25.3.2018
COMPARTO esta aguda reflexión de Pascual Serrano sobre lo que él denomina «movilizaciones blandas», es decir movilizaciones de aluvión sin organización y sin estrategia y tácticas de lucha. Podrían calificarse como protestas catárticas que no modifican sino en el plano teatral de la vida política la correlación de fuerzas existentes. Altamente recomendable y un incentivo para discutir un tema largamente negado por la izquierda latinoamericana. Un texto tan breve y conciso como profundo y sugerente.



«Movilizaciones blandas»
Pascual Serrano
en Mundo Obrero, 20 Marzo 2018

El problema de las
movilizaciones de aluvión, es decir, sin estructura organizativa, sin objetivo
definido y sin activismo estable, es doble. Por un lado, la poca eficacia; con
el mismo ímpetu con que se crea la movilización se para y se diluye. La ambigüedad
en los objetivos, la renuncia a “contaminarse” con organizaciones previsamente
existentes, la indefinición en los asuntos más controvertidos permite despertar
simpatía en una mayor base social. Pero eso, a su vez, supone una cohesión más
endeble y una inmadurez para echar a andar en el tiempo o enfrentar el debate o
la complejidad de la puesta en marcha de organización estable. Son como esos
grupos de Facebook que se crean para causas puntuales, crecen de forma
exponencial y se enfrían a la misma velocidad.
Por otro lado, si los
sectores reaccionarios perciben que la reivindicación es tan masiva como
ambigua e inconcreta, su sumarán para no quedarse fuera de la foto y
colaborarán así, más todavía, en su desactivación y su inocuidad para el
sistema.

Comenzó con los
llamados Foros Sociales que iniciaron a andar a principios del dos mil. Toda
una galaxia de colectivos de diversa índole, que renegaba de partidos políticos
(especialmente en Europa), que incluso tenía como espíritu no tomar el poder
sino crear sociedad desde abajo, que se reunía cada cierto tiempo sin gran
estructura formal, sin líderes y sin jerarquía. Al cabo de años las ONG´s
financiadas por fábricas de pensamiento conservadoras estaban presentes al
grito de “otro mundo es posible”. ¿Qué tiene de malo decir otro mundo es
posible?, pensaron muchos desde el poder si ni siquiera quieren derrocar a los
gobiernos. Hoy no queda nada de aquello.

Vino el 15M en España,
las primaveras en otros países. Concentraciones masivas bajo el grito de indignados.
Horizontalidad, heterogeneidad, diversidad, pluralidad, giros de manos, saludos
al sol… Aversión a partidos políticos y sindicatos, daba igual del signo que
fueran. Hubo unas elecciones y una consigna era pintar una nariz de payaso a
los candidatos de todos los carteles electorales, a todos, sin distinción. En
las asambleas, el titiritero del parque y el joven directivo indignado y
frustrado, con tres idiomas y otros tres másteres, eran más aplaudidos que el
veterano sindicalista. Proclamaban la indefinición política y el rechazo a los
parlamentos y diputados, proscribieron las banderas bajo las cuales se luchó
para que ellos pudieras ser libres. No pidieron nacionalizar la banca ni
expropiar los latifundios, pero sí que no se subvencionaran a los partidos
políticos ni a los sindicatos. Ya son pasado.

Hace unas semanas
vivimos la huelga feminista. Es verdad que había un documento de casi 30
páginas de reivindicaciones, pero casi nadie se lo leyó. El clamor era que las
mujeres cobraran igual que los hombres, que sus parejas no les peguen ni las
maten, que no se les cosifique, que tengan más representación en todos los
sectores y ámbitos de la sociedad. No se concretaron suficientemente qué
medidas legales se debían aprobar para ejecutar todo ello, qué leyes había que
derogar, quiénes debían dimitir por no trabajar por esos objetivos (empezando
por la ministra de Igualdad que manifestó estar en contra del feminismo que
consiste en igualdad), qué normas debían cumplir los medios de comunicación
para combatir el machismo, cómo había que terminar con la arbitrariedad
empresarial para poder hacer realidad la igualdad… De nuevo falta de
concreción, de estabilidad organizativa, de escalada de movilizaciones. Sin
esas medidas concretas, con una mera declaración de intenciones y con todo un
clamor apoyándoles, era inevitable que se convirtieran en abanderados
feministas la reina Letizia, Albert Rivera, las televisiones que alardeaban del
seguimiento de la huelga entre sus redacciones (lo nunca visto, una empresa orgullosa
del seguimiento de una huelga entre sus trabajadores), Ana Rosa Quintana y
hasta Rajoy desautorizando a sus ministras que criticaron la huelga. A
excepción de cuatro casposos de la derecha montaraz, todos terminaron
orgullosos de la jornada. Las encuestas decían que el 85% de los españoles
estaba de acuerdo con las reivindicaciones, o sea, incluido los empresarios que
pagan menos a las mujeres, los hombres que se benefician de la desigualdad y
los publicitarios que utilizan el cuerpo de la mujer como reclamo.
Es curioso, los
politólogos hablan de golpes de Estado blandos pero en los que se llegan a
derrocar a gobiernos legítimos. En cambio nosotros nos creemos que estamos
haciendo revoluciones fuertes pero dejamos intacto el sistema. Creo que el enemigo
nunca actúa de forma blanda y nosotros nunca actuamos suficientemente fuerte.