7 Agosto 2017

Comparto unas reflexiones a propósito de mis opiniones sobre la situación en Venezuela y la reacción de la oligarquía mediática.

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La desigual cobertura del periodismo: Venezuela es foco exclusivo de atención. México, sumido en el horror, no.

                                                                    «Los periódicos comenzaron a existir
para decir la verdad

 y hoy existen para impedir que la verdad
se diga.”
(G. K. Chesterton, 1917)
(Atilio A. Boron)  En los
últimos días, en coincidencia con la decisión de Cambiemos de hacer de
Venezuela uno de sus ejes de campaña, fui sometido a un ataque sin precedentes
desde las ciudadelas de la oligarquía mediática argentina a propósito de mis
opiniones acerca de lo que está ocurriendo en aquel país. Periodistas y
académicos unieron sus fuerzas para no sólo disentir con mis ideas sino también
para lanzar toda suerte de agravios sobre mi persona. No tiene sentido
referirme a cada uno de sus autores por separado, y esto por dos razones.
Primero,  porque en el fondo su discurso
es el mismo: variantes de un mismo guión dictado desde Washington, reciclado
por sus acólitos neocoloniales y lanzado por ellos a través de los “medios
independientes” (¿independientes de quiénes?) para hostilizar  a quienes piensan distinto. Segundo, porque individualizarlos
sería conferirles a los autores de tales libelos una dignidad que su estatura
intelectual y moral hace totalmente inmerecida. Dicho esto, en lo que sigue, va
mi respuesta.

Uno. En Venezuela la oposición está compuesta por dos sectores.
Uno, que acepta al diálogo con el gobierno. Otro, totalmente opuesto a él y
dispuesto a quebrar el orden constitucional y derrocar a Nicolás Maduro
apelando a cualquier recurso, legal o ilegal. Desgraciadamente, esta fracción
ha sido la que hasta la semana pasada ha hegemonizado la oposición amenazando
al sector dialoguista con una brutal represalia si cedía a los llamados del
gobierno.[1] Negociar
con éste equivalía, para los violentos, a una infame traición a la patria,
merecedora de los peores castigos.  Este
grupo extremista y fascista hasta el tuétano, venía conspirando contra la
democracia desde el fallido golpe de estado del 11 de abril del 2002 y sus
principales líderes: Leopoldo López, Henrique Capriles, Antonio Ledezma, Freddy
Guevara, Julio Borges y María Corina Machado apoyaron abiertamente aquel golpe.
Machado, una de las “demócratas” de hoy,  fue firmante del Acta de Juramentación de la
nueva junta de gobierno presidida por el empresario Pedro Carmona Estanga. En dicha
acta se cancelaban las libertades públicas, se abolían todas las leyes
producidas por el chavismo y se decretaba la cesación en sus cargos de todas
las autoridades electas  y de los
parlamentarios y ediles del país. Estos fascistas fueron los que, bajo el
liderazgo de Leopoldo López, organizarían la sedición de febrero del 2014
–significativamente llamada “Operación Salida”- una vez consumada la derrota
del candidato Henrique Capriles en las elecciones presidenciales convocadas
luego de la muerte de Hugo Chávez. La “Operación Salida” adoptó las tácticas
violentas de control de la calle aconsejadas en diversos manuales de la CIA y
en la obra de uno de sus máximos teóricos, Eugene Sharp. Aquellas contemplaban
la realización de atentados de todo tipo a instalaciones públicas, autobuses,
erección de barricadas armadas (“guarimbas”) impidiendo que la gente saliera de
sus hogares y matanza indiscriminada de personas para aterrorizar a la población.
A diario López declaraba que esta insurrección sólo cesaría con la renuncia de
Maduro. Finalmente se restableció el orden público, pero
con un saldo luctuoso de 43 muertos. López fue apresado y enviado a la justicia
donde, como veremos más abajo, recibió una moderada condena, desproporcionada
en relación a los crímenes cometidos.  Este mismo grupo es el que en abril de este
año relanzó la segunda fase de la estrategia insurreccional, pero incrementando
exponencialmente la violencia de sus actos e introduciendo macabras
innovaciones en sus tácticas de “oposición democrática”: arrojar bombas
incendiarias sobre jardines infantiles y hospitales y, como en los viejos
tiempos de la Inquisición, quemando vivas a personas cuyo pecado fuese tener el
color de piel incorrecto según el criterio de los terroristas. Cuando al
describir este deplorable escenario utilicé la expresión “aplastar a la
oposición” era obvio para cualquier lector atento de mi artículo que me estaba
refiriendo a este sector y no a quienes deseaban una salida pacífica, como
felizmente parece estar en marcha en estos últimos días. Cualquier
interpretación en contrario sólo puede ser producto de la mala fe. Pero fue dicha
lectura la que originó la primera ronda de críticas e insultos.

Dos, si algo revela la monumental hipocresía de mis censores es su
sepulcral silencio a la hora de proponer alguna alternativa para detener la
violencia en Venezuela. Críticos que en su enorme mayoría no conocen ese  país, que jamás estuvieron en él, ignoran su
historia y no tienen amigos o parientes viviendo allí se dan el lujo de
agraviar a quien piense de otra manera. Mi preocupación obsesiva por el
deterioro de una  situación que podría
desembocar en una orgía de muerte y destrucción se funda en la necesidad de evitar
para Venezuela -y para los amigos que tengo en ambos lados, en el chavismo y en
la vereda de enfrente- un final apocalíptico. No es el caso de mis censores, a
quienes en su condición de obedientes publicistas de la derecha – la de aquí y la
de allá, y sobre todo la de “más allá”, en Washington- se les ordenó que
descarguen toda su artillería contra quienes tuviéramos la osadía de defender
el orden institucional en Venezuela. Mil veces hice la pregunta: ¿cómo se
detiene la violencia iniciada, nuevamente por la derecha golpista, y ante la
cual la respuesta del Estado fue débil e insuficiente? Las respuestas casi
siempre fueron evasivas, pero cuando les exigía mayores precisiones lo que
decían era: “renuncia de Maduro y convocatoria a elecciones presidenciales.”  Es decir que estos severos críticos de mis
opiniones, autoproclamados (pero inverosímiles) custodios de la libertad, los
derechos humanos y la democracia, no son otra cosa que vergonzantes apologistas
de la fracción terrorista de la oposición. Lo que quieren estos furiosos
escribas es nada menos que el triunfo de la sedición, la victoria de los golpistas,
el retorno de los fascistas y  la
destrucción del Estado de derecho. O sea, quieren exactamente lo mismo que la
pandilla de López y sus compinches. Son, por lo tanto cómplices, cuando no
autores intelectuales o legitimadores post
bellum
, de la barbarie desatada por la derecha. En su desesperación por
acabar con el chavismo apelan a una retórica que sólo en apariencia es
democrática. Lo que hay debajo de sus huecas palabras es una afrenta a los
valores humanísticos que dicen defender. Tendrán que hacerse cargo de su
apología de la violencia. Porque, en la reseca llanura de la política
latinoamericana, con tantas “democracias” que empobrecen, marginan y lanzan a
la desesperación a millones de personas no sería de extrañar que fuera de
Venezuela surjan  grupos que ante el
ostensible vaciamiento del proyecto democrático decidan también ellos apelar a
la violencia para derrocar gobiernos que los hambrean y embrutecen. Si los
sedicentes custodios de la democracia aprobaron esa metodología en Venezuela, ¿la
apoyarán también cuando se ensaye en otros países? ¿Qué van a decir entonces?
¿Que saquear, incendiar, matar y quemar vivas a personas está bien en Venezuela
pero estaría mal en Colombia,  Argentina,
 México? ¿No les suena un poquitín
incoherente exaltar la vía insurreccional en contextos laboriosamente
democráticos y que tanto costó construir?


Henrique Capriles tomando por asalto la embajada de Cuba durante el golpe de Abril del 2002



Tres, decíamos más arriba que esta ofensiva se produce en momentos
en que el gobierno argentino hizo de Venezuela uno de los ejes de su campaña
electoral. Este sábado fue la punta de lanza para suspender a Venezuela del
Mercosur, violando las normas del Mercosur y la Carta Democrática establecida
en el Protocolo de Ushuaia, y los ataques tienen que ver con eso pero también
con algo más. Obedientes, los escribidores y charlistas de los medios
hegemónicos arremeten con saña contra cualquiera que defienda al gobierno
legal, legítimo y constitucional de Nicolás Maduro. La voz del amo imperial les
exige que digan que su gobierno es una feroz dictadura, una manzana podrida en
el cajón donde brillan las ejemplares democracias de Argentina, el Brasil del
golpista Michel Temer, y Paraguay, dignas herederas de la democracia ateniense
y sus grandes líderes como Pericles, Solón y Clístenes, que empalidecen cuando
se los compara con sus actuales sucesores sudamericanos. Tremenda dictadura la
de Maduro en donde, seguramente al igual que en tiempos de Videla, Pinochet y
Strossner, sus
 opositores pueden ir a Estados Unidos para
solicitar la intervención armada de ese país en Venezuela, como lo hiciera el
presidente de la Asamblea Nacional Julio Borges en su visita al Jefe del
Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, y regresar al país sin ser molestado por las
autoridades, conservar su inmunidad parlamentaria, ofrecer conferencias de
prensa y entrevistas en numerosos medios nacionales e internacionales y proseguir
con su actividad proselitista y destituyente sin ninguna clase de limitaciones.
Seguramente ocurriría lo mismo con los opositores en las dictaduras de Videla,
Pinochet y Strossner. Este es un ejemplo entre muchos otros. Uno más: en
Venezuela la mayoría de los medios de comunicación son contrarios al gobierno y
las grandes cadenas de noticias internacionales tienen sus corresponsales
instalados en aquel país que día a día “malinforman” o “desinforman” al resto
del mundo sobre lo que ocurre en Venezuela sin ninguna clase de restricciones. Es
que la “posverdad” y la “plusmentira” se convirtieron en monedas corrientes en
los medios hegemónicos.

Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, en su visita al jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd

Conviene reproducir aquí lo que recientemente
escribiera Boaventura de Sousa Santos, profesor de la Universidad de Wisconsin
y uno de los más distinguidos sociólogos y juristas contemporáneos. Luego de
adherir a un manifiesto de intelectuales críticos del gobierno de Nicolás
Maduro, de Sousa Santos sintió la necesidad de escribir un artículo porque,
según sus palabras,
“estoy alarmado con la parcialidad de la
comunicación social europea, incluyendo la portuguesa, sobre la crisis de
Venezuela, una distorsión que recorre todos los medios para demonizar un
gobierno legítimamente electo, atizar el incendio social y político y legitimar
una intervención extranjera de consecuencias incalculables.” Y, poco más
adelante, en ese mismo artículo, nuestro autor, cuya autoridad científica y
moral convierte a mis críticos en deformes pigmeos, termina diciendo  que “El gobierno de la Revolución bolivariana
es democráticamente legítimo. A lo largo de muchas elecciones durante los
últimos veinte años, nunca ha dado señales de no respetar los resultados
electorales. Ha perdido algunas elecciones y puede perder la próxima, y solo
sería criticable si no respetara los resultados. Pero no se puede negar que el
presidente Maduro tiene legitimidad constitucional para convocar la Asamblea
Constituyente.” [2]
Suficiente en relación a este tema.

Cuatro, siempre en función de la dupla
“posverdad-plus mentira” ninguno de los órganos de la
oligarquía
mediática que nos desinforma a diario en toda América Latina -incluyendo a El País de España, director de esta
desafinada orquesta mediática- mencionó una noticia que ningún medio de
comunicación “serio e independiente”, como gustan llamarse estas agencias de
propaganda que hoy nos bombardean con sus falsedades, podría haber dejado pasar
por alto. En su conferencia de prensa del 1º de agosto el Secretario de Estado
de Donald Trump, Rex Tillerson, anunció oficialmente que  “estamos evaluando todas nuestras opciones de
política acerca de lo que nosotros podemos hacer para crear un cambio de
condiciones donde o bien Maduro decida que ya no tiene futuro y quiera marcharse
por voluntad propia  o nosotros podemos hacer
que los procesos gubernamentales en Venezuela vuelvan a lo que marca su Constitución.[3] O sea:
el imperio, por boca de su encargado de relaciones exteriores, anuncia que está
implicado en la concreción de un golpe de Estado en Venezuela y tan gravísima
novedad es escandalosamente silenciada en los grandes medios, esos que dedican
ríos de tinta y horas y más horas de radio y televisión para acusar y difamar a
diestra y siniestra a quienes denuncian las maniobras del imperialismo y sus
lugartenientes locales para destruir regímenes democráticos, como lo hicieron –para
nombrar sólo los casos más resonantes- en Guatemala (1954), en Brasil (1964),
en República Dominicana (1965), en Chile (1973),  en Honduras (2009), en Paraguay (2012) y hace
pocos meses en Brasil. Pocos días antes había sido el Director de la CIA, Mike
Pompeo, quien declarase en su ponencia ante el Foro de Seguridad convocado por
el Aspen Institute que
“basta señalar que
estamos muy esperanzados de que puede haber una transición en Venezuela, y
nosotros -la CIA-, está dando lo mejor de sí para entender la dinámica allá
para que podamos comunicársela a nuestro Departamento de Estado y a otros,
los colombianos. Acabo de estar en Ciudad de México y en Bogotá, la semana
antepasada, hablando exactamente sobre este tema, intentado ayudarles a
entender las cosas que podrían hacer para obtener un mejor resultado para su
rincón del mundo y nuestro rincón del mundo.”[4] ¡
Al demonio
con la soberanía nacional, la autodeterminación de los pueblos y la democracia!
Porque si al emperador no le gusta el gobierno que existe en algunas de las
provincias del imperio lo derriba sin miramientos. Y la prensa de todo el
hemisferio, más la española, convenientemente aceitada y colonizada, acepta el engaño
sin chistar y se esmera por blindar la ominosa noticia con la colaboración de
los habituales saltimbanquis de los medios que dicen los que se les ordena
decir, no importa lo que hayan dicho antes. No es conveniente que el pueblo se
entere de estos planes insurreccionales de la Casa Blanca que producen un daño irreparable
a la credibilidad de la democracia porque esta sólo será respetada si sus
resultados son del agrado del emperador. 
Caso contrario el error se corrige con una ayudita de los boys de la CIA y la “embajada”. Mejor será
que la población siga pensando que el imperio tiene su sede en Orlando y sus
personajes más significativos son el Pato Donald y el Ratón Mickey, que la CIA
es una vetusta leyenda soviética y los otros quince servicios de inteligencia
de Estados Unidos productos de una alucinación colectiva que afectó
irreparablemente los cerebros de  Noam
Chomsky, Howard Zinn, Tom Engelhardt, Michael Parenti, James Petras, Jim
Cockcroft, Philip Agee  y John Perkins.
Que no vaya a recordar ese pueblo que en el mayor acto terrorista de la
historia Estados Unidos arrojó dos bombas atómicas sobre dos ciudades
indefensas cuando Japón estaba vencido y que sí recuerde, en cambio, que
Washington ha “exitosamente” exportado la democracia a Irak, Libia y Ucrania y
ahora está tratando de hacer lo mismo en Siria y Venezuela. En síntesis, que
Estados Unidos es lo que Hollywood dice que es y que Julian Assange es el novio
despechado de la hija de Donald Trump y por eso inunda al mundo con sus
mentiras desde Wikileaks. Se cumple lo que hace ya un siglo había pronosticado
Gilbert K. Chesterton cuya cita pusimos como epígrafe a este escrito: los
medios existen para impedir que la verdad sea dicha, que la verdad sea
conocida.[5]

El líder de la oposición democrática en acción durante la tentativa
insurreccional del 2014 junto a un compañero a punto de lanzar un cóctel Molotov

Cinco y final. El
torrente de mentiras, falsedades y ocultamientos de mis críticos me obligaría a
escribir un libro para desnudar toda y cada una de sus canalladas. No lo
merecen. Prefiero proseguir con mis análisis y no perder mi tiempo discutiendo
una a una sus acusaciones y respondiendo a sus insultos.  Pero haré una excepción en relación a una de
sus más socorridas mentiras: la reiterada caracterización del líder fascista y
golpista Leopoldo López cono un “preso político.” En su afán por  congraciarse con el imperio y la derecha
vernácula los personeros de la oligarquía mediática insisten en el tema y, aún
más, endiosan a ese personaje y a otros de su calaña como si fueran heroicos
combatientes por la libertad. ¿Les suena la melodía? ¡Claro! Washington la empleó
varias veces en el pasado: Combatientes por la libertad fueron los “exiliados”
iraquíes que atestiguaron que el gobierno de su país estaba fabricando armas de
destrucción masiva, a sabiendas de que tal cosa era una flagrante mentira. Pero
sus testimonios fueron decisivos para que el Congreso de  EEUU aprobase la declaración de la guerra
contra Irak junto a José María Aznar y Tony Blair, siniestros cómplices del
engaño que todo el mundo sabía era tal.[6]
Antes habían utilizado la misma virtuosa categoría para exaltar la imagen de
los “contras” nicaragüenses, convirtiendo a unos brutales mercenarios en
heroicos luchadores por la democracia y los derechos humanos. Volvieron a hacer
lo mismo con la “oposición democrática” a Gadaffi supuestamente bombardeada por
éste en Bengasi, un hecho que luego se demostró absolutamente falso pues el
monitoreo satelital de la zona reveló que no existió tal bombardeo.[7]
Pero la mentira surtió efecto y las víctimas de ese supuesto ataque rápidamente
se convirtieron en valerosos combatientes por la libertad. Lo mismo está
ocurriendo hoy en Venezuela, caracterizando como “preso político” a un señor
como Leopoldo López que en realidad es un político preso, y que lo está por
haber sido encontrado culpable del delito de sedición.
En  Estados Unidos, por ejemplo, esto configura
un crimen federal y puede llegar a ser purgado con prisión perpetua y hasta con
la pena capital si es que en los incidentes promovidos por los sediciosos para
alterar el orden institucional o derrocar a las autoridades constituidas se
produjeran víctimas fatales. Parecida es la pena contemplada en España
(recordar el caso del Teniente Coronel Antonio Tejero, en 1981) a quien en
principio se lo sancionó con prisión perpetua por haber intentado un incruento
golpe de estado ocupando la sede de las Cortes, reteniendo a los diputados pero
sin provocar el menor destrozo dentro y fuera del recinto.. La sanción a López,
en cambio, fue mucho más benigna pese a los destrozos producidos y las muertes
ocasionadas: 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión. Con el ánimo de
reducir la crispación política en vísperas de la Asamblea Nacional
Constituyente la justicia venezolana le concedió el benefició de la prisión
domiciliaria. Tal como es habitual en estos casos su otorgamiento estaba regido
por estrictas reglas, una de las cuales era abstenerse de hacer proselitismo
político, norma que el líder golpista violó repetidamente y por eso fue
devuelto a la cárcel. Lo mismo ocurre en EEUU cuando un reo sale de la cárcel
bajo “parole” y viola las condiciones
de la libertad condicional. Nada nuevo. El gobierno argentino, y otros de su
mismo signo, insisten en la liberación del “preso político” Leopoldo López,
mientras mantiene como prisionera política sin cargos y sin proceso, y en
contra de los reclamos de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de
Derecho Humanos, a Milagro Salta en la prisión de Alto Comedero, en Jujuy. Sin
embargo, bastó que yo dijera que el retorno a la cárcel de López se ajustaba a
derecho y era lo que legalmente correspondía para que un tropel de críticos se abalanzaran
de nueva cuenta contra mi persona, haciendo lugar inclusive a la inserción en una
de esa notas de ataques soeces y agraviantes extraídos de los mensajes enviados
en las redes sociales, algo que yo al menos nunca había visto antes y que
expresa el grado de putrefacción moral a que han llegado las oligarquías
mediáticas en la Argentina y Nuestra América.[8]  ¡Dixit,
et salvavi animam meam


[1] Afortunadamente para la paz en Venezuela los líderes de Acción
Democrática  manifestaron días atrás que
presentarían sus candidatos a las elecciones de gobernadores y alcaldes
previstas para la segunda mitad de este año, rompiendo de ese modo el chantaje
al que los tenía sometidos la fracción terrorista de la oposición. Es muy probable
que en los próximos días otros partidos adopten la misma postura.
[2] Ver su “En defensa de Venezuela”, en La Jornada (México), 28
Julio 2017
[3] https://www.state.gov/secretary/remarks/2017/08/272979.htm
. Fue también publicado en España por el periódico digital Público: http://www.publico.es/internacional/crisis-venezuela-secretario-eeuu-dice-estudiando-forma-derrocar-maduro.html
[4] https://red58.org/la-cia-confirma-que-est%C3%A1-trabajando-para-derrocar-a-venezuela-c485f0754487
[5] Me permito recomendar la lectura de algunos libros que permitirán
comprender un poco mejor el mundo en que vivimos y el papel que en él
desempeñan los medios: Pascual Serrano, Desinformación. Como los medios ocultan al
mundo
(Barcelona: Península, 2009) y del mismo autor, Medios
Violentos: Palabras e imágenes para el 
odio y la guerra
(Madrid: El Viejo Topo, 2008).Ver también Denis
de Moraes, A batalha da mídia (Río de Janeiro, Pao e Rosas, 2009)
[6] Ver el magnífico
documental “Iraq: a deadly deception” que prueba todo esto. Ir a:
https://www.youtube.com/watch?v=3fNkeOZlM4U
[8]Atilio Borón aplaudió los encarcelamientos de opositores en Venezuela y
en Twitter le respondieron”, en https://www.clarin.com/mundo/atilio-boron-aplaudio-encarcelamientos-opositores-venezuela-twitter-respondieron_0_HkGhBMRU-.html