24 de Julio de 2018



(Atilio A.
Boron) Nadie en su sano juicio, o actuando de buena fe, puede ignorar que la
crisis en Nicaragua fue precipitada por múltiples factores. Varios de ellos
endógenos; otro, exógeno pero crucial: el gobierno de Estados Unidos. Entre los
primeros sobresalen la errónea lectura de la coyuntura local e internacional
unida a graves  desaciertos prácticos del
gobierno de Daniel Ortega. Esto culminó en una violenta represión ante las
primeras protestas poniendo en marcha un espiral de confrontaciones cuyo
destino final no es difícil de pronosticar. Si  fracasan los diálogos de paz esta crisis pudiera
dar lugar a un “empate catastrófico” de fuerzas cuyo desenlace suele resolverse,
como lo enseña la historia, mediante una guerra civil en la cual uno de los
bandos impone su voluntad sobre el otro. Lo anterior resume el juego de agentes
y procesos de naturaleza eminentemente doméstica en la crisis. Pero, como
advertíamos al comienzo, tras el humo, la sangre y la confusión de las
“trancas” y los enfrentamientos se mueve, sigilosa pero eficazmente, quien sin
dudas es el principal actor de esta tragedia: la Casa Blanca.





En
efecto, Washington se encuentra poseído por una irrefrenable ambición de
someter al país centroamericano a sus designios, rubricando las numerosas
iniciativas que desde mediados del siglo diecinueve y a lo largo de casi doscientos
años tuvieron como único objetivo controlar el territorio nicaragüense. Vale
recordar entre otras el accionar del aventurero yanqui William Walker que
invadió Nicaragua con un ejército mercenario y se proclamó presidente en 1856;
o la ocupación del país por parte de las fuerzas armadas de Estados Unidos
entre 1912 y 1933, contra la cual luchó con simpar heroísmo y honor Augusto
César Sandino. Negaría la evidencia histórica y los datos del momento quien desconociera
o subestimara la importancia de la intervención estadounidense en la crisis
actual. Sobre todo cuando se observa que la metodología de la insurgencia, el
“guión” que organiza sus tácticas e instrumentos de combate y el carácter de
sus principales actores replican lo que enseñan los manuales de
desestabilización de las diversas agencias de la “comunidad de inteligencia” de
Estados Unidos. No sólo eso: las violentas protestas de la oposición
nicaragüense tienen un indudable “aire de familia” con las “guarimbas” en
Venezuela en 2014 y 2017, la revuelta de los “combatientes de la libertad” contra
Gadafi en Libia en 2011 y el accionar de las bandas neonazis en Ucrania en 2013.
Al revés de lo que dicen los films de Hollywood, cualquier semejanza con la
realidad no es mera coincidencia porque se trata de la misma estrategia sólo
que aplicada en diferentes locaciones.
        Al examinar las causas domésticas de la
crisis observamos una situación paradojal: sin previo aviso se produjo el
súbito deterioro de la situación política en un país cuyo ordenamiento social
se comparaba ventajosamente con el de sus vecinos. A diferencia de casi todos
los demás países del área el flagelo de las “maras” era desconocido en
Nicaragua; la seguridad ciudadana era de las mejores de Latinoamérica y muy
superior a la del resto de los países del istmo. En Nuestra América se
encuentran los diez países con las mayores tasas de homicidio por 100.000
habitantes del mundo. Honduras, gobernada a control remoto desde 2009 por
Washington ostenta el lúgubre honor de tener la mayor de todas: 85.7 homicidios
por cada 100.000 habitantes. Le siguen El Salvador (63,2), Venezuela (51,7),
Colombia (48,8), Belice (37,2), Guatemala (36,2), Jamaica (35,2), Trinidad y
Tobago (32,8), Brasil (30,5) y República Dominicana (30,2). En el año 2017 la
tasa nicaragüense llegó a 6 por 100.000, unas pocas décimas por encima de la Argentina que registró
una del 5.2 y Estados Unidos con 4.9.
En 2013, el índice de seguridad ciudadana –el “Índice de Ley y
Orden de 2013″ medido por la firma Gallup- caracterizó a Nicaragua
como el país más seguro de
Latinoamérica.
[1]
Otros indicadores sociales muestran un desempeño similar: en años recientes el
siempre difícil combate a la pobreza arrojaba en Nicaragua resultados
módicamente alentadores, poco frecuentes en la región si se tiene en cuenta que
durante mucho tiempo este país fue, después de Haití, el más pobre del
hemisferio. Pese a ello, cálculos del Banco Mundial, actualizados a Abril del
2018, aseguran que “entre el 2014 y 2016 la pobreza disminuyó del 29.6 al 24.9
por ciento” al paso que en los últimos años la tasa media de crecimiento del
PBI oscilaba en torno al 4 %. Textualmente se dice que “(E)n 2011, el
crecimiento alcanzó un récord del 5.1 por ciento, con una desaceleración al 4.7
y 4.5 en 2016 y 2017, respectivamente. Para este año, el pronóstico se sitúa en
4.4 por ciento, con lo que Nicaragua se coloca en el segundo lugar de
crecimiento entre los países de Centroamérica, con perspectivas favorables para
la inversión extranjera directa y el comercio.”
[2]
Según datos del Banco Centroamericano de Integración Económica el déficit
fiscal de Nicaragua en el año 2017 fue del 2.5 %. En la Argentina en ese mismo
año fue del 3.9 %.
[3] En
el terreno político en Noviembre del 2016 el actual presidente fue elegido por
un 72 % de los votos, y si bien hubo algunas denuncias de fraude, poderosamente
amplificadas por la cloaca mediática regional, ninguna adquirió la entidad
suficiente como para seriamente impugnar el proceso electoral.
        Dados estos antecedentes, ¿cómo fue que
se produjo el fulminante estallido de una crisis que hoy nos asombra y
entristece? Como dijéramos en una nota anterior
el
gobierno cometió un grave error al responder con inusitada violencia ante una
legítima protesta ocasionada por una regresiva reforma al régimen de la
seguridad social.
[4]  Protesta en la cual participaron no pocos
simpatizantes y partidarios del sandinismo que ignoraban la iniciativa
presidencial en ciernes. En efecto, el presidente
Ortega hizo el sorpresivo anuncio de la reforma el 18 de Abril y cuatro
días después, ante la contundencia y masividad del rechazo popular, procedió a revocarla.
En circunstancias normales esto debería haber desactivado la bomba de tiempo
que con su tic-tac resonaba en las calles de Managua. Pero los países de
América Latina y el Caribe (y Nicaragua no es la excepción) no son “países
normales” sino batalladores sobrevivientes en la periferia de un imperio que
anhela su completa y definitiva subordinación. Precisamente a causa de esa
“anormalidad” latinoamericana la violenta agitación callejera lejos de
aplacarse con la marcha atrás ordenada por el gobierno se intensificó y
extendió a otras ciudades del país. En cuestión de días una demanda puntual
precipitó la rápida conformación de un amplio y sedicioso frente opositor
reclamando la renuncia del presidente y el llamado a nuevas elecciones. ¿Cómo
explicar tan perniciosa mutación?

        Para responder a esta pregunta es
preciso examinar el decisivo papel del gobierno de Estados Unidos como amplificador
e interesado beneficiario de la crisis. Tal como dijimos anteriormente
Washington alberga una añeja obsesión con Nicaragua. Un elemento clave que ha perturbado
hasta la actualidad el sueño de la dirigencia estadounidense ha sido, en el
siglo diecinueve, su interés por la eventual construcción de un paso bioceánico
a través de Nicaragua y el temor de que tal obra fuese encarada por una
potencia europea, Francia, que tenía planeado abrir una ruta transoceánica en
Panamá.  Frustrada esa iniciativa
francesa y vez construido el Canal de Panamá por los estadounidenses la
prioridad fue impedir la creación de una vía alternativa que compitiese con la
panameña, controlada directa o indirectamente por Estados Unidos. Esa
preocupación, que se mantuvo latente a lo largo del siglo veinte, se acrecentó hasta
el paroxismo en fechas recientes ante los anuncios de un acuerdo para la apertura
de un nuevo canal pasando por Nicaragua y, además, financiado por capitales chinos.
Si Beijing conmovió el tablero geopolítico y geoeconómico mundial con la
vertiginosa reconstrucción de la “ruta de la seda” que -trece mil kilómetros de
vías férreas de alta velocidad mediante- atrae inexorablemente al Asia
meridional y a toda Europa a su hegemonía económica, la construcción y
posterior control de un nuevo y más expedito canal en Nicaragua alteraría
radicalmente el equilibrio estratégico nada menos que en el Caribe, la tercera
frontera imperial como decía el profesor Juan Bosch, y como lo ratifican los
manuales del Pentágono al hablar del Caribe como el “Mare Nostrum” de los norteamericanos. Sería, además, el tiro de
gracia para la
Doctrina Monroe y su pretensión de que en este continente
sólo se oiga la voz de Estados Unidos y que ninguna potencia extracontinental
se inmiscuya en los asuntos hemisféricos. La presencia china en Centroamérica y
el Caribe constituiría para Beijing un poderoso argumento para neutralizar -o
tratar de equiparar- la presencia de Washington en el Asia Pacífico, hacia
donde, desde la época de Barack Obama, Estados Unidos ha desplazado gran parte
de su flota de mar con la indisimulada intención de contener la expansión comercial
y política china. Para el Pentágono, y sobre todo para la Administración Trump,
que hizo de Rusia y China sus enemigos, nada podría ser más amenazante que la
presencia de los herederos de Mao en el área del Gran Caribe y que
eventualmente podría convertir a la tierra de Sandino en una base de
operaciones no sólo comerciales sino también de índole militar. De ahí que el
protagonismo estadounidense en la crisis nicaragüense no tenga nada de anómalo
o inesperado. Es la previsible respuesta a un desafío militar, y no sólo
económico, de vastas proporciones ante los cuales sería absurdo pensar que el
imperio permanecería de brazos cruzados.
        Por otra parte, a pesar que el gobierno
sandinista parece haber archivado sus afanes revolucionarios, el sólo hecho de
que mantenga relaciones de cooperación con países como Cuba, Venezuela y, en
general, con los gobiernos del ALBA, es para Washington motivo más que suficiente
para provocar un “cambio de régimen”, eufemismo para evitar hablar de golpes de
estado y el subsecuente baño de sangre con que se escarmienta a los rebeldes
del viejo orden. Es debido a ello que la Casa Blanca ha tratado, por todos los
medios y sin pausas, de incidir en el proceso político nicaragüense y debilitar
al gobierno de Daniel Ortega  financiando
con largueza a los partidos de la oposición, a un variopinto enjambre de ONGs
–la mayoría de ellas non sanctas, encubiertos
tentáculos del gobierno estadounidense- así como a numerosas organizaciones de
la sociedad civil y a la prensa opositora, procurando por todos los medios desacreditar
al gobierno sandinista y estigmatizar a la pareja gobernante. Esta intensa
campaña de propaganda tiene por objeto denunciar a Managua como el asiento de
una brutal dictadura y preparar el clima de opinión para convalidar su violenta
erradicación mediante una “invasión humanitaria” coordinada por el Comando Sur
con la complicidad, entre otros, de los gobiernos que constituyen no el Grupo
sino el “Cartel de Lima.”
        Es debido a ello que la crisis refleja
con tanta nitidez el modus operandi recomendado
por el manual de prácticas desestabilizadoras de la CIA, con sus paramilitares
y mercenarios disfrazados de estudiantes universitarios o de jóvenes dispuestos
a inmolarse por su adhesión a un puro ideal republicano aunque para ello deban
matar, incendiar, secuestrar, destruir. Pero para que los planes del imperio
tengan éxito y para que sus esbirros puedan mimetizarse con la población es
preciso que haya quienes genuinamente salgan a protestar contra el gobierno.
Sin ello la estrategia del imperio pierde toda eficacia. Y que en Nicaragua
hayan salido a manifestarse no puede sorprender a nadie porque hay motivos para
hacerlo. La corrupción es un problema muy grave, ya desde el primer gobierno
sandinista cuando se hablaba de “la piñata”, aceptada con una mezcla de
resignación e iracundia por parte del pueblo nicaragüense. Qué la revolución se
desvió del camino es otro dato irrefutable, transando con sus enemigos
históricos: el empresariado y la Iglesia Católica entre otros. Que el poder
revolucionario se concentró extraordinariamente en las manos de la pareja
presidencial y que una deriva autoritaria del gobierno irrumpe cada vez con más
frecuencia también es verdad. No se puede entender lo que está ocurriendo en
Nicaragua sin tener en cuenta los síntomas de esta involución del sandinismo y el
desgaste de su filo revolucionario. Pero que sobre la protesta de algunos sectores
de la oposición –en algunos casos multitudinarias- se montó, con relampagueante
celeridad, todo el aparato de desestabilización del imperio es evidente hasta
para un ciego. Y este no es un dato menor, sino que constituye “el dato”
fundamental, la clave de bóveda para comprender el significado histórico de la
crisis nicaragüense. La cloaca mediática latinoamericana y estadounidense
descarga su artillería de “posverdades” y “plusmentiras” mientras denuncia a
los gritos y con total impunidad los muertos causados por la represión del
gobierno sandinista. Pero la verdad, cuidadosamente oculta, como antes se
hiciera en el caso de la Venezuela Bolivariana, es que las víctimas se reparten
casi por partes iguales entre ambos bandos.
Washington milita la contrarrevolución con una disciplina ejemplar y está
siempre preparado para aprovechar cualquier oportunidad que se presente para
desestabilizar a un gobierno poco propenso a obedecer a sus mandatos. Carece
totalmente de escrúpulos morales y tiene fuerzas de despliegue rápido no sólo
entre los militares sino en la cuantiosa masa de maniobra reclutada durante
largos años y formada por una legión de paramilitares, mercenarios y ex presidiarios
bajo parole dispuestos a lo que sea;
también revistan en sus filas drogadictos desquiciados y contenidos por los estupefacientes
suministrados por Washington en sociedad con los narcotraficantes; y tránsfugas
de todo tipo, dispuestos a engrosar las filas del sicariato, a tomar
iniciativas violentas entremezclándose en una marcha de novatos manifestantes
que ignoran como se arma un cóctel molotov, o no se animan a incendiar vivo a
un sujeto sospechoso, o a dotar de un “aire plebeyo” a las manifestaciones de
la derecha contra cualquier gobierno de izquierda, o apenas progresista.

Por eso decíamos en nuestra nota anterior que la revolución nicaragüense
es como la niña que navega en un bote en un mar embravecido y con un timonel
que -lo digo con respeto pero también con esperanza- ha perdido el rumbo. Pero
aun bajo estas circunstancias, sería absurdo entregar a la niña a sus verdugos
o hundir el bote y arrojarla al mar. Ya sabemos lo que ocurrió cuando gobiernos
progresistas o de izquierda cayeron a causa de la conspiración imperial. Basta
mirar lo acontecido en Honduras, Paraguay o Brasil para vislumbrar lo que
podría ocurrir en Nicaragua si la ofensiva destituyente en curso fuese coronada
con la victoria. No hay razones para suponer que el gobierno de Daniel Ortega es
absolutamente incapaz de ejercer una revolucionaria autocrítica, revisar lo
actuado y enmendar sus errores. Es fundamental salir de esta crisis por
izquierda, fiel al ideario del sandinismo. Para ello será necesario corregir el
rumbo que ha seguido el gobierno en fechas recientes. Esto exige sacar de su
letargo al FSLN y resucitarlo como fuerza política activa, potenciar su
protagonismo en la gestión gubernativa y movilizar, reorganizar y concientizar
a su base social para producir una radical redemocratización del proceso
revolucionario. En pocas palabras, provocar una revolución en la revolución. El
ensimismamiento del gobierno y su aislamiento en relación al pueblo sandinista
y al propio partido de gobierno es vox
populi
en Managua, y de perpetuarse esta situación será inevitable incurrir
en nuevos desaciertos que serían fatal para el gobierno de Daniel Ortega. El
enemigo imperialista está al acecho, le tiende muchas trampas y la soledad del
poder es muy mala consejera. Si el FSLN como fuerza política no recupera su
protagonismo colectivo y se adueña del destino de la revolución, mucho me temo
que estén contados los días de este bello sueño construido sobre la gesta épica
de la prolongada lucha contra la dictadura de Somoza. Sería una derrota
tremenda para un noble y valiente pueblo que luchó con un heroísmo ejemplar
para hacer realidad su fidelidad al legado de Sandino, el “general de hombres
libres.” Será también un golpe brutal a las esperanzas de los pueblos de
Nuestra América, y la pérdida de una oportunidad que Nicaragua tardará mucho tiempo
en reencontrar. Dixit et salvavi animan
mea.





[1] Según datos de la Organización Mundial de la Salud. Ver
“Latinoamérica tiene la más alta tasa de homicidios del mundo, revela la OMS”, Cable de la Agencia EFE, 17 mayo
2017. Los datos de Nicaragua 2017 también los revela la Agencia EFE en https://www.efe.com/efe/america/sociedad/la-tasa-de-homicidios-en-nicaragua-baja-8-a-6-por-cada-100-000-habitantes/20000013-3376263  Los datos de la Argentina fueron
publicado por Infobae en  https://www.infobae.com/politica/2018/06/19/el-gobierno-anuncio-una-baja-en-la-tasa-de-homicidios-y-robos/
[3]
https://www.lanacion.com.ar/2101437-el-deficit-fiscal-fue-del-39-en-2017-y-el-gobierno-sobrecumplio-la-meta
[4] Cf. “La niña en el bote”, en Página/12,
18 Julio 2018,
https://www.pagina12.com.ar/129111-la-nina-en-el-bote