6.1.2016

Sigue la nota, que publicará mañana Jueves 7 Página/12.

Venezuela: la tentación de una dictadura parlamentaria
(Por Atilio A. Boron ) La derecha venezolana estrenó su mayoría
calificada en la Asamblea Nacional con un grito de guerra: desandar el camino
iniciado en enero de 1999 cuando Hugo Chávez Frías juró sobre la moribunda
constitución de la Cuarta República que impulsaría las transformaciones políticas,
económica y sociales que el pueblo de Venezuela reclamaba desde hacía mucho
tiempo. Más allá de las especificidades y los innegables problemas del momento
actual lo cierto es que la irrupción de Chávez marcó un antes y un después en
la historia no sólo de su país sino de América Latina y el Caribe. Después de
Chávez nada seguirá siendo igual, y se engañan quienes piensan -en Venezuela
como en la Argentina de Mauricio Macri- que se puede desandar el reloj de la
historia. Así como la izquierda sabe que una circunstancial mayoría electoral
no basta para garantizar el triunfo de la revolución, no es menos cierto que una
favorable aritmética parlamentaria tampoco es suficiente para hacer lo propio
con un proyecto reaccionario. Las clases y capas populares pueden estar muy descontentas
con la gestión macroeconómica o con los estragos de la corrupción en la
Venezuela actual, pero parece muy poco probable por no decir imposible que la
paciente labor pedagógica de Chávez y el aprendizaje popular de todos estos
años de sueños, luchas y realizaciones hayan caído en el olvido. Los problemas
económicos del momento no alcanzan para cancelar los notables cambios en la
conciencia de las clases y capas populares. El pueblo sabe lo que fue la Cuarta
República, al servicio de quienes gobernó y quienes fueron sus personeros,
muchos de los cuales aparecen hoy travestidos como si fueran impolutos
representantes de la república. Y el chavismo, antes y ahora, podrá haber
cometido muchos errores pero sus aciertos históricos superan ampliamente sus
desaciertos. En ese sentido, el balance deja un saldo positivo que los
problemas del momento no alcanzan a eclipsar. Y si la derecha se confunde y
cree que una transitoria mayoría en la Asamblea Nacional equivale a una carta
blanca para volver al pasado más pronto que tarde caerá en la cuenta de que el
poder social es una construcción mucho más compleja y que excede los límites
del ámbito parlamentario. Este es importante, sin duda, pero está lejos de ser
una plataforma desde la cual impulsar un proyecto que recorte ciudadanía, atente
contra derechos económicos y sociales y socave la soberanía nacional. Si,
ensoberbecida, aquella tuviera la osadía de pretender avanzar por este camino e
instaurar una suerte de dictadura parlamentaria sus temerarios mentores
tropezarían rápidamente con una encarnizada resistencia social. Aprenderían,
rudamente, lo que es la dualidad de poderes y la posibilidad de perder en las
calles lo que ganaron en las urnas. La protesta plebeya asumiría bien pronto un
inesperado (para ellos) protagonismo, demostrando la eficacia práctica de un
contrapoder nutrido en la memoria histórica de un pueblo y en los sueños
emancipatorios que Chávez supo inculcar entre los venezolanos y que son como
las brasas aún ardientes debajo de las cenizas engañosas del momento, que un
simple soplo las hará renacer con fuerza. Y ese aliento lo puede desatar la
tentación de la derecha al caer en el fetichismo de lo que Marx llamó el “cretinismo
parlamentario”: pensar que una mayoría legislativa equivale a una mayoría
social, y que una momentánea, transitoria, supremacía electoral es suficiente
para ejercer una dictadura parlamentaria. Por una de esas trampas de la
dialéctica histórica, o de una hegeliana “astucia de la razón”, ese mal paso de
una derecha ganada por el odio visceral hacia los plebeyos soliviantados podría
ser lo que hoy necesita el alicaído chavismo para re-encenderse con fuerza en
la noble tierra venezolana.