinación de grandes huelgas, levantando por fin la fuerza real de los trabajadores frente al abuso criminal de la patronal. Hemos podido ver, en este Coronacolapso, cómo algunas plantillas obreras han incluso pedido que las máquinas y su trabajo sirvan para producir aparatos de respiración asistida en vez de aviones, armas o automóviles, frente a una patronal que no ha procedido a transformar la línea de producción si considera que no hay “rentabilidad” a largo plazo [9]. ¿Se comprende ahora la importancia de que los medios de producción estén en manos de las y los trabajadores y no en manos de la burguesía?

 

Si los medios de producción estuvieran en manos de la clase trabajadora, en manos de la colectividad, orientaríamos las líneas de producción en función de las necesidades reales de la población, y no en función del lucro de un puñado de multimillonarios. Construiríamos respiradores artificiales en suficiencia para todos los países, en vez de armas. Pero en el capitalismo las armas le son indispensables a los Estados burgueses para pertrechar a las fuerzas represivas y así reprimir la protesta social contra tanta injusticia, también le son necesarias a la burguesía para desatar sus guerras imperialistas por codicia. En el capitalismo escasean hospitales, médicos, personal sanitario, insumos, tests, equipos de protección anti-contagio, mientras que abundan las fuerzas represivas hiper equipadas para reprimir y someter. Si la clase trabajadora tuviera los medios de producción, ninguna epidemia se llevaría por delante tantísimas vidas, porque la sanidad sería lo prioritario. La salud, la educación, la vivienda, la cultura, la armonía con la naturaleza, serían derechos universales efectivos, y no fuentes de lucro para un puñado, no privilegios como lo son, en los hechos, en el capitalismo. Pero padecemos un sistema capitalista que todavía nos toca abolir.

 

Los Estados burgueses, que no han proporcionado los equipos de protección anti-contagio a médicos, sanitarios y personal de limpieza de los hospitales, obligándolos a caer diezmados por la enfermedad, creando un foco de contagio alarmante en los mismos hospitales, han intentado ocultar su responsabilidad por miles de muertes, recurriendo al teatro mediático [10]; pero NO han estatizado fábricas para ponerlas a producir respiradores e insumos médicos, cosa que perfectamente podrían haber hecho y podrían hacer en estos mismos momentos.

 

 

Tampoco han estatizado el sector privado de la salud, los hospitales privados, la distribución de productos esenciales: lo que ha causado que miles de personas hayan muerto en sus casas, llamando desesperadas a teléfonos colapsados, que miles más hayan terminado en “hospitales de campaña”, en los que el escaso personal médico ha multiplicado hercúleamente sus esfuerzos intentando paliar la precariedad de la infraestructura y del equipamiento médico, poniendo en juego sus propias vidas, viendo morir a miles de pacientes por la combinación entre el virus y la precariedad, viendo morir a compañeros sanitarios por el crimen que constituye haberlos puesto a trabajar sin las debidas protecciones, en turnos interminables, con contratos precarios (miles de ellos han sido contratados con contratos de 15 días, renovados tras 15 días, para evitar tener que pagarles la baja en caso de contagiarse por Coronavirus [11]). La aberrante cifra de sanitarios contagiados en el mundo está directamente relacionada con que los insumos anti-contagio no les han sido suplidos en suficiencia. Al momento de escribir este artículo, España tiene la cifra más alta de personal sanitario contagiado del mundo: 20% de los contagiados son personal sanitario [12]. Una cifra que contrasta con la cifra de China, país que sí tuvo que enfrentar el virus en primer lugar y cuya cifra de sanitarios contagiados no alcanza el 3,8%.

 

La gestión de la epidemia ha sido mejor con sistemas de salud pública fuertes y con una economía planificada, con relación a países capitalistas cuyos sistemas de salud han sido depredados y privatizados para beneficio de una élite burguesa y en total desmedro de la población. Entre los países que han combatido la epidemia con una efectividad muy alta, se encuentran los países en los que el desarrollo del sistema de Salud es una prioridad absoluta, entre ellos destacan Vietnam y Cuba[13]. En Vietnam hasta el momento no hay un solo fallecido por Covid-19 (pese a que la epidemia lo golpeó en enero) [14]. China, pese a ser un país gigantesco y haber sido golpeado en primer lugar, también libró una batalla eficiente contra el Covid-19, sobretodo si se compara su desempeño con el fatal desempeño de los países europeos, en los que la privatización ha mermado los sistemas públicos de salud, provocando decenas de miles de muertes (España tiene 5,8 veces más muertos que China, con una población 30 veces inferior) [15]. En cuanto a la solidaridad internacionalista, Cuba, pese a ser una pequeña isla, bloqueada económicamente por Estados Unidos, ha enviado 24 brigadas médicas para frenar la pandemia, a distintos países del mundo [16]. Estas brigadas se suman a las brigadas cubanas ya presentes en 59 países antes de esta emergencia sanitaria (más de 28.729 colaboradores). Otro aporte ha sido el medicamento Interferón Alfa-2b de la biotecnología cubana, con el que se salvaron miles de pacientes en China, Italia y otros países que requirieron la ayuda cubana [17]. China ha enviado donativos de toneladas de insumos médicos a diversos países.

Otro de los aspectos de este Coronacolapso es la especulación capitalista, que se ha disparado, poniéndole precios obscenamente excesivos a productos de primera necesidad como las protecciones anti-contagio, tales como mascarillas o geles desinfectantes (los Estados burgueses han esperado meses para fijar un precio máximo de estos productos, los que lo han hecho). Los precios de los respiradores artificiales se han multiplicado, pasando de costar 20.000 dólares el respirador para UCI, a costar de 3 hasta 8 veces más [18]: los fabricantes privados de estos aparatos han perpetrado una ingente acumulación capitalista sobre el sufrimiento humano, y al elevar los precios de esta manera, decenas de países y miles de personas han quedado excluidas del acceso a los respiradores. Otra vez queda patente la necesidad de que la industria, los medios de producción, no estén en manos privadas: para lograr así evitar sufrimiento y muertes.

 

 

La escasez de tests para detectar el Coronavirus es otro capítulo macabro de esta barbarie capitalista: ¿Por qué no se han hecho tests masivos, desde el inicio de la epidemia, en la gran mayoría de países? ¿Por qué ni siquiera el personal sanitario ha podido tener los suficientes tests para saber si iba a trabajar siendo portador del virus o no? ¿Por qué si la OMS reiteró, incesantemente, la necesidad de hacer tests masivos y tomar determinaciones relativas a sus resultados, decenas de países no hicieron los debidos tests dejando escalar la pandemia de manera descomunal? [19]  ¿Por qué no se movilizaron los presupuestos públicos de manera ágil para comprar los tests, o por qué no se estatizaron fábricas y laboratorios en caso de carencia de los mismos? ¿Acaso intervinieron presiones de sectores de la industria farmacéutica para colocar sus productos (así fuera con algún tiempo de espera)? Muchas preguntas. Son preguntas obvias ante la grave falta de insumos, las vidas perdidas, el contagio extendido. Con el tiempo se irán conociendo muchas de las respuestas.

 

Los supermercados y grandes distribuidores de comida han inflado los precios (pero no le pagan más al productor). La agro-industria sigue perpetrando la aberración capitalista de tirar a la basura toneladas de frutas y verduras, en vez de regalarlas (para “no romper precios”). Los ganaderos no quieren pagar la alimentación de los animales que no están vendiendo al sector hostelero y plantean sacrificar miles de animales (pero sin regalar la carne, para “no romper los precios”), mientras tanto millones de familias pasan hambre [20]. El modo de producción capitalista significa tortura contra los animales, los trabajadores y la tierra, despilfarro absurdo y hambre. Las enfermedades zoonóticas (como el covid-19) aumentan debido a la depredación capitalista de la naturaleza.

En muchos países, grandes fortunas capitalistas se han lucrado de los dineros públicos destinados a “la crisis sanitaria”, lo han hecho con el ya clásico desvío de dineros públicos a la banca privada, lo han hecho desde las mayores empresas cargándole al presupuesto público las bajas de miles de trabajadores por emergencia sanitaria y obteniendo además de los Estados burgueses exenciones de impuestos, y lo han hecho hasta sobre los productos sanitarios y alimentarios destinados a ser entregados a instituciones sanitarias o a las familias más empobrecidas de la clase explotada [21]. Los buitres capitalistas se enriquecen sobre-facturando hasta las bolsas para cadáveres [22]. Amasan fortunas hasta sobre el fraude con las migajas de la caridad. En plena pandemia, la existencia de millones de personas depende de migajas como «paquetes de comida», ya que los Estados no entregan los debidos subsidios a la clase explotada. Subsidios a granel para los millonarios, pero ningún subsidio (o subsidios irrisorios y casi imposibles de obtener) para millones de familias: es el horror del capitalismo, la manera en que le arrebata la salud y hasta la dignidad al ser humano. Hay capitalizaciones de mayor calado incluso: como las que vislumbran los multimillonarios del sector farmacéutico que impondrán su vacuna al mundo, cuando estimen más “rentable” sacarla a la luz.

Ante la catastrófica situación de explotación y precariedad, los medios, propiedad de la burguesía, han impuesto su relato manipulador. Han implementado una propaganda intensiva para presentar a la burguesía como «bondadosa»: nos presentan a los mayores ladrones como «filántropos». Los magnates que han aprovechado la coyuntura para despedir a miles de trabajadores, cargándole al presupuesto público los pagos de las debidas compensaciones, se televisan haciendo supuestos «donativos» de las migajas de todo lo que nos roban. Indignante hasta la náusea. Propaganda propia de la Dictadura del Capital que nos toma a todos por descerebrados.

 

Fuente: http://cecilia-zamudio.blogspot.com/2020/05/coronacolapso-sintoma-enfermedad-capitalista-colapso-sanitario-aberraciones-sistema.html

 

Según la fábula mediática, «todos» estaríamos «en el mismo barco»; pero la realidad es que una minoría está en yates (en mansiones con jardines, piscinas, con ventiladores médicos garantizados y enriqueciéndose a costa de los millones de personas que envían a contagiarse); mientras que las mayorías estamos medio ahogadas, agarradas a una tabla, y se nos dice, con todo el cinismo, que hay que «rescatar a los ricos» (con el dinero público de todas y todos) para que «den trabajo»: es la socialización de las eventuales «pérdidas» de la clase explotadora y la privatización de los beneficios; es el apuntalamiento de la explotación y la injusticia social, como si no existiera otra salida. Es hacerle creer a las y los trabajadores, que el grupúsculo de sanguijuelas capitalistas es «indispensable», y que la economía no puede ser otra cosa que el absurdo capitalista. Pero las sanguijuelas son absolutamente prescindibles: son la causa de la actual situación mundial de explotación, precariedad, sobre-consumismo parasitario teledirigido por el bombardeo publicitario, alienación hacia un modo de vida individualista, obsolescencia programada que transforma el planeta en un basural, depredación de la naturaleza, incremento de las enfermedades zoonóticas, privatización de la Sanidad, guerras imperialistas, etc. El lavado de cerebro que perpetran los medios busca perpetuar un sistema de clases aberrante, perpetuar un modo de vida absurdo impuesto por la clase explotadora a toda la humanidad y al planeta.

 

La perpetuación de la injusticia, incluye una gigantesca operación de propaganda mediática destinada a alabar a las fuerzas represivas (policías y militares), lo que va delineando lo que se nos viene encima: aumento de la tasa de explotación y saqueo por parte de la patronal (¡todavía más!) y represión contra la protesta social que cuestione esa explotación. Vemos claramente cómo la burguesía ha venido promocionando en los últimos tiempos, a través de sus medios, a su herramienta fascista (y por ello el fascismo ha ganado simpatizantes). Se nos vienen encima también nuevas guerras imperialistas desatadas por la OTAN para financiar (todavía más) al complejo militar-industrial, y para saquear los recursos de los países invadidos. Las fuerzas represivas gozan de presupuestos multimillonarios frente a los pírricos presupuestos destinados a sanidad, bomberos o educación. Sumas multimillonarias del presupuesto público son desviadas a la gran industria y a la banca privada con el pretexto de «la crisis del Coronavirus», mientras los sectores más empobrecidos de la población son dejados totalmente de lado, sin subsidios, a la zanja abyecta del hambre y la desesperación.

 

Tras largos meses de confinamiento, que los medios han presentado como “total” (cuando en realidad millones de trabajadores han sido obligados a ir a arriesgar sus vidas en sectores no indispensables), algunos Estados burgueses implementan una fase de “desconfinamiento”, sin haber aumentado significativamente su capacidad hospitalaria: la patronal ha logrado imponer que todas las y los trabajadores vuelvan al trabajo, vuelvan a consumir parasitariamente (así sea endeudándose) sin importar que esto pueda conllevar un repunte de contagios y muertes.

 

¿Vamos a seguir tolerando que la banca siempre gane sobre nuestra explotación, salud y sufrimiento? ¿Vamos a seguir tolerando este nuevo robo descomunal de los presupuestos públicos para agigantar los bolsillos del Gran Capital?

 

¿Vamos a seguir tolerando el crimen de Lesa Humanidad que significa que la sanidad sea convertida en mercancía para lucro de un puñado de buitres?

 

¿Vamos a seguir tolerando que a nuestros abuelos y abuelas los releguen a morir porque ya no son explotables (tras haber sido explotados toda su vida): bajo el horror de “no hay” suficientes respiradores para todos?

 

¿Vamos a seguir tolerando este sistema en el que la clase dominante se enriquece en base a la explotación de las y los trabajadores y en base al saqueo de la naturaleza?

 

¿Vamos a seguir tolerando las guerras imperialistas que desgarran millones de vidas para beneficio del complejo militar-industrial y de la élite saqueadora?

 

¿Vamos a seguir tolerando un sistema en el que los medios de producción están en manos privadas y no en manos de la clase trabajadora, impidiendo así el bien colectivo? ¿Vamos a seguir tolerando que debido a esa aberrante propiedad privada de los medios de producción, la burguesía infle los precios de los respiradores e insumos y estos escaseen porque los obreros no pueden decidir la reorientación de las líneas productivas en función de las necesidades sanitarias?

 

¿Vamos a seguir padeciendo, sin hacer nada, un sistema criminal en el que una epidemia causa centenares de miles de muertes que se hubieran podido evitar si los medios de producción hubieran servido al bien de la colectividad y no a un puñado de capitalistas?

¿Vamos a seguir soportando al capitalismo o vamos a luchar por construir una sociedad en la que los medios de producción estén en manos colectivas y así se puedan evitar atrocidades como el modo de producción capitalista agropecuario, en el que se tortura a animales y a trabajadores, se envenena la tierra, se extermina al pequeño campesinado y se desperdician toneladas de comida?

¿Acaso no vemos que otra «normalidad» podría ser posible, diferente de la «normalidad» putrefacta que nos impone la clase explotadora? ¿Acaso no sería mejor luchar por una «normalidad» en la que no quepa la explotación, la producción absurda, la alienación, el sobreconsumismo parasitario, la banalización de la tortura, el hambreamiento de pueblos enteros, el saqueo del planeta?

Es hora de que la clase explotada tome consciencia, hora cambiar la Historia, porque si no, lo que se nos viene encima es mayor explotación, acompañada de la herramienta fascista que la burguesía siempre ha implementado en las crisis inherentes al capitalismo, como históricamente ha quedado patente, escrito en tinta de horror indescriptible.

 

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