(Por Atilio A. Boron) A Donald Trump lo
acechan tiempos difíciles. Sus bravatas de campaña siguen en el plano de la
retórica y no se traducen en hechos. Lo esencial de su promesa: el retorno de
los empleos que emigraran a China y otros países de bajos salarios ha caído en
oídos sordos de los CEOs de las grandes transnacionales estadounidenses que pagan
en aquellos países la décima parte del salario que deberían oblar en Estados
Unidos para obreros que, además, trabajan más de ocho horas diarias y están
expuestos a muchos más accidentes de trabajo.[1] El muro
que dividiría la frontera entre México y Estados Unidos tiene remotas
posibilidades de concreción, y no sólo por su fenomenal costo cinco o seis
veces superior al que anunciara Trump en su campaña. Aparte, fue condenado
públicamente por el Papa Francisco y Angela Merkel en su reciente visita a
México. El escándalo del “rusiagate”, aunque sea una farsa montada por sus
enemigos dentro de Estados Unidos se yergue como una letal amenaza a su
permanencia en la Casa Blanca. En el Congreso suenan tambores de guerra
reclamando un juicio político al nuevo presidente. Tampoco lo ayudan los oscuros
negocios de su yerno y la clara incompatibilidad de intereses entre su emporio
empresarial y su función como presidente.

 La ruta de escape ante tantas tribulaciones
internas ha sido la usual en estos casos: un gesto de reafirmación de su
autoridad en la escena mundial, para demostrar que el gigante todavía está allí
y que en cualquier momento puede pegar un zarpazo brutal. Un bombardeo sin
sentido –y con sorprendente mala puntería- a un aeropuerto en Siria como para
decir “aquí estamos” en un escenario cada vez más dominado por la presencia de
Rusia e Irán o arrojar sin ton ni son la “madre de todas las bombas” en una
zona remota y despoblada de Afganistán. Por último, un amenazante desplazamiento
de la Flota del Pacífico hacia las proximidades de Corea del Norte en
represalia por sus experimentos misilísticos, movida  que quedó sólo en eso Japón ni bien Tokio y
Seúl advirtieron al bocón de Washington que la capacidad retaliatoria de
Pyongyang podría provocar enormes daños en varias ciudades de Japón y Corea del
Sur.



Y ahora Cuba, esa
vieja y enfermiza obsesión que frustró a once presidentes norteamericanos y que
ahora está a punto de cobrarse una nueva víctima en la persona del magnate
neoyorquino. Con su nueva política, atizada por la mafia no sólo anticastrista
sino sobre todo antipatriótica de Miami, esa que no tiene reparo alguno en provocar
sufrimientos a su pueblo con tal de promover su ilusoria agenda contrarrevolucionaria,
Trump comienza a desandar el camino iniciado por Barack Obama. Lo hace, hasta
ahora, de manera parcial: las embajadas quedan abiertas, muchas operaciones
comerciales seguirán su curso y los cubano-americanos continuarán visitando la
isla. Pero esta estúpida regresión a los tiempos de la Guerra Fría, a un pasado
que ya no volverá, ocasionará nuevas complicaciones para el ocupante de la Casa
Blanca. Por una parte, porque reavivará las llamas de la tradición
antiimperialista de Martí y Fidel, profundamente arraigada en el pueblo cubano
que cualesquiera sean sus opiniones sobre la Revolución rechaza visceralmente
las ambiciones coloniales de su vecino. Por otra parte, al reinstalar trabas a
las relaciones económicas entre las empresas norteamericanas y Cuba Trump abrirá
un nuevo frente de conflicto al interior de Estados Unidos. Y esto es así porque
son muchos los empresarios –en la agricultura, comercio, hotelería, aviación,
informática, etcétera- que consideran a los trogloditas de Miami una rémora
impresentable e irrepresentativa de la gran mayoría del exilio económico cubano
cuyas absurdas pretensiones les cierran una atractiva fuente de negocios y
favorecen a sus competidores de otros países. Habrá que ver lo que pueda
ocurrir con la nueva política de Trump cuando estos poderosos actores locales
de la política norteamericana presionen sobre la Casa Blanca para defender sus
intereses. O cuando el estadounidense común y corriente se dé cuenta de que de
ahora en más podrá seguir viajando sin restricciones a Corea del Norte, Sudán,
Siria e Irán, países incluidos como “estados fallidos” por el Departamento de
Estado, pero no a Cuba. Lo más probable será que se fastidie y que piense que
tenían razón los 35 profesionales de la Asociación Psiquiátrica Americana
cuando dieron a conocer una carta abierta en el New York Times asegurando que
el nuevo presidente “muestra indicios de una severa enfermedad mental.”[2]


[1] Cf.  http://www.huffingtonpost.com/2012/03/08/average-cost-factory-worker_n_1327413.html
[2] http://www.excelsior.com.mx/global/2017/02/16/1146714