La “estrategia guerrillera” de la
derecha en Venezuela

(Por Atilio A. Boron)  Envalentonada por los resultados de las
recientes elecciones, la derecha en Venezuela –tanto sus representantes
autóctonos como los agentes del imperialismo que operan en ese país- ha
profundizado una estrategia de lucha política que, en los hechos, colocó al
gobierno chavista a la defensiva o, cuando menos, en un estado de alerta ante
las amenazas que se ciernen sobre el futuro de la Revolución
Bolivariana. Duele decirlo, pero más dolería contemplar el
inesperado y dramático final de un proceso revolucionario tan significativo
como el lanzado por el Comandante Hugo Chávez por no haberse adoptado a tiempo
las medidas correctivas imprescindibles para preservarlo. La irreversibilidad
es un atributo que poseen muy pocos procesos revolucionarios, y eso después de
haber sobrepasado las muy duras pruebas de la historia. No es el caso, todavía,
de la Revolución Bolivariana,
aunque la existencia de un amplio entramado de organizaciones populares nacidas
durante el gobierno del Presidente Chávez bien podrían ser los bastiones
fundamentales que aseguren la continuidad del proceso revolucionario.  
         Todos los clásicos del marxismo -comenzando en este tema
puntual por Engels y siguiendo después por Marx, Lenin, Trotsky, Gramsci, Mao y
Ho Chi Minh y, más recientemente, Fidel y el Che- comprendieron muy bien el
notable paralelismo existente entre el arte de la guerra y la lucha política.
No se les escapaban las diferencias, pero tampoco pasaban desapercibidas sus
semejanzas; por eso, tomaban nota de las enseñanzas que aportaba la historia
militar. Observaron, por ejemplo, que cuando una fuerza social y numéricamente
inferior quiere atacar a un ejército poderoso y bien organizado debe apelar a formas
no convencionales de lucha. Las tácticas de la guerrilla son precisamente eso: ataques
inesperados, sorpresivos, puntuales, seguidos de una rápida retirada, dejando
en el campo de batalla a un enemigo lastimado y, sobre todo, desmoralizado. Eso
es precisamente lo que con mucha astucia (y absoluta inescrupulosidad) ha
venido haciendo la derecha en Venezuela al lanzar un torrente de ataques –desde
denuncias y agresiones verbales hasta sabotajes económicos, asaltos a recintos
asociados al PSUV o a los centros de salud de la “Misión Barrio Adentro” y “asesinatos
ejemplarizadores”- que  lograron debilitar
el entusiasmo y la moral revolucionaria de las fuerzas chavistas, lo cual se
vio reflejado en el voto del 14 de Abril. La efectividad de esas tácticas se
comprueba al constatar que ellas hicieron posible que la derecha lograra lo que
hasta hacía poco tiempo sonaba como imposible: fijar la agenda política
nacional y obligar al gobierno bolivariano a tener que responder a los ataques
de sus adversarios y sin poder impulsar iniciativas propias y concretas. Hace
ya unos años que los intelectuales orgánicos del imperio y los estrategas del
Pentágono vienen diciendo que, en la actualidad, “la lucha antisubversiva se
libra en los medios.” La estrategia de la derecha en Venezuela es tributaria de
esta nueva concepción adoptada por Washington y da testimonio de su eficacia.
         ¿Qué pretende la derecha con estas tácticas? Estas, como es
sabido, no existen en el vacío sino que siempre se articulan en una estrategia
de más largo alcance. En este caso, encaminada a socavar el respaldo de los
sectores populares al gobierno aislándolo de su base tradicional de apoyo y
facilitando sus planes desestabilizadores, en cualquiera de sus dos variantes:
(a) “calentamiento de la calle”, tumultos, saqueos y golpe de estado para
“restaurar el orden” que supuestamente el gobierno bolivariano ya no puede
garantizar; o, (b) desgaste prolongado y destitución del gobierno vía referendo
revocatorio. Estrategia global que será tanto más exitosa cuanto más el
gobierno persista en el error de recoger el guante astutamente arrojado por los
sectores contrarrevolucionarios y acuda a librar combate en el terreno mediático
que le proponen sus enemigos. En estos días hemos visto al propio presidente
Nicolás Maduro involucrarse en esas batallas verbales –en la campaña y después-
en respuesta a las insolentes provocaciones de Henrique Capriles y sus
compinches de adentro y de afuera. No debería ser así, porque la delicada
correlación de fuerzas que hoy existe en Venezuela no se modificará en una
dirección favorable al chavismo en virtud de la eficacia discursiva del
presidente, sus ministros o los líderes del PSUV sino por la capacidad que
demuestre el gobierno  para reorganizar y
reanimar a un pesado e ineficiente aparato estatal, hiperburocratizado y con inocultables
focos de corrupción. Sin ello, mal se podrán atacar los principales problemas
que abruman a la población venezolana y que provocaron la deserción de una
parte del electorado chavista: la carestía y demás aspectos concernientes a la
economía, como el desabastecimiento de productos esenciales, por ejemplo; los
cortes de energía eléctrica y la inseguridad ciudadana, entre otros. Consciente
de ello, la derecha descarga un fárrago de ataques que, como en la guerra de
guerrillas, distraen sin pausa al ejército regular –en este caso el gobierno- y
le dificulta concentrarse en las tareas cruciales exigidas por la actual
coyuntura. Lo que la derecha desea es que éste se empantane en el estéril
terreno de la polémica y la discusión, impidiéndole de este modo destinar
personal y tiempo a diseñar e implementar eficaces políticas para resolver los
problemas que aquejan a la ciudadanía.
         De lo anterior se desprende que el gobierno del presidente
Nicolás Maduro tiene que lanzar una contra-ofensiva política, con centro en el
terreno de las políticas públicas, ignorando las provocaciones y los insultos
que profieren los personeros de la derecha y neutralizando de ese modo sus
tácticas agresivas que, conviene aclararlo, buscan ocultar el carácter
reaccionario de su agenda con demagógicas y engañosas declaraciones en las
cuales manifiestan su voluntad de 
apropiarse de los “aspectos positivos” del legado de Chávez.  Debe por eso mismo concentrar todos sus
recursos humanos e institucionales en la batalla contra los problemas arriba
mencionados, sin perder un minuto en yermos enfrentamientos verbales que en
ningún caso servirán para consolidar -y mucho menos ampliar- su base de
sustentación en la sociedad y en el electorado. Y tiene también que ser
consciente el gobierno bolivariano que, en esta coyuntura post-electoral, el
tiempo juega en su contra. Que la derecha intenta construir un clima de opinión
que le abra un espacio para ensayar su carta golpista, hipótesis de máxima, o
que la faculte para exigir un referendo revocatorio que podría tener lugar en unos
tres años. Sabedor también que si la gestión gubernamental no logra resolver,
al menos parcialmente, los problemas arriba mencionados la Revolución Bolivariana podría re-editar
el infortunio que le cupo al Sandinismo, que diez años después de su épica
victoria contra la tiranía de Anastasio Somoza (h) fue derrotado
inapelablemente en las urnas por una coalición restauradora promovida,
organizada y financiada –como hoy lo hace en la patria de Bolívar y Chávez- por
el imperialismo norteamericano.
Todavía
se está a tiempo para impedir en Venezuela tan infeliz desenlace, pero hay que
poner manos a la obra ya mismo y diseñar una nueva estrategia de reconstrucción
política que le permita al chavismo recuperar la iniciativa y pasar a la
ofensiva. Esto quiere decir, librar el combate contra la derecha en el terreno
que elija el gobierno y no en el preferido por la oposición: el malicioso
pantano de los medios. En relación a esto no podemos sino celebrar la reciente creación
de la “Misión Eficiencia o Nada”, concebida para velar por la correcta
administración de la cosa pública y luchar contra los focos de corrupción y
burocratización que carcomen desde dentro la vitalidad de la revolución.
Además, será necesario que el presidente continúe con su acertada política de
recuperar nuevamente la calle, hoy disputada por la movilización de la derecha.
Esto es, acercarse más al pueblo, mejorar la comunicación con él, escuchar sus
reclamos y atender a sus demandas, actitudes indispensables para desbaratar la
estrategia de la “guerrilla mediática” seguida por la derecha. Siendo
consciente, además, de que lo que Chávez podía resolver gracias a su
carismático liderazgo hoy debe ser resuelto mediante una  gestión estatal eficiente y socialmente
incluyente, alejada de toda  desviación
tecnocrática y capaz de producir resultados inmediatos. Una gestión, además, que
estreche los vínculos con los gobiernos locales y que cuente con un elenco de
idóneos servidores públicos capacitados para dar  respuesta inmediata a los reclamos de la
sociedad. En Ecuador, por ejemplo, el Sistema Quipux es un servicio vía
Internet que el Presidente Rafael Correa instaló en todas las agencias
gubernamentales para facilitar un enlace directo con su oficina  y la del vicepresidente, y que permite a su
vez que estos puedan monitorear en tiempo real la marcha de los diversos
proyectos del gobierno, conociendo su grado de avance y sus obstáculos de
suerte tal de poder tomar sin demora las medidas correctivas que sean
pertinentes. Esto no es una panacea pero, sin duda, va a facilitar el
necesario, impostergable, salto de calidad que tiene que producirse en la
administración pública de la Revolución
Bolivariana para hacer frente a los inéditos desafíos del
momento actual.