27.12.2013

Comparto el magnífico artículo de Ángel Guerra con una reflexión sobre el tremendo costo que ha debido pagar el pueblo cubano por la  insoportable osadía de ser dueño de su destino. Agrego a lo que dice el amigo Guerra lo siguiente: según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba el costo del bloqueo (que comenzó, si bien informalmente, desde el mismo triunfo de la Revolución) equivale a dos Planes Marshall pero en contra. Con uno se reconstruyó la Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Pero dos, en contra, no alcanzaron para hundir a la Revolución Cubana. Por el contrario, los indicadores sociales siguen siendo notables y, en materia de mortalidad infantil, por ejemplo, colocan a la Isla por encima de Estados Unidos. Pero, ¡cuidado! El imperialismo no baja los brazos y prosigue con sus siniestros planes: lo que quiere ahora es, por la vía de la Alianza del Pacífico, retrotraer la situación latinoamericana al punto en que se encontraba la región en vísperas del triunfo de la Revolución Cubana y, de ese modo, someter una vez más al continente entero. Pero no pasarán, porque nuestros pueblos no admitirán regresar a un pasado tan oprobioso como aquél.

Cuba y el precio de la independencia
Ángel Guerra

Fuente: http://www.cubadebate.cu/opinion/2013/12/26/cuba-y-el-precio-de-la-independencia/

Cuba concluye 2013 con una mortalidad infantil de 4.2 por cada mil
nacidos vivos, un índice que no alcanza ningún otro país de América Latina y el
Caribe y ni siquiera muchos países desarrollados. Esa cifra la coloca en el
selecto grupo de diez países con menor muerte infantil en el mundo precisamente
en el momento en que en muchas otras naciones se reduce sustancialmente –como
en la rica Europa
el gasto público destinado a educación, salud y al bienestar de la población.


Lo que quiere decir este dato es que en el año 55 del triunfo de su revolución,
Cuba continúa abrazada a la utopía. En un mundo donde es tan frecuente
inclinarse ante Estados Unidos,
la Isla no cede un milímetro ante sus enormes presiones y amenazas. Nada de
políticas de ajuste, nada de apertura indiscriminada al mercado, nada de
privatizaciones, nada de ceder un ápice de soberanía sobre sus recursos
naturales.

Cuando podría suponerse que décadas de lucha merman sus fuerzas, se
empeña en identificar sus propios yerros e insuficiencias, que en algunos casos
hunden sus raíces en los vicios generados por siglos de dominación colonial y
neocolonial o se deben a la copia de esquemas del llamado socialismo real. Lo
hace con el objetivo de “cambiar todo lo que deba ser cambiado” para hacer
sostenible y próspero el socialismo cubano. Pese a los enormes obstáculos y
eventuales retrocesos, en el saldo general avanza, aunque a veces no lo parezca
y los problemas a enfrentar se antojen insuperables.
Todo esto en situación de permanente hostilidad y tenaz bloqueo económico, comercial y
financiero
 de su poderoso vecino del norte, castigo no impuesto
con ese rigir a ningún otro Estado en la época contemporánea. Es el precio que
Washington le hace pagar por  atreverse a ser independiente y trazar su
propio camino al futuro.
Quién lo hubiera imaginado en aquella América Latina de 1959, en plena
guerra fría y delirante fobia anticomunista. Que un país de poco más de seis
millones de habitantes, carente de recursos naturales estratégicos, un poco
mayor en extensión territorial al estado mexicano de Durango y ubicado en las
fauces del imperio más poderoso de la historia, pudiera conquistar y mantener
tanto tiempo su independencia ante aquel y desarrollar un proyecto de
trasformación social de tal magnitud, que ha sido estímulo y ejemplo para todos
los pueblos de la Tierra.
Para entender el conflicto entre Cuba y Estados Unidos es necesario
estudiar la historia latinoamericana. Ella demuestra que la superpotencia no ha
tolerado nunca a nuestros países desarrollar una política interior o exterior
que se aparte de sus dictados. Acaban de cumplirse cuarenta años del sangriento
golpe de Estado ordenado por la Casa Blanca contra el gobierno constitucional de Salvador Allende y
en la última década hemos visto el montaje de una contraofensiva estadunidense
para arrasar con la Revolución
Bolivariana
 y con todos los demás gobiernos independientes y
fuerzas populares de nuestra región. Poco importa que esos gobiernos hayan sido
electos según las normas más estrictas de la democracia representativa. Si a
Washington le preocupara la democracia como afirma no habría auspiciado tantas
dictaduras militares ni sería tan íntimo de los petrorreyezuelos del golfo
Pérsico.

En el caso de Cuba, su vecino del norte la ha sometido a un virtual
estado de guerra no declarada desde 1959 que dura hasta hoy. De modo que es en
esas circunstancias que ha conseguido las extraordinarias conquistas en salud,
educación y desarrollo humano en general, que la colocan en esos campos a la
cabeza de América Latina y el Caribe. Y es también en ellas que se enfrenta a
sus deficiencias.
Cuba está saliendo del gran cataclismo social originado por el derrumbe
de la URSS,
que hizo colapsar gran parte de su infraestructura económica. Pero además,
afectó severamente la disciplina laboral y social, efectos que aún se hacen
sentir y constituyen una traba fundamental al desarrollo económico y social y a
la satisfacción de las necesidades del pueblo, como se evidenció en las
intervenciones de los funcionarios y diputados en la sesión de la Asamblea
Nacional
 de diciembre de este año. 
Allí Raúl Castro hizo
esta puntualización al vecino del norte: Si realmente deseamos avanzar en las
relaciones bilaterales, tendremos que aprender a respetar mutuamente nuestras
diferencias y acostumbrarnos a convivir pacíficamente con ellas… de lo
contrario, estamos dispuestos a soportar otros 55 años en la misma situación.