(Atilio
A. Boron) El 4 de Septiembre de 1970 Salvador Allende, el candidato
de la Unidad Popular -coalición formada por los partidos Comunista,
Socialista y Radical y otras tres pequeñas agrupaciones
políticas-obtenía la primera minoría en las elecciones
presidenciales chilenas. Allende representaba la línea más radical
del socialismo chileno y durante la década de los sesentas había
demostrado en los hechos su profunda solidaridad y amistad con el
pueblo y el gobierno cubanos, al punto tal que cuando se crea la
OLAS, la Organización Latinoamericana de Solidaridad, para defender
a la cada vez más acosada Revolución Cubana la presidencia de esta
institución recayó en las manos del por entonces senador chileno.
Tres candidatos se presentaron a las elecciones del 4 de Septiembre:
aparte de Allende concurría el candidato de la derecha tradicional,
y ex presidente, Jorge Alessandri; y el de la desfalleciente y
fracasada democracia cristiana, Radomiro Tomic, mal posicionado
debido al fiasco que había sido la tan mentada “Revolución en
Libertad” con que Washington había querido
sofocar
la rebeldía popular incesantemente
impulsada
a nivel continental
por el ejemplo luminoso de
Cuba. Al final de la jornada el recuento
arrojó
estos guarismos: Allende (UP), 1,076,616 votos; Alessandri (Partido
Nacional), 1,036,278; y Tomic (DC), 824,849. Pero la legislación
electoral de Chile establecía que si el candidato triunfador no
obtenía la mayoría absoluta del voto popular el Congreso Pleno
debía elegir al nuevo presidente entre los dos más votados. A nadie
se le escapaba la enorme significación
histórica
que
asumiría la
consolidación de la victoria de Allende: sería el primer presidente
marxista de la historia, que llegaba al poder en
un
país de Occidente, ¡y nada menos que en América Latina!, en
el
marco de las instituciones de la democracia burguesa y en
representación de una coalición de izquierda radical. El impacto
en la derecha latinoamericana y mundial de la victoria de Allende fue
enorme, y
tremendas presiones
desestabilizadoras se desataron desde la misma noche de su victoria. 
 
A los
efectos de que el Congreso ratificara su victoria
(ue
era lo único que podía legítimamente hacer
)
hubo que vencer enormes obstáculos. El PN
se
negaba a ello y
la DC estaba dividida. Para salir
del atolladero la DC exigió, para emitir su voto favorable, que
Allende firmara un “Estatuto de Garantías Constitucionales”. En
realidad, era una mafiosa extorsión encaminada a frustrar la
viabilidad del programa de transición al socialismo. A través de
ese instrumentó Allende tuvo que comprometerse formal
y
explícita
mente a conservar libertades como las
de enseñanza, prensa, asociación y reunión -¡ninguna de las
cuales estaban amenazadas por el candidato vencedor o su programa de
gobierno!- y a indemnizar las expropiaciones previstas en el programa
de la Unidad Popular. Esto último revela claramente el servilismo de
la DC y la derecha tradicional en relación a los intereses de las
oligarquías locales y del imperialismo, que exigieron de sus
compinches locales, sedicentes defensores de la “democracia” y la
“libertad,” preservar la absoluta intangibilidad de sus
intereses. Posteriormente, este estatuto fue introducido como reforma
a la Constitución en el año 1971. El Congreso fijó para el día 24
de Octubre de 1970 la fecha de la sesión que confirmaría el triunfo
de Allende. Pero un día antes un comando de la derecha hiere
mortalmente, en un atentado terrorista, al General constitucionalista
René Schneider, quien habría de morir pocos días después.
Schneider había manifestado que las fuerzas armadas chilenas debían
respetar el veredicto de las urnas, y lo pagó con su vida. La CIA,
que venía siguiendo los sucesos de Chile muy de cerca desde
comienzos de los sesenta, se supone que fue quien, en colaboración
con un grupo de la extrema derecha chilena, planeó y ejecutó ese
luctuoso operativo. Pese a la conmoción del momento, o tal vez a
causa de las graves consecuencias que se veían aparecer en el
horizonte político, el Congreso procedió a ratificar el triunfo de
Allende por 153 votos contra 35 que optaron por Alessandri. 
 
Vale
la pena recordar estos antecedentes ahora que se
acaban
de cumplir
43 años de la magnífica gesta del
pueblo chileno y de
Salvador Allende. Y recordar
también que, según documentación desclasificada de la CIA 1,
el 15 de Septiembre de 1970, pocos días después de las elecciones,
el Presidente Richard Nixon -quien más tarde sería destituido
como un bandido a causa del
escándalo de Watergate- convocó a su despacho a Henry Kissinger,
Consejero de Seguridad Nacional; a Richard Helms, Director de la CIA
y a William Colby, su Director Adjunto, y al Fiscal General John
Mitchell a una reunión en la Oficina Oval de la Casa Blanca para
elaborar la política a seguir en relación a las malas nuevas
procedentes desde Chile. En sus notas Colby
escribió
que “Nixon estaba furioso” porque estaba convencido que una
presidencia de Allende
potenciaría
la diseminación de la revolución comunista pregonada por Fidel
Castro no sólo a Chile sino al resto de América Latina. En esa
reunión propuso impedir que Allende fuese ratificado por el Congreso
y que inaugurara su presidencia. El mensaje tomado por Helms
expresaba
con claridad la
visceral mezcla de odio y
rabia que
el triunfo de Allende provocaba en un
personaje de la calaña de
Nixon. Según
Helms, sus
instrucciones fueron
las siguientes:

  • Una
    chance en 10, tal vez, pero salven a Chile.
  • Vale
    la pena el gasto.
  • No
    preocuparse por los riesgos implicados en la operación.
  • No
    involucrar a la embajada.
  • Destinar
    10 millones de dólares para comenzar, y más si es necesario
    hacer
    un trabajo de tiempo completo.
  • Mandemos
    los mejores hombres que tengamos.
  • De
    inmediato: hagan que la economía grite. Ni una tuerca ni un
    tornillo para Chile.

  • En 48 horas quiero un plan de acción.” 2

El
encargado de monitorear todo el proyecto fue el célebre criminal de
guerra Henry Kissinger. El nombre de esta iniciativa de terrorismo
desestabilizador fue “Vía II”, para diferenciarlo de la “Vía
I”, nombre utilizado para designar los
intensos
esfuerzos diplomáticos y “legales” que desde
hacía tiempo venía haciendo la Casa Blanca para contrarrestar la
influencia comunista en Chile
sobre todo a través
de la democracia cristiana yotras organizaciones de la derecha de ese
país.
Si
miramos el panorama actual de América Latina y el Caribe veremos que
poco o nada ha cambiado. Que como decía la poesía de Violeta Parra,
“el león es sanguinario en toda generación”. La actuación del
imperialismo en los países de Nuestra América, y especialmente en
la vanguardia formada por Cuba, Venezuela, Bolivia y Ecuador
no
difiero hoy de
los mismos lineamientos que la CIA
y las otras agencias del gobierno estadounidenses aplicar
on
con brutal salvajismo en el
Chile de Allende.
Schneider asesinado, Carlos
Pratts asesinado en Buenos Aires, Orlando Letelier (ex canciller de
Allende) asesinado en Dupont Circle, a cientos de metros de la Casa
Blanca amén de los miles de detenidos, torturados y desaparecidos
después
del
golpe militar de 1973. Sería ingenuo pensar que hoy, en la Oficina
Oval de la Casa Blanca, el inverosímil Premio Nobel de la Paz
convoque a sus asesores para
elaborar estrategias políticas distintas -humanitarias, solidarias,
democráticas- para hacer frente a las resistencias que se alzan en
contra del imperialismo en las más diversas latitudes, sea esto en
Siria como en el Líbano, en Cuba como en Venezuela, en Bolivia como
en Ecuador y, por añadidura, en toda América Latina y el Caribe,
países estos absolutamente prioritarios para preservar la integridad
de la retaguardia imperial. En contra de los discursos colonizadores,
racistas y hasta autodescalificadores que pregonan la irrelevancia de
esta parte del mundo, los trágicos sucesos de Chile ya demostraban
hace más de cuarenta años lo crucial que era el proceso político
de ese país para la estabilización de la dominación global de
Estados Unidos. Hoy podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que
por comparación a lo ocurrido en aquellas
aciagas jornadas de 1970,
la importancia de
Nuestra América es muchísimo mayor,
como lo es
la virulencia terrorista del imperio en su empeño por retrotraer la situación de nuestros países a la existente antes del triunfo de la Revolución Cubana.
De ahí la
necesidad de
tomar nota de las lecciones que nos
deja el caso chileno y
no bajar la guardia ni por
un segundo ante tan perverso e
incorregible
enemigo, cualesquiera
sean sus gestos, retóricas o personajes que lo representen
.
Nixon, Reagan, Bush (padre e hijo), Clinton y
Obama son, en el fondo, lo mismo: marionetas que administran un
imperio que vive del saqueo y el pillaje, amparado por un formidable
aparato ideológico y comunicacional y un aún más tremendo poder de
fuego capaz de eliminar toda forma de vida en el planeta Tierra. Sería imperdonable que nos equivocáramos en la
caracterización de su naturaleza y sus verdaderas intenciones.

2
Una información muy detallada sobre estos proyectos del gobierno
norteamericano para desestabilizar y tumbar gobiernos adversarios,
no sólo el caso de Chile, se encuentra en US
Congress, Senate,
Alleged
Assassination Plots Involving Foreign Leaders, Interim Report of the
Select Committee to Study Government Operations with Respect to
Intelligence Activities,
94th
Congress, 2nd Session, (Washington, DC: US Government Printing
Office, 20 November 1975).
Las referencias al dictado de
Nixon se encuentran en la página 227 de este volumen. Un racconto
más detallado del caso chileno puede verse en Kristian C.
Gustavson, sobre la base del documento de la CIA indicado más
arriba.