Buenos Aires, 6 Mayo 2014

(Por Atilio A. Boron) Pocas veces leí tantas mentiras y
calumnias como en la nota de Mario Vargas Llosa en La Nación de ayer titulada “La gesta libertaria de los estudiantes
venezolanos”.  (La nota se encuentra
disponible en http://www.lanacion.com.ar/1687598-la-gesta-libertaria-de-los-estudiantes-venezolanos
) Pocas veces vi a un gran escritor arrastrarse tan bajo para complacer a sus
mecenas imperiales o ser víctima de una menopausia intelectual tan profunda que
lo impulse a mentir descaradamente y a escupir sobre su propio pasado, cuando
defendía con ardor a la Revolución Cubana. Ejemplos de esas mentiras:
«millones de estudiantes en las calles» protestando contra el
gobierno bolivariano, cuando fueron unos pocos miles los que ganaron las calles
sobre los casi dos millones y medio de universitarios que hay en Venezuela;
Leopoldo López elevado a la categoría de «preso político» por
perpetrar crímenes que en Estados Unidos o Francia lo condenarían a prisión
perpetua; exaltar a los «guarimberos» como una amable tertulia de
estudiantes e intelectuales, mientras tienden un alambre de púa a ambos lados
de la calle para, en la noche, decapitar a motociclistas desprevenidos;
«por doquier se levantaron barricadas», dice el escribidor, cuando en
el momento de su apogeo había guarimbas en 18 de los 335 municipios existentes
en Venezuela(¿qué quiere decir “doquier”?); “cerca de cincuenta compañeros que
han perdido ya la vida” a manos del gobierno, cuando la realidad es que la
mayoría de las víctimas de la violencia de la derecha han sido chavistas o
funcionarios del gobierno y sus fuerzas de seguridad. Son estos “pacíficos
disidentes” quienes incendian universidades y edificios públicos, destruyen
parques y plazas, pegan fuego a automóviles o transportes colectivos, y quienes
han salido a las calles dispuestos a matar.  

La densidad de mentiras por cada línea de esa nota no tiene
parangón, prueba  irrefutable de lo que
decía en una de sus novelas Alejo Carpentier acerca del «ultraje
irreparable de los años.» Sólo que en el caso de Vargas Llosa es un
proceso muy agudo y que comenzó hace mucho tiempo, antes de que llegara a su actual
decrepitud intelectual y moral. Habría que estudiar las razones por las que un
gran escritor, que sin duda lo es, y que conoce los crímenes y las artimañas
del imperialismo y sus secuaces locales como pocos (quien lo dude le recomiendo
leer lo que pone en boca de Roger Casement, el luchador anticolonialista de El Sueño del Celta) puede llegar a
arrastrarse en el fango inmundo en que hoy se revuelca Vargas Llosa contando
sus “mentiras que parezcan verdades”, como el mismo definió el arte del
novelista. Sólo que cuando escribe ensayos sobre la realidad contemporánea de
Venezuela esas mentiras no son un inocente entretenimiento sino que se
convierten en una siniestra coartada para alentar y justificar en ese país un
desenlace sangriento como el producido por las hordas neonazis en Ucrania. Y de
eso, tarde o temprano, tendrá que hacerse responsable.