9.3.2016

Hola! Comparto la ponencia presentada en el día de hoy al Seminario Marx Vive, en la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá.

__________________________________________

Problemas de la paz y la guerra en
el capitalismo actual
Por Atilio A. Boron
         Se me ha pedido que comparta con
ustedes algunas observaciones sobre el tema de la paz y la guerra en el
capitalismo actual. Es, sin duda, un asunto de la mayor importancia porque el
capitalismo estuvo desde su nacimiento asociado a la guerra y al arte militar.
Diversos escritos de Marx y Engels así lo confirman, tanto como sus cuidadosos
seguimientos de las guerras en curso dentro y fuera del continente europeo. En
su
Introducción
General a la Crítica de la Economía Política
, de
1857, Karl Marx nos dice que “la guerra se ha desarrollado antes que la paz:
mostrar la manera en que ciertas relaciones económicas tales como el trabajo
asalariado, el maquinismo, etcétera, han sido desarrollados por la guerra  y en los ejércitos antes que en el interior
de la sociedad burguesa.”[1] De
los dos jóvenes amigos fue Friedrich Engels quien se especializó en el estudio
sistemático de la problemática militar. Este, a quien por su pasión por las
cuestiones de la guerra Marx lo había apodado como “el general”, dejó
innumerables escritos dispersos a lo largo de su obra que son una fuente
fundamental de reflexión sobre el tema que nos ocupa.[2]
Va
de suyo que no será el objetivo de esta presentación indagar en las reflexiones
de Marx y Engels sobre la materia. Tampoco haré un examen del corpus de
teorizaciones en torno a la guerra surgido al calor de la Primera Guerra
Mundial, en donde Lenin, Trotksy, Rosa Luxemburg, Kautsky y, más tarde,
Gramsci, se refieren  extensamente al
tema. El propósito de esta intervención está fuertemente signado por las
exigencias que impone la coyuntura y, por consiguiente, me limitaré a invitar a
los lectores y a quienes están aquí presentes a incursionar en esos escritos
militares de los padres fundadores y de las principales figuras del marxismo
clásico. En todo caso será suficiente señalar aquí que en la medida en que la
tradición marxista coloca en el centro de la dinámica histórica el
enfrentamiento social era tan sólo lógico que sus análisis sociológicos y
económicos terminaran refiriéndose, de una u otra manera, a la guerra social,
desarrollada abierta o encubierta. Por eso en el célebre Manifiesto del Partido
Comunista Marx y Engels hablan de “la guerra civil más o menos encubierta” que
se desarrolla en las sociedades burguesas y de ahí también la permanente
referencia a los escritos sobre la guerra de Carl von Clausewitz, el más
importante teórico de la guerra en aquellos tiempos.[3]
Dicho
lo anterior vayamos al grano.
I. Caracterización de la fase actual del capitalismo:
la tercera ola de la expansión imperial.
         La expansión/mundialización del modo de
producción capitalista es un rasgo estructural de este sistema económico.
Adquiere un impulso especial luego de la Segunda Revolución Industrial que, a
mediados del siglo diecinueve, modificó radicalmente el panorama de los
transportes y los medios de comunicación. La revolución en la navegación y el
ferrocarril, y la telegrafía sin hilos dieron un nuevo impulso al comercio
mundial y a la expansión territorial del capitalismo. Poco más de un siglo después,
en la época actual, las telecomunicaciones, la Internet y los avances en los
transportes aéreo, marítimo y terrestre producirían idénticos resultados pero
en una escala incomparablemente mayor.
  Hoy estamos inmersos en lo que apropiadamente
podría llamarse “la tercera ola” de la expansión imperialista. La primera tuvo
su origen como colofón de la Segunda Revolución Industrial y logró que las
principales potencias coloniales europeas se repartiesen el mundo, pillaje
consagrado y legalizado en la Conferencia de Berlín de 1884-85 que si bien tuvo
como eje de las discusiones el desmembramiento de África también tuvo
implicaciones para el resto de los países que luego serían denominados como el
Tercer Mundo. Las consecuencias de esta división criminal e irresponsable la
sufren muchos pueblos hasta el día de hoy. La tragedia que enluta a muchos
países africanos y al Medio Oriente tiene en esa conferencia una de sus causas
más significativas. Esta primera ola de expansión imperialista culmina con la
carnicería de la Primera Guerra Mundial, el derrumbe de cuatro imperios: el
Zarista, el Alemán y el Austro-Húngaro y, en cámara lenta, el Otomano; y nada
menos que con el triunfo de la Revolución Rusa, abriendo una nueva etapa en la
historia universal. 
Lo
que sigue no es la paz sino un armisticio. Para algunos autores, como Immanuel
Wallerstein en varios de sus escritos, en realidad no hubo dos guerras
mundiales sino una, con una tregua de dos décadas hasta que, realineadas las
fuerzas y las alianzas, se produjo la batalla definitiva en lo que normalmente
se reconoce como la Segunda Guerra Mundial. Si en la anterior cayeron cuatro
imperios, en esta se derrumbaron los dos que quedaban en pie: el imperio
británico y el francés, sobreviviendo en extrema precariedad aventuras
imperiales marginales como la de los belgas y los holandeses. La Segunda Guerra
Mundial, además, observó el imprevisible y hasta increíble fortalecimiento de
la Revolución Rusa, que no sólo había sobrevivido a los horrores de la guerra
civil y la invasión por una veintena de ejércitos de las “democracias
occidentales” dispuestas a hacer lo que fuere necesario para acabar con la
peste soviética sino que su protagonismo fue decisivo para derrotar al Nazismo.
No sólo eso: con la derrota de las potencias del Eje se hundió también la vieja
y compleja estructura del sistema internacional cuya potencia integradora era
el Reino Unido para dar lugar a una más simplificada, de carácter bipolar y que
enfrentaba en la cúspide a dos potencias y sus aliados y vasallos: Estados
Unidos y la Unión Soviética.
La
redistribución del poder económico, político y militar internacional unida a la
fenomenal destrucción de vidas humanas, territorios y fuerzas productivas
provocada por la conflagración no podía sino dejar profundas huellas en la
conciencia de la época, especialmente si se tiene en cuenta que fue en ese
marco cuando se realizaron los dos mayores atentados terroristas de la historia
universal: el bombardeo atómico sobre las indefensas ciudades de Hiroshima y
Nagasaki. Suele decirse que la segunda posguerra abriría el capítulo más
esplendoroso de la historia del capitalismo, el famoso “cuarto de siglo de oro”
transcurrido entre 1948 y 1973. Fue en ese breve lapso que, según la
recientemente fallecida teórica marxista Ellen Meiksins Wood, el capitalismo
dio lo mejor que podía ofrecer: expansión de la ciudadanía, de los derechos
sociales y laborales, construcción de regímenes democráticos, fortalecimiento
de las organizaciones populares, de los sindicatos, de los partidos comunistas.
Ese período llegó a su abrupto fin a mediados de los setentas con el auge del
neoconservadurismo en los países desarrollados y la implantación de sangrientas
dictaduras militares en casi toda América Latina y, tal como lo asegurara
Meiksins Wood, ya no volvería a repetirse. Con la desintegración de la Unión
Soviética el capitalismo retornó a su normalidad y las antiguas conquistas
fueron o bien suprimidas de plano o severamente recortadas, al paso que las
democracias burguesas fueron sufriendo una perversa metamorfosis que las
convirtió en vergonzantes plutocracias. La soberanía popular europea descansa
en los tentáculos de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo
Monetario Internacional) que saca y pone gobiernos a su antojo, como lo
demuestran varios casos, siendo Grecia el más resonante de todos, aunque lejos
de ser el único. En otras palabras, si la dominación del capital admitió
aquellos avances en materia de derechos ciudadanos y organización democrática
fue debido a la presencia amenazante de la Unión Soviética y el peligro de un “contagio” con el “virus ruso” que diera
por tierra los regímenes burgueses imperantes en la época.
Pero
como lo recuerda en su notable obra el historiador catalán Josep Fontana entre
el fin de la Segunda Guerra y el inicio del “cuarto de siglo de oro” hubo tres
años terribles. La URSS perdió 27 millones de vidas, especialmente de varones
jóvenes. La ocupación alemana arrasó 1.710 ciudades y unas 70.000 aldeas.
Alemania y Japón vieron destruido gran parte de sus territorios por los
bombardeos. Y a esta devastación se sumó el hambre, producto de la destrucción
de la agricultura, la sequía que arruinó las cosechas de 1946 y el inusualmente
frío invierno de 1946-1947. “A los millones de muertos causados por la guerra”
–observa Fontana- “habría que sumarles otros millones de víctimas de las
grandes hambrunas de 1945 a 1947.” [4]
Un
tendal que sumando las gentes que murieron no sólo en el escenario europeo sino
también en el asiático, sobre todo a causa de los horrores de la ocupación
japonesa, se llega fácilmente a unos 100 millones de personas sacrificadas en
el altar de la tasa de ganancia del capital. Este fue el necesario preámbulo de
aquellos años “gloriosos” de 1948-1973, que coincidieron con la veloz expansión
del imperialismo norteamericano a escala planetaria, cuyos orígenes se remontan
a su expansión en la región centroamericana y caribeña en las postrimerías del
siglo diecinueve y, sobre todo, a su secuestro de la victoria cubana sobre el
colonialismo español en 1898. Después de la SGM con el Reino Unido y Francia
desbaratados, sus colonias en franca rebeldía y sin rivales a la vista, la
expansión imperial norteamericana parecía que no conocería límites. Esta fue la
segunda ola imperialista, que coincide en términos generales con los “años
gloriosos”. Sólo que con la recuperación europea y japonesa, visible desde los
años sesentas, el paisaje del imperialismo comienza a reconocer múltiples
banderas y no sólo la de las estrellas y barras de Estados Unidos. Las
transnacionales norteamericanas poco a poco comenzaron a verse desafiadas por
la rápida aparición de grandes conglomerados corporativos de origen europeo y
japonés primero, y luego de otros países, principalmente Corea del Sur.
La
segunda ola imperialista culminó con el abandono del keynesianismo, el retorno
de la ortodoxia (al decir de Raúl Prebisch), el auge de la globalización
neoliberal impulsada por los enormes avances tecnológicos en el campo de la
informática, las telecomunicaciones y el transporte. Todo esto en un clima
conservador orquestado por un formidable tridente reaccionario compuesto por
Ronald Reagan, Margaret Thatcher y el Papa Juan Pablo II. Al finalizar la
década de los ochentas se derrumba el Muro de Berlín y, poco después, se
desintegraría la Unión Soviética. Parecía entonces que la victoria de Occidente
estaba asegurada y así algunos intelectuales y académicos estadounidenses, de
pensamiento rápido que se mueve en la superficie de las cosas, concluyeron que
había llegado la hora del “nuevo siglo (norte)americano” y que de ahora en más
la estructura del sistema internacional sería “unipolar”. Ni lerdos ni
perezosos las corporaciones y las agencias del gobierno federal comenzaron a
alimentar financieramente a una fundación creada con el objeto de elaborar la
hoja de ruta de ese nuevo siglo que aparecía como tan propicio para Estados
Unidos. Centenares de académicos, expertos e intelectuales se dieron a la tarea
de diseñar los contornos de tan promisoria jornada. Bill Clinton, en compañía
de sus mayordomos británicos hizo lo suyo: desmontó las últimas piezas que
quedaban en pie de las regulaciones financieras y creó el mundo soñado por Wall
Street y la City londinense. Parecía, efectivamente, que todo estaba bajo
control. El ALCA no era sino la manifestación hemisférica de este proceso de
reorganización global de un imperio sin rivales.
Pero,
como lo dice Rubén Blades, “la vida te da sorpresas” y vaya si las tuvo
Washington. Primero que nada, en medio de estos himnos y cantos de alegría por
el nuevo siglo americano se producen los atentados del 11 de Septiembre, el
primer ataque en territorio norteamericano en casi dos siglos. Recuérdese que
Estados Unidos había participado en las dos guerras mundiales sin que un tiro
se disparase en su territorio. Súbitamente el país cayó en la cuenta de su
terrible vulnerabilidad, y que el enorme presupuesto militar no garantizaba su
inviolabilidad. Si militarmente Estados Unidos dejaba de ser inexpugnable, el
vertiginoso ascenso de China –no inesperado pero sí prematuro, según los
analistas del imperio, que lo estimaban para el año 2030 aproximadamente- junto
con el inquietante retorno de Rusia a los primeros planos de la política
mundial, la impetuosa entrada de la India en los asuntos internacionales y la
consolidación de una serie de potencias regionales como Brasil, Sudáfrica,
Indonesia, Corea del Sur y Turquía configuraron un escenario global muchísimo
más desafiante que el de la era bipolar. Porque ahora, con la desintegración de
la Unión Soviética y los avances de la informática la no proliferación nuclear
se convertía en una quimera, y la “seguridad nacional” de los Estados Unidos
demostraba ser más incierta que antaño.
Es
en este escenario que la liberalización financiera y comercial, junto con la
violenta aplicación de las políticas neoliberales en casi todo el mundo dio
lugar al tercer ciclo de expansión imperialista, que precisamente cobra impulso
en la década de los noventas y que continúa hasta nuestros días, incorporando
profundamente como cotos de caza del capital imperialista a regiones y países
otrora vedados a sus ambiciones: Rusia, los países del Este europeo, China,
Vietnam, todo lo cual permite hablar de un imperialismo recargado y estimulado
por nuevos horizontes en los cuales desarrollar sus proyectos. Varios son los
signos distintivos de este tiempo, pero quisiera llamar la atención sobre dos.
En primer lugar, el acelerado ritmo de concentración de la riqueza en todos los
países desde China a Estados Unidos, sin ninguna relevante excepción. Esto ha
sido denunciado recientemente por Oxfam en su reporte ante el Foro Económico
Mundial de Davos al señalar que según estimaciones oficiales al momento actual
el 1 por ciento más rico de la población mundial detenta el control del 51 por
ciento de la riqueza del planeta, es decir, más que lo que posee el 99 por
ciento de la población mundial.[5] En
línea con lo anterior, un estudio realizado bajo los auspicios de la
Universidad de Zurich ha demostrado que 147 mega corporaciones controlan el 40
por ciento de la riqueza del planeta.[6] La
segunda seña de identidad de la fase actual ha sido la intensificación de la
carrera armamentista, el surgimiento de varias zonas de extrema tensión bélica
y el aumento en el número de guerras y de sus víctimas. Hay en la actualidad
tres puntos calientes en el sistema internacional: el polvorín del Medio
Oriente, infame consecuencia de la rapacidad de Estados Unidos y sus compinches
europeos que no han hesitado un minuto en destruir países enteros (Líbano, Siria,
Irak, Libia, entre los más recientes) con tal de apropiarse de su petróleo, que
es lo único que les interesa. Han desencadenado una serie de dramas
humanitarios como el mundo no había visto desde fines de la SGM. Segundo punto
caliente: Ucrania y su extensión en Europa del Este, en donde el afán de la
Casa Blanca y la Unión Europea de contener al “oso ruso” (¡que no soviético!)
ha llevado a promover un golpe de estado en aquel país, con el activo
protagonismo del Departamento de Estado en la persona de su Subsecretaria,
Victoria Nuland, y desplazar las tropas de la OTAN hacia la propia frontera
ruso-ucraniana. Esto pese a que cuando se derrumbó la URSS los líderes de las
“democracias” occidentales juraron solemnemente que la OTAN “no se movería ni
una pulgada en dirección al Este.” Se movieron varios centenares de kilómetros.
El tercer punto caliente se localiza en el Mar del Sur de la China, rico en
petróleo, y que es un territorio en disputa entre varios países: China, Japón y
Vietnam, entre los más directamente involucrados. Esta es una situación que
puede fácilmente salirse de control, al igual que las ya señaladas y de una
gravedad especial: Washington puede reaccionar tibiamente ante una invasión de
Rusia a Ucrania, o una retaliación de Moscú a Turquía por el derribo del avión
ruso. Pero no puede sino reaccionar con toda su fuerza si China, el segundo
presupuesto militar del planeta, decidiera atacar a Japón.
En
resumen, esta fase, tercera en la historia de la expansión imperialista,
presenta como todas las demás la guerra como su necesaria contrapartida. Esta
lacerante realidad demuestra, por enésima vez, los errores de la teoría del
super-imperialismo, o ultraimperialismo, desarrollada en primer lugar por Karl
Kautsky y continuada por muchos de sus seguidores contemporáneos que insisten
en rechazar la tesis de que el imperialismo podría hoy, no necesariamente en el
pasado pero sí hoy, desembocar en una guerra entre potencias capitalistas. Pese
a su glorioso pasado soviético Rusia lo es, y con sus peculiaridades, también
lo es China. Y para los más recientes documentos del Pentágono y el Consejo de
Seguridad Nacional de Estados Unidos Rusia es, explícitamente, el enemigo a
derrotar. Aparte de ello hay que tener en cuenta que aún durante los años del
bipolarismo Estados Unidos-Unión Soviética, las guerras proliferaron sin cesar
en la periferia del sistema, y en la actualidad el panorama lejos de haber
mejorado no hizo sino agravarse.

II. Factores
explicativos  
¿Cómo
entender esta delicada situación actual? Sucintamente hablando, y a riesgo de
simplificar demasiado esta presentación, digamos que hay tres rasgos del
sistema internacional que pueden ofrecer algunas claves interpretativas para
comprender esta escalada guerrerista.
En
primer lugar, la inestabilidad del equilibrio geopolítico mundial es un
elemento de decisiva importancia. Uno tras otro los diversos documentos
elaborados por los organismos militares y de inteligencia de Estados Unidos
insisten en señalar que el nuevo escenario mundial está erizado de amenazas a
la seguridad nacional y que, en consecuencia, el país debe prepararse para
varias décadas de guerras. La paz es algo que ni se menciona en estos
documentos; el supuesto básico es la continuación indefinida de la guerra, sea
de carácter “preventivo”, como lo planteara George W.Bush; sea de tipo
“retaliatorio” ante un ataque a los Estados Unidos, a sus aliados o a sus
ciudadanos. El multipolarismo actual es un formato del sistema internacional
relativamente novedoso. Hubo en el pasado algo que se llamó “Concierto de
Naciones” pero era un sistema exclusivamente europeo: ni Estados Unidos, ni
Japón y menos aún la China tenían parte en esos acuerdos que perduraron desde
la paz de Westfalia (1648) hasta su estrepitoso derrumbe con la Primera Guerra
Mundial. Durante esos casi tres siglos ningún país extra-europeo tenía algo que
decir en las mesas de negociaciones. Hoy es muy diferente, porque las potencias
extra-europeas han empequeñecido a la declinante y decadente Europa y los
consensos difíciles del pasado, entre naciones que compartían básicamente una
misma cultura, son muchísimo más difíciles de lograr en la actualidad cuando
quienes toman parte de la discusión son naciones y gobiernos portadores de
cosmovisiones muy diferentes y, en cierto sentido, incompatibles. Y, por
supuesto, intereses muy diferentes y claramente incompatibles. Bajo estas
condiciones, la paz se convierte en una empresa que debe sortear enormes
dificultades para su concreción y marca también la excepcionalidad de América
Latina que, de lejos, es la macroregión más pacífica del planeta. Los
principales líderes de la izquierda y el progresismo latinoamericano no han
dejado de marcar esta singularidad, ratificada además formalmente por la
aprobación, en Enero de 2014, en el marco de la Segunda Cumbre de la Comunidad
de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que tuvo lugar en La Habana, de
América Latina y el Caribe como una zona de paz.
Segundo,
un factor que alienta y promueve las guerras y la violencia es la creciente
gravitación del complejo militar-industrial-financiero en el proceso decisorio
del gobierno norteamericano  y, en poca
menor medida, de sus aliados europeos. Esa infernal maquinaria vive de la
guerra y para la guerra. Para ellos la paz significa su ruina, la bancarrota, y
la única estrategia razonable para estas megacorporaciones es estimular los
conflictos y las rivalidades por todos los medios posibles. Su tasa de ganancia
está directamente asociada con la guerra y es inversamente proporcional a la
paz. Su poderío es inmenso: fue denunciado nada menos que por el presidente
Dwight Eisenhower en su discurso de despedida del 17 de Enero de 1961 y lo
describió como la más seria amenaza para la libertad y la democracia de Estados
Unidos. A lo largo de más de medio siglo ese inmenso poder no hizo otra cosa
que acrecentarse, hasta asumir proporciones monstruosas. Si en aquella época
era una amenaza hoy es quien realmente manda en Estados Unidos, acelerando el
tránsito de una república democrática a un régimen plutocrático.[7] Es
decir una forma política que, parafraseando a Lincoln, es el gobierno del
dinero, por el dinero y para el dinero. Y dado que el gasto militar de Estados
Unidos es el principal motor de la economía, aglutinando en su seno a sectores
industriales, financieros y petroleros, es en interés de los gobiernos otorgar
toda clase de garantías a las empresas de ese sector. Y estas, a su vez,
disponiendo de fenomenales recursos, se convirtieron en las principales e
indispensables financiadoras de las carreras políticas de representantes,
senadores, gobernadores y presidentes, prostituyendo definitivamente el
funcionamiento de la democracia en Estados Unidos y abriendo las puertas para
la constitución de la plutocracia que hoy gobierna a ese país. No es de
extrañar, en consecuencia, que desde la Guerra de Corea en adelante Estados
Unidos no haya conocido un solo año sin estar en guerra. Tampoco lo es que,
pese a los optimistas anuncios, el gasto militar haya aumentado aún luego de la
desaparición de quien durante los largos años de la Guerra Fría fuera su
enemigo fundamental: la Unión Soviética. En este sentido, la operación
propagandística del imperio en el sentido de exaltar los “dividendos de la paz”
como fuente de una renovada ayuda al desarrollo quedó rápidamente al desnudo.
Ni se mejoró la asignación de recursos para facilitar el progreso económico y
social de los países de la periferia ni se redujo la escalada del gasto
militar. Según los cálculos más rigurosos el gasto militar total de Estados
Unidos superó el umbral considerado hasta no hace mucho como absolutamente
insuperable de un billón de dólares, es decir, un millón de millones de
dólares, lo que equivale aproximadamente a la mitad del gasto militar mundial.[8]
Con perfiles menos acusados que en Estados Unidos el complejo
militar-industrial-financiero también opera en los países europeos, Japón y
Corea del Sur. En otras palabras, la acumulación capitalista siempre estuvo
signada por la violencia (si no, cómo explicar la “Conquista de América”, o el
masivo despojo del campesinado en los países del capitalismo metropolitano) y
en tiempos recientes esta violencia se ha institucionalizado y profundizado pari passu con el fenomenal crecimiento
del aparato militar, lo que impulsa las guerras a la vez que socava los
fundamentos de la democracia tanto en el mundo desarrollado como en la
periferia del sistema.
Un
tercer elemento que impulsa las guerras es lo que un autor como Michael Klare
ha denominado “la cacería de los recursos naturales”.[9] En
un mundo cada vez más amenazado por el agotamiento de ciertos bienes comunes de
carácter estratégico, comenzando por el agua y siguiendo por el petróleo, la
biodiversidad, los minerales estratégicos y los alimentos, y frente a un
imparable aumento de la población mundial que, hacia mediados de este siglo,
cruzaría la barrera de los 10.000 millones de habitantes, las principales
potencias se han lanzado con toda su fuerza en una campaña mundial para
asegurarse los insumos básicos requeridos por un patrón de consumo capitalista
caracterizado por la utilización irracional y el derroche de los recursos
naturales. Para nadie es un misterio que la vigorosa expansión de China en los países
del Tercer Mundo tiene como objetivo fundamental asegurarse el suministro de
ciertos recursos naturales imprescindibles para su economía, fenómeno este que
se manifiesta sobre todo en África pero también, aunque en menor medida, en
América Latina. No es necesario ser un pesimista radical para reconocer que muy
a menudo lo que comenzó como una guerra comercial termina siendo una guerra en
el sentido más integral del término.

III. El lugar
de América Latina y el Caribe

En
este escenario en donde la guerra –o la amenaza de su estallido- es el telón de
fondo sobre el cual se desenvuelven las relaciones internacionales América
Latina y el Caribe juegan un papel de especialísima importancia.
Por
empezar, somos la región del mundo mejor dotada de recursos naturales: con 7
por ciento de la población mundial disponemos entre el 42 y el 45 por ciento
del agua dulce de la Tierra. Somos, además, el pulmón del planeta, dueños de la
mitad de la biodiversidad mundial, sede de enormes depósitos de petróleo, gas y
minerales estratégicos y de tierras extraordinariamente bien dotadas para la
producción de todo tipo de alimentos de origen vegetal o animal. Esta
formidable dotación suscita los apetitos del imperio norteamericano por
subordinar, a cualquier costo, a un país como Venezuela, cuyas reservas
comprobadas de petróleo son las mayores del mundo, hoy superiores a las de
Arabia Saudita. Un continente que cuenta con el 80 por ciento de las reservas
mundiales de litio, fuente energética fundamental para toda la industria
microelectrónica y sus derivados (teléfonos móviles, computadoras en sus
diversas variantes, cámaras fotográficas corrientes y satelitales, filmadoras,
automotores híbridos y así sucesivamente). La nanotecnología y sus increíbles
aplicaciones tienen como fundamento práctico la biodiversidad, de la cual
América Latina (y especialmente Sudamérica) tienen el mayor caudal del planeta.
Ni hablemos del agua, crucial para un país como Estados Unidos cuyo derroche de
ese líquido elemento lo ha llevado a convertir el otrora impetuoso río
Colorado, capaz de cavar un profundo cañón en Arizona en un arroyo que a menudo
no llega ni siquiera a desaguar en el Océano Pacífico. Tendrían que ser unos
tremendos ignorantes los administradores imperiales (y no lo son) como para ser
indiferentes ante una realidad tan exuberante como la que ofrece nuestra
región. Por eso, desde los inicios de su vida independiente, Estados Unidos
consideró a esta parte del mundo como su “patio trasero”, su zona de seguridad.
Y por eso también tanto Fidel como el Che no se cansaron de decir que América
Latina y el Caribe eran “la retaguardia estratégica del imperio.”
En
segundo lugar, las concepciones estratégicas militares de Estados Unidos desde
los años fundacionales de la república siempre adhirieron a la tesis de la
“gran isla americana”, extendiéndose desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Esta
concepción militar asume que la seguridad nacional de Estados Unidos depende de
la capacidad de Washington para evitar que poderes extracontinentales hagan pie
firme en algún sector de la isla americana, o que existan en ella gobiernos
hostiles a los designios de Estados Unidos. Esta concepción se perfeccionó
desde mediados del siglo diecinueve y adquirió connotaciones claramente
belicosas hacia el final de ese siglo con sucesivas invasiones a varios países
de Centroamérica y el Caribe, incluyendo a México. La “Doctrina Monroe” de 1823
y el Corolario a dicha pieza doctrinaria formulada por Theodore Roosevelt en
1904 plantean abiertamente la aspiración hegemónica de Estados Unidos sobre
esta dilatada geografía que yace al sur del Río Bravo. A resultas de ello  Washington puede tolerar, aunque sea a
regañadientes, un gobierno socialista en algún país africano (casos de Mozambique,
Zimbawe o Angola, en determinadas épocas) pero responde con fulminante
brutalidad cuando una pequeña isla de 344 km2  y 90.000 habitantes como Granada comete “el
error” de elegir, en 1979 un gobierno socialista radical bajo el liderazgo de
Maurice Bishop. La respuesta de la Administración Reagan no se hizo
esperar:  en Octubre de 1983 despachó un
poderoso contingente militar compuesto por casi 8.000 hombres (poco menos que
el 10 por ciento de la población invadida) y en pocos días depuso al gobierno y
ejecutó al Primer Ministro Bishop y sus principales colaboradores. La
justificación por este crimen: la construcción de un nuevo aeropuerto para
facilitar el turismo a la isla, lo cual fue interpretado por los criminales de
Washington como un perverso plan para facilitar el aterrizaje de aviones de
guerra soviéticos en el Caribe. Nada siquiera remotamente semejante fue jamás
hecho por Estados Unidos en ninguna otra región del planeta ante un país de las
pequeñas dimensiones y casi nula gravitación de Granada, salvo en América
Latina y el Caribe, díscola y turbulenta frontera de un imperio protegido por
un enorme hinterland y dos grandes océanos.[10]
El único peligro proviene del Sur, del mundo del subdesarrollo latinoamericano.
Es a causa de ello que, si bien con algunos matices, argumentos semejantes a
los expresados en el caso de Granada sobre una supuesta amenaza a la “seguridad
nacional” han seguido esgrimiéndose hasta el día de hoy. Se hizo antes con la
Guatemala de Arbenz en 1954, con Cuba desde el 1° de Enero de 1959, después con
la revolución nicaragüense en 1979  y,
apenas ayer, en Marzo del 2015, lo reiteró el presidente Barack Obama cuando
emitió una orden ejecutiva estableciendo una “emergencia nacional” por la amenaza “inusual y extraordinaria” a la
seguridad nacional y a la política exterior causada por la situación en
Venezuela.
De todo lo anterior se desprende que
Washington se opondrá a cualquier proceso genuinamente democratizador que se
escenifique en nuestros países. Cualquier fuerza política que acceda al
gobierno y trate de hacer verdad aquello de
la soberanía popular -que se asienta sobre la soberanía económica y política en
un mundo de naciones poderosas, imperialistas y colonialistas, y países débiles
y sometidos- será ferozmente combatido por el imperio. Cuando Obama y sus
colaboradores hablan de la “normalización” de las relaciones con Cuba y con los
países del hemisferio lo que entienden por ello es regresar a la situación en
que se encontraba esta parte del mundo al anochecer del 31 de Diciembre de
1958, es decir, en las vísperas de la Revolución Cubana. “Normalizar” es un
eufemismo que oculta la intención de encuadrar y subordinar a los países de
Nuestra América para que sirvan de apoyatura a las aventuras imperiales de
Washington, tanto en esta parte del mundo como en otros continentes. Piénsese
si no en la parafernalia de vínculos existentes entre los aparatos de
inteligencia norteamericanos (nada menos que dieciséis según la última cuenta)
y los organismos militares y policiales del imperio con sus homólogos de
América Latina y el Caribe. El gobierno de Estados Unidos entrena a nuestros
espías, soldados y policías; les enseña tácticas de interrogatorio; les aporta
las armas, y junto con las armas, la definición doctrinaria de quienes son los
amigos y quienes los enemigos a los cuales habrá que disparar; coordina con sus
ejercicios conjuntos las labores de nuestros ejércitos de aire, mar y tierra;
tiene escuelas especiales, como la remozada Escuela de las Américas, ahora
cambiada de nombre pero que sigue cumpliendo las mismas funciones;  mantiene en vigor la Junta Interamericana de
Defensa, para coordinar los estados mayores de nuestras fuerzas armadas en
función de las prioridades y necesidades militares de Estados Unidos. Todo esto
sigue en pie, pese a los esfuerzos de la UNASUR y sus tentativas de concebir y
coordinar una estrategia sudamericana de contención de la virulencia imperial.
Hay, eso sí, algunas valiosas excepciones como Cuba, naturalmente; Venezuela y,
sólo parcialmente, Bolivia y Ecuador. Hablar de imperialismo, violencia y
guerra es algo tan elemental que no debería exigir mayores argumentaciones.
IV. Conclusiones.
Nuestro
continente es prioridad número uno para la política exterior de Estados Unidos.
Es la región más importante del mundo, de lejos. Hemos planteado esto en todo
detalle en un trabajo previo y no tiene sentido insistir sobre el tema en este
lugar.[11]
Washington puede perder Angola, Namibia, Nigeria, Cambodia, Vietnam, pero no se
quedará de brazos cruzados ante la perspectiva de perder Granada, Nicaragua,
Cuba, Chile, ni digamos Brasil o Venezuela. Puede esforzarse por “contener al
comunismo” como lo hizo en los años de la Guerra Fría y, para ello, elaborar
una serie de alianzas regionales. Siendo que el eje articulador de la
revolución comunista mundial (como se decía en esos años en Washington) estaba
en Europa, en Moscú para ser más precisos, ¿fue Europa la primera beneficiaria
de la estrategia de contención que elaborara George Kennan para el presidente
Harry S. Truman? ¡No! Fue América Latina. En un mundo amenazado por el riesgo
mortal de la dominación comunista la primera región que Estados Unidos puso a
salvo de esa indeseada eventualidad fue América Latina. En 1947 firma el
Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) con ese propósito. ¿Y
Europa? Tendría que esperar dos años más, pues recién en Abril de 1949 se
crearía la OTAN. Y en el apogeo del auge progresista en la región y en
coincidencia con los anuncios del presidente Lula da Silva informando al mundo
el descubrimiento de los grandes yacimientos petrolíferos en el litoral
paulista la respuesta de la Casa Blanca fue ordenar la reactivación de la
Cuarta Flota, que había sido desactivada en 1950. Como lo dice un conocido
aforismo estadounidense, “first things
first
”, o sea,  “lo primero es lo
primero”. Y lo primero es América Latina. Si Africa cae en manos del comunismo
es un problema; si cae Asia es un problema mayor; si cae Europa es una
tragedia; pero si cae América Latina es una catástrofe de incalculables
proyecciones. Porque Asia, África y Europa están lejos, separadas por grandes
océanos. Pero desde América Latina los enemigos del imperio ¡pueden llegar
caminando!, como en medio de la psicosis despertada por la revolución
sandinista se escuchaba en los pasillos del gobierno estadounidense en
Washington. Los cambios en el paisaje sociopolítico latinoamericano desde
finales del siglo veinte marcaron un importante retroceso de la influencia
norteamericana en la región. El rechazo del ALCA fue una durísima derrota para
el imperio, y la consolidación de una serie de gobiernos progresistas, algunos
de izquierda y la heroica sobrevivencia de la Revolución Cubana marcaron a
fuego todo el período abierto desde la elección presidencial de Chávez en
Diciembre de 1998 hasta nuestros días. La victoria del líder bolivariano fue la
chispa que incendió la pradera: su carisma y su fenomenal capacidad didáctica
movilizó y excitó las ansias emancipatorias de los pueblos y naciones del área
abatidos y humillados por siglos de opresión colonial y neocolonial. Chávez
voltea en Venezuela la primera ficha de un dominó que luego recorrería todo el
continente: la segunda caería en Brasil con Lula en el 2002 para seguir con
Kirchner en Argentina, en el 2003; con Evo y Tabaré Vázquez en Bolivia y Uruguay,
en el 2005; con Correa en Ecuador, en el 2006 y en ese mismo año con Ortega en
Nicaragua y Zelaya en Honduras; con Cristina en el 2007; con Lugo en Paraguay
en el 2008 y Funes en El Salvador, en el 2009, despejando el camino para que el
ex Comandante del FMLN, Salvador Sánchez Cerén, asumiera la presidencia de ese
país en el 2014. En el 2010 José “Pepe” Mujica ratificaría la hegemonía del
Frente Amplio y conquistaría la presidencia del Uruguay, misma que en el 2015
volvería a recaer en las manos de Tabaré Vázquez. En una revisión actualísima
Angel Guerra plantea una tesis que hacemos nuestra al decir que “califico como
gobiernos que en distintos grados son independientes de Estados Unidos, se
distancian de los dictados del Consenso de Washington, abogan activamente por
la unidad y la integración latino-caribeña y por un mundo multipolar. Si
atendemos a estos rasgos podemos decir que cumplen con ellos en alguna medida:
Antigua y Barbuda, Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Dominica, Ecuador, El
Salvador, Granada, Nicaragua, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía,  San Vicente y las Granadinas, Surinam,
Uruguay y Venezuela.”[12]  En suma: basta con recordar esta radical
modificación del mapa sociopolítico latinoamericano para calibrar el
imperecedero espesor político de la herencia chavista y la ansiedad de la
burguesía imperial para retomar la “normalidad” en las relaciones hemisféricas.
La contraofensiva estadounidense no se hizo esperar: comenzó con un golpe de
estado contra Chávez en Abril del 2002 y siguió, ante su fracaso, con el paro
petrolero de Diciembre 2002-Febrero del 2003. Derrotadas estas iniciativas, que
tuvieron un efecto boomerang y liquidaron el ALCA en el 2005, el imperio volvió
a la carga: tentativa de golpe y secesión de Bolivia en 2008; golpe “jurídico-parlamentario”
contra Zelaya en 2009; golpe frustrado contra Correa en 2010; golpe exitoso,
también “jurídico-parlamentario” contra Lugo en 2012 y violentas protestas
(“guarimbas”) en Venezuela en Febrero de 2014.   
Esto
no ha cesado y en los momentos actuales esta ofensiva restauradora se encuentra
en pleno desarrollo. “Normalización” tramposa con Cuba, necesaria para despejar
el descontento de los gobiernos de la región con la absurda e injusta política
del bloqueo pero sin que éste se haya modificado; “guerra económica”, ofensiva
diplomática y terrorismo mediático contra Venezuela; campañas sucias y
difamatorias contra Evo Morales en Bolivia; agresión financiera y mediática en
contra de Rafael Correa en Ecuador; intensas presiones desestabilizadoras desde
la re-elección de Dilma Rousseff, obligándola a desnaturalizar por completo el
programa del PT adhiriendo a una orientación claramente neoliberal; “golpe
judicial por etapas” para sacar a Lula del juego y de su  posible candidatura en el 2018; acoso también
judicial contra Cristina Fernández en la Argentina y, de paso, apoyo explícito
de la Casa Blanca a la Alianza del Pacífico, ardid norteamericano para atenuar
o neutralizar por completo la influencia de China en el hemisferio. No es un
dato menor que sobre tres de los cuatro países originalmente signatarios de la
Alianza: México, Colombia y Perú recaen fuertes sospechas sobre la penetración
en sus aparatos estatales del narcotráfico y el paramilitarismo. Sólo Chile,
por ahora, se encuentra libre de esa acusación en los propios medios
norteamericanos.
Dadas
estas circunstancias, o mejor dicho, habida cuenta de las condiciones
estructurales que pautan la relación entre el imperio y su principal región
tributaria, se comprende que América Latina y el Caribe haya sido una región en
estado de permanente agitación y no por casualidad la vanguardia a nivel
mundial de la resistencia a las exacciones del imperialismo desde las primeras
décadas del siglo veinte. Y en este contexto hay un país que juega un papel de
excepcional importancia en Nuestra América: Colombia.
En este sentido la firma, en Junio del
2013, de un acuerdo de cooperación entre Colombia y la Organización del Tratado
Atlántico Norte (OTAN) ha causado una previsible preocupación en Nuestra América.
Para justificar su decisión el presidente Santos señaló que Colombia tiene
derecho a «pensar en grande», y que él va a buscar que su país sea de
los mejores «ya no de la región, sino del mundo entero». Continuó
luego diciendo que «si logramos esa paz” –refiriéndose a las
conversaciones de paz que están en curso en Cuba, con el aval de los
anfitriones, Noruega y Venezuela- “nuestro Ejército está en la mejor posición
para poder distinguirse también a nivel internacional. Ya lo estamos haciendo
en muchos frentes», aseguró Santos. Y piensa hacerlo nada menos que
asociándose a la OTAN, una organización sobre la cual pesan innumerables
crímenes de guerra y masiva violaciones a los derechos humanos perpetrados en
la propia Europa (recordar el bombardeo a la ex Yugoslavia y las masacres de
los Balcanes) la destrucción del Líbano, Irak, Libia; su complicidad con el
gobierno fascista de Israel en su continuo genocidio del pueblo palestino y
ahora su colaboración con los terroristas que han tomado a Siria por asalto y
sembrando de muerte y destrucción todo el Medio Oriente.[13]  Jacobo
David Blinder, ensayista y periodista brasileño, fue uno de los primeros en dar
la voz de alarma ante las implicaciones de la decisión del presidente
colombiano. Hasta ahora el único país de América Latina “aliado extra OTAN”
había sido la Argentina, que obtuvo ese deshonroso status durante los nefastos
años de Carlos S. Menem, y más específicamente en 1998, luego de
participar en la Primera Guerra del Golfo (1991-1992) y aceptar todas las
imposiciones impuestas por Washington en muchas áreas de la política pública,
como por ejemplo desmantelar el proyecto del misil Cóndor y congelar el
programa nuclear que durante décadas venía desarrollándose en la Argentina. Dos
gravísimos atentados que suman más de un centenar de muertos –en la Embajada de
Israel y en la AMIA- fue el saldo que dejó en la Argentina la represalia por
haberse sumado a las actividades de la organización terrorista noratlántica.
 El
status de “aliado extra OTAN” fue creado en 1989 por el Congreso de los Estados
Unidos –no por la organización sino por el Congreso estadounidense- como un
mecanismo para reforzar los lazos militares con países situados fuera del área
del Atlántico Norte y que podrían ser de ayuda en las numerosas guerras y
procesos de desestabilización política que Estados Unidos despliega en los más
apartados rincones del planeta. Australia, Egipto, Israel, Japón y Corea del
Sur fueron los primeros en ingresar, y poco después lo hizo la Argentina, y
ahora Colombia. El sentido de esta iniciativa del Congreso norteamericano salta
a la vista: robustecer y legitimar sus incesantes aventuras militares 
-inevitables durante los próximos treinta años, si leemos los documentos del
Pentágono sobre futuros escenarios internacionales- con un aura de
“multilateralismo” que en realidad no tienen. Esta incorporación de los aliados
extra-regionales de la OTAN, que está siendo también promovida en los demás
continentes,  refleja la exigencia impuesta por la transformación de las
fuerzas armadas de los Estados Unidos en su tránsito desde un ejército
preparado para librar guerras en territorios acotados a una legión imperial que
con sus bases militares de distinto tipo (más de mil en todo el planeta), sus
fuerzas regulares, sus unidades de “despliegue rápido” y el creciente ejército
de “contratistas” (vulgo: mercenarios) quiere estar preparada para intervenir
en pocas horas para defender los intereses estadounidenses en cualquier punto
caliente del planeta. Con su incorporación como “aliado extra OTAN” Colombia se
pone al servicio de tan funesto proyecto y, puertas adentro, refuerza la
militarización de un país que lleva más de medio siglo de guerra civil y que
clama por la paz.
    
Si bien la Argentina es un lamentable precedente (que en el año 2012
afortunadamente perdió  el status de “aliada extra-OTAN”) el caso  colombiano es muy especial, porque desde hace
décadas ese país recibe, sobre todo en el marco del Plan Colombia, un muy
importante apoyo económico y militar de Estados Unidos –de lejos el mayor de
los países del área- y sólo superado por los desembolsos realizados a favor de
Israel, Egipto, Irak y Corea del Sur y algún que otro aliado estratégico de
Washington. Cuando Santos declara su vocación de proyectarse sobre el “mundo
entero” lo que esto significa es su voluntad para convertirse en cómplice de
Washington,  para movilizar sus bien pertrechadas fuerzas más allá del
territorio colombiano y para intervenir en los países que el imperio procura
desestabilizar.[14] Y no es
un secreto para nadie que la primera en esa lista no es otra que Venezuela. Es
poco probable que su anuncio signifique que está dispuesto a enviar tropas a
Afganistán, a Siria u a otros teatros de guerra. La pretensión de la derecha
colombiana, en el poder desde siempre, ha sido convertirse, especialmente a
partir de la presidencia de Álvaro Uribe Vélez, en la “Israel de América
Latina” erigiéndose, con el respaldo de la OTAN, en el gendarme regional del
área para vigilar, amenazar y eventualmente agredir a vecinos como Venezuela,
Ecuador y otros -¿Bolivia, Nicaragua, Cuba?- que tengan la osadía de oponerse a
los designios imperiales.
A
nadie se le puede escapar que con esta decisión el gobierno del presidente
Santos tensiona los Diálogos de Paz en curso en La Habana porque cómo podría la
insurgencia colombiana confiar en las promesas de un gobierno que con su
asociación a la OTAN acentúa una perniciosa vocación injerencista y
militarista. Por otra parte, esta decisión no puede sino debilitar los procesos
de integración y unificación supranacional en curso en América Latina y el
Caribe. La tesis de los “caballos de Troya” del imperio, que repetidamente
hemos planteado en nuestros escritos sobre el tema, asumen renovada actualidad
con la decisión del mandatario colombiano. ¿Qué hará ahora la UNASUR y cómo
podrá actuar el Consejo de Defensa Suramericano cuyo mandato conferido por los
jefes y jefas de estado de nuestros países ha sido consolidar a nuestra región
como una zona de paz, como un área libre de la presencia de armas nucleares o
de destrucción masiva, como una contribución a la paz mundial para lo cual se
requiere construir una política de defensa común y fortalecer la cooperación
regional en ese campo? ¿Qué implicaciones tiene sobre la UNASUR y, más generalmente,
sobre los diversos proyectos de integración y coordinación de políticas en
América Latina, el hecho de que Colombia, al asociarse a la OTAN adhiere a la
postura británica en el diferendo con la Argentina por las Islas Malvinas?
Un
proyecto largamente acariciado por nuestros pueblos es lograr que América
Latina sea un continente desnuclearizado. Si durante décadas pudimos estar
seguros de ello ya no más. Hay evidencias que sugieren que existe armamento
nuclear en las Islas Malvinas, y no sabemos que clase de armamentos hay en las
7 bases que Washington dispone en territorio colombiano, o en las 11 existentes
en Perú.[15] Los
acuerdos que hicieron posible la instalación de esas bases contienen cláusulas
que le confieren a Estados Unidos el derecho a ingresar cargamento militar sin
tener que ser sometido a control alguno de los estados anfitriones. Por algo
cuando en una de las reuniones de la UNASUR Chávez solicitó a la organización
que se procediera a verificar que era lo que había en cada una de las bases
norteamericanas en la región tropezó con la cerrada negativa de Álvaro Uribe y
Alan García, no por casualidad los dos países que abrieron de par en par sus
puertas para la penetración de tropas y pertrechos militares estadounidenses en
sus territorios. Es imposible que este continente conquiste la paz con las
ochenta bases militares norteamericanas existentes en nuestros países. Esas
bases son dispositivos para la guerra, no para la paz. Y entrarán plenamente en
funciones a medida que el deterioro de la situación internacional impulse a
Washington a consolidar su reaseguro en el patio trasero y a sofocar cualquier
intento de autodeterminación nacional o avance democrático. Deberíamos lanzar
una campaña continental para expulsar a todas las bases norteamericanas, y las
pocas que existen del Reino Unido, Holanda y Francia, de la región. Ellas sólo
traerán violencia y muerte, y los latinoamericanos y caribeños queremos la paz.
Es una propuesta razonable, que atraviesa la gran mayoría de las fuerzas
políticas y movimientos sociales de la región. Y nuestros hijos y los hijos de
nuestros hijos jamás nos perdonarán que no hayamos hecho todo lo que esté a
nuestro alcance para acabar con esas amenazas.
                                 


[1]

               En Cuadernos de Pasado y Presente 1 (Córdoba:
1974), pp. 56-57.
[2]

               En una carta a Joseph Weidemeyer en la cual le
pedía libros y artículos sobre la cuestión militar y las guerras le dice que se
había propuesto estudiar a fondo el asunto “por la inmensa importancia que le
debemos asignar al mismo con vistas a la próxima insurrecciòn de la clase
obrera.” Cf.  F.E., “Carta  Weydemeyer”, 19 de Junio de 1851.    
[3] Agradezco a Paula Klachko por haberme llamado la atención sobre este
asunto, así como su muy cuidadosa lectura de la primera versión de este
trabajo. De esta misma autora recomiendo muy especialmente el libro escrito
conjuntamente con Katu Arkonada:
Desde abajo, desde arriba. De la
resistencia popular al gobierno. Escenarios y horizontes del cambio de época en
América Latina
(en prensa en Cuba,México y País Vasco)
[4]

               Josep Fontana, Por el Bien del Imperio. Una
historia del mundo desde 1945 (Barcelona: Pasado & Presente, 2011), p. 25
[5]

               Cf.
https://www.oxfam.org/en/pressroom/pressreleases/2015-01-19/richest-1-will-own-more-all-rest-2016
[6]

               Stefania Vitali, James B. Glattfelder, and
Stefano Battiston, “The Network of Global Corporate Control”, PLoS ONE, October
26, 2011,
http://www.plosone.org/article/info%3Adoi%2F10.1371%2Fjournal.pone.0025995. El estudio
fue el primero en observar 43.060 sociedades transnacionales y estudiar la tela
de araña de la propiedad entre ellas. La investigación creó un “mapa” de 1.318
compañías del núcleo de la economía global. El estudio encontró que 147
corporaciones forman una “súper entidad” dentro de este mapa, controlando un 40
por ciento de la riqueza del planeta.
[7]

               Sobre esto ver Tom Engelhardt, “El nuevo orden estadounidense”, en

         http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196927
            Ver asimismo dos textos clásicos
sobre este tema: Peter Dale Scott, The American Deep State: Wall Street, Big
Oil and the Attack on U.S. Democracy
.
(ediciones
varias) 
            Sheldon
Wolin,
Democracia S.A. La democracia dirigida y el fantasma del
totalitarismo invertido
(Buenos Aires: Katz Editores, 2009)
            También
Juan Bosch,
El Pentagonismo,
sustituto del imperialismo
(Santo Domingo: Fundación Juan
Bosch, 2015)
[8]

               Hemos desarrollado este cálculo en nuestro
América Latina en la Geopolítica del Imperialismo (Buenos Aires: Ediciones
Luxemburg, 2012).
[9]

               Cf. su
The race for what is left (New York:
Metropolitan Books, 2012)
[10]

               Sobre este tema del intervencionismo norteamericano
en Nuestra América es insoslayable la referencia a la monumental obra de
Gregorio Selser,
Cronología de las intervenciones
extranjeras en América Latina
(México DF: Centro
de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades/Universidad
Autónoma de la Ciudad de México/Centro Académico de la Memoria de Nuestra
América, s/f).  Véase asimismo la obra,
más reciente, del politólogo e historiador cubano Luis Suárez Salazar
,
Madre América. Un siglo de violencia y dolor (1898-1998)
originalmente publicada en Cuba en 2006 pero de inminente publicación
en Colombia con un prólogo de Atilio A. Boron
[11]

               Cf.
América Latina en la
geopolítica del imperialismo
, op. Cit.
[13]

               Las declaraciones de Santos se encuentran en
http://www.infobae.com/2013/06/01/1072485-santos-solicitara-el-ingreso-colombia-la-otan


         Sobre el siniestro papel de la
OTAN ver
el completo estudio publicado como libro bajo el título de  OTAN:
la globalización del terror
, de Mahdi Darius Nazemroaya  (Managua: PAVSA, 2015) Prólogo de Atilio A. Boron.
[14]

               No es un secreto para nadie que las fuerzas
armadas colombianas son las únicas en la región que cuenta con una experiencia
de combate de varias décadas. Ningún otro ejército de la región cuenta con una
un antecedente siquiera remotamente similar.
[15]

               Sobre el tema de las bases consultar el
fundamental estudio de Telma Luzzani,
Territorios vigilados. Como
opera la red de bases militares norteamericanas en Sudamérica
(Buenos Aires, Debate, 2012)