1.2.2014


¡Ya se nos fue un mes del 2014, y qué mes! ¡Qué fin de año, qué comienzo! Tiempo de debatir a fondo, siguiendo la recomendación de un gran historiador de la Antigua Roma, Tácito, que al estudiar la turbulenta historia romana y su trágico tránsito de la república al imperio, decía que eso había que hacerlo «sine ira et estudio«, es decir, sin odio o animosidad y también sin prejuicios o parcialidad. Por eso es que me permito compartir un muy interesante artículo del Ingeniero Enrique Martínez, entre el 2007 y el 2011 Presidente del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) sobre el tema de la devaluación, el dólar y la inflación.


Pero antes quiero provechar esta introducción para responder a comentarios y preguntas que se me han hecho sobre si el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tendrá la osadía de nacionalizar al comercio exterior, en línea con lo que propusiera en mi nota anterior. Creo que no hay una predisposición hacia ello porque se perdió la oportunidad, en la época de las «vacas gordas», para derogar la Ley de Entidades Financieras de Videla-Martínez de Hoz y la reaccionaria y antipatriótica Ley de Inversiones Extranjeras de Menem-Cavallo (1993) por la cual se autoriza la irrestricta remesa de utilidades de las empresas extranjeras y la repatriación sin compensación de la inversión original. Siguen también en pie los infaustos Acuerdos Bilaterales de Inversión y el papel no menos nefasto del CIADI para dirimir las controversias entre las transnacionales y el Estado. O sea que no hay muchas razones para esperar un cambio en la coyuntura actual y se tiene la impresión que el kirchnerismo ha tropezado con sus límites. Pero, hay que tener en cuenta dos factores intervinientes que podrían impulsar una tan involuntaria (para el gobierno) como intempestiva «salida por izquierda»: 


(a) el ritmo de la crisis se está acelerando, lo que hará que aunque sea para asegurar su propia supervivencia el gobierno no tenga más remedio que aplicar políticas radicales de control de los grandes oligopolios que hasta el día de hoy manejan a su antojo el comercio exterior argentino. En este caso el egoísmo y el cortoplacismo políticos podrían impulsar a un gobierno remiso a encarar medidas de fondo en el momento actual -un gobierno que transmite la sensación de haberse resignado a quedar sometido al poder de las transnacionales- a hacer algo que no estaba en sus planes so pena de ser devorado por la crisis, corriendo la misma suerte de gobiernos precedentes. Pero esto dependerá en buena medida de que …


b) el gobierno abandone la creencia de que la crisis se soluciona «enviando señales positivas a los mercados».

   – Primero, porque los mercados son instituciones que tienen actores dominantes y otros subordinados. «Señales positivas» para quienes controlan los mercados, y sobre todo el comercio exterior, serían por ejemplo eliminar de raíz cualquier intervención del Estado en la fijación del tipo de cambio con lo cual la pugna entre las fracciones dominantes del capital sería la que resolvería si el dólar debería valer 8 pesos, 12, 15 o 20, abriendo la puerta a una maxidevaluación que si el gobierno no puede controlar podría desembocar en un nuevo «Rodrigazo» (¡devaluación del 160 % del peso en Junio de 1975!) como el que desquició a la economía y preparó el terreno para el golpe cívico-militar del 24 de Marzo de 1976. Moraleja: cuánto más se permita a los leones cebarse con víctimas humanas más sanguinarios habrán de ser. 
     – Segundo, abandonar también la creencia de que la crisis se soluciona «restaurando la confianza de los mercados». Craso error: la única manera de solucionar la crisis es construir una relación de fuerzas que permita «poner en caja» a la insaciable voracidad de los capitalistas. Está en el ADN de los mercados su condición de perpetua inestabilidad y crispación. O el Estado los domina, a partir de una favorable correlación de fuerzas, o los mercados terminan dominando a aquél, y allí se acabó la democracia. 


Leamos a continuación la nota de Enrique Martínez.

 

Enrique Martínez

Toda sociedad del
mundo que desee mejorar la calidad de vida de sus integrantes enfrenta
problemas estructurales. Esto es: siempre, con algunas características propias
de cada país
y
muchas otras comunes a todos, hay relaciones entre partes de la comunidad o con
otros países que obstaculizan acercarse a ese horizonte de mejora y que de no
ser modificadas, a la corta o a la larga esterilizan cualquier intento.

Esta condición es reconocida en los discursos
políticos, pero es muy frecuente que los gobiernos caigan en la confusión entre
los aspectos estructurales y los de gestión.

En el segundo caso,
los problemas se derivarían de la ineptitud o la deshonestidad o similares
pobres atributos de funcionarios, que una vez reemplazados dejarían libre el
camino para retomar el objetivo de mejora general. La confusión de planos no se
origina solamente en los diagnósticos débiles. Es muy seductor creer que es
posible sacarse de encima la pesadísima tarea de cambiar las relaciones de
poder o de producción y que es suficiente con no equivocarse, o con ser
imaginativo, en la administración macroeconómica de un sistema que se adopta
como un dato.

En el tratamiento argentino del llamado “frente
externo” – o sea el balance de pagos internacionales – estamos repitiendo ese
error. Desarrollaré con algún detalle mi punto de vista.

Cualquier país tiene su propia moneda, pero para
vincularse con el mundo necesita contar con alguna de las monedas que el grueso
de los países está de acuerdo en recibir, que son solo un puñado (dólar, yen,
euro y alguna otra).

Se consigue divisas por:
a) Exportación de bienes y servicios.
b) Ingreso de turistas.
c) Inversiones de extranjeros en el país
d) Giro al país de utilidades de nacionales
residentes en el exterior

e) Préstamos bancarios.

Se usa esas divisas para exactamente lo
contrario: Importar bienes y servicios; viajar y pasear por el exterior;
invertir en otros países; girar utilidades y regalías de empresas extranjeras;
devolver préstamos. Hay un componente de uso adicional en países con historia
inflacionaria y de inestabilidad, como el nuestro, que es atesorar divisas,
como alternativa de otras formas de ahorro o inversión en el país.

Las dificultades que aparecen en este frente son
una gama, vinculada a cual de los modos de conseguir divisas predomina. En
España o Grecia, por ejemplo, el ingreso por turismo ha tenido históricamente
un peso muy alto. En países o regiones muy pobres, como alguna zona de
Centroamérica, los envíos de residentes en el exterior a sus familiares son
relevantes.

Incluso es necesario hacer algunas aclaraciones
respecto al tipo de exportaciones de bienes que son dominantes en un país.
Básicamente, es importante diferenciar las estructuras extractivas, como las de
países petroleros o mineros, de aquellas con densidad industrial importante,
como en la mayoría de los países de Europa o Corea del Sur o Japón, por caso.

La suma de los fondos generados por los cinco
ítems arriba señalados debe ser suficiente para cubrir todos los egresos en
divisas. Si para que eso suceda hay que apelar al último – préstamos bancarios
– de modo importante, el país está en problemas, porque eso hará crecer los
pagos de intereses y amortizaciones en el tiempo, con la certeza de crisis
recurrentes.

Argentina tiene un pasado económico financiero y
productivo sumamente inestable. Sin embargo, caracterizando la situación de
este siglo, podríamos decir que los volúmenes y precios de una serie de
actividades totalmente o parcialmente basadas en recursos naturales – petróleo,
minería, pesca, agricultura -, sumados a exportaciones de bienes industriales
de uso difundido – acero, aluminio – y complementados con algunos bienes
industriales más complejos, permite asegurar que las exportaciones de bienes y
servicios sean mayores que las importaciones de los mismos rubros.

Eso es así, a pesar de situaciones muy
objetables y por lo tanto mejorables, en la cadena de valor automotriz, en la
industria electrónica de entretenimiento y en la energía, además del
desaprovechamiento de mejorar la participación nacional en la oferta de bienes
de capital. Además, de eso
– dato no menor – apenas 100 empresas exportan el 80% de los bienes que
enviamos a otros países
. Con todos esos problemas pendientes – algunos
estructurales y otros de gestión -, insisto, el saldo entre exportaciones e
importaciones es positivo en alrededor de 10.000 Millones de dólares anuales.

El problema es que esa suma no alcanza para pagar la
amortización de la deuda externa heredada y girar las utilidades de empresas
extranjeras, que en este último caso, pasaron de 300 Millones de dólares en
2003 a 9000 Millones en 2013
, debido a la enorme expansión del consumo
interno. Para no pasar sobresaltos debemos contar con los siguientes elementos:

1 – Más gasto aquí de turistas extranjeros que
de compatriotas en el exterior.

2 – Inversiones externas relevantes.
3 – Muy baja o nula tendencia de compatriotas a
atesorar en divisas.

La combinación de esos tres elementos debe
cubrir el rojo arriba señalado o pasamos a perder reservas acumuladas y/o
tenemos que buscar préstamos externos nuevos.

El escenario descrito cuenta la estructura semi
cuantitativa de nuestra balanza de pagos. Desde 2003 hasta 2009/10 los
componentes se acomodaron de un modo tal que se pudo pagar mucha deuda externa
y atender los giros de empresas extranjeras, aumentando no obstante las
reservas del Banco Central de manera muy significativa.

Desde entonces hasta aquí las utilidades de empresas extranjeras se
hicieron más y más importantes; los déficit automotriz, electrónico y
energético achicaron el saldo comercial en más de 5000
Millones de
dólares; el clima político reavivó la memoria de atesoramiento en divisas de
una manera muy importante y comenzó la caída de reservas.

Apareció
el dólar paralelo
, que se llevó fuerte
proporción de los gastos de extranjeros en el país; comenzaron los controles
sobre importaciones y particulares y llegamos a la situación actual, con luces
amarillas sobre nuestra capacidad de atender las futuras obligaciones externas
y mantener la dinámica de crecimiento.

El instrumento de la Devaluación

El cambio en la paridad cambiaria ha sido un mecanismo muy utilizado por los
países de mundo central.

En toda la segunda mitad del siglo pasado, por
ejemplo, Inglaterra buscó compensar su atraso tecnológico y su consiguiente
pérdida de productividad física, como imperio declinante que era, devaluando la
libra esterlina. De tal modo, consiguió abaratar sus productos exportables y
volver a ganar aire.

Estados Unidos, en el último cuarto de siglo,
repitió el esquema, para achicar los monstruosos déficits comerciales que
arrastra. La moneda común en la Unión Europea eliminó esa posibilidad de
recuperar exportaciones mediante la devaluación y es uno de los factores que
lleva a la crisis profunda a los países de menor nivel tecnológico como España,
Grecia o Portugal. O sea que, efectivamente, la devaluación ha sido y es un instrumento utilizado
legítimamente como forma de preservar y potenciar el trabajo local en los
países más industrializados,
dentro de ciertos límites.

En
países como los nuestros, sin embargo, la situación es distinta
. El grueso de las exportaciones no modifica su volumen cuando se devalúa.
La soja, el oro, el
mineral de cobre o el petróleo
que se producen y exportan dependen mucho más de otros
factores que de la paridad cambiaria.

Tampoco es determinante para producir acero o
aluminio, cuyas capacidades instaladas determinan con bastante rigidez los
niveles de producción. En
todos esos ámbitos, simplemente, la devaluación implica una transferencia de
ingresos a favor de los exportadores y algunos de sus proveedores, que aumentan
sus ganancias por recibir más pesos por dólar y gastar menos dólares al pagar
salarios o servicios locales.

Comparado con el
escenario inglés recién mencionado, una devaluación favorece las exportaciones
industriales puras, que representan un 25% del total y facilita la sustitución de importaciones por
productos nacionales en aproximadamente un 15% del total
, que son los
textiles, calzado, juguetes, bienes de consumo similares, además de algunas
motocicletas, heladeras y bienes durables de similar complejidad. El grueso de las demás
importaciones no tienen sustitución rápida posible o – lo cual es
estructuralmente muy grave – son bienes cuya importación depende de decisiones
de multinacionales, que no se guían solo por el costo, sino que favorecen sus
propias cadenas de proveedores
.

Agregado a eso, está el inconciente /conciente
colectivo sobre la paridad cambiaria. Las devaluaciones inglesas no provocaban
corridas masivas hacia los dólares. Aquí si.

Las devaluaciones inglesas no provocaban
remarcaciones masivas de los bienes nacionales. Aquí si.

El análisis de los últimos 40 años de la
economía argentina muestra que el principal efecto de cada devaluación ha sido una caída de la
participación de los trabajadores en el ingreso, además de una reducción
concreta del salario real.

¿Por qué devaluar hoy y aquí?
Es necesario tener claro si la devaluación fue deliberada o se debió a
un “golpe de mercado”, como se marca insistentemente a partir de la maniquea
maniobra de Shell
, que considero por todos conocida.

El sistema vigente en Argentina para el mercado
cambiario es el de flotación administrada. Se establecen los destinos posibles
de la divisa y los bancos venden solo para eso, con el Banco Central como
proveedor de última instancia, con mucha mayor espalda que cualquier banco y
por lo tanto con capacidad de fijar la paridad día por día.

Así funciona desde 2003. Sin embargo, los dos últimos días antes del salto
de paridad, el BCRA decidió retirarse como proveedor. O sea la compra venta
podía ser la fijada entre las partes.

Shell hizo una maniobra alcista, pero como
cantando falta envido con 26, porque el
BCRA estaba fuera del mercado
y esta fue la razón del salto de paridad y no
otra
. Es decir: Hubo y hay fuertes
grupos interesados en la devaluación, pero el BCRA allanó totalmente el camino para ello. Fue
una decisión oficial
.

¿Por qué? Aparentemente – es mi hipótesis – porque se tomó la decisión
de considerar como problema central al dólar paralelo
y en consecuencia
desinflarlo a través de aumentar la paridad oficial y aumentar el acceso de
particulares al atesoramiento en divisas, son dos primeras medidas que se
consideran potables.

Esta es justamente la decisión que considero que
elude el análisis estructural. Puede haber pérdida de competitividad por la
diferente velocidad de cambio de la paridad cambiaria de los últimos años
respecto de los aumentos salariales y la tasa general de inflación. Puede ser.

Pero corregir esa disparidad con un mecanismo
con muy mala memoria nacional y que además beneficia de manera clara solo a una
fracción menor de las exportaciones o abre la puerta a una sustitución aún más pequeña de las
importaciones
, además de perjudicar el bolsillo de todos los trabajadores,
implica olvidarse de:

. El peso del giro de utilidades de las corporaciones multinacionales,
que ya equivalen a todo nuestro saldo comercial
.

. La dependencia comercial respecto de un pequeño grupo de exportadores de
nuestras riquezas
más relevantes.

. Una cadena automotriz que depende un pequeño grupo de trasnacionales con
sede central en Brasil
, que no tiene programas de integración nacional
de partes.

. Un enclave ensamblador de productos electrónicos que ya tiene un peso de
casi 4000 Millones
de dólares en nuestras importaciones.

. La falta de agresivos programas de generación de energía a partir
de recursos renovables, para reducir y hasta eliminar las importaciones de gas.

. Finalmente, la capacidad de las grandes corporaciones que atienden el
consumo popular de apropiarse vía inflación de todo intento de mejora salarial
a través de aumentos masivos
, lo cual establece una dolorosa secuencia
aumentos salariales /inflación/devaluación/inflación y así siguiendo.

Al menos estos seis ítems son de naturaleza
estructural. Son problemas de base del país, que residen en relaciones de
producción que debemos modificar día a día, por largo tiempo.

Si razonamos a partir de estructuras que creemos
que son un dato, buscamos culpables anecdóticos de nuestros males y operamos
solo sobre el espacio de las finanzas, estaremos jodidos.

Aclaración importante: Todo lo antedicho son las reflexiones de un
militante del campo popular que cree una obligación explicitar su mirada. No
busca comprometer al espacio político que me contiene ni abrir espacios para
aventureros que maquillen el pasado y pretendan volver a él. Por el contrario,
busco señalar que nosotros
los que adherimos a este intento desde 2003 – somos quienes debemos volver
sobre nuestros errores y encontrar en camino correcto, porque realmente en
nosotros está no solo la obligación sino también la oportunidad.

Ingeniero Enrique Martínez
Ex Presidente del INTI,
Instituto Nacional de Tecnología Industrial (2007-2011)