(Por Atilio A. Boron) Pasada la medianoche del
domingo la edición digital del diario Clarín
(Buenos Aires) no decía una palabra sobre el resultado de las elecciones
venezolanas. Su colega La Nación, en
cambio, titulaba de la siguiente manera lo ocurrido en Venezuela: “
Rotunda victoria del
chavismo en las regionales, resultados que la oposición no acepta”. En un caso
ninguneo absoluto de la noticia: el acontecimiento no existió; en el otro,
manipulación de la noticia, porque el énfasis está puesto en el hecho de que,
como era previsible, la oposición no aceptaba su derrota. El Nuevo Heraldo (Miami) es más cauteloso, y titula así: “Chavismo
gana 17 de 23 gobernaciones; oposición venezolana denuncia posibilidad de fraude
en elecciones.” Lo que se da como un hecho para La Nación pasa a ser una posibilidad de fraude para el periódico de
Miami. El Nacional de Caracas también destacaba las 5 gobernaciones obtenidas por la MUD frente a las 17 del PSUV. 
Al terminar de escribir estas notas aún no
se había definido la situación del estado Bolívar, que de ningún modo podría
alterar el paisaje electoral. En la Argentina casi todos los programas
informativos de la mañana de hoy, lunes, oficialistas declarados o
vergonzantes, sólo hablaban del fraude. Para fundamentar tan grave acusación entrevistaban
a irreprochables informantes, todos ellos férreos opositores al gobierno
bolivariano que decían, sin aportar una sola prueba, que las elecciones habían
sido fraudulentas. Repito: para esos pseudo-periodistas -en realidad pérfidos
agentes de propaganda de la derecha- los dichos de los rabiosos perdedores de
ayer son evidencias más que suficientes para desechar el veredicto de las
urnas.
Es obvio que el resultado registrado ayer domingo en Venezuela es un
duro golpe para la derecha, no sólo de ese país sino de toda América
Latina.  Un revés para los planes
golpistas y destituyentes obsesionados por derrocar a Nicolás Maduro y, de esa
forma, apoderarse del petróleo venezolano que es lo único que le interesa a
Washington. Ese resultado es, asimismo, un caso excepcional en donde un
gobierno atacado con saña desde el exterior: guerra económica, ofensiva
mediática, agresión diplomática (la OEA, gobiernos europeos, etcétera),
amenazas de intervención del gobierno de Estados Unidos (declaraciones de
Donald Trump, Rex Tillerson, Mike Pompeo, y otros personajes menores) y que
provoca indecibles sufrimientos a la población logra prevalecer en las urnas.
No recuerdo otro semejante en donde ante esta perversa constelación de factores
desestabilizadores un gobierno haya salido triunfante en las urnas con una
mayoría absoluta de votos, en torno al 54 por ciento. Una proeza similar la
concretó Salvador Allende. Enfrentado a un ataque muy pertinaz aunque no tanto
como el infligido a Venezuela, obtuvo un gran resultado en las elecciones de
diputados de Marzo de 1973 al alzarse con el 44.2 % de los votos, impidiendo
que la oposición de derecha alcanzara los dos tercios necesarios en el Senado
para destituir al presidente chileno. Aún así, está lejos del guarismo obtenido
por el chavismo. Y Winston Churchill perdió las elecciones convocadas con la
finalización de la Segunda Guerra Mundial a manos del laborista Clement Attlee:
49.7 % contra 36.2 % de Churchill. Las penurias de una guerra, declarada o no,
afectan negativamente a los partidos gobernantes y Churchill lo sufrió en carne
propia, todo lo cual realza aún más la notable victoria obtenida por el
chavismo en las elecciones regionales del día de ayer.

Por supuesto, como era previsible, la derecha
habla de un fraude: ¿habrá habido tal cosa en el Zulia, en Táchira, en Mérida,
en Nueva Esparta y Anzoátegui, donde triunfó la oposición? O sea, donde esta
triunfó no hubo fraude sino un límpida consulta ciudadana; donde perdió, hubo
fraude. Un disparate. Aquellos son estados muy importantes, y curiosamente el
gobierno del “dictador” Nicolás Maduro aceptó el revés electoral sin chistar.
El rechazo de la derecha y sus aliados fuera de Venezuela ante las reiteradas
derrotas sufridas a manos del chavismo es una práctica viciosa que se arrastra
desde que Hugo Chávez triunfara en los comicios presidenciales de Diciembre de
1998. Como es bien sabido, las relaciones entre la derecha y la democracia
siempre han sido tirantes. Su historia es la historia de un matrimonio mal
avenido que da pie a “una relación infeliz.” La primera acepta a la segunda
sólo cuando la favorece, cosa que no ocurre con la izquierda que
invariablemente aceptó el veredicto negativo de las urnas, como lo demuestra la
historia venezolana en estos últimos 18 años. La victoria roja en el crucial
estado de Miranda, arrebatado a Henrique Capriles, es todo un símbolo de la
vitalidad del chavismo pese a las enormes dificultades que venezolanas y
venezolanos enfrentan en la vida cotidiana como producto principal, si bien no
exclusivo, de la fenomenal agresión externa. Por el tamaño de su electorado Miranda
es el segundo distrito del país. Pero el chavismo también triunfó en Lara,
Carabobo y Aragua, que son los tres que le siguen por la dimensión de su cuerpo
electoral. Pero la derrota del oficialismo en la llamada “media luna”: Zulia,
Táchira y Mérida, estados fronterizos con Colombia, es preocupante y no puede
ser medida tan sólo en términos electorales. Allí anidan sectores animados por
un fuerte espíritu secesionista que, si las condiciones internas llegaran a
deteriorarse, podrían convertirse en una crucial cabeza de playa para facilitar
alguna intervención foránea en Venezuela.


A pesar del sabotaje al proceso electoral y
las denuncias anticipadas de fraude, lanzadas con el objeto de desalentar la
participación popular en el comicio, el 61.14 % que acudió a las urnas –algo más
de diez millones de ciudadanos- se ubica por encima del promedio histórico para
este tipo de elecciones estaduales y constituyen motivo de envidia de más de un
país cuyas credenciales democráticas jamás son puestas en cuestión por la
ideología dominante. Por ejemplo, Chile, en donde en las últimas elecciones
presidenciales participó, en el balotaje entre Michelle Bachelet y Evelyn
Matthei, apenas el 41.9 del padrón electoral. Pese a esto la canalla mediática
no cesa de caracterizar al gobierno bolivariano como una “dictadura”. Muy
extraña, como lo recordaba Eduardo Galeano: con elecciones cada año -22 con las
que se celebraron el día de ayer- ­y aceptando las derrotas cuando se
produjeran. Sin duda, un duro rompecabezas para los politólogos y publicistas
del establishment que tienen que
vérselas con una rarísima “dictadura” adicta a las elecciones. Para resumir: el
chavismo, que antes contaba con 20 gobernaciones pierde tres y retiene 17. Pero
la recuperación de Miranda y Lara tiene un significado político muy especial
porque se reconquistan dos baluartes desde los cuales la derecha planeaba
relanzar sus aspiraciones presidenciales.

Lo que se viene no parece difícil de
discernir. Desesperada por su frustración electoral un sector de la derecha,
acicateada por sus amos estadounidenses, anuncia su voluntad de largarse por
tercera vez a “calentar las calles” y apostar a la violencia criminal como
forma de acabar con el chavismo. Cosa que habrían hecho de todas maneras porque
un triunfo como el que se les escapó de las manos y que anhelaban con tanta
(infundada) esperanza los habría envalentonado para “ir por más” y exigir la
renuncia de Maduro y un llamado anticipado a elecciones presidenciales. O sea,
desconocimiento de las elecciones cualesquiera fuesen sus resultados. Como
perdieron su debilísimo espesor democrático se habrá licuado por completo y
–ojalá me equivoque- seguramente veremos el súbito resurgimiento de la ola
terrorista que asoló el país durante más de tres meses. En tal caso, será
responsabilidad indelegable del gobierno garantizar el orden público aislando a
los sectores terroristas y evitando que, con sus desmanes y su “intransigencia”,
se pongan a la cabeza de la oposición. Pero para que tal cosa no ocurra será
necesario no sólo impedir con energía la irrupción de la violencia sino también
fortalecer los canales de diálogo con las fuerzas políticas que apostaron a la
institucionalidad democrática y que conquistaron el gobierno en cinco estados.
Venezuela no puede volver a transitar por la pesadilla padecida entre Abril y
Julio del corriente año. Su pueblo no merece la reiteración de tamaño castigo y
la revolución bolivariana no debe volver a transitar al borde del abismo como
ocurriera durante aquellos aciagos meses. En suma: una importante victoria del
chavismo, logros significativos de la oposición en algunos estados de gran
importancia económica y geopolícia, y la esperanza de que, esta vez, se evite
la recaída en el espiral de la violencia política persistentemente promovido
por la derecha, con el impulso que le ofrece la Casa Blanca y la complicidad de
las oligarquías mediáticas que desinforman y embrutecen a las poblaciones de
Nuestra América.