17.7.2012

Lean el interesantísimo artículo de Xavier Sala i Martín sobre la crisis española. Lo publicó y, poco después, su nota fue retirada de la versión digital del periódico La Vanguardia (Barcelona). Recordar que para el economista Joseph Schumpeter la dinámica del capitalismo se basaba en las supuestas virtudes de la «destrucción creativa.» Lo que nunca imaginó este autor es que en esa ecuación la parte destructiva superó con creces a lo creativo. Y no sólo en España, sino en todo el mundo.

COMO DESTRUIR LA ECONOMÍA 
DE UN PAÍS LLAMADO 
«ESPAÑA Y OLÉ» 

AUTO SUICIDIO, de
Xavier Sala i Martín en La
Vanguardia 17-06-2.012

ARTÍCULO CENSURADO Y
RETIRADO DE LA VERSIÓN
DIGITAL DE LA
VANGUARDIA.
 

A ver.
Pensemos…

Si el peor enemigo de un país diseñara un plan para destruir su economía, ¿qué
haría?

Pues supongo que intentaría desacreditar sus instituciones más importantes para
sembrar la desconfianza entre los ciudadanos y que estos dejaran de consumir e
invertir.

La estrategia podría empezar por desprestigiar a la primera autoridad (sea rey
o presidente de la república) llevándole a cazar elefantes con una señorita
alemana.

En medio de la cacería le obligaría a resbalar y a romperse la cadera para que
tuviera que volver urgentemente a su país.
Así todo el mundo vería cómo se gasta decenas de miles de euros en un momento
en que sus conciudadanos se hunden en la miseria.

Para rematar la faena, forzaría a un familiar próximo (por ejemplo, un yerno) a
apropiarse de millones de euros explotando su influencia y luego expondría sus
travesuras a la luz pública.
Es importante empezar sembrando dudas sobre la conveniencia de mantener en el
poder a la primera familia del país.

A continuación exigiría a los miembros del Parlamento que siguieran una regla
simple:

“Vota siempre lo contrario de tu adversario incluso cuando tiene razón e
incluso cuando propone lo mismo que proponías tu en la anterior legislatura”.

Es crucial que la ciudadanía pierda la confianza en su clase política.

Seguiría con los más altos órganos del poder judicial.

Por ejemplo, haría que el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General
del Poder Judicial se gastara dinero público para pasar fines de semana
románticos en la Costa
del Sol con su chófer (masculino).

Una vez malversado el dinero filtraría las facturas para desatar el escándalo
y, acto seguido, haría que los jueces compañeros pusieran trabas a la
investigación para proteger a su amigo.

Intentaría que eso pasara justo en el momento en que alcaldes, presidentes de
comunidades y parlamentos y altos cargos de las administraciones del Estado
están siendo juzgados por corrupción… ¡por esos mismos tribunales!

La desconfianza en la justicia es el mecanismo más seguro para hundir a un
país.

Una vez desacreditado el jefe del Estado, las altas esferas de la política y la
justicia, iría a por las élites económicas.

Aquí se podría lanzar un ataque contra uno de los empresarios más prestigiosos
del país, posiblemente un banquero, destapando unas cuentas con miles de
millones de euros en Suiza y, una vez destapado, haría que el Gobierno no le
castigara.

Además, indultaría a uno de sus altos ejecutivos previamente condenado por
sentencia firme (SANTANDER).

El siguiente paso consistiría en dilapidar miles de millones de euros de dinero
público para evitar la quiebra de unos bancos y cajas por amigos, parientes y
correligionarios políticos.

Y lo haría justo en el momento de pedir sacrificios y recortes de miles de
millones a los ciudadanos.

Es esencial que la gente confunda libre mercado con amiguismo incestuoso entre
poder empresarial y político.

Sin abandonar el terreno económico, obligaría al Banco Central y a la Comisión Nacional
del Mercado de Valores a autorizar la salida a bolsa de uno de los mayores
Bankios del país, a sabiendas de que estaba arruinado.

Eso haría que miles de ciudadanos perdieran sus ahorros comprando acciones de
una empresa que ya estaba muerta antes de nacer.
Para hundir a un país, hay que conseguir que la gente de a pie pierda sus
ahorros y que las entidades supervisoras que (en teoría) les protegen,
contribuyan a su ruina.

Y finalmente, pondría a un gobierno incompetente a la hora de gestionar
problemas económicos.
De hecho, lo haría durante dos legislaturas seguidas y con partido distinto en
cada una de ellas.

Eso demostraría que la incompetencia no es de un solo partido sino de la clase
política en su conjunto.

Los sucesivos gobiernos negarían las crisis económicas y echarían la culpa de
todo a los extranjeros malignos.

Como traca final, haría que las autoridades europeas rescataran al sistema
bancario del país y obligaría al presidente del Gobierno a negar repetidamente
que se trata de un rescate.

También le forzaría a mentir argumentando que el rescate no tiene condiciones
(o sólo “condiciones favorables”), cosa que los mismos europeos negarían unas
horas más tarde.

Eso refrescaría la memoria de todos, recordándoles que quienes mandan son los
mismos que mintieron con los “hilillos de plastelina” y las “dos vías de
investigación”.

Es más, cuando la sociedad pidiera la comparecencia del presidente ante el
Parlamento para dar explicaciones, le obligaría a decir (sin que se le escapara
la risa) que su agenda internacional está tan llena que no hay tiempo para ir
al Parlamento… y acto seguido cogería una avión oficial y me lo llevaría a ver
un partido de fútbol con cargo al contribuyente.

La mofa y el escarnio llegarían a todos los rincones del planeta: “You say
tomato, I say bailout”.

Esa sería la puya final ya que, unida al desprestigio de todas las grandes
instituciones del país, eliminaría toda esperanza de salir del profundo
agujero.

Los ánimos de la ciudadanía se hundirían, por fin, en la más profunda
depresión.

Y ese sería el plan que diseñaría el peor enemigo de uno.

¡Sí! Ya sé que es tan retorcido, maquiavélico y exagerado que parece improbable
que nadie nunca lo pueda llevar a cabo…

Pero nunca digas nunca porque siempre puede aparecer un país de pandereta cuyo
peor enemigo sea él mismo y cuyas instituciones, todas y cada una de ellas,
estén dispuestas a desprestigiarse a sí mismas ante el asombro del mundo
entero, para conseguir el objetivo común: ¡el autosuicidio!

Xavier Sala i Martín, 
Universidad de Columbia, UPF i Fundació Umbele. 
(http://www.salaimartin.com)