(Por Atilio A. Boron) En varios trabajos
recientes diversos analistas y observadores de la vida política latinoamericana
han reprochado a los intelectuales y militantes de izquierda su silencio ante
lo que está ocurriendo en Venezuela. Ese silencio, dicen, sólo refuerza los
peores rasgos del gobierno de Nicolás Maduro. Este reclamo lo hizo hace unas
pocas semanas un destacado intelectual venezolano, Edgardo Lander, y más
recientemente, en una producción especial de Página/12, lo
reiteraron dos colegas de Argentina: Roberto Gargarella y Maristella
Svampa.[1]
Nadie podría estar más de acuerdo que el autor de estas notas sobre la
necesidad de hablar acerca de lo que realmente está aconteciendo en Venezuela.
Tras las huellas de los fundadores del materialismo histórico Gramsci decía,
con toda razón, que “la verdad siempre es revolucionaria”.  Y el aforismo
del fundador del PCI es más importante hoy que nunca antes, cuando el virus
posmoderno ha instituido a la “posverdad” ¡como un criterio de verdad!,
abriendo paso a cuantas tergiversaciones y mistificaciones puedan ocurrírsele a
quienes precisamente quieren ocultar tras una cortina de sofismas y falsedades
lo que está sucediendo en nuestras sociedades –y muy especialmente en
Venezuela- y, de ese modo, favorecer a los planes de la contrarrevolución en
marcha. 
Desafortunadamente las buenas intenciones de Gargarella y
Svampa de hablar sobre Venezuela y decir lo que allí está sucediendo termina
con una frustración. Y esto es así porque en su nota no hablan de lo que en
verdad ocurre en ese país sino que reproducen con pequeñas variantes el relato
que la oposición ha construido para decir lo que ella necesita que se diga
que está ocurriendo en Venezuela. Esa narrativa tramposa, que desfigura a
sabiendas la realidad para promover su agenda restauradora, ha contado con la
inestimable ayuda de los sempiternos agentes sociales y políticos de la
reacción, que jamás se equivocan al elegir amigos y enemigos: los medios hegemónicos
a nivel mundial (vulgo: “prensa libre”), perros guardianes del orden
capitalista; la internacional de la derecha dirigida, con dinero de Estados
Unidos, por José M. Aznar y Álvaro Uribe y toda su parafernalia de políticos y
periodistas comprados y tanques de pensamiento alquilados y, por si lo anterior
no bastara, apoyada también por el gobierno de Estados Unidos desde el
nacimiento mismo de la Revolución Bolivariana. No sorprende por lo tanto
constatar que en las tres o cuatro páginas escritas por nuestros autores se
acumulen numerosos errores de apreciación así como llamativas ausencias.
Comencemos por estas.
Ausencias
Primera ausencia: el gobierno de Estados Unidos. Un análisis sobre
cualquier país de las Américas que no mencione ni una sola vez –no digamos
analice, apenas mencione- al gobierno de Estados Unidos y al imperialismo es insanablemente
erróneo. De allí jamás podría brotar un análisis correcto de la situación. Es
un error tan grave e irreparable –obliterado empero por el prejuicio que
informa al paradigma dominante en las ciencias sociales contemporáneas- como el
que cometería un astrónomo que al analizar al sistema solar obviara cualquier
mención o análisis del papel de Júpiter en la dinámica global del sistema, haciendo
caso omiso del hecho que su masa  equivale a casi dos veces y medio la
suma del total de los demás planetas que componen el sistema. ¿Qué diríamos de
nuestro astrónomo? Que pese a sus buenas intenciones no tiene nada serio para
decir; es más, no puede tener nada serio para decir, porque su análisis ha soslayado
lo principal. No lo único que importa pero sí lo más importante.
A estas alturas del siglo veintiuno me dispenso de la necesidad de
explicar, por archiconocido, lo que es el imperialismo y como actúa en lo que
amablemente sus agentes y voceros califican como “nuestro patio trasero.” El
capitalismo contemporáneo lo que ha hecho es exacerbar hasta lo indecible su
carácter imperialista y no sólo en Latinoamérica. Recuerden el escarmiento
sufrido por el pueblo griego cuando se “equivocó” al rechazar el brutal
programa de ajuste que le proponía la Troika en Europa, “error” que fue
corregido en una reunión a puertas cerradas en Bruselas; o la gigantesca multa
que el banco francés Paribás tuvo que pagar por transgredir una ley del
Congreso de EEUU que penalizaba a cualquier institución bancaria del mundo,
estadounidense o no, que mediara en las relaciones comerciales entre Irán, Sudán
y Cuba con el resto del mundo. Es decir, la ley estadounidense es la ley del
mundo. O las casi mil bases militares que Estados Unidos tienen en todo el
mundo, caso absolutamente único en la historia. Eso es un imperio, desde Roma
hasta hoy. Y el centro hegemónico del imperio es Estados Unidos, “la nación
indispensable” para mantener vivo al capitalismo en la faz de la tierra. Por
supuesto, sus teóricos y estrategas prefieren obviar el término imperialista
por su desagradable olor, pero la realidad del imperialismo es inocultable y por
eso se esmeran en referirse a ella con nombres más amables. Los expertos del
Pentágono y del Departamento de Estado, la CIA o el Consejo Nacional de
Seguridad prefieren hablar de “primacía”, “superioridad” y, los más audaces, de
“hegemonía” porque son conscientes que palabras como imperio o
imperialismo son indigestas para el delicado estómago de la opinión pública
estadounidense. El eufemismo puede jugar con las palabras e intentar enturbiar
la visión de la cosa, pero esta sigue allí. No por casualidad uno de los más
incisivos estrategos del imperio, Zbigniew Brzezinski, inicia su más reciente
libro sobre la situación actual de Estados Unidos en el sistema internacional con
una sorprendente sección dedicada a la “declinante longevidad de los imperios”,
tácita asunción de que Estados Unidos lo es pues de lo contrario no se entiende
la razón por la cual ese autor se enfrasca en una discusión que es marginal al
objetivo de su trabajo.[2]
         De lo anterior se sigue que los
imperios -aunque se autodenominen, como en el caso de Estados Unidos, “líder
del mundo libre” o “primacía americana”- forjan una relación radicalmente
asimétrica con los países sometidos a su jurisdicción y a los que controlan por
diversos medios. El corolario de esta lógica imperial es que Washington siempre
juega un papel, mayor o menor según las circunstancias y la naturaleza de los
países, en los procesos políticos de los países subordinados, máxime cuando,
como en el caso de Venezuela, esta nación reposa sobre la mayor reserva comprobada
de petróleo del planeta y se sitúa en la Cuenca del Gran Caribe, esa que los
militares norteamericanos creen que es un mar interior de Estados Unidos. Sólo
si la Casa Blanca y sus agencias estuvieran pobladas por imbéciles o por
individuos completamente irresponsables, desconocedores del interés nacional
norteamericano, podría el gobierno norteamericano ser indiferente o mantenerse
al margen de lo que ocurre en Venezuela. La historia latinoamericana en los
últimos dos siglos, desde la Doctrina Monroe 
(1823) en adelante, ofrece cientos de ejemplos de esta constante intervención
de la política exterior norteamericana hacia nuestros países. Intervención que
va desde una discreta pero eficaz monitoreo político hasta el golpe militar y
la invasión militar, como lo prueban los casos de Panamá y República
Dominicana, entre muchos otros. Que hoy se hayan olvidado de Venezuela y no se
interesen por el desenlace de su crisis es absolutamente inverosímil. No
obstante, algo tan elemental como esto pasa increíblemente desapercibido en la
nota de Gargarella y Svampa y por lo tanto en el drama que se
desenvuelve en ese país se asume que Estados Unidos no juega papel alguno. Esto
sólo bastaría para desechar ese artículo, imposibilitado de ofrecer una visión
realista de las cosas.
Pero no es la única ausencia, hay otra más. Al analizar la crisis y los
antagonismos que enervan a Venezuela sólo se habla del gobierno de la
Revolución Bolivariana. Es un análisis muy curioso porque se lanzan diversas
conjeturas e interpretaciones sobre un conflicto institucional muy grave pero
sólo aparece una de las partes del enfrentamiento. La otra, la oposición, es un
fantasma o una sombra que nunca se alcanza a visualizar. Ni una palabra sobre
la génesis y conformación de la oposición y sus principales personajes; del
golpe de estado que protagonizaran en Abril del 2002; nada sobre el paro
petrolero de finales del 2002 hasta los primeros meses del 2003; ni una palabra
sobre las sangrientas «guarimbas» de febrero del 2014. Nada sobre el
líder e instigador del plan sedicioso de «la salida», el señor
Leopoldo López, de quien se dice es un «prisionero político» cuando
en realidad es un «político preso» por haber hecho apología de la
violencia, instigado asesinatos, incendios de edificios públicos, saqueos a
comercios y producido ingentes daños a las propiedades públicas y privadas. No
se dice, por ejemplo, que si López hubiera hecho en Estados Unidos lo que hizo
en Venezuela habría sido condenado como mínimo a prisión perpetua, y
probablemente a la pena capital. La justicia venezolana, en cambio, esa que
descalifican llamándola “chavista”, fue tan benigna que sólo lo condenó a 13
años y 9 meses de prisión. Nada se dice tampoco de que los líderes de esa
oposición se rehúsan a dialogar o acordar nada con el gobierno. Que sus
principales dirigentes viajan a Estados Unidos a persuadir al gobierno de ese
país que invada al suyo propio y que derroque al presidente constitucional
Nicolás Maduro. O que Julio Borges, el presidente de la ilegítima Asamblea
Nacional, que se resiste a convocar a una nueva elección para reemplazar a los
tres «diputruchos» que fraudulentamente fueron incorporados a ella,
se reúne con el Almirante Kurt Tidd, jefe del Comando Sur, para suplicarle que
invada a su país, con el derramamiento de sangre que él y sus compinches de la
oposición saben que esto produciría. En suma, la nota escrita bajo los influjos
maliciosos del “relato” opositor cae en el maniqueísmo político: hay un villano
(Maduro) y un bueno (la oposición) de la cual ni se habla, ni se analiza su
trayectoria. Pobre, muy pobre como análisis político.
Errores
Y por último pasaré revista a unos cuantos errores puntuales, demasiados
para un texto tan breve.
1) la democracia es un
régimen en donde “podemos escucharnos mutuamente”, dicen nuestros autores. Eso
debería ser así pero en Venezuela no lo es por culpa del gobierno. Pero, un
momento: ¿dónde se produce ese maravilloso «escucharnos mutuamente»?
¿Se produjo entre Hillary y Trump;  o
entre Macron y Le Pen; o entre Rajoy y Pablo Iglesias? ¿No es esto una
interpretación demasiado angelical sobre lo que realmente es la democracia como
expresión de la lucha social?
2) se dice que la
«pérdida de la mayoría electoral del chavismo generó una respuesta de
no-reconocimiento y de deriva autoritaria por parte de Maduro.» Pero ¿cómo
ignorar que el chavismo admitió sin chistar las dos elecciones en las que fue
derrotado, sobre un total de 19? La derecha, en cambio, ni una sola vez aceptó haber
perdido. Si hay alguien que jamás reconoció la superioridad electoral del
chavismo fue la oposición. Luego de su victoria en las elecciones a la Asamblea
Nacional de Diciembre del 2015 sus líderes arrojaron por la borda toda la
institucionalidad del estado y proclamaron a voz de cuello que la misión de la
AN no sería convertirse en uno de los poderes del estado sino simplemente
culminar la “Operación Salida” de Maduro. Como no podía ser de otro modo, esta
declaración de guerra de uno de los poderes del estado contra el ejecutivo
produjo un endurecimiento del oficialismo, algo que puede constatarse en los
más diversos países en los que alguna vez se constituyó un conflicto entre el
Legislativo y el Poder Ejecutivo.
3) El Ejecutivo no
desconoció a la Asamblea Nacional electa en diciembre del 2015. Sólo denunció
que tres diputados habían sido elegidos fraudulentamente, como fue comprobado de
modo inobjetable. Ante ello, el Consejo Nacional Electoral solicitó a la
AN que revocara la designación que hizo de esos diputados, pese a su origen
espurio, a lo cual el presidente de la AN, Henry Allup Ramos, se negó y
ratificó la integración de los impugnados. El CNE exigió que la AN convocase a
nuevas elecciones para sustituir a los tres impostores, pues de lo contrario
ese órgano quedaba ilegalizado por el fraudulento acceso de tres de sus
miembros tal como fue establecido en un fallo del Tribunal Superior
Constitucional. De no hacerlo la AN caería en desacato y sus actuaciones serían
insanablemente nulas. ¿Qué hizo la AN? Desconocer no sólo el dictamen del CNE
sino también del máximo órgano judicial de Venezuela. Entonces, ¿quién
desconoce a quién? Es más, el presidente Maduro se presentó a hacer una rendición
de cuentas en Enero del 2016 y dijo explícitamente que reconocía su legitimidad
(porque todavía no se conocía el tema del fraude). Lo que le respondieron fue que
la AN trabajaría para que, antes de seis meses, fuera depuesto de su cargo. Les
recuerdo a nuestros autores que en la Argentina se presentó una situación
parecida (aunque no tan grave) cuando en los años del menemismo y en la crucial
votación de la Cámara de Diputados para privatizar la compañía estatal Gas del
Estado un individuo ajeno al cuerpo se sentó en una banca y levantó su mano
aprobando el proyecto. Descubierto el “diputrucho” por los periodistas que
cubrían esa votación su resultado fue declarado insanablemente nulo y tiempo
después, con los diputados legalmente habilitados para votar se procedió a
realizar una nueva votación. Siguiendo el razonamiento de Gargarella y Svampa
en la Argentina debería haberse dado por buena la primera votación, lo que
constituye un principio absolutamente inaceptable en este país tanto como en
Venezuela.
4) El referendo
revocatorio no fue bloqueado ni postergado por decisión del gobierno sino por
graves vicios procedimentales de la oposición, que inscribieron niños,
difuntos, falsificaron firmas, etcétera. Hay leyes, reglamentos, disposiciones
que cumplir. No es cuestión de poner cualquier nombre, una firma y ya. Además,
en contra de las advertencias del gobierno, iniciaron el trámite del
revocatorio cuando los plazos estaban vencidos. El gobierno en un gesto de
buena voluntad solicitó al CNE que igualmente tomara en cuenta la solicitud
opositora. Pero ante los vicios de forma y fondo arriba señalados la solicitud
de referendo tuvo que ser desestimada. ¿De quién es la culpa?
5) ¿Fallido autogolpe
del Ejecutivo? ¡Por favor! El Ejecutivo necesitaba la autorización de la AN
para sellar un convenio de cooperación entre PDVSA y una empresa extranjera
para la explotación del petróleo en la Faja del Orinoco. Era y es un asunto de
interés nacional, que hace al bienestar público porque los ingresos petroleros
redundan en políticas sociales muy activas. Por ejemplo, el artículo que
estamos criticando debería reconocer que el gobierno bolivariano entregó en
poco más de cuatro años más de un millón y medio de viviendas, record absoluto
en la historia latinoamericana y, probablemente, mundial. La AN, buscando
paralizar al gobierno para hacerlo caer, no se reunió y cayó en la transgresión
caracterizada por la Constitución Bolivariana como «omisión
inconstitucional parlamentaria». Aquella prescribe que, en casos como ese,
la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia, puede, tal como lo
establece la Constitución de 1999, asumir algunas de las atribuciones de la AN
y autorizar o convalidar algunas acciones del Ejecutivo. ¿Que el TSJ se excedió
en apropiarse de las atribuciones de la AN? Seguro. Pero informado de este
hecho por la Fiscal General el “dictador” Maduro exhortó al TSC que acotara las
atribuciones transitoriamente tomadas de la AN, y las cosas volvieron a la
normalidad.[3]
Claro que sí hubo un golpe de estado fallido, y fue cuando la AN declaró
en enero de este año que el presidente Maduro había hecho abandono de su cargo
y que debía llamarse de inmediato a elecciones presidenciales. Esto en
cualquier país se llama «sedición”: tentativa de quebrar el orden
institucional vigente y sus autoridades al margen de la ley, y nuestros autores
lo saben. Imagínense el escándalo que se produciría si en Estados Unidos, o
mismo en la Argentina, el Congreso emitiera una ley de ese tipo. Aparentemente,
para Gargarella y Svampa esta fallida tentativa golpista es una
minucia El relato de la oposición, que hacen suyo nuestros autores, dice que el
golpista es Maduro y punto.
6) ¿»Represión
institucional cada vez mayor»? Algo raro debe estar sucediendo en
Venezuela para que la gran mayoría de las víctimas sean, como en Febrero del
2014, personas ajenas al conflicto (como esa señora a la cual los mientras de
la “oposición democrática” mataron arrojándole desde un edificio de altura una
botella de plástico con agua congelada en su interior), chavistas o personal
policial. Si algo se le puede reprochar al gobierno de Maduro ha sido su
excesiva contemplación en la aplicación de toda la fuerza represiva del estado
a quienes toman las calles por la fuerza para incendiar hospitales de niños,
saquear comercios y apalear a personas que no se solidarizan con sus actos
violentos. El mapa de los incidentes violentos y las guarimbas demuestra
inequívocamente que estas se producen, en la casi totalidad de los casos, en
los 19 municipios controlados por la oposición, y que los revoltosos cuentan
con la protección de las autoridades municipales y sus policías. Es más, el 60
por ciento de las víctimas de la violencia son gentes que no participaban en
las manifestaciones, y otra proporción la aportan los muertos de las fuerzas de
seguridad bolivarianas. Ante esto, ¿qué proponen Gargarella y Svampa? ¿Que el
gobierno se quede de brazos cruzados mientras bandas armadas destruyen el país,
matan a inocentes y cometen toda clase de desmanes? ¡Por favor, donde vieron una
cosa así! ¿Qué fue lo que tantos gobiernos federales o estaduales hicieron en
su tan admirado Estados Unidos ante manifestaciones mucho menos violentas de
los afroamericanos en la época de la lucha por los derechos civiles o durante
las grandes manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam? Recuerden la
brutalidad represiva de la policía y la Guardia Nacional de Estados Unidos en
esa época, y compárenla con la de los policías sin armas de fuego que velan por
la tranquilidad y el orden en Venezuela con gases lacrimógenos y cañones de
agua. ¿Es posible que ignoren algo tan elemental? Por otra parte, ¿quiénes
trajeron a los paramilitares colombianos a Venezuela? ¿Los chavistas o sus
opositores, aliados a Álvaro Uribe? Sería conveniente que exploraran este
asunto.
7) ¿Desabastecimiento?
Sí, claro, pero desabastecimiento programado porque Venezuela subsidia
alimentos y medicamentos, cosa que no hacen sus vecinos. Entonces redes
mafiosas se dedican a contrabandear lo que se produce en Venezuela, que es mucho,
pero que es contrabandeado a países vecinos, sobre todo Colombia, con la
abierta complicidad de Bogotá. El problema principal de Venezuela no es que no
se produce; ha venido produciendo cada vez más, aunque un pequeño número de
artículos esenciales (harina pan, café, azúcar, etcétera) es producido por
grandes oligopolios que regulan la oferta en función del cronograma electoral y
de los altibajos de las luchas opositoras para crear malestar en la población
tal como se hiciera en el Chile de Allende.[4]
Además, buena parte de lo que se produce es exportado ilegalmente, vía
contrabando, fuera del país, casi siempre a Colombia. El medicamento que en
Venezuela cuesta un dólar se vende a cinco en Colombia; el litro de nafta que
vale un centavo de dólar en Venezuela se vende a un dólar y monedas en Colombia,
con la complacencia del gobierno colombiano que debería ayudar a combatir este
flagelo, cosa que por supuesto no hace porque precisamente sus siete bases
militares entregadas a fuerzas armadas de Estados Unidos están allí para
acelerar el derrumbe de la Revolución Bolivariana. Y la “guerra económica” es
uno de sus instrumentos.
8) ¿Corrupción? Sí,
pero allí hay funcionarios gubernamentales y también miembros de la oposición. ¿Qué
es esto de hablar de los corruptos sin hablar de los corruptores? Es un reflejo
del viejo pensamiento liberal que sostiene que el estado, todo estado, es la
esfera de la corrupción mientras que el mercado es el ámbito de la virtud, el
sacrificio y la innovación. Que alguien pueda creer en este cuentito a esta
altura de la historia no deja de ser una asombrosa comprobación. Salvo, claro
está, que en tiempos tan “interesantes” (Eric Hobsbawm) como estos se haya
producido una fenomenal mutación sociogenética en virtud de la cual  hay corruptos sin que haya corruptores; los
primeros están en el estado, los segundos en la sociedad civil. Obviamente, en
la nota que estamos analizando solo se habla de los primeros. Los otros son
ángeles.
9) ¿»Un régimen
crecientemente deslegitimado y autoritario»? Indudablemente que un caos
provocado por una “guerra económica” impiadosa, una ofensiva diplomática brutal
(con un personaje de los bajos fondos como Luis Almagro llevando la batuta de
esta pandilla golpista desde la OEA), un ataque sistemático de los grandes
medios, la condena de desprestigiados y fracasados ex presidentes
latinoamericanos, que sumieron a sus países en la pobreza, la dependencia y el
desamparo, y la omnipresente presión de Washington (recordar la Orden Ejecutiva
de Barack Obama) no puede sino erosionar la legitimidad de un gobierno, de
cualquier gobierno. Pero aún así lo oposición teme la potencia electoral del
chavismo.
En lo que hace a su autoritarismo ¿cómo negar que la oposición a esta
peculiar “dictadura” de Maduro hace y deshace a voluntad? Controla a su antojo los
grandes medios de comunicación y difunde cuantas mentiras se les viene en gana
las 24 horas del día y aplica el “terrorismo mediático” sin escrúpulo alguno;
abandonan sus responsabilidades institucionales y paralizan a la Asamblea
Nacional sin que esta sea disuelta por el Ejecutivo o revocados los mandatos de
los asambleístas; sus dirigentes salen del país para invitar a líderes de EEUU
que el imperio invada Venezuela y derroque a su legítimo gobierno o para hablar
pestes del gobierno bolivariano ante terceros países; sus jefes hacen campaña
apoyando a cuanto candidato presidencial de derecha extrema compita por un
cargo presidencial en América Latina, y así sucesivamente. Pese a esto no
sufren molestia alguna. ¿Hay presos? Seguro: pero no por manifestarse en las
calles, hablar, opinar, difamar, conspirar contra la patria sino por instigar a
la violencia y ejecutar toda suerte de actos vandálicos. ¿Qué clase de
autoritarismo es este? Dado que muchos se regodean hablando de la “dictadura”
de Maduro sólo les pido que me digan que opositor pudo hacer todo esto bajo los
gobiernos de Videla, Pinochet, Garrastazú Medici, Stroessner, Somoza y compañía.
10) Se critica
«el apoyo incondicional de la izquierda al chavismo». Pero qué
pretenden, ¿que apoyemos a la ofensiva destituyente dictada por Estados Unidos
y ejecutada por sus peones locales? Entre el imperialismo y un gobierno, por
deficitario e imperfecto que sea, ¿se nos pide que optemos por el Comando Sur,
por la señora Liliana Ayalde (artífice de los golpes «blandos» en
Paraguay y Brasil y ahora número dos del Comando Sur), por la impresentable
dirigencia opositora de Venezuela? ¿Eso se nos pide? La respuesta es: ¡jamás
cometeríamos tan imperdonable error! Quienes por sus prejuicios y su
empecinamiento en despotricar contra la Revolución Bolivariana –cuyos aciertos
superan ampliamente sus errores- terminen apoyando la estrategia insurreccional
violenta del imperio y sus agentes locales descenderán con deshonor a los
anales de la historia, cubiertos de lodo y sangre. Y no habrá sofismas ni
alambicados argumentos pseudoteóricos capaces de rescatarlos de tan innoble
lugar.
11)  “Nadie debe morir por pensar distinto”, se nos
dice. Correcto. Pero los que están muriendo por pensar distinto son los
chavistas o simples venezolanas o venezolanos que no participaban en ninguna
manifestación. De hecho, los que mataron a 43 personas en Febrero del 2014 y a
otros tantos en la actual ofensiva ha sido, principalmente, la oposición
sediciosa. Los que pueden morir por pensar distinto son los chavistas, no los
artífices de la contrarrevolución.
13) Se dice, al
concluir el artículo de Gargarella y Svampa, que hay que entender «que
enfrente no están los enemigos sino los que no piensan como nosotros, pero que
en lo que importa son iguales a nosotros: seres humanos dignos, que piensan y
sienten y sufren y se emocionan, y que merecen, como nosotros, igual
consideración y respeto.» Este pseudo humanismo por más que entibie
nuestros corazones pensando en la fraternidad universal es, cuando se lo baja a
la coyuntura actual de Venezuela, un razonamiento que no tiene el menor asidero
empírico. Y no sólo en este país. Los que amputaron las manos de Víctor Jara y
luego lo asesinaron a sangre fría en Chile, ¿era gente como nosotros? ¿Los militares
argentinos que violaban a mujeres embarazadas, las torturaban introduciéndoles
botellas de vidrio roto en sus vaginas, les robaban sus niños y luego las
tiraban desde un avión al mar, ¿eran como nosotros? Los escuadrones de la
muerte que asolaron tantos países de la región ¿eran gentes como nosotros? Y
los que en la Venezuela de hoy reclutan paramilitares o lúmpenes para incendiar
hospitales, tender «guayas» para decapitar motoqueros desprevenidos,
arrojar bombas molotov contra policías que no portan armas de fuego, destruir
todo lo que encuentran a su paso y moler a golpes a vecinos que quieran
atravesar la guarimba para ir a trabajar o comprar alimentos, esos, ¿son
iguales a nosotros? Tremendo error. ¿Cómo se defiende una sociedad de tan
arteros ataques? ¿Rezando siete Ave Marías o descargando sobre ellos –los
violentos, no los sectores pacíficos y minoritarios de la oposición- toda la fuerza
represiva del estado?
Termino diciendo que aquel razonamiento, aquella bella exhortación a la
fraternidad universal y al humanismo -que evoca figuras entrañables como Erasmo
de Rotterdam, Tomás Moro y Inmanuel Kant- termina siendo mala filosofía, peor
teología y pésima sociología cuando esos principios éticos son trasladados sin
mediaciones al barro y la sangre de la Venezuela actual, Es imposible entender a
los sujetos de la contrarrevolución y sus agentes con esas bellas categorías.
Estoy absolutamente seguro que Gargarella y Svampa, al igual que el autor de
estas líneas, jamás haríamos algo como los horrores descriptos más arriba. O
como lo que hacen Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, Lilian
Tintori, Henry Allup Ramos o María Corina Machado, gentes que se arrastran para
lograr que el Comando Sur invada a Venezuela so pretexto de la “crisis
humanitaria” que ellos en buena medida han creado. Todas estas son gentes de
una incurable perversidad y no son iguales a nosotros. Ni son iguales al pueblo
chavista que ha sobrevivido con abnegación y heroísmo a tantas malevosías. Ni
tampoco son iguales a la enorme mayoría de la dirigencia chavista, que trata de
gobernar un país que la oposición ha tratado de convertir en ingobernable con
el infame propósito de reconquistar el poder y usufructuarlo a favor de los
intereses que por siglos sojuzgaron a Venezuela.  ¿Hablar de Venezuela? Sí, por supuesto, pero
diciendo la verdad.


[1] El dossier está disponible en https://www.pagina12.com.ar/36336-encrucijada-venezolana  e incluye también dos breves notas de Modesto
Guerrero y el autor de este trabajo.
[2] Cf. Zbigniew
Brzezinski, Strategic Vision.
America and the Crisis of Global Power (New York: Basic Books, 2012).

[3] Recuérdese que el Tribunal Supremo de Justicia dictaminó que en Abril
del 2002 no hubo un “golpe de estado” contra Chávez sino que se produjo un
milagroso “vacío de poder”.  La
“dictadura chavista” no objetó esa escandalosa sentencia del TSJ ni tampoco
disolvió el organismo. Chávez dijo estar en desacuerdo con el fallo de la Corte,
pero que lo acataba más allá de su opinión personal, cosa que efectivamente hizo.

[4] Sobre este tema de la “guerra económica” los datos duros que aporta
Pascualina Cursio en su magnífico libro son demoledores del argumento opositor.
Ver su La mano visible del mercado. Guerra económica en Venezuela
(Caracas: MinCI, 2017)