(Por Atilio A. Boron) El pasado domingo 29 de
marzo el semanario Miradas al Sur
publicó una nota de Miguel Russo titulada “Debate sobre el debate” en la cual
se refería a la controversia suscitada en torno al Foro Emancipación e Igualdad
que sesionó en Buenos Aires entre el 12 y el 14 de ese mismo mes.[1] En ella menciona un texto
de mi autoría -que circuló exclusivamente por las redes sociales y algunos
periódicos digitales- en donde se vuelcan unas pocas reflexiones sobre el
“Manifiesto de Buenos Aires” dado a conocer por los organizadores una vez
finalizado el evento.[2] Para ilustrar  los alcances de las divergentes posturas al
respecto Russo alude a un artículo escrito por José Steinsleger en el periódico
mexicano La Jornada el 25 del mismo mes.[3] Interesado en conocer una
opinión distinta lo busqué y al hallarlo tropecé con algo insólito. Esperaba un
artículo en el que se cuestionase mi interpretación con argumentos razonados y
nuevas evidencias pero, en cambio, encontré un texto que comienza con una pieza
ficcional en la cual soy objeto de un ataque en donde se ridiculiza mi persona
y que oficia como preámbulo a una serie de aseveraciones reveladoras de un
intelecto que parece movido más que nada por el odio y el resentimiento y dotado
de un infrecuente desprecio por las reglas de la lógica y los datos de la
experiencia.

 

Sobre el ataque
personal no voy a hablar. Dejo a los lectores interesados la ingrata tarea de
repasar esas líneas y juzgar por su cuenta la espesura moral de quien las
escribió. Paso por ello a referirme al contenido de las ocurrencias, que no
ideas, expuestas en esa nota. Primero  debo decir que mi crítico confunde un
acontecimiento como el Foro con un texto, el “Manifiesto de Buenos Aires”
(MBA), redactado como supuesto producto de aquél. Si el evento fue valioso por
la diversidad de opiniones, enfoques teóricos y experiencias concretas
aportadas por los participantes, el MBA es exactamente lo contrario: una etérea
reflexión disociada de las apasionantes intervenciones escuchadas en ese
encuentro y centrada sobre generalidades y cuestiones abstractas. Es debido a
esto que las cosas no son llamadas por su nombre, se apela a claudicantes eufemismos
(por ejemplo, se habla de “países poderosos” que motorizan una ofensiva
destituyente contra algunos gobiernos latinoamericanos en lugar de decir
“Estados Unidos”) y las principales categorías teóricas del pensamiento crítico
brillan por su ausencia. No voy a repetir aquí lo dicho en el breve texto que
enfureció a mi censor, pero en lo esencial esa era la tesis que desarrollaba en
ese escrito. Esperaba, reconozco ahora que con ingenuidad, que el debate
propuesto hubiese sido aceptado. La respuesta hasta ahora ha sido el silencio y
un ataque personal. Parece que el disenso y la controversia -aún al interior de
un amplio campo ocupado por ideas de izquierda, progresistas o populistas-
producen un malestar intolerable en algunos espíritus y ante la falta de
argumentos se apela a la descalificación personal.   
                                                             
Habiendo
establecido que mi crítica se dirige al MBA y no a la realización del Foro paso
al segundo tema. Luego del ataque el columnista de La
Jornada
se embarca en una serie de consideraciones de
fondo. Ofrece, para comenzar, una curiosa tipología  de la izquierda latinoamericana, dividida en
cuatro categorías: una “idealista”, otra “realista”, una tercera “heroica” y una
cuarta que no tiene nombre, aunque presumiblemente estaría refiriéndose a las
transformaciones políticas, sociales y económicas en curso en América Latina y
el Caribe desde comienzos del siglo. Pues bien: como lo sabe cualquier alumno
de ciencias sociales que pretenda aprobar su primer examen de Metodología de la
Investigación las categorías de una tipología deben ser mutuamente excluyentes
y exclusivas. En caso contrario la construcción se derrumba bajo el peso  de sus propias inconsistencias y el valor
heurístico de la taxonomía se extravía en la confusión general. Por eso al leer
el aporte esclarecedor de mi crítico vino a mi mente un pasaje de “El Idioma
Analítico de John Wilkins”, cuento en el cual Jorge Luis Borges habla de una
enciclopedia china que en una entrada del “Emporio celestial de conocimientos
benévolos” clasifica a los animales del siguiente modo:  “(a) pertenecientes al Emperador, (b)
embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g)
perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como
locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de
camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos
parecen moscas.” La tipología en cuestión tiene la misma falla: sus categorías
no son ni excluyentes ni exclusivas, y un caso concreto puede caber en más de
una. No sólo eso: tampoco se explicitan los criterios de clasificación ni
aporta ejemplos que permitan ponderar su validez y su fecundidad
interpretativa. 

Camilla Vallejo y Noam Chomsky
En su nota el
crítico dice textualmente que “en el siglo pasado, la mesa de las izquierdas
latinoamericanas tuvo cuatro patas: la idealista (que imaginó el
socialismo brotando naturalmente del capitalismo), la realista (que
aupó burocracias políticas increíbles con pretextos ideológicos creíbles),
la heroica (que cayó en el precipicio) y la que, interpelando a sus
compañeras, cruzó el Rubicón del nuevo siglo.” Y a renglón seguido agrega que
“la primera fracasó por ilusa, la segunda por antidemocrática, la tercera por
arrogante, y la cuarta se pregunta hoy hasta dónde es razonable seguir
divagando en los qué hacer, cuando los pueblos apenas pueden resolver las
cosas diarias del hacer.”  Al igual que
el MBA mi censor se refugia en la vaguedad porque se abstiene de señalar  quienes son las figuras prototípicas
–líderes, partidos, movimientos o procesos- que caben en cada una de sus
categorías. ¿Quién en Latinoamérica imaginó al socialismo como floración del
capitalismo? Juan B. Justo, en la
Argentina de inicios del siglo veinte. Correcto, pero, ¿sólo
él? ¿Cuántos más cayeron, ayer y hoy, en esa vieja trampa y cuya expresión
actual es el “posibilismo”? Por otro lado, ¿quiénes son los realistas, los
heroicos y los que ayer atravesaron el Rubicón? ¿Dónde colocaría en su
tipología a Fidel, al Che, a Allende, a Bosch, a Chávez, a Evo, a Correa, a
Chafik Handal, a Farabundo Martí, a Sandino, a Marulanda, a Raúl Sendic (padre,
¡no al hijo!), a Luiz Carlos Prestes, al Subcomandante Marcos, para quedarnos
en esta parte del mundo y no indagar sobre la pertinencia de esas categorías
para clasificar a personajes como Lenin, Trotsky, Bujarin, Rosa Luxemburg,
Gramsci, Mao, Ho Chi Mihn, Lumumba, Mandela y tantos otros. ¿Cuáles son los
criterios de clasificación? Peor aún: ¿no hubo acaso izquierdistas que fueron
idealistas y simultáneamente heroicos luchadores por el socialismo y la
revolución? ¿Quiénes son los Julio César actuales, que cruzaron el Rubicón
desembarazándose de esas “fijaciones de las izquierdas”, como el Manifiesto Comunista, para abrazar al
“Consenso de Buenos Aires”, esa nefasta traducción de la tercera vía de Tony
Blair, Gerhard Schröder, Bill Clinton y compañía que Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira
Unger propusieran a fines del 1997 a un conjunto de políticos latinoamericanos.
¿No han caído, algunos de ellos, en el atolladero del idealismo “posibilista”,
en la quimera de un “capitalismo racional” humanizable? [4]
Aún más
desafortunadas son sus ocurrencias a la hora de identificar las causas del
fracaso de todas las izquierdas latinoamericanas, a excepción de las de su
preferencia. Lamentablemente nuestro autor se abstuvo de definir sus contornos,
pero sospechamos que abarcarían un heterogéneo espectro que iría desde los
gobiernos “progresistas” del Cono Sur (Argentina, Brasil, Uruguay, Chile) que
se proponen solucionar la cuadratura del círculo construyendo un “capitalismo serio
y racional” hasta el chavismo, el gobierno de los movimientos sociales de Evo
Morales y la “revolución ciudadana” de Rafael Correa que tienen como horizonte
la instauración de distintas variantes de un socialismo bolivariano y
antiimperialista adaptado a las condiciones imperantes en la época actual. Va
de suyo que las diferencias entre ambos proyectos: “capitalismo racional” o “socialismo
del siglo veintiuno” es lo suficientemente significativa como para que carezca
de sentido incluirlos dentro de una misma categoría sociopolítica. Sin embargo,
mi censor parece no estar interesado en esas minucias. En la oscuridad de la
noche, dice el refrán, todos los gatos son pardos.
¿Fracasaron  los idealistas sólo porque eran unos ilusos?
No podemos saberlo, porque ignoramos de quienes está hablando. ¿Aconteció lo
mismo con los realistas por su talante pretendidamente antidemocrático? Tampoco
lo sabemos, si bien tenemos algunas sospechas que precipitarían nuevos
cuestionamientos que por ahora nos reservamos para otra ocasión. ¿Fracasó la
izquierda heroica -que en el aquí y ahora de Nuestra América tiene una
referencia emblemática en Ernesto “Che” Guevara- por su arrogancia? ¿Fue la
soberbia del “guerrillero heroico” la que acabó con su vida? ¿No será que la
guerra de contrainsurgencia lanzada por Estados Unidos tuvo algún papel en el
trágico desenlace de la epopeya del Che? En este caso no sólo estaríamos en
presencia de un diagnóstico erróneo sino también indignante por la pedantería
de quien se arroga el papel de “censor de revolucionarios” o “inspector de
revoluciones”, un vicio bastante extendido entre quienes jamás protagonizaron
una y miraron todas desde afuera. No tenemos información, al momento de
escribir estas líneas, sobre el juicio que le merece a Steinsleger la suerte
corrida por el heteróclito conglomerado de la izquierda que cruzó el Rubicón. En
suma: son demasiados los interrogantes que quedan sin respuesta y que cuestionan
de raíz la fecundidad de esta tipología. [5]

Piedad Córdoba
Dos últimas
consideraciones. Una sobre el marxismo, esa molesta “fijación de las
izquierdas” que tanto escandaliza a nuestro crítico y que recomienda someter a
urgente revisión. Lamento (por él, no por mí) decirle que hasta hoy el marxismo
es la única crítica radical de la sociedad capitalista y que, en consecuencia,
sin esta tradición intelectual y política, teórica y práctica a la vez,
cualquier cuestionamiento al orden del capital es, como decía Marx, una
“jeremiada”, una protesta insanablemente superficial porque soslaya la cuestión
fundamental de una sociedad construida sobre el irresoluble conflicto entre
quienes sólo pueden sobrevivir vendiendo su fuerza de trabajo y la cada vez más
pequeña minoría que dispone de los recursos suficientes para comprarla. Puede
argüirse que con el marxismo sólo no basta para dar cuenta de la complejidad
actual del orden social burgués, y que otras perspectivas teóricas (como el
feminismo radical, el ecologismo anticapitalista y el pensamiento postcolonial,
por ejemplo) son también necesarias. Es cierto: pero también lo es que sin el
marxismo y su visión de la dialéctica histórica como una totalidad surcada por
permanentes contradicciones ninguna de estas otras perspectivas -para ni hablar
las que provienen del saber convencional de las ciencias sociales o del
pensamiento único- puede ofrecer una explicación mínimamente satisfactoria para
entender los problemas y desafíos de la sociedad contemporánea. El señalamiento
de las contradicciones del capitalismo, que no han hecho sino agravarse con el
paso del tiempo, es el telón de fondo del Manifiesto
Comunista
cuya actualidad ha sido ratificada en estos días por el famoso
libro de Thomas Piketty. A pesar de la distancia que el economista francés toma
del marxismo, su obra corrobora empíricamente el acierto de los pronósticos de
Marx y Engels que, con singular clarividencia, identificaron como una de las
tendencias históricas fundamentales del capitalismo la creciente polarización
económica y el incremento de la desigualdad, término amable a menudo utilizado por
algunos analistas y gobernantes para no hablar lisa y llanamente de
“explotación”.[6]
 Pese a ello esta fecunda tradición
teórica es descalificada como una “fijación” decimonónica que debe ser arrojada
al “museo de antigüedades” junto con, dice nuestro crítico, una bula papal
emitida poco después de la publicación del Manifiesto
consagrando la virginidad de María. Paralelismo absurdo, que revela el sesgo reaccionario
y antimarxista que informa su perspectiva política.

Segunda consideración:
nuestro autor afirma, y cito, “los sufrimientos que a escala industrial están
convirtiendo al mundo en cósmica fosa neoliberal podrían ser conjurados si
lo revolucionario se tomara como sinónimo de democracia radical.”
Gracias a un truco del lenguaje la revolución, es decir, la cruenta y laboriosa
construcción de un nuevo orden social en donde las clases sometidas y dominadas
comienzan a escribir su historia a partir de la supresión de toda forma de
explotación y opresión, se identifica con  -y agota en- ¡la radicalización de la
democracia! Este es un viejo e insostenible argumento originalmente expuesto
por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en varias de sus obras y retomado como
principio cardinal por el funesto “Consenso de Buenos Aires”. En este
documento, ya citado, se dice que “la misión de la izquierda consiste en
confrontar la desigualdad al combatir el dualismo mediante la profundización de
la democracia.”  Así, mediante una
prestidigitación terminológica mi censor reintroduce subrepticiamente, veinte
años después, la misma fallida receta que Castañeda y Mangabeira Unger
proponían  para acabar con los
“sufrimientos” producidos por el capitalismo (más no para superar al sistema
capitalista) a los políticos “sensatos y racionales” reunidos en Buenos Aires.
¿Así que de eso se trata?
  
Toda esta corriente
de pensamiento -que a falta de mejor nombre podríamos denominarla como
“socialdemocracia vergonzante”- parece ignorar que el capitalismo y la
democracia son incompatibles y que la profundización o radicalización de la
democracia no es una meta alcanzable 
modificando las instituciones políticas sino que sólo podrá lograrse si
se avanza en la desmercantilización de la vida social, rompiendo los férreos
moldes clasistas de la democracia burguesa e instaurando una democracia
emancipada de las restricciones que, por diversos conductos, el capitalismo
impone a la democracia.[7] Esto es, desmantelando sin
pausa el proceso por el cual en las últimas décadas la educación, la salud, la
recreación, la cultura, la seguridad social y las más diversas esferas de la
sociedad fueron integradas a lo que István Mészáros denominara “el metabolismo
del capital” que, cual moderno Leviatán, convirtió antiguos derechos   -tanto
formales como consuetudinarios- en mercancías. Sólo bajo esta condición podría
detenerse la regresión de las democracias cada vez más “secuestradas” por las
megacorporaciones, todo lo cual confirma plenamente que el avance y la
profundización del capitalismo tuvo como contrapartida el vaciamiento y la
crisis del proyecto democrático. 

En este sentido hay
una innegable involución política y social en los capitalismos democráticos.
Estados Unidos, los países europeos y Japón atestiguan, con diversas
tonalidades, la intensidad de esta decadencia.  Obsérvense los lamentables alcances de este
proceso en España (para ni hablar de casos más espectaculares y ominosos como
Grecia) donde la infame Ley Mordaza recientemente sancionada es apenas el
último eslabón de una larga secuencia de degradación de la vida democrática que
tiene su origen en los Pactos de la Moncloa, lo que demuestra que la
recomendación emitida por los teóricos de la Comisión Trilateral no cayó en
saco roto y conserva una deplorable actualidad. En el contexto de los años
setentas del siglo pasado, signado por la estanflación que agobiaba a los
capitalismos desarrollados y por las renovadas protestas sociales, ese
organismo estableció que los déficits democráticos eran causados por las
“excesivas” demandas de la ciudadanía y no por la intransigencia del capital
ante una eventual reducción de su tasa de ganancia. De este diagnóstico se
desprendía una consigna política muy clara: había que enfrentar esa crisis recortando
los “excesos” democráticos. Obrar de otro modo, es decir, “profundizando la democracia”
para reconstruir su dañada legitimidad, equivalía a pretender apagar un
incendio arrojando gasolina a las llamas.[8]  Los gobiernos que asumieron el poder poco
después en Estados Unidos (Ronald Reagan) y el Reino Unido (Margaret Thatcher)
y muchos otros, tanto en los capitalismos desarrollados como en los
periféricos, siguieron al pie de la letra ese consejo. Mismo que también le
había ofrecido Friedrich von Hayek al dictador chileno Augusto Pinochet cuando
dijo que un buen liberal siempre tiene que estar dispuesto, cuando las
circunstancias así lo requieran, a sacrificar la democracia -al fin y al cabo
una conveniencia- en el altar de la libertad de mercado, una innegociable
necesidad. Según el economista austríaco el sacrificio sería temporario porque
siendo esta última madre de todas las libertades, la restauración del libre
mercado más pronto que tarde abriría la puerta al florecimiento de la libertad
política y la democracia.

Álvaro García Linera 
Este sofisma continúa
vigente en el mundo actual, y si algo ha ocurrido con el advenimiento del
neoliberalismo ha sido la decadencia de las instituciones de la democracia. Es
precisamente por esto que han comenzado a surgir voces de alarma ante la
degradación de la democracia en Estados Unidos -que solía ser ensalzada como la
más perfecta encarnación de ese tipo de régimen político- hoy convertida en una
prosaica plutocracia. La decisión de la Corte Suprema de ese país de proteger
el derecho de propiedad y derogar, en consecuencia, la legislación que imponía
un tope al financiamiento que personas y empresas podían destinar a las
campañas políticas ha convertido a la antigua competencia por los votos de la
ciudadanía en un nostálgico anacronismo. Ahora lo que cuenta es la lucha por
recaudar fondos ilimitados entre los muy ricos y las grandes empresas. Es
decir, quien aspira a gobernar Estados Unidos se ofrece al servicio del mejor
postor, que primero financiará su campaña política y luego exigirá las
retribuciones del caso por medio de contratos, licencias, subsidios y toda la
parafernalia de argucias con las cuales la Casa Blanca recompensa a sus
mentores y financistas. La democracia se recorta desde arriba, otorgándole
poderes inconmensurables a los ricos y a las corporaciones; y desde abajo, debilitando
la eficacia de la influencia que pudiera ejercer la ciudadanía. Como dice Tom
Engelhardt, uno de los observadores más agudos de la sociedad norteamericana,
la próxima elección presidencial en Estados Unidos se decidirá al interior del
1 % más rico del país. En sus propias palabras, “la primera etapa de las
primarias, la que cuenta, se celebra entre un pequeño grupo de millonarios y
multimillonarios , una nueva casta adinerada que personalmente, o mediante
complejas redes de donantes, invierten miles de millones de dólares en las
campañas de los candidatos que han decidido apoyar. Por eso la primera etapa de
las primarias –que este año es sobre todo un asunto republicano– está teniendo
lugar en destinos turísticos como Las Vegas, Rancho Mirage, California o Island
Sea (Georgia), tal y como los medios han informado ampliamente. En estas ‘contiendas’
participan políticos serviles que están a disposición de los ricos y poderosos,
reflejándose en ello nuestro nuevo sistema electoral del 1%.” [9]  Por lo tanto, la
clásica fórmula acuñada por Abraham Lincoln para definir la democracia:
“gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” ha sido impiadosamente
sepultada y sustituida por “gobierno del gran capital, por el gran capital y
para el gran capital” o, si se prefiere, “gobierno de los ricos, por los ricos
y para los ricos.”  No es este el lugar
para abrumar al lector con citas y referencias bibliográficas, pero bastaría
con que mi crítico hubiera leído algo de lo publicado por autores tan notables
como Sheldon Wolin, Peter Dale Scott, Jeffrey Sachs (¡si, el mismísimo Jeffrey
Sachs!), Noam Chomsky y, en Europa, 
Ellen Meiksins Wood y Giovanni Vattimo entre tantos otros para
percatarse de esta contradicción que condena aún a las democracias formales del
capitalismo a su progresiva inanición y a ser reemplazadas por una desembozada
y ostentosa plutocracia. Si hubiera procedido de esta manera se habría evitado
el bochorno de escribir que en el capitalismo se puede “profundizar la
democracia” -y construir una sociedad que luche eficazmente contra la
desigualdad- como si la cisura estructural que opone propietarios versus no
propietarios de los medios de producción pudiese tolerar de brazos cruzados un
desenvolvimiento político que, llevado a sus límites, acabaría con el
despotismo del capital. Toda la evidencia disponible confirma que hoy los
“capitalismos democráticos” son menos democráticos que antaño, y que la
tendencia no es hacia la profundización de la democracia o su radicalización
sino exactamente hacia su contrario: la instauración de omnipotentes
plutocracias. El financista George Soros tuvo un rapto de franqueza al reconocer
esta tendencia y decir que los pueblos votan cada dos o cuatro años, pero “los
mercados votan todos los días”. Es más, según él “los mercados fuerzan a los
gobiernos a adoptar medidas impopulares que, sin embargo, son indispensables.” [10]
Concluyo con una
breve anotación. Repito: el Foro estuvo muy bien; el problema es el “Manifiesto
de Buenos Aires”.  La imprescindible
“batalla de ideas” a la que nos convocara Fidel requiere la más amplia apertura
del debate al interior de las fuerzas de izquierda. Su clausura sólo traerá
como consecuencia el empobrecimiento ideológico y la debilidad política porque
no se podrá derrotar al imperialismo con fórmulas huecas, abstracciones
brillantes y claudicantes eufemismos. Cierro esta nota citando un pasaje del
texto que precipitara el enojo de mi crítico y que ilustra esta preocupación: “en
una coyuntura como la que hoy
marca a fuego a Latinoamérica y el Caribe, y dada la brutal agresión que está
sufriendo entre nosotros la República Bolivariana de Venezuela, el documento se
despliega sin hacer absolutamente ninguna mención a la ofensiva destituyente y
al golpismo en tiempo real en curso en la patria de Bolívar y Chávez, bajo la
dirección general de la Casa Blanca. Tampoco hace un llamado para convocar a
una solidaridad militante en defensa de la Revolución Bolivariana y para poner
fin a más de medio siglo de bloqueo integral en contra de Cuba, repudiando al
mismo tiempo la artimaña de Washington de ofrecer la zanahoria a la isla
caribeña y pegar con el garrote a Venezuela. Tampoco se alude en el texto al
ominoso proceso de fascistización que avanza  con inusitada fuerza en
Brasil y que el pasado domingo sobrepasara antiguas cotas; o a la ofensiva
destituyente en marcha en la Argentina con el monopolio mediático y el poder
judicial como arietes; o a las perspectivas de una “restauración conservadora”
tal como la denunciara con nombre y apellido el presidente Correa en varios
países del área; o a la imparable expansión de las bases militares
norteamericanas, cerca de ochenta ya, instaladas en casi todos los países del
área y que más pronto que tarde entrarán en acción. …. Se habla, eso sí, de la
necesidad de criticar el contenido y el régimen de propiedad de los medios de
comunicación, pero nada se dice …  del
asesinato de tres periodistas de Guatemala durante la misma semana en que se
reunía el Foro y las decenas de mujeres y hombres de prensa acribillados por el
paramilitarismo en Honduras, México y Brasil, entre los casos más
lacerantes.  Se repudian “enérgicamente los intentos destituyentes por
parte de los países poderosos” (sic), pero sin subrayar el siniestro papel que
Estados Unidos viene desempeñando en Nuestra América desde 1823 en adelante.
Porque, ¿qué otro “país poderoso” ha desestabilizado a gobiernos democráticos y
de izquierda en la región, o producido golpes de estado, o asesinado –o
intentado hacerlo- a grandes líderes políticos latinoamericanos?  ¿Qué
“país poderoso” pergeñó una operación tan criminal y monstruosa como el Plan
Cóndor? Estos silencios y el refugio en una nebulosa conceptual de un documento
con las características concientizadoras y movilizadoras que debe tener un
Manifiesto (y no está de más recordar aquí la pasión por lo concreto, por el
“aquí y ahora” del Manifiesto Comunista) conspira contra su eficacia como un
instrumento de lucha en la batalla de ideas y en la disputa por el poder. Un
Manifiesto por la Emancipación y la Igualdad en donde términos cruciales como
“imperialismo”, “explotación”,  “golpe de estado”, “socialismo”,
“revolución”, “reforma”, “clases sociales” brillen por su ausencia y que cuando
se habla del “capitalismo” (una sola vez en el texto) sea para denunciar sus
“formas irracionales” (sin decir cuáles serían las “racionales”) difícilmente
podrá convertirse en un movilizador de conciencias, en un instrumento útil para
luchar por la emancipación y la igualdad, ni en Nuestra América ni en Europa”.


[1] Russo, Miguel “Debate sobre el Debate”, http://www.miradasalsur.com.ar/nota/10828/debate-sobre-el-debate
[3] Steinsleger, José, “Tangos de Izquierda”, La
Jornada
(México), 25 de Marzo de 2015. Disponible en http://www.jornada.unam.mx/2015/03/25/opinion/025a1pol
[4] Ver Jorge Castañeda y Roberto Mangabeira Unger,
“Después del Neoliberalismo: Un Nuevo Camino”, en el portal de la revista Nexos
(México, 1º de Marzo de 1998) http://www.nexos.com.mx/?p=8825 . Una crítica a las tesis socialdemócratas del “Consenso de Buenos
Aires”, como se conoce ese manifiesto, se encuentra en Massimo Modonesi, “La
Tercera Vía en
América Latina y el ‘Consenso de Buenos Aires’ «, en Rebelión  12 Diciembre 2000. Disponible en: http://www.rebelion.org/hemeroteca/izquierda/modonesi121200.htm . Según cuentan
Castañeda y Mangabeira Unger participaron en las diversas reuniones promovidas
por ellos Carlos “Chacho” Alvarez. Adolfo Aguilar Zinser. John Biehl. José
Bordón. Leonel Brizóla. Manuel Camacho, Dante Caputo. Cuauhtémoc Cárdenas. José
Dirceu. Marco Aurelio García, Gabriel Gaspar. Tarso Genro Ciro Gomes, Oscar
González, Facundo Guardado, Claudio Fermín, Graciela Fernández Meijide, Vicente
Fox. Itamar Franco, David Ibarra, Ricardo Lagos, Andrés Manuel López Obrador,
Luis Ignacio Lula da Silva, Carlos Ominami, Sergio Ramírez, Federico Storani.
Rodolfo Terragno y
Vicentinho. Se podrán discutir muchas cosas en relación a las ideas promovidas
por los convocantes, menos su fino sentido del oportunismo: ambos fueron los
heraldos de los gobiernos de “centroizquierda” (¡mucho más de centro que de
izquierda!) que brotarían en la región, como la Alianza en la Argentina, el PT en
Brasil (donde Mangabeira Unger se convertiría en Ministro de Asuntos
Estratégicos), el Frente Amplio en Uruguay, el PAN mexicano (del cual Castañeda
sería su primer canciller), amén de la ya por ese entonces establecida
Concertación chilena, para no mencionar sino los casos más conocidos.
[5] Sobre el tema del fracaso de los proyectos
emancipatorios y la complejidad del mapa sociopolítico de América Latina y el
Caribe remitimos al lector a nuestro Socialismo
Siglo XXI. ¿Hay vida después del neoliberalismo?
(Buenos Aires: Ediciones
Luxemburg, 2ª edición ampliada y actualizada, 2014), pp. 11-51.
[6] Se
trata, obviamente, de El Capital en el
Siglo XXI
(Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014)
[7] Hemos
examinado en detalle las tesis de Laclau y Mouffe y de autores encuadrados en
la misma línea de reflexión teórica en dos libros de nuestra autoría: Tras el Búho de Minerva. Mercado contra
Democracia en el Capitalismo de Fin de Siglo
(Buenos Aires: Fondo de
Cultura Económica, 2000). Este texto está agotado, pero disponible en Internet
en https://docs.google.com/file/d/0Bx2YC3gJbq2TOTFmZTE0OTctMTViOS00NmZhLTg2YjctZTU3MmQ1YjIzODNj/edit
Ver asimismo mi “La verdad sobre la
democracia capitalista”, en Socialist
Register en Español
(Buenos Aires: CLACSO, 2006), disponible en http://biblioteca.clacso.edu.ar/ar/libros/social/2006/boron.pdf
y también Aristóteles en Macondo. Notas sobre el fetichismo democrático en
América Latina
(Córdoba: Editorial Espartaco, 2009) y publicado en Brasil
por la editorial Pao e Rosas (Río de Janeiro,2011) y en Chile, con una nueva
introducción, por Ediciones Construyendo América (Santiago, 2013)
[8] La
metáfora es
utilizada por Samuel
P. Huntington en su capítulo sobre la crisis de la democracia en Estados Unidos
en el libro que publicara junto a Michel Crozier y Joji
Watanuki, The crisis of democracy. Report
on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission
(Nueva
York, New York University Press, 1975)
[9] Tom
Engelhardt, “El Nuevo Orden Estadounidense”, en Rebelión (26 marzo 2015), http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196927
[10]
George Soros, Soros, George “Entrevista” concedida al periódico italiano La Reppublica  (Roma, 28 de enero de 1995)