Con el fin de hacer un balance de lo ocurrido durante los últimos meses en la Región y tantear lo que se avecina, La Época se entrevistó, en exclusiva, con el prestigioso intelectual argentino.

La Época (LE).- En el último trienio en América Latina y el Caribe se han observado tendencias de avances, reflujos y reimpulsos de proyectos progresistas y de izquierdas, ¿cuál es la importancia de lo ocurrido en Bolivia para la Región?

Atilio Boron (AB).- Es muy importante porque la derrota del régimen golpista de Jeanine Áñez consolida un proceso de recuperación de los gobiernos progresistas que había encontrado su primera expresión en el triunfo de López Obrador en México y que luego se acentuó, como tendencia, en el triunfo del gobierno del Frente de Todos en las elecciones argentinas de octubre del 2019.

LE.- También en lo concerniente a Bolivia, ¿cómo se puede entender que Estados Unidos haya alentado un golpe contra Evo Morales vía Organización de Estados Americanos (OEA) –entre otros canales– y un año después permita que el Movimiento Al Socialismo (MAS) retorne al poder? ¿Hay precedentes de algo similar en la historia del continente?

AB.- No, no recuerdo nada igual. Creo que para comprender lo sucedido hay que tomar en cuenta al menos dos factores. Uno, la vigorosa reanimación de la protesta popular y, a caballo de esta, la fulminante reorganización del MAS, que tomó por sorpresa a la derecha en Bolivia y a sus amos norteamericanos. Pensaron que con la sangrienta represión, con Evo y su plana dirigente en el exilio o en la cárcel, se lograría la estabilización a largo plazo del proyecto golpista y no fue así. Las contradicciones al interior del bloque reaccionario y la increíble mediocridad de sus líderes facilitaron la rápida recuperación de la iniciativa plebeya. El otro elemento fue el debilitamiento de la capacidad de maniobra de Estados Unidos y sus operadores locales, personajes productos del marketing político pero sin peso real en la sociedad así como el enorme desprestigio en que cayó la OEA por su infame participación en el robo del triunfo de Evo Morales en las elecciones del 2019. Bajo estas condiciones la reiteración de la opción golpista hubiera tropezado con un muro de protestas y reprobaciones dentro de Bolivia tanto como en el sistema internacional.

Para sintetizar: la arrolladora fuerza insurgente que provenía del subsuelo de la sociedad boliviana, la desunión de la derecha y los recortados márgenes de intervención de Washington sentenciaron el desenlace a favor del campo popular. Habrá que ver si ahora se aprovecha este momento de debilidad del campo enemigo y se extraen las lecciones que corresponde del período evista.

LE.- Como estudioso de los procesos progresistas y de izquierdas en la Región, ¿cuáles son los desafíos que tienen estos actualmente para consolidarse y avanzar en la construcción de sociedades más justas?

AB.- El principal es darse cuenta que si no avanzan y profundizan los procesos de cambios la derecha se cobrará su revancha. Que lo peor que pueden hacer, y ruta segura hacia un nuevo fracaso, es ceder ante las tentaciones de los cantos de sirena del posibilismo. Creer que la oposición ya no volverá a comportarse de modo despótico y brutal, y que ahora comprende las virtudes del diálogo democrático. Por eso será necesario estar muy conscientes de esta situación y avanzar sin demora en la organización del campo popular, muy inorgánico e internamente dividido en países como Argentina, México y me atrevería a decir también Bolivia. Además, será necesario que estos nuevos gobiernos progresistas comprendan que deben trabajar para promover la educación popular –es decir, la concientización de las masas populares al estilo de Paulo Freire– y evitar caer en el economicismo del pasado. Durante los gobiernos de Cristina, Mujica, y el mismo Evo en Bolivia, se cometió el error de suponer que bastaba con redistribuir el ingreso y garantizar un módico bienestar para que los beneficiados por esas políticas sociales se liberasen de la mentalidad consumista –y a la larga conservadora– y acudieran presurosos a incorporarse a las filas del oficialismo, cosa que no ocurrió sino en pequeña escala. Y, además, estos gobiernos tendrán que percatarse de la importancia crucial de la batalla comunicacional. Uno de los obstáculos que enfrenta la gobernanza progresista en tiempos actuales es la feroz asimetría que existe entre los medios de comunicación de la derecha y el imperialismo y los que sirven a los intereses populares. Si no se intenta corregir al menos en parte ese desequilibrio la tarea de permanente socavamiento que la derecha realiza en contra de los gobiernos populares terminará restándoles toda capacidad de iniciativa transformadora.

LE.- México, Argentina, Bolivia, por supuesto que Cuba, Venezuela y Nicaragua… ¿cómo alcanzar una integración regional genuina y concreta, que vaya más allá de lo discursivo? ¿Se puede realmente llevar a cabo algo así?

AB.- Se puede, sin duda. Pero para ello habrá que contar con estudios técnicos concretos que permitan avanzar por los caminos de la integración más allá del plano de la retórica. Habrá muchas dificultades, por el bloqueo y las sanciones que sufren Nicaragua, Venezuela y Cuba, pero aun así hay posibilidades de llegar a acuerdos puntuales en relación a ciertos ítems del comercio internacional. Argentina y Bolivia han consolidado una relación de integración económica bastante sólida. México estuvo aislado, pero se está incorporando a Sudamérica, y eso es buenísimo para nosotros. Puede haber intercambios no solo comerciales, sino también culturales con el país azteca, que serían importantísimos.

Hay áreas en donde puede haber colaboración de alto nivel: por ejemplo, en la industria de la biotecnología que está muy desarrollada en Cuba, México y Argentina. Bolivia tiene un recurso extraordinario en el litio, que le asegura la posibilidad de múltiples enlaces en cadenas productivas no solo en los países arriba mencionados, sino en todo el mundo. Pero para esto, como para casi todo en el manejo de un gobierno, se requiere conocimiento técnico y audacia política. Si una de las dos está ausente la cosa no funciona.

LE.- Dentro de un mes serán las elecciones presidenciales en Ecuador y existe la posibilidad real que el representante de Revolución ciudadana, Andrés Arauz, pueda triunfar, ¿qué importancia tendría este triunfo para Ecuador y el progresismo continental?

AB.- Las posibilidades existen y de hecho, al momento de escribir este artículo, la alianza UNES (correísmo) lidera con el 36,5 % de intención de voto, seguida por el empresario Álvaro Noboa, con 22,9%, y en tercer lugar Yaku Pérez, del movimiento indigenista Pachakutik con 21,2 %, y en el banquero Guillermo Lasso, con 13,6 %. Ximena Peña, candidata por la lista del oficialismo, apenas computa una intención del 1,2%. Por ahora habría segunda vuelta, pero si primara la racionalidad política una alianza entre Andrés Arauz, candidato de la UNES, con el líder indigenista Yaku Pérez, debería permitir una victoria contundente en primera vuelta. Ojalá que los resentimientos, las mezquindades y las envidias no enturbien la visión de los compañeros y las compañeras en Ecuador y se alcen con una rotunda victoria, que tendría un impacto muy positivo en toda la Región y principalmente en el mundo andino.

LE.- ¿Cuál es la trascendencia del estallido social chileno y el plebiscito constituyente que se avecina para la lucha antineoliberal? ¿Cuáles son los posibles desenlaces de esa prolongada y profunda revuelta?

AB.- La trascendencia es enorme porque, todos sabemos, Chile fue la “nave insignia” del neoliberalismo en Latinoamérica e inclusive a nivel mundial. Y esa nave se hundió, naufragó, y ahora se abre un nuevo capítulo. Claro que la casta política que se apoderó de ese país desde el golpe de 1973 no va fácilmente a ceder sus privilegios y potestades consolidadas a lo largo de medio siglo. Tratarán de tergiversar el sentido de la Convención Constitucional introduciendo una cláusula cerrojo de los dos tercios con los cuales siendo minoría podrían vetar cualquier cambio de fondo que elija la ciudadanía. Pero los ánimos están muy caldeados en Chile y la gente no va admitir pasivamente que le digan que su lucha fue en vano, que tantos muertos cayeron sin lograr nada a cambio y que el casi medio millar de jóvenes que perdieron su vista por la represión de los Carabineros lo hicieron de balde. Creo que se viene un nuevo período muy turbulento en Chile y que una revuelta popular como la de octubre de 2019 está cocinándose a fuego lento.

LE.- Chile, Perú, Ecuador, Colombia… ¿qué pasa con el neoliberalismo en América Latina y el Caribe? ¿Está realmente en crisis? De estarlo, ¿puede zafarse o está condenado a muerte?

AB.- El neoliberalismo está acabado. Ya venía mal, por su incapacidad de impulsar el crecimiento económico y de poner fin a la recesión que afecta a la economía mundial desde 2008. El naufragio chileno es emblemático, un caso modélico como, desde otro punto de vista político, lo era la Unión Soviética. Su derrumbe provocó el desplome de la credibilidad del modelo de la planificación ultracentralizada y estatizada de la economía. Del otro lado del cuadrante ideológico, el caso chileno, que inspiró luego las reformas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, ejerce la misma influencia. El desastre económico producido por el traidor Lenín Moreno en Ecuador ha sido tremendo, para no hablar de la catástrofe humanitaria que el lento genocidio social produce en la Colombia de Iván Duque. Por otra parte, el Perú acaba de sacudirse de 30 años de neoliberalismo fujimorista, producto de una enorme poblada popular, esencialmente juvenil y de mujeres. Todos estos países están a la búsqueda de una ruta de escape que los aleje del neoliberalismo, y la van a encontrar, sin dudas.

LE.- ¿Cómo avizora el panorama electoral y las luchas populares, además de la reconfiguración de bloques, en el subcontinente latinoamericano y caribeño?

AB.- En un panorama social que nos permite abrigar fundadas esperanzas. Chile se encamina hacia un cambio muy significativo. Haber repudiado de modo tan contundente la constitución de Pinochet es un signo muy claro. Ya vimos lo que está en marcha en Ecuador para el próximo 7 de febrero. Perú está a la búsqueda, y con masas movilizadas, el rechazo de la herencia del neoliberalismo es clarísima. En México habrá elecciones a mediados de año, y se espera una ratificación de la primacía de AMLO. En octubre habrá elecciones de medio término en Argentina, y si la pandemia se contiene y la economía se recupera (lo último ya se está notando) la derecha sufriría una nueva derrota. En suma: un clima regional muy favorable para Bolivia y su nuevo gobierno.

LE.- Finalmente, ¿qué opinión le merece lo ocurrido en Estados Unidos con el asalto al Capitolio? ¿Quién es Biden y que podemos esperar de él?

AB.- El asalto fue una maniobra desesperada de Trump, que lo está pagando muy caro. No obstante, los republicanos no tienen ningún otro líder que le empate a este formidable demagogo que resultó ser el magnate neoyorquino. Pero con el impeachment dispuesto por la Cámara de Representantes se pone en marcha un proceso que podría terminar en su destitución, cuestión que se vuelve abstracta porque Trump el 20 de enero deja de ser presidente. Pero el Senado, partido exactamente en dos partes, podría por mayoría simple inhabilitarlo para la función pública de por vida, y eso sería un golpe mortal para él. De todas maneras, la política en Estados Unidos está tan manejada por el dinero que puede haber sorpresas en esa eventual votación, que aún no está decidida que vaya a tener lugar.

En cuanto a Biden, simplemente decir que continuará en lo esencial con algunas políticas de Trump en relación a la confrontación (muy peligrosa) con China y Rusia. El retorno al Acuerdo de Cambio Climático de París es positivo y una cierta predisposición un tanto más negociadora es un dato para nada negligible, pero en lo esencial el imperio seguirá fijando sus reglas y defendiendo sus intereses. Tal vez Cuba pueda tener un cierto alivio en el brutal bloqueo al cual la sometió Trump, y que endureció canallescamente durante la pandemia, y quizás lo mismo pudiera ocurrir con Venezuela, aunque esto es menos probable. Para el resto de Latinoamérica la transición de Trump a Biden no significa mucho más que un cambio de estilo manteniendo la misma partitura. Solo que el pianista no aporrea al piano pero la melodía es la misma.

Pueden leer la nota completa en:

https://www.la-epoca.com.bo/2021/01/21/atilio-boron-reflexiona-acerca-del-porvenir-de-america-latina-y-el-caribe/