16.11.2017
Hola, a continuación comparto el texto especialmente preparado para Cuadernos Marxistas del cual había publicado apenas un párrafo en un posteo anterior.
Dado que he publicado muchos artículos en CM aprovecho para decirle a quienes quieran acceder online a esos textos, así como el de los demás autores, pueden hacerlo yendo al siguiente enlace: 

“La
Revolución Rusa: Logros, derrotas, fracasos.
Algunas lecciones para América Latina”
Atilio A. Boron[i]


Las dificultades de un balance
A
cien años de la Revolución Rusa es necesario re-examinar esa experiencia por la
importancia que tiene, en sí mismo, el conocimiento de la primera revolución
proletaria triunfante en el plano nacional 
(la Comuna, como se recordará, se limitó a la ciudad de París). Pero
también para extraer algunas lecciones que nos parecen de suma utilidad para el
análisis de los desafíos que enfrentan las experiencias progresistas y de
izquierda en la América Latina contemporánea. En otras palabras, no estamos
proponiendo un ejercicio de arqueología política sino una  reflexión sobre un gran acontecimiento del
pasado cuyas luces pueden servir para iluminar el presente.
Quisiera comenzar planteando en primer lugar las
dificultades que acechan cualquier tentativa de realizar un balance de un
proceso histórico tan complejo como un cambio revolucionario. Se cuenta que
cuando al líder chino Zhou En Lai se le preguntó que pensaba de la Revolución
Francesa su respuesta dejó pasmado a sus interlocutores occidentales: “es
demasiado pronto para saber”. Lo mismo repitió uno de sus compatriotas en un
seminario convocado en París para conmemorar los doscientos años de aquella
gesta de 1789.
[ii] Más
allá de lo anecdótico estas observaciones son de un cierto valor metodológico a
la hora de formularnos la misma pregunta sobre la Revolución Rusa. ¿Cuál es
su  legado?  El pensamiento convencional, inficionado por los
valores conservadores de la burguesía y de la academia, emite un diagnóstico
terminante: aquella fue una aberración que tenía fatalmente que culminar en el
totalitarismo para luego desplomarse por el peso de su extravagancia histórica.
Para autores inscriptos en esa corriente interpretativa la Revolución Rusa fue
un doloroso paréntesis en la hegeliana marcha de Europa hacia la libertad.  Claro que una reflexión más sobria ofrecería
una visión diferente: la de una revolución que transformó al país más atrasado
de Europa en una fortaleza industrial y militar que jugó un papel decisivo en
la derrota del fascismo; que posibilitó erradicar la plaga del analfabetismo
que sumergía a la enorme mayoría de la población, sobre todo la femenina, en
las sombras de la ignorancia y la superstición; que propició un desarrollo
científico y técnico que le permitió neutralizar el chantaje atómico a que
había sido sometida por Estados Unidos luego del holocausto de Hiroshima y
Nagasaki y, como si lo anterior fuera poco, tomó la delantera en la carrera
espacial con el lanzamiento del primer satélite artificial de la historia.
[iii]
No sería exagerado decir, en consecuencia, que la
historia contemporánea se divide en un antes y un después de la Revolución Rusa.
No fue una más de las tantas revueltas populares contra un orden
insoportablemente injusto pues marcó un quiebre histórico que desde la rebelión
de Espartaco venía signada, hasta la Comuna de París, con la marca de la
derrota. Según John Roemer, “la revolución bolchevique fue, pienso, el evento
político más importante ocurrido desde la revolución francesa porque convirtió
en realidad para centenares de millones, o quizás miles de millones, de
personas por primera vez desde 1789 el sueño de una sociedad basada en una
norma de igualdad más que en una norma de avaricia y ambición.”
[iv] Por
supuesto, el pensamiento convencional de la 
burguesía, y de las ciencias sociales, ha dado su veredicto y, como
decíamos más arriba, lo ha instalado como una verdad irrefutable: la RR fue una
gran tragedia, un desgraciado error, un monumental fracaso que provocó un
sinfín de pesares a la humanidad. Se trata de un diagnóstico para nada
inocente. Los pensadores de la burguesía oscilan entre dos actitudes: o se
desviven por ignorar a la RR, fingir que no hubiera existido y, cuando esto es
imposible, satanizarla sin miramiento alguno. El reverso de ese planteamiento
es nada menos que la reafirmación del carácter eterno del capitalismo, o la
imposibilidad de la revolución, o su previsible monstruosa degeneración. Para
los pensadores del orden vigente lo anterior es prueba irrefutable de que el
capitalismo es la Santísima Trinidad de nuestro tiempo: lo que fue, lo que es y
lo que será. Es imprescindible desmontar esta tergiversación de la verdad
histórica.
Ocaso
o continuidad del ciclo revolucionario
A tal efecto comenzaría diciendo que más allá del
vergonzoso derrumbe de la experiencia soviética (¡la más grande revolución en
la historia de la humanidad se derrumbó sin disparar un solo tiro!, recordaba
Fidel) y los avatares sufridos por lo que podría adecuadamente caracterizarse
como el «primer ciclo» de las revoluciones socialistas, nada autoriza
a pensar que la tentativa de las masas populares de «tomar el cielo por
asalto» se encuentre definitivamente cancelada o que con el triunfo del
capitalismo ante el colectivismo soviético hayamos llegado al final de la
historia, tal como lo propone Francis Fukuyama.
Dos razones avalan esta presunción: por un lado,
porque las causas profundas, estructurales, que produjeron aquellas irrupciones
del socialismo en Rusia, China, Vietnam, Cuba –irrupciones inevitablemente
prematuras, como aseguraba Rosa Luxemburgo pero no por ello necesariamente
destinadas al fracaso-  siguen siendo hoy
más vigentes que nunca. La vitalidad de los ideales y la utopía socialistas se
nutren a diario de las promesas incumplidas del capitalismo y de su
imposibilidad congénita e insanable para asegurar el bienestar de las mayorías.
Otra sería la historia si aquél  hubiera
dado pruebas de su aptitud para transformarse en una dirección congruente con
las exigencias de la justicia y la equidad. Pero, si algo enseña la historia de
los últimos treinta años, la época de oro de la reestructuración neoliberal del
capitalismo, es precisamente lo contrario: que éste es «incorregible e
irreformable» y que  si se
produjeron progresos sociales y políticos significativos durante la luminosa
expansión keynesiana de la posguerra –en donde el capitalismo ofreció todo lo
mejor que puede ofrecer en términos de derechos ciudadanos y bienestar
colectivo, como lo anotara la inolvidable Ellen Meiksins Woods– aquéllos no
nacieron de su presunta vocación reformista sino de la amenazante existencia de
la Unión Soviética y el temor a que las masas europeas fuesen “contagiadas” por
el virus comunista que se había apoderado de la Rusia zarista. Fue esto lo que
estuvo en las bases de las políticas de extensión de derechos sociales,
políticos y laborales de aquellos años y no una convicción profunda de la
necesidad de producir tales cambios. Diversos autores han insistido sobre este
punto al afirmar que la fortaleza del movimiento obrero y los partidos socialistas
y comunistas europeos fueron amenazantes reflejos de la existencia del campo
socialista tras la derrota del fascismo. Pero una vez desintegrada la Unión
Soviética y desaparecido el campo socialista el supuesto impulso progresista y
democratizador del capitalismo se esfumó como por arte de magia. En su lugar reaparecieron
la ortodoxia neoliberal y los partidos neoconservadores con su obstinación por
revertir, hasta donde fuese posible, los avances sociales, económicos y
políticos logrados en los años de la posguerra. El resultado es una Europa que
hoy es mucho más injusta que hace treinta años.
Los resultados de tales políticas han sido
deplorables, no sólo en la periferia capitalista europea –Grecia, España,
Portugal, Irlanda, etcétera- sino también en los países del centro que
aplicaron con mayor empecinamiento la receta neoliberal, como el Reino Unido y,
principalísimamente, Estados Unidos. La clave interpretativa de la victoria de Donald
Trump reside precisamente en eso. Como veremos más adelante la reestructuración
regresiva del capitalismo ha tenido connotaciones sociales tan negativas que la
validez del socialismo como «crítica implacable de todo lo existente»
sigue siendo ahora tanto o más contundente que antes. En efecto, el capitalismo
actual se puede sucintamente caracterizar por tres grandes rasgos:
a)      Primero,
una fenomenal concentración de la riqueza, tema central de la obra de Thomas Piketty
que comprueba como en doscientos años el capitalismo no hizo otra cosa que
acrecentar la proporción de la riqueza social en manos de la burguesía y
aumentar la desigualdad económica.
[v]
Téngase en cuenta, a modo de ejemplificación, lo siguiente:

a.       8 individuos
–no empresas, sino individuos- tienen la misma riqueza que la mitad de la
población mundial. Ni Marx, Engels y Lenin en sus peores pesadillas podían
haber imaginado algo así. Pero eso es lo que existe hoy.
[vi]

b.      El 1 %
más rico de la población mundial tiene más riqueza que el 99 por ciento
restante y la tendencia no da muestras de atenuarse sino todo lo contrario.
[vii]

b)      Segundo,
por una intensificación de la dominación imperialista a escala mundial, sobre
todo después de la desintegración de la URSS, para asegurarse recursos
económicos no renovables e indispensables para el sostenimiento del modelo de
consumo de EEUU y los países del capitalismo metropolitano.

a.       Unas
mil bases militares de EEUU en todo el mundo y Estados Unidos, el gendarme
capitalista mundial, convertido en una plutocracia guerrera cuyas fuerzas están
presentes en cada rincón del planeta para preservar la estabilidad del
capitalismo global.

b.      80
bases oficialmente contadas en América Latina y el Caribe con una tendencia
creciente.
[viii]

c.       La OTAN
reuniendo la mayor acumulación de fuerzas y pertrechos militares sobre la
frontera de Rusia desde la Segunda Guerra Mundial.
[ix]

c)      Una
depredación sin precedentes del medio ambiente –la llamada “segunda
contradicción del capitalismo” por James O’Connor- de la naturaleza, y
tentativas de garantizar de manera exclusiva para EEUU el suministro de
petróleo y de agua, recursos que existen en abundancia en América Latina.
   

            Pero si efectivamente no
llegamos al fin de la historia consagrando el triunfo final del capitalismo y
la democracia liberal y, por consiguiente, cerrando definitivamente las
posibilidades de nuevas tentativas de “tomar el cielo por asalto”; si esto es
así entonces se torna necesario formular una segunda hipótesis. Aún cuando el
socialismo hubiese fracasado irreparablemente en sus diversas tentativas a lo
largo del siglo veinte, y suponiendo también que el capitalismo hubiera logrado
resolver sus profundas contradicciones, ¿cuáles son los antecedentes históricos
o las premisas teóricas que permitirían pronosticar que nuevas revueltas
anticapitalistas no habrían de producirse en el futuro? Sólo una absurda premisa
que postule la definitiva extinción de la protesta social, o el congelamiento
irreversible de la dialéctica de las contradicciones sociales podría ofrecer
sustento a un pronóstico de ese tipo.  

Lecciones
de las revoluciones burguesas
           Dado que lo anterior no sólo es
improbable sino imposible, una ojeada a la historia de las revoluciones
burguesas podría ser sumamente aleccionadora. En efecto, entre los primeros
ensayos que tuvieron lugar en las ciudades italianas a comienzos del siglo XVI
en el marco del Renacimiento italiano y la revolución inglesa de 1688 –¡la
primera revolución burguesa triunfante!– mediaron casi dos siglos de intentos
fallidos y derrotas aplastantes. Si bien el primer ciclo iniciado en Italia fue
ahogado en su cuna por la por la reacción 
señorial-clerical, mucho más tarde habría de iniciarse otro, en el norte
de Europa, caracterizado por una larga cadena de exitosas revoluciones
burguesas.
Ante lo cual surge la pregunta: ¿por qué suponer que
las revoluciones anti-capitalistas tendrían tan sólo un ciclo vital, agotado el
cual desaparecerían para siempre de la escena histórica? No existe fundamento
alguno para sostener dicha posición, salvo que se adhiera a la ya mencionada
tesis del «fin de la historia» que, dicho sea de paso, no la sostiene
ningún estudioso medianamente serio de estos asuntos.
Siendo esto así, ¿por qué no pensar que estamos ante
un reflujo transitorio –que podría ser prolongado, como en el caso de las
revoluciones burguesas; o no, debido a la aceleración de los tiempos históricos–
más que ante el ocaso definitivo del socialismo como proyecto emancipador? De
hecho, uno de los rasgos de la crisis actual es que estalló producto de las
contradicciones internas, irresolubles, generadas por la desorbitada
financiarización del capitalismo y su desastroso impacto sobre la economía
real. El desplome del 2008 –del cual aún las economías capitalistas no se han
recuperado- no fue provocado por una oleada de huelgas o grandes movilizaciones
de protesta en Estados Unidos o en Europa Occidental sino por la dinámica de
las contradicciones entre las diversas fracciones del capital. Sin embargo, su
resultado fue que, por primera vez en el mundo desarrollado, el tendal de
víctimas del sistema reconoció que el causante de sus padecimientos (desempleo,
caída de salarios reales, desalojos hipotecarios, etcétera) ya no eran los
malos gobiernos (que por cierto los hay), o situaciones meramente coyunturales
sino que el gran culpable era el capitalismo. Eso fue lo que plantearon los
“indignados” en Europa y el movimiento Occupy
Wall Street
en Estados Unidos, lo cual revela un inédito salto en la conciencia
popular y una promisoria evolución ideológica que les permite identificar con
claridad la naturaleza del sistema que los oprime y explota.
Retomando el hilo de nuestra argumentación acerca de
los ciclos de las revoluciones sociales quisiéramos expresar nuestro acuerdo
con la postura adoptada por el “marxista analítico” John Roemer cuando afirma
que el destino de un experimento socialista muy peculiar, el modelo soviético,
«que ocupó un período muy corto en la historia de la humanidad» para
nada significa que los objetivos de largo plazo del socialismo, a saber: la
construcción de una sociedad sin clases, se encuentren condenados al limbo de
lo imposible. Tal visión es considerada por este autor como «miope y
anti-científica»: (a) porque confunde el fracaso de un experimento
histórico con el destino final del proyecto socialista; (b) porque subestima
las transformaciones radicales que la sola presencia de la Unión Soviética
produjo en nuestro siglo y que, a través de complejos recorridos, hicieron posible
un cierto avance en la dirección del socialismo. Dice Roemer que:

         “Partidos socialistas y
comunistas se formaron en cada país. Sería muy difícil evaluar los efectos
globales de esos partidos en la organización política y sindical de los
trabajadores, en la lucha antifascista de los años treinta y cuarenta, y en la
lucha anticolonialista de los años de posguerra. Pero bien podría ser que el
advenimiento del Estado de Bienestar, la socialdemocracia y el fin del
colonialismo se deban, en su génesis, a la revolución bolchevique.” [x]


Es más, tal como lo señala Doménico Losurdo en el
texto ya mencionado todas las luchas coloniales, de los negros, de las mujeres,
de las minorías y, por supuesto, de los obreros y a favor de la democracia
tuvieron su fuente de inspiración en la Revolución Rusa. La extensión del
sufragio en Europa de la posguerra no hubiera ocurrido de no haber mediado la
toma del Palacio de Invierno y la instauración del gobierno de los soviets. Es
decir que la misma democracia burguesa recibió un impulso decisivo desde la
lejana Rusia. Además, el genio político de Lenin permitió romper las artificiales
barreras que separaban las luchas de los negros y los blancos; de los europeos
y de las “naciones agrarias” y los asiáticos. En suma: el revolucionario ruso
convirtió a todas las luchas particulares en una sola gran lucha universal por
la construcción de una nueva sociedad. Incluso puede decirse, con pruebas en la
mano, que el proceso de “desegregación racial” en Estados Unidos fue
decisivamente influenciado por la sola existencia de la Unión Soviética. La
Corte Suprema de Estados Unidos que había reiteradamente sancionado la
legalidad de la segregación en las escuelas públicas de ese país hasta 1952
cambió de parecer ese año tras recibir diversos informes que la exhortaban a
ello porque, decían, el sostenimiento de la segregación de niños negros y
blancos en las escuelas públicas alimentaba la campaña comunista de la URSS y
desalentaba a los amigos de Estados Unidos.
[xi]

¿Fracasos
o derrotas?

Ahora bien: más a allá de todo lo anterior hay un
tema
central a dilucidar y es establecer una distinción
entre el “fracaso” de un proyecto reformista o revolucionario y la “derrota”
del mismo. ¿Es razonable decir que todas las experiencias del siglo pasado en
realidad fracasaron (tesis que sostienen entre otros John Holloway, Michael
Hardt y Antonio Negri) o no sería acaso más apropiado decir que fueron
derrotadas?  El fracaso supone un
problema esencialmente endógeno; la derrota remite a una lucha, un conflicto,
una oposición externa que se enfrenta al proyecto emancipatorio. Fracaso por
mis propias limitaciones y debilidades; soy derrotado cuando alguien se opone a
mis designios. Si bien existe un claroscuro, un área difusa intermedia en la
cual fracaso y derrota se confunden es posible, sin embargo, establecer la
predominancia de uno o de la otra.  En el
caso de la RR es indudable que el proceso adoleció de graves incoherencias
internas, especialmente tras la muerte de Lenin, pero también lo es que se
desarrolló bajo las peores condiciones imaginables: la crisis y la devastación
de la primera posguerra, la guerra civil y la intervención, en ellas, de una
veintena de ejércitos foráneos que asolaron el país, y luego, estabilizada la
situación, la industrialización forzada, la colectivización forzosa del agro y
la invasión alemana con su secuela de destrucción y muertes. Bajo esas
condiciones, hablar de “fracaso” es por lo menos un exceso del lenguaje y una
infame acusación política. Viniendo al caso de América Latina, ¿hasta qué punto
podría decirse que la experiencia de la Unidad Popular en el Chile de Allende
fue un fracaso? Mucho más apropiado sería decir que fue un proyecto derrotado,
por una coalición de fuerzas domésticas e internacionales bajo la dirección
general de Washington que desde la noche misma del triunfo de Salvador Allende
el 4 de Septiembre de 1970 ordenó, por boca de su presidente Richard Nixon,
“hacer que la economía chilena gima. Ni una tuerca ni un tornillo para
Chile”.  ¿Qué sentido tiene entonces que
algunos autores hablen del “fracaso” de la revolución cubana, acosada y
asediada por más de medio siglo de bloqueo económico, comercial, diplomático,
informático y mediático? ¿Y cómo caracterizar lo ocurrido en China y Vietnam?
¿Podría decirse sin más que son casos de “fracaso” del socialismo? ¿Es posible
ya emitir un veredicto definitivo? ¿Por qué no pensar, en cambio, que la RR
logró éxitos extraordinarios a pesar de tan difíciles condiciones: alfabetización
masiva, promoción de la mujer, industrialización, defensa de la patria, derrota
del fascismo. ¿Puede llamarse a esto un fracaso? ¿Por qué no revisar nuestra
concepción del proceso revolucionario, dejando de lado la muy popular imagen
que lo concibe como una flecha que asciende rada e ininterrumpidamente desde el
pútrido suelo del capitalismo hacia el diáfano cielo del comunismo? Álvaro
García Linera ha reflexionado mucho sobre el tema, y en uno de sus ensayos dice
algo que conviene tener muy en cuenta:
“Cuando Marx analizaba los procesos revolucionarios,
en 1848, siempre hablaba de la revolución como un proceso por
oleadas, nunca como un proceso ascendente o continuo, permanentemente en
ofensiva. La realidad de entonces y la actual muestran que las clases
subalternas organizan sus iniciativas históricas por temporalidades, por
oleadas: ascendentes un tiempo, con repliegues temporales después, para luego asumir,
nuevamente, grandes iniciativas históricas.”
[xii] O, como dice en otra de sus intervenciones, el
destino de los luchadores sociales no es otro que el de “l
uchar,
vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse” hasta el fin. Esa es la dialéctica de la historia y
eso es lo que una correcta epistemología no puede dejar de reflejar en sus
análisis. Avances, estancamientos, retrocesos, nuevos saltos adelante,
detenciones, otros avances y así siempre. Ese es el movimiento real, no ilusorio,
de la historia.  
Todo bien, pero
¿cómo explicar entonces el derrumbe de la RR? No es tarea para asumir aquí pero
sí deberíamos enunciar unos pocos elementos causantes de su colapso. Por
supuesto, la degeneración burocrática de la URSS ya era un factor sumamente
negativo advertido por Lenin en sus últimos escritos
[xiii], como también lo era la política de “coexistencia
pacífica” y la tentativa de emular las formas productivas del capitalismo. Esto
lo señaló con su habitual fiereza el Che Guevara en su crítica a los manuales
de economía de la URSS, los “ladrillos soviéticos” como él los llamaba.
[xiv] Pero además de esto estuvo la Tercera Revolución
Industrial (microelectrónica, informática, automatización, toyotización, etcétera)
que se erigió en un obstáculo formidable para un modelo económico fordista, de
total estandarización de la producción en masa que por su rigidez burocrática y
la enorme asignación de recursos para la defensa no pudo adaptarse a las nuevas
condiciones de desarrollo de las fuerzas productivas. La intensificación de las
presiones militares en contra de la URSS, que llega a su paroxismo con la
“guerra de las galaxias” de Reagan, obligó a Moscú a desviar ingentes recursos
para defenderse ante la belicosidad estadounidense. A esto agréguesele el
ataque combinado del más formidable tridente reaccionario del siglo veinte: Ronald
Reagan, Margaret Thatcher y Juan Pablo II, protagonistas de un ataque político
y cultural de devastadores efectos ya dentro de las fronteras del campo
socialista donde no por casualidad la Iglesia Católica había elegido a un Papa
polaco para desde ahí socavar la estabilidad de las democracias populares del
Este europeo.  Por supuesto, la
consideración de estas cuestiones excede con creces los límites de este
trabajo, pero no queríamos dejar pasar inadvertido este crucial asunto.
Agréguese a ello la asombrosa ineptitud de la dirigencia soviética para
explicar que era lo que se estaba haciendo en la era post-estalinista, con Mijail
Gorbachov a la cabeza, y qué sentido tenían todos esos cambios y hacia dónde se
dirigía al país. En otras palabras, ni el partido ni los soviets eran ya
organismos vivientes sino espectros ambulantes sin ninguna capacidad de
expresión de la realidad social.


Siete tesis sobre política, reformismo y
contrarrevolución en América Latina
Quisiera, por último, concluir esta breve reflexión
planteando algunas lecciones de interés para las luchas actuales en Nuestra
América. Y lo haré enunciando una serie de tesis, asumiendo que son correctas
recordando aquel pionero trabajo de un gran sociólogo y antropólogo mexicano,
Rodolfo Stavenhagen, justamente denominado “Siete tesis equivocadas sobre
América Latina” y en las que demolía meticulosamente el saber convencional de
las ciencias sociales de los años cincuenta y sesenta.
[xv]  Por eso me ha parecido conveniente aclarar
que, en este caso, confío en que estas tesis sean correctas aunque siempre es
conveniente tener la mente abierta para admitir cuestionamientos, reflexiones o
experiencias concretas que podrían obligar a reformularlas.
No es casual que nos hayamos planteado esta
sistematización al cumplirse cien años de un acontecimiento que Hegel sin duda
habría caracterizado como “histórico-universal”: la Revolución Rusa. Su sorpresiva
irrupción en la historia, su triunfo, su contribución a la democratización
universal (tema negado por el saber convencional de la ciencia política), su
degeneración y posterior derrota abren, un siglo después, numerosos
interrogantes de gran actualidad. Pero no sólo ella. Otros ejemplos históricos
de América Latina son igualmente fuente de inspiración para estas breves
páginas en donde estas tesis serán apenas enunciadas y que confío serán motivo
de un trabajo de más largo aliento a realizar en los próximos meses.
Sin más preámbulos pasamos entonces a la
consideración de las tesis.
a)      Primero,
como en Rusia, como en Chile, cualquier
proyecto, aún los de naturaleza tibiamente reformista, desatarán en nuestros
países una virulenta respuesta de los agentes sociales del orden y la
conservación
. En el caso de América Latina y el Caribe, dada la excepcional
importancia estratégica que la región tiene para el imperio y la larga historia
de dominación oligárquica, no hace falta una revolución para desencadenar una
sangrienta contrarrevolución.
[xvi]
Cualquier idea en contrario, o toda negación de esta, diríamos, ley fundamental
de la revolución, es una peligrosa ilusión. Recordemos lo acontecido en
numerosos experimentos reformistas en países tan diversos como Guatemala
1954,  Brasil 1964; República Dominicana
1965, Argentina 1966 y 1976; Chile, 1973, y lo que ha venido ocurriendo en
fechas recientes en Bolivia, 2008; 
Honduras, 2009; Ecuador, 2010; y Venezuela a poco de iniciado el proceso
bolivariano con el golpe del 11 de Abril del 2002, el paro petrolero de fines
de ese mismo año hasta febrero del 2003, la abstención insurreccional de la
oposición que no presentó candidatos a la elección de la Asamblea Nacional en
2005 y la escalada de violencia iniciada luego de la muerte de Chávez, procesos
todos estos que fueron bañados en sangre. Lula una vez observó que en Brasil la
oligarquía es tan racista y reaccionaria que el sólo hecho de ver a un negro o
un mulato subirse a un avión le provoca un odio visceral capaz de incitarla a
cometer los más horrendos crímenes. Por ejemplo, prender fuego a un indio por
el sólo hecho de serlo, como se hizo en Brasilia en los años que era presidente,
o a jóvenes sospechosos de “portación de cara incorrecta”, como lo perpetró la
“oposición democrática” en Caracas en por lo menos tres oportunidades.

b)      Segundo,
en contextos reformistas, progresistas y mucho más, en los marcos de una
revolución, sería fatal caer en la
ilusión de pensar que existe oposición leal.
La derecha no conoce lo que es
eso: su deslealtad es permanente e incurable. Aquí y en todas partes cuando no
es gobierno la derecha siempre es conspirativa y destituyente. Como lo
recordara Maquiavelo, los ricos jamás van a dejar de ver a cualquier gobernante
como un intruso, aún aquellos que se desviven por complacerlos. Mucho más si
quien lleva las riendas del estado tiene la osadía de promover políticas
contrarias a sus intereses. Y, amenazada, aunque sea superficialmente por iniciativas
reformistas, el tránsito desde la oposición institucional a la  contrarrevolución violenta se efectúa en muy
poco tiempo. La respuesta a la contrarrevolución y sus estrategias criminales y
violentas no puede ser la misma que se concede, en épocas normales, a la
oposición. Venezuela es, otra vez, un ejemplo de las consecuencias que tuvo el
hecho de no reaccionar con la suficiente energía ante las tácticas violentas de
la fracción extremista y terrorista de la oposición. Esta política, inspirada
en el propósito de evitar el escalamiento de la violencia, tuvo por resultado
exactamente eso y colocó al país al borde de una guerra civil. Por otra parte,
al no defender adecuadamente el orden público mediante la represión legal de
los violentos facilitó que el sector extremista se convirtiese durante  meses en la fracción hegemónica de la
oposición, subordinando e intimidando a fuerzas opositoras que seguían
apostando a los dispositivos institucionales.  El resultado fue una larga demora en la pacificación
del país,  y un muy elevado número de
muertos, heridos y propiedades públicas y privadas destruidas por la violencia
desatada por el sector terrorista de la oposición, amén de darle pábulos a las
campañas internacionales de satanización del gobierno de Nicolás Maduro.
[xvii]

c)     
Tercero, todo proceso de cuestionamiento al capitalismo en el plano nacional origina
una respuesta internacional
, porque el capitalismo es un sistema-mundo, al
decir de Immanuel Wallerstein, signado por el imperialismo, con ramificaciones
locales pero completamente internacionalizado y que tiene un “Estado Mayor” que
se reúne anualmente en Davos y un conjunto de instituciones de alcance
planetario que funcionan como los perros guardianes que custodian los
privilegios y las prerrogativas del capital. Casos concretos: el FMI, el BM, la
Organización Mundial del Comercio, la Comisión Europea, a las cuales hay que
agregar organizaciones informales como el grupo Bilderberg y la ahora
desfalleciente Comisión Trilateral. Defender estos procesos transformadores,
por lo tanto, sólo podrá hacerse construyendo una adecuada correlación
internacional de fuerzas. Puede ser un país grande, como lo fue la República
Soviética en los primeros años de la revolución; o pequeñísimo, como la isla de
Granada, en el Caribe, pero la respuesta de la “internacional burguesa” será
siempre la misma: aplastar a las fuerzas insurgentes, cortar de raíz ese
proceso y evitar la propagación del virus revolucionario.  Y si para ello es necesario destruir un país
se lo destruirá sin miramiento alguno. Se lo hizo, pero no de manera
irreversible, en Rusia; se lo hizo por completo en Granada, y se lo está
haciendo infructuosamente en Cuba desde 1959 y en Venezuela en los últimos
años.
Aunque en la academia el tema del imperialismo no se tiene casi nunca en
cuenta, los decidores de la política de Estados Unidos saben que esto es así.
Dos perlas apenas para ratificar lo dicho: las declaraciones de Karl Rove,
principal consejero del presidente George W. Bush cuando dijo “Nosotros ahora
somos un imperio, y cuando actuamos creamos nuestra propia realidad. Y mientras
usted está estudiando esa realidad –si quiere, juiciosamente- nosotros
actuaremos otra vez, creando otras nuevas realidades que usted puede estudiar
también. … Nosotros somos los actores de la historia, y usted, todos ustedes,
deberán conformarse con tan solo estudiar lo que nosotros hacemos.”[xviii]
Y la más reciente, de apenas ayer, del Secretario de Estado de Donald Trump,
Rex Tillerson, cuando dijo que “
EEUU dice
que está estudiando la forma de derrocar a Maduro. Las diferentes agencias de
información e inteligencia de Estados Unidos están evaluando qué acciones
pueden tomar para forzar al presidente de Venezuela a abandonar el poder de
forma voluntaria o imponer un cambio de Gobierno en el país.”
[xix]
La
omnipresencia del imperialismo es tan agobiante que ha terminado por ser
naturalizada. Es como el aire: está en todas partes y tal vez por eso se torna
invisible. La inmadurez política de las fuerzas populares todavía no ha
comprendido esta importante lección y no perciben la forma en que el
imperialismo actúa de manera coordinada y en un tablero de ajedrez planetario.
Basta para ello contraponer la organicidad de Davos con la absoluta
inorganicidad del Foro Social Mundial, que en una opción suicida votó en contra
de la creación de un organismo de coordinación mundial de las luchas populares,
por temor a re-editar la experiencia de la Tercera Internacional.  El  internacionalismo de las fuerzas populares es
condición necesaria para librar esta batalla exitosamente. De ahí la
importancia de la ideas de Fidel, del Che y de Chávez que se plasmaron en la
UNASUR y la CELAC y en otras iniciativas integracionistas y
latinoamericanistas.


d)     Cuarto:
la existencia de un partido revolucionario,
el “Príncipe Colectivo” de Gramsci, es esencial para el éxito del proceso
revolucionario
. Esto no significa asumir como modelo de partido el
teorizado por Lenin en el ¿Qué
Hacer? 
(uno de los cuatro modelos de
partido del autor), pero sí de una formación política preparada ideológica y
prácticamente para asumir la dirección del proceso. La ausencia de ese partido
(en la Bolivia de la Asamblea Popular de Juan José Torres en 1971, o en
Venezuela antes de la creación del PSUV); su fragmentación (los seis partidos
de la UP en Chile); o la dilución o abandono de sus ideas, como ocurriera con el
PT en Brasil o la SD en Europa y en América Latina (el PRI en México, el
APRA  en el Perú, Liberación Nacional en
Costa Rica)  en cualquiera de sus
variantes es fatal para el futuro del proceso revolucionario.  Esto no significa minimizar otros formatos de
organización política, como los movimientos sociales, con los cuales es
imprescindible lograr una virtuosa articulación. Pero a la hora de plantearse
la conquista del poder estos no pueden sustituir al “Príncipe Colectivo” capaz
de ofrecer una visión totalizadora e integral del proyecto emancipatorio,
superadora de los particularismos de los movimientos y de las enormes limitaciones
del espontaneísmo de las masas, capaz de producir heroicas acciones de rebelión
y resistencia pero incapaz de asegurar la conquista del poder, el problema
número uno de toda revolución según los clásicos del marxismo.

e)      Quinto:
la educación, la concientización
política al estilo Paulo Freire es una condición esencial del triunfo de cualquier
proyecto reformista o revolucionario.
Es lo que plantea Lenin en su cuarta
teorización sobre el partido: la primera se plasma en el ¿Qué Hacer?; luego el POSDR-bolchevique como partido típico de la II
Internacional; en la inminencia de la RR 
aparece la tercera teorización, y el partido se eclipsa y el
protagonismo lo asumen los Soviets;  la
cuarta teorización, a comienzos de los años veinte tiene al partido como educador,
como formador de la nueva civilización, creador del “hombre nuevo” del Che.
[xx] Y esta
es la tarea fundamental, que desgraciadamente no hicieron, o hicieron de modo
incompleto y mal, los procesos emancipatorios del “ciclo progresista” que se
iniciara con el ascenso de Hugo Chávez Frías a la presidencia de Venezuela. En
todas estas experiencias se cayó en el error de pensar que el “boom de consumo”
crearía conciencia política; que los gobiernos que se esmeraran por realizar
una profunda política social que sacara de la pobreza extrema a millones de
personas cosecharían la lealtad y la gratitud de los redimidos. Lo lograron, pero
sólo parcialmente porque una parte significativa de esos sectores populares
incorporados al consumo y empoderados con nuevos derechos no se identificaron
con los gobiernos que habían acudido a socorrerlos ni cerraron filas en torno
de sus organizaciones partidarias o sus candidatos. Un sector nada desdeñable,
obnubilado por su renovado poder adquisitivo, hizo suyas las aspiraciones y
orientaciones político-ideológicas de los conservadores sectores medios. En
palabras de Frei Betto, estos procesos progresistas más que ciudadanos crearon
consumidores, y estos actuaron políticamente en consecuencia. Imitaron no sólo
las pautas de consumo de las capas medias sino también sus orientaciones
políticas.

f)       Sexto: para que el partido y el gobierno de una
revolución puedan cumplir su misión histórica se requiere un denodado esfuerzo
para evitar la deformación burocrática y fortalecer el debate y la democracia
protagónica de base
. Esta degeneración tiene profundas raíces sociológicas
y no es nada  fácil de contrarrestar. Lenin
se percató de la gravedad del problema en los últimos años de su vida. Mao lo advirtió
a tiempo y por eso lanzó su Revolución Cultural concebida para abortar la
deformación burocrática de la revolución china. Era una idea correcta pero que desató
una dinámica política que se le escapó de sus manos y produjo consecuencias
desastrosas. Pero, insisto, la lucha contra el burocratismo y el
sustitutivismo, cuando la dirección reemplaza al protagonismo de la base, es
una tarea de excepcional importancia. Lo anterior es tanto más importante si se
recuerda que el estado, todo estado, aún el revolucionario, es una institución
que abriga en su seno tendencias esencialmente conservadoras. La burocracia lo
es, y no hay estado sin burocracia y la lógica weberiana de la misma hace que
el funcionariado, aún el de los estados revolucionarios, llegue inclusive a ser
poco amigable con los procesos de cambio, desconfíe de la iniciativa de las
masas, prefiera las discusiones “a puertas cerradas” y manifieste una tendencia
a buscar soluciones “técnicas” cuando toda la vida social está inficionada de
la política. Esto supone, en consecuencia,  que los gobiernos progresistas deben alentar
la organización autónoma de la base popular. Cuestión muy difícil porque aún
los gobiernos más radicales se sienten amenazados cuando sus propias
organizaciones, identificadas con el proyecto emancipatorio, actúan de manera
independiente y temen los efectos desestabilizadores que pudieran derivarse de
sus demandas. Este puede ser un problema, sin duda. Pero otro más serio es
cuando esas organizaciones de base están controladas “desde arriba” y
maniatadas por el poder porque, en tal caso, su utilidad política es igual a cero.
Su debilidad y su docilidad ante las directivas gubernamentales lejos de
fortalecer al gobierno terminan debilitándolo. Es una dialéctica compleja y
difícil, y la reacción de los gobernantes siempre es de suma suspicacia en
relación a este tema. En línea con esto por algo decía Chávez: ¡”Comunas o
nada!”

g)      Séptimo:
recordar que una cosa es el acceso al
gobierno y otra completamente distinta, mucho más ardua, la conquista del poder
del estado
. Este es el entramado de fuerzas sociales de las clases
dominantes en sus diversas expresiones: en la economía, la política, la prensa,
las fuerzas armadas, las instituciones judiciales, los gobiernos locales, la
iglesia, etcétera. Es lo que en la ciencia política norteamericana autores como
Peter Dale Scott llaman “deep state”,
un gobierno en las sombras, electo por nadie, responsable ante nadie, que no
deben rendir cuentas y que articula los intereses más poderosos de la sociedad.
Llegar al gobierno es un buen paso adelante, pero si no se complementa con la
dinámica avasallante de la calle, es decir, con la organización y movilización
política de las clases y capas populares y su concientización, es bien poco lo
que un gobierno de izquierda podrá hacer. La neutralización, esterilización o
expropiación de aquellas fuentes no democráticas de poder político es esencial
para garantizar el futuro de cualquier reforma y mucho más de cualquier revolución.
Tal vez uno de los rasgos más salientes de la coyuntura actual en países como
Brasil, Argentina y Perú sea el hecho de que el poder real y sus agentes
conquistaron el gobierno, revirtiendo un proceso inconcluso por el cual las
fuerzas de izquierda que habían llegado al gobierno fracasaron en sus proyectos
–en caso de que los hubieran tenido- de conquistar el poder.

        Nada de esto es novedoso. Ya lo decía
con toda claridad Maquiavelo cuando observaba que la grandeza de la república
romana reposaba sobre el equilibrio entre el Senado (es decir, la nobleza) y el
Tribuno de la Plebe, o sea, el pueblo. En términos contemporáneos diríamos el
adecuado balance entre las instituciones del estado y la calle. Pregunta: ¿era
la situación económica del Brasil mucho peor que la que caracterizaba a
Venezuela en 2016? No. Y entonces, ¿por qué cayó Dilma, indefensa, ante una
caterva de bandidos y corruptos como los que la juzgaron y depusieron de la
presidencia y en cambio no cayó Maduro, acosado por una ofensiva política,
diplomática y mediática en medio de una gravísima crisis económica? Respuesta:
porque cuando el bolivariano sale al balcón del Palacio de Miraflores tiene un
millón de seguidores dispuestos a pelear por su gobierno y cuando Dilma abría
el balcón del Palacio del Planalto en la plaza sólo estaba el jardinero
haciendo su trabajo. Su gobierno y el de Lula habían desmovilizado a todas las
organizaciones populares, comenzando por el PT, siguiendo por la CUT y así
sucesivamente. Y cuando las hienas del mercado se abalanzaron sobre Dilma la
presidenta estaba indefensa, a merced de sus verdugos.

Conclusión
Lo
expuesto más arriba permite apreciar como algunos de los problemas que
atribularon a la Revolución Rusa desde sus inicios se reproducen, por supuesto
que con características diferentes habiendo transcurrido un siglo, en los
procesos reformistas y emancipatorios de América Latina. Los actores no son los
mismos; el sistema internacional experimentó profundas mutaciones; el marco
geopolítico latinoamericano que nos sitúa como el “patio trasero” del imperio
es radicalmente distinto al que prevalecía en Rusia con el triunfo de la
revolución, pero la dinámica de la lucha de clases y su expresión en el plano
del estado y, como decía Gramsci, y de “las superestructuras complejas” revela
sorprendentes paralelismos y recurrencias que constituyen útiles lecciones que
sería por lo menos imprudente no tomar adecuadamente en cuenta y que conforman
el andamiaje básico de lo que con cierta cautela podríamos considerar como una
“sociología de las revoluciones”.
 A un siglo del emblemático cañonazo del Aurora
nuestra región enfrenta una encarnizada contraofensiva imperialista dispuesta a
barrer con los avances registrados desde finales del siglo pasado. El proyecto
norteamericano no podría ser más ambicioso: cerrar el odioso (para Washington,
por supuesto) paréntesis abierto por la Revolución Cubana y restablecer la
“normalidad” en el hemisferio, entendida ésta como una dócil colección de
gobiernos sumisamente plegados a los designios, mandatos y prioridades de la
Casa Blanca. Para evitar tan fatídico desenlace será preciso hacer memoria y
recordar las enseñanzas de los padres fundadores de la Patria Grande: Bolívar,
San Martín, Artigas y tantos otros, y más tardíamente, las de Martí. Pero
también tomar nota de los avatares corridos por otros procesos revolucionarios,
y el caso de la Revolución Rusa por muchos motivos es de una especial
trascendencia para nuestros pueblos. En este trabajo procuré explorar ese
terreno, en la esperanza de que otros se sumen a esta empresa colectiva para, a
partir del conocimiento de la experiencia soviética poder discernir las formas
más efectivas para profundizar y radicalizar nuestros procesos emancipatorios y
evitar cometer algunos errores que, como lo demuestran los casos de Argentina y
Brasil, están ocasionando grandes sufrimientos a nuestros pueblos y amenazan
con desandar el camino recorrido en las últimas dos décadas. 


[i]
Sociólogo, Politólogo.
Miembro del Comité Central del Partido Comunista de la Argentina
[ii] Efectivamente, la Revolución
Francesa nos legó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano, la consigna de “libertad, igualdad, fraternidad”, la república como
forma política pero también el colonialismo en África y en Indochina, la cruel
venganza en contra de Haití por haberse tomado en serio las banderas de la
Revolución Francesa, la salvaje represión de la Comuna y la tortura
“científica” aplicada inescrupulosamente en la Guerra de Argelia.
[iii] Extendería desmedidamente este trabajo la
enumeración de la gran cantidad de estudios y libros publicados sobre la
Revolución Rusa.
Bástenos a los efectos de esta presentación mencionar además de los
clásicos textos de V. I. Lenin, León Trotsky y Rosa Luxemburgo el monumental
estudio de E. H. Carr, Historia de la Rusia Soviética (sobre
todo los tres primeros
tomos); John Reed, Diez
días que estremecieron al mundo
(Madrid: Akal, xcxcxc); Víctor Serge, El
año I de la Revolución Rusa
(México: Siglo XXI Editores, xvxvxvxv);
 Catherine Merridale, El tren de Lenin. Los orígenes de la revolución
rusa,
(Crítica, 2017); Edmund Wilson, Hacia la estación de Finlandia
(Madrid: Alianza, 1972); Barrington Moore Jr., Terror and Progress. Some sources
of change and stability in the Soviet dictatorship
(Cambridge, Mass.:
Harvard University Press, 1954); Domenico Losurdo, Stalin.
Historia y crítica de
una leyenda negra
( Madrid: El Viejo Topo, 2011); Juan Andrade y Fernando Hernández
Sánchez, compiladores 1917. La Revolución Rusa cien años después (Madrid:
Akal, 2017);
Osvaldo Bertolino y Adalberto
Monteiro, compiladores: 100 Anos Da Revoluçao Russa. Legados e
Liçoes
(Sao Paulo: Editora e Livraría Anita y Fundaçao Mauricio
Grabois, 2017);
Isaac Deutscher, Stalin, biografía política (México:
ERA, 1965) Sheila Fitzpatrick, La Revolución Rusa (México: Siglo
XXI Editores, 2005), entre tantos otros.
[iv]  Roemer, John E.  A Future For Socialism (Londres:
Verso, 1994), p. 25.
[v] Ver su  El Capital en el siglo XXI (México:
FCE, 2014). A resultados coincidentes llega, desde una perspectiva marxista,
Xabier Arrizabalo Montoro. Ver su notable libro Capitalismo y Economía Mundial
(Madrid: Instituto Marxista de Economía, 2014) 
[vi] Se trata de Bill Gates, Amancio Ortega,
Warren Buffett, Carlos Slim, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg, Larry Elisson y
Michael Bloomgberg.
[vii] Informe de Oxfam a la Cumbre de Davos, Enero
2016
[viii] Sobre esto ver nuestro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg,4ª
edición, 2014). Desgraciadamente hay negociaciones en curso entre el gobierno
de Mauricio Macri y la Casa Blanca tendientes a consentir la instalación de
tres nuevas bases militares estadounidenses en territorio argentino.
[ix] Sobre la OTAN y
América Latina ver de Mahdi Darius Nazemroaya,  Otan. La globalización del terror (prólogo
de Atilio Boron) {Managua, 2015}
[x] Roemer, op cit. pp.
25-26
[xi] Las
reflexiones volcadas en estas páginas fueron inspiradas, en buen grado por la
lectura de la ya mencionada antología recientemente publicada en Brasil por
Osvaldo Bertolino y Adalberto Monteiro y por las discusiones habidas en el
Seminario Internacional que sobre el tema organizara en Junio de este año  la Universidad Federal de Río de Janeiro, a
quien le agradezco la oportunidad de participar en dicho evento.
[xii] ¿Fin de ciclo progresista o
proceso por oleadas revolucionarias?, en Rebelión,
24 de Junio de 2017. Disponible en:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228311
[xiii] Ver V. I. Lenin, Contra
la burocracia
y, en el mismo tomo, Diario de las Secretarias de Lenin (México,
Pasado y Presente, Nº 25, 1977)
[xiv] Sobre la
“coexistencia pacífica” ver su “Carta a los pueblos del Mundo en la
Tricontinental”; sobre la economía de la Unión Soviética, ver la recopilación de
sus notas en un texto tan incisivo como mordaz:
“Apuntes
Críticos de Economía Política” (La Habana, Ocean Press, 2006)
.
[xv] En Política Externa Independiente,
publicación trimestral de Editora Civializaçao Brasileira S. A. , Nº 1, Mayo,
1965.
[xvi] Cf nuestro Estado,
capitalismo y democracia en América Latina
(Buenos Aires: CLACSO, 2003)
[xvii] El 2 de Agosto del
2017, un par de días después de realizada la elección a la Asamblea Nacional
Constituyente, del dirigente de Acción Democrática, Henry Ramos Allup declaró
su intención de presentarse como candidato en las elecciones de gobernador que
serán efectuadas en Diciembre del corriente año. De este modo, se desmarca
claramente de la fracción terrorista encabezada por Leopolo López, María Corina
Machado, Henrique Capriles Radonsky y Freddy Guevara. Muchos otros seguirán los
pasos de Ramos Allup. De todos modos no deja de llamar la atención que la
violencia hubiese cesado de la noche a la mañana, lo que confirmaría las
sospechas que una parte de los revoltosos –no los que se manifestaban
pacíficamente- eran jóvenes para militares o sicarios contratados para cometer
toda clase de fechorías con la complicidad de las autoridades municipales
controladas por la derecha. Tal vez se agotó el financiamiento y las protestas
“espontáneas” de la oposición, de “esa” oposición violenta y criminal, cesaron
de inmediato una vez que el dinero dejó de fluir.
[xviii] Entrevista concedida
a
Ron
Suskind, NYTimes Magazine, Octubre.
17,
2004), citada en Karen van Wolferen, “Karl
Rove’s Prophecy: “We’re an Empire Now, and When We Act, We Create our Own
Reality”, en
http://www.globalresearch.ca/karl-roves-prophecy-were-an-empire-now-and-when-we-act-we-create-our-own-reality/5572533
[xix]
http://www.publico.es/internacional/crisis-venezuela-secretario-eeuu-dice-estudiando-forma-derrocar-maduro.html
[xx] Hemos examinado en
detalle este asunto de las cuatro versiones de la teoría leninista del partido
en nuestra larga “Introducción” al ¿Qué Hacer? (Buenos Aires: Ediciones
Luxemburg, 2004)