17.9.2012

Uno de los máximos exponentes del pensamiento crítico latinoamericano, el colombiano Renán Vega Cantor, tuvo que abandonar su país debido a graves amenazas contra su vida. En esta entrevista explica su situación y realiza un luminoso análisis sobre la situación de la universidad latinoamericana.

Entrevista
al profesor Renán Vega Cantor, al abandonar Colombia por amenazas
contra su vida
Esto
es un exilio forzoso en contra de la libertad de cátedra y de
pensamiento”
Entrevista
de Patricia Rivas
Renán Vega Cantor es
historiador, autor de más de una veintena de libros, entre los
que destaca «Un mundo incierto, un mundo para aprender y
enseñar. Las transformaciones mundiales y su incidencia en la
enseñanza de las Ciencias Sociales», obra en dos volúmenes que
lo hizo merecedor en 2008 del prestigioso Premio Libertador al
Pensamiento Critico, considerado el Nobel de las Ciencias
Sociales. Pero este intelectual reconocido internacionalmente
gusta definirse a sí mismo como «profesor», es es lo
que siempre quiso ser y más de veinticinco años de trayectoria
docente y académica lo avalan, pero en el último año ha sido
objeto de una campaña de difamación en el seno de la
Universidad Pedagógica Nacional, donde tuvo la ocurrencia de
constituir junto con otros compañeros la Asociación Sindical de
Profesores Universitarios (ASPU) y de participar activamente en
el paro universitario de 2011. Las autoridades académicas de la
Universidad Pedagógica, no tuvieron a bien respaldar a Renán
Vega cuando fue objeto de calumnias y difamaciones a partir de un
texto anónimo difundido desde el seno de la universidad.
Después, como suele suceder en Colombia, las calumnias y
señalamientos se tornaron en amenazas directas contra su vida y
la de un grupo de estudiantes. Sus compañeros le han aconsejado
que salga temporalmente del espacio de la Universidad Pedagógica,
ya que es el ámbito de la amenaza. Conversamos con el profesor
Renán Vega ante este exilio inminente, que sabe especialmente
amargo en un momento en que, paradójicamente, el discurso
oficial habla de «diálogo», de «democracia»,
de «paz». Una paz que constituye el sueño más
compartido por los colombianos, pero que no dejará de ser una
quimera mientras no sea posible pensar sin miedo. Mientras el
exilio, la cárcel o el exterminio sigan siendo el precio que se
paga por ser crítico con el orden establecido, por identificar
los problemas, analizarlos y ponerles responsables. Por saber
Historia. Por tener memoria y conciencia cívica. (clic abajo para continuar)


¿Cómo se explica la
falta de democracia en las universidades colombianas, hasta el punto
de hacer imposible el debate abierto de opiniones y argumentos e
incluso empujar a profesores al exilio?

Hay que señalar que la
universidad pública colombiana es un producto de las luchas
democráticas de los estudiantes y de los trabajadores durante
muchas décadas. Cuando uno habla de universidad pública en
Colombia, hay que decir que en este país esa noción siempre ha
sido muy recortada. Nosotros no hemos tenido universidad pública al
nivel de la que ha existido en muchos países europeos, y ni
siquiera en algunos países de América Latina, como, por ejemplo,
en México. Las clases dominantes de este país desde muy temprano
adjuraron de la idea de universidad pública y las cosas que se han
alcanzado no han sido porque esas clases dominantes estuvieran de
acuerdo con la misma existencia de ese tipo de universidad, sino por
la lucha de estudiantes y profesores, sobre todo de estudiantes.
Desde siempre, las clases dominantes le apostaron a la educación
privada en este país, incluyendo la educación universitaria. Por
eso, en Colombia se presenta un fenómeno muy singular: la
privatización de la educación superior se dio antes de la
emergencia del neoliberalismo. A nosotros siempre nos hablan del
gran proyecto de privatización, por ejemplo, de Chile. Pero antes
de que eso se diera, con la dictadura de Pinochet, aquí ya había
universidad privada y proyecto de privatización de la universidad
como la esencia de la política educativa del Estado colombiano. Hay
que decirlo claramente: antes del neoliberalismo, ya se había
privatizó la universidad y tal cosa se había aceptado como la
política central del Estado colombiano. De tal manera que cuando
llega el neoliberalismo, en este país había un terreno abonado con
mucha anticipación.

Por esa circunstancia,
cuando llega el neoliberalismo en todos los terrenos, incluyendo el
neoliberalismo educativo. éste avanza muy rápidamente. Estamos
hablando de un proceso de consolidación de los últimos 25 años,
que ha convertido a la educación universitaria colombiana en un
bien mercantil. Y lo podemos ver en lo que pasa hoy en las
universidades colombianas: por ejemplo, matrículas muy costosas,
que no puede pagar cualquier habitante de este país, sobre todo,
los habitantes pobres, para los cuales se suponía que estaba hecha
la universidad pública, aunque la universidad pública por
definición es una universidad abierta a todas las clases sociales;
pero se suponía que esa universidad tenía abierta las puertas para
los más pobres. Eso no tiene mucho que ver con la realidad. La
composición de clase de las universidades se ha modificado
sustancialmente, empezando por la Universidad Nacional. Porque se
han colocado una cantidad de filtros que hacen mucho más difícil
el ingreso de los sectores populares. No sólo los costos de
matrícula, sino también los costos de mantenimiento. En la
universidad pública colombiana no hay residencias universitarias,
no hay restaurantes… no hay ningún tipo de facilidad para
estudiar. Y generalmente al estudiante pobre de la universidad
pública le toca estudiar y trabajar, con todas las dificultades que
eso tiene.

Ha habido también otro tipo
de cambios en el seno de la universidad colombiana, por ejemplo en
términos de la competitividad. Son universidades competitivas que
ahora luchan por adquirir recursos a partir de lo que producen.
Entonces, la investigación también se ha convertido en una
mercancía. No se investiga porque esa actividad esté relacionada
con los intereses fundamentales del país, sino por la venta de
resultados y de servicios, porque el Estado colombiano ha adoptado
la política de reducir el presupuesto de las instituciones. Cuando
uno habla aquí de una universidad pública, hay una cosa muy
singular en términos presupuestales, y es que en algunos casos
extremos, el 60 o el 70 por ciento del presupuesto lo tienen que
conseguir las mismas universidades, y solamente el 30 por ciento es
generado por el Estado colombiano. Hay otras universidades donde la
relación es del 50-50, como es el caso de la Universidad Nacional.
¿Qué quiere decir eso? Que el 50% del presupuesto lo tiene que
conseguir la misma universidad. ¿Cómo lo consigue? Vendiendo
servicios: cursos, postgrados. Los postgrados se han convertido en
una universidad privada dentro de la universidad pública.

En el seno de la universidad
pública, en realidad, no hay una, sino tres universidades:

– La universidad del
pregrado: la más abandonada, la que no tiene recursos, donde están
los profesores de vinculación ocasional, los peor pagados, donde no
hay infraestructura adecuada, pero que tiene la mayor cobertura.

– La universidad de los
postgrados, donde están las especializaciones, maestrías y
doctorados. Ésta es una universidad privada en el seno de la
universidad pública. Funciona con otra lógica: los costos son
mucho más elevados, prácticamente no tienen ningún tipo de
subsidio estatal, se tiene que autofinanciar, y ahí se ha venido
generando una élite de profesores que solamente quieren trabajar en
maestrías y doctorados y que ya no están relacionados con los
pregrados. Y se ha formado una élite investigadora, formada por los
que tienen proyectos, los que consiguen recursos… Este es el
sector más apetecido por las universidades, porque consiguen
recursos.

– Y la tercera universidad
en el seno de la universidad pública es la universidad de los
servicios, cuyo personal ya no está vinculado ni siquiera a alguna
actividad académica formal de la universidad, sino que vende
servicios: vende cursos de idiomas, cursos de natación… venden lo
que sea con la finalidad de conseguir recursos para el presupuesto
de la universidad.

Es decir, que en Colombia se
ha aplicado lo que algunos teóricos llaman la «privatización
dulce». La privatización amarga es la que se hace de un día
para otro, por decreto, cuando se dispone: “a partir de mañana
esta empresa ya no es pública, sino privada” y se procede a
despedir a los trabajadores y a militarizar sus instalaciones. Esa
privatización se ha dado en Colombia en muchas empresas. Pero
también está la privatización dulce, que la gente siente menos,
porque se produce a lo largo del tiempo, de manera sistemática,
pero aparentemente, imperceptible. Eso es lo que se ha dado en la
universidad colombiana, la privatización dulce. Por ello, estamos
hablando de universidades semi-privadas, que siguen denominándose
como públicas.

¿Cuál es la situación
que ha vivido usted personalmente en los últimos meses, y las
razones que le obligan en este momento a dejar sus clases en la
Universidad Pedagógica y salir del país?

En el caso de la universidad
en la que yo trabajo, la Universidad Pedagógica Nacional, esas
políticas también se han implementado, pero con la particularidad
de que esta es una universidad con una facultad de Educación nada
más, porque su objetivo fundamental es formar profesores. Pero se
presentan exactamente los mismos problemas de financiación
presupuestal, de privatización, de mercantilización de los
servicios educativos. Y otra consecuencia que ha tenido es la
superpoblación. Porque en el Gobierno de Uribe se implementó una
política que se llamó «la Revolución Educativa» – mire
la contradicción en los términos: un Gobierno como el de Uribe
denominaba a su política principal en materia de educación «la
Revolución Educativa»- que en las universidades se manifestó
de una forma muy particular: vía aumento de cobertura. Por decreto,
con el mismo presupuesto o incluso con menos presupuesto, se dispuso
que cada universidad debería doblar o triplicar el número de
estudiantes que recibía. Algunas universidades, como la Pedagógica,
prácticamente duplicaron el número de estudiantes: de tener cuatro
mil estudiantes pasamos a tener más de ocho mil. Pero lo
significativo es que esos estudiantes están en los mismos espacios:
no se han construido más aulas, no ha mejorado la infraestructura,
no hay nuevas bibliotecas, no hay nuevos laboratorios, no hay nuevos
centros de experimentación, hay menos profesores. En la Universidad
Pedagógica Nacional, solamente el 18% de los profesores tiene
vinculación permanente. El 82% de los profesores son lo que aquí
se llama -que es una figura incluso jurídicamente problemática-
profesores ocasionales y profesores catedráticos. Quiere decir que
simplemente son profesores que se contratan por un tiempo; que no
tienen vinculación a la planta de la universidad; que están muy
mal pagos; profesores incluso a los que se les prohíbe
taxativamente -alguna vez se ha intentado establecer eso en el
contrato- que participen en huelgas, en marchas o que se manifiesten
de alguna forma. En la Universidad Pedagógica Nacional se vive ese
ambiente.

Además, hay que agregar que
esta universidad, por su mismo origen es muy conservadora,
políticamente hablando, y esa mentalidad conservadora siempre ha
caracterizado al funcionamiento institucional de la universidad, y a
gran parte de su personal. Eso tal vez explica en gran medida muchos
de los problemas que yo he tenido en esta universidad desde que yo
trabajo allí, pero que se han agudizado en los últimos 5 años, y
sobre todo, en los últimos meses.

Yo pienso de una manera
diferente, y he combatido la privatización de la universidad en la
medida de mis posibilidades, muy limitadas, desde luego.
Recurriendo, en primer lugar, al terreno de la denuncia, a escribir
artículos e incluso capítulos de libros en donde yo señalo cómo
se ha profundizado ese proceso de privatización y mercantilización
de la universidad. Y cuando estuve en el Consejo Superior como
representante de los profesores, adopté como bandera la defensa de
la universidad pública, como espacio democrático, como espacio de
debate, pero también como un escenario en el que deberían asistir
y estudiar los sectores más pobres de la población colombiana. Por
lo tanto, yo combatí abiertamente todas las medidas destinadas a
privatizar y a mercantilizar la universidad. Considero que ése es
el origen de mis problemas de seguridad: el que haya habido una voz
disonante con las políticas establecidas no solamente en el seno de
la Universidad Pedagógica Nacional sino que casi en todo el sistema
universitario colombiano. Desde ese momento empezó el señalamiento,
acusándome de muchas cosas: primero de ser enemigo de la
universidad; de representar intereses adversos a la universidad;
muchas personas incluso han llegado a decir que yo no soy académico,
porque yo confundo la academia con la política, como si las dos
cosas se pudieran separar; muchos me han acusado de que nunca llegué
a la edad adulta y que no soy profesor, en realidad, sino que sigo
siendo un estudiante, porque, generalmente, participo en las marchas
y protestas que realizan los estudiantes en defensa de la
universidad pública. Se empezó a generar un ambiente turbio en mi
contra, que ha llevado a que se adelanten procesos judiciales contra
mi persona, investigaciones para demostrar mi supuesta culpabilidad
en ciertas cosas, inventadas y falaces, que han sido archivadas por
la Fiscalía y la Procuraduría porque no tenían el más mínimo
sustento. Se me empezó a agredir públicamente en la universidad,
en el seno del Consejo Superior y el Consejo Académico, cuando yo
ya no estaba allí; se han difundido calumnias y se ha difamado mi
buen nombre; han circulado rumores, sin fundamento alguno, de que
las obras que yo he escrito eran plagiadas…

Cantidad de rumores de esta
naturaleza, a los cuales no les he hecho mucho caso, porque me baso
en la máxima de que ante este tipo de estupideces, lo mejor es que
uno debe seguir haciendo bien lo que cree, con convencimiento de
causa. «Dejar que la gente hable y sigue tu camino» decía
Dante, y es una máxima que cita Marx en El Capital, que yo hago
mía: que la gente hable y uno debe seguir su camino. Siempre y
cuando eso no lo afecte a uno en términos de seguridad y tampoco
afecte a la gente que está con uno. Cuando ya se ha pasado a ese
terreno, las cosas cambian. Y eso es lo que ha sucedido este año,
porque se ha pasado al plano de las amenazas directas contra mi
integridad física, y además a responsabilizarme de hechos como la
muerte trágica de tres estudiantes de la Universidad Pedagógica
Nacional. No murieron en la Pedagógica pero eran mis estudiantes.
Yo en el artículo que escribí al respecto hago un recuento sobre
ese caso. Hay personas que en la universidad han dicho, y eso mismo
se difundió un panfleto anónimos, que yo soy el responsable de
esas muertes, y no sólo de esas muertes, sino de la muerte de
varias generaciones de estudiantes colombianos.

¿Y por qué esos
señalamientos? Esos señalamientos se explican porque he tenido una
postura crítica. Porque en las clases que dicto siempre trato de
señalarle a los estudiantes la magnitud de los problemas del mundo,
de América Latina y de Colombia. Porque trato de buscar la verdad
pero también de buscar responsables de la situación en la que nos
encontramos. Eso resulta siendo muy problemático. Y es todavía
mucho más problemático porque yo reivindiqué el pensamiento
marxista en una época en que nadie se reclamaba como marxista.
Recordemos que la universidad colombiana, en la década del 70 sobre
todo y algo en la del 80, era un espacio donde se debatían las
ideas y el marxismo tenía amplia recepción, porque muchos de los
grupos políticos tenían incidencia en las aulas universitarias, y
muchos de los profesores eran militantes de distintas
organizaciones. A finales de los 80 se abandonó y se abjuró
completamente del marxismo. En la década del 90, cuando aquí nadie
se reclamaba como marxista, yo tuve el atrevimiento no solamente de
hacerlo, sino de publicar dos libros titulados «Marx y el siglo
XXI», en los cuales yo demostraba que el pensamiento y las
propuestas de Marx seguían siendo de una actualidad impresionante.

Y cosas como esas no se
perdonan en un país tan intolerante, cultural, ideológica y
políticamente hablando como Colombia. Que hubiera sido como una voz
aislada que, en un momento en que nadie se atrevía a catalogarse
como marxista o como revolucionario, yo lo hubiera hecho. Creo que
eso también hay que tenerlo en cuenta, máxime que lo hubiera hecho
en el seno de una universidad confesional, aunque pública, como es
la Pedagógica.

Existen unos antecedentes,
todo un contexto, que desembocan en lo que se está presentando
ahora, cuando se ha pasado a otro plano, con amenazas directas y
agresiones a través de la difamación pública. Eso se expreso por
medio de un panfleto, que en mi sentir ha sido producido por gente
interna de la universidad, es decir, por personas con las cuales uno
se ve y se codea todos los días, pero que no tienen siquiera la
gallardía de exponer sus ideas y debatirlas con uno en público.
Eso hay que decirlo claramente: es un acto de cobardía, es una
vileza lo que allí se está realizando, contra estudiantes y contra
mi persona, con todos los señalamientos que se realizan. Pero lo
más preocupante es que eso ha contado con la complicidad, si no
abierta, por lo menos, nominal, de las últimas administraciones, de
los últimos rectores de la Universidad Pedagógica Nacional, que
nunca han rechazado ese tipo de señalamientos y no me han apoyado a
mí como miembro de la comunidad universitaria que soy. En realidad,
prácticamente a mí no me consideran como miembro de esa comunidad,
sino como una persona extraña a la misma. Se desconoce mi
trayectoria académica e intelectual. Abiertamente se dice eso. Por
ejemplo, cuando a mí me dieron el Premio Libertador al Pensamiento
Crítico, hay que decirlo, y no sé si en este caso, decirlo con
dolor, muchas universidades se hubieran sentido orgullosas de que
uno de sus profesores hubiera obtenido un premio de esta naturaleza.
No, en la universidad les daba vergüenza, y empezaron a decir que
ese premio no me lo había ganado yo por la obra que había
realizado, sino porque era amigo personal del Presidente Hugo
Chávez. Eso lo dijeron en público las autoridades académicas: el
rector y miembros del Consejo Superior.

Como para sopesar un poco el
ambiente intelectual en el que yo me muevo, hubo miembros del
Consejo Superior que me dijeron que este era un libro plagiado, del
cual yo solamente había escrito 30 páginas, cuando de muchos
lugares del mundo me llegaron felicitaciones. Incluso de personajes
académicamente respetados en muchas universidades. En la
universidad donde yo trabajo, que deberían enorgullecerse por el
premio, que además se obtuvo con un libro que fue publicado por
esta misma institución, empezaron a presentarse este tipo de
rumores malintencionados, de calumnias, para desconocer mi
consagración a la educación durante buena parte de mi vida, porque
yo le he dado casi un cuarto de siglo a la Universidad Pedagógica
Nacional. Además, habría que agregar algunas cosas: yo nunca he
tenido ningún problema académico. En las evaluaciones yo siempre
aparezco calificado como uno de los mejores profesores de la
universidad. A los estudiantes les gusta tomar clase conmigo, a mí
también me gusta dictar clase. Los libros que yo he escrito,
generalmente, son útiles para los estudiantes. Y a pesar de todas
estas cosas, la comunidad universitaria –con excepción de los
estudiantes y de un sector reducido del profesorado- considera que
soy algo ajeno al mundo universitario y académico. Me ven
prácticamente como un enemigo. Y un enemigo al cual hay que
perseguir, y del cual hay que librarse.

Y en este momento,
entonces, está usted solo en la universidad, al margen de algunos
profesores que han expresado su solidaridad con usted, pero por
parte de las autoridades académicas, del rectorado, la única
alternativa que le queda a usted es salir.

Podríamos puntualizar
algunas cosas. En primer lugar, en el paro universitario que se
realizó el año pasado, en el cual participó la comunidad de la
Universidad Pedagógica Nacional, se pudo constituir un núcleo de
profesores que estuvimos muy activos y que participamos en forma
consciente en este movimiento. Ese núcleo está relacionado con la
Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU), que logró
crear una seccional en la Universidad Pedagógica Nacional en
diciembre del 2009. Pero la creación de este sindicato fue muy mal
recibida por la administración: nunca nos ha reconocido como
representantes de los profesores y nos ha dicho que nosotros no
tenemos autoridad para hablar en nombre de ellos. Ha habido, en
general, una política de desconocimiento y de rechazo hacia los
miembros de la junta directiva del sindicato. Eso existía desde
antes del paro, pero a raíz de esa protesta universitaria, se
acrecentó ese rechazo. Pero, además, el rechazo, que no es sólo
contra mi persona, sino que es contra varios profesores, tiende a
canalizarse en mí, por una sencilla razón, y es que en la
universidad se dice que yo soy muy «radical». El término
radical se usa como un calificativo despectivo, y dicen que mi
«radicalidad» es la que impide que se encuentren
soluciones a los problemas universitarios, y que conmigo no se
justifica dialogar y que a mí no me deben nombrar en ninguna
comisión de diálogo.

Durante el paro, en una
ocasión, se nombró una comisión en la cual me designaron, y la
administración rechazó la comisión, y aunque no lo afirmó
públicamente, sotto voce sí se dijo que el argumento fundamental
era que yo estaba ahí, y que conmigo no se podía dialogar ni
encontrar ningún tipo de soluciones. Ese es un ejemplo del ambiente
que se ha creado. Pero el ambiente no es solamente contra mí, sino
contra el sindicato y, sobre todo, contra los miembros de la junta
directiva del sindicato, el núcleo que ha intentado influir de otra
manera en la política universitaria.

A raíz de lo que se
presentó este año, cuando se publicó un panfleto anónimo,
calumnioso, que se llama «El péndulo de Renán», la
administración de la universidad no hizo ninguna manifestación de
condena a este tipo de documentos. Es decir, no expidió ningún
comunicado en el que manifestara su desacuerdo ni inició ninguna
investigación. No hizo absolutamente nada, Y es una situación
bastante cuestionable, porque, primero, son unas afirmaciones
calumniosas contra un profesor de la universidad, que está
vinculado hace más de veinte años, y que tiene una trayectoria
académica conocida, no solamente en el país sino en el exterior.
No emitió ninguna condena contra este tipo de anónimos. Y este
hecho es reprochable, porque eso abrió las puertas a lo que va a
venir después. La administración, las autoridades de la
universidad, ni su rector, ni su Consejo Académico, ni su Consejo
Superior, dieron el más mínimo apoyo al acto de desagravio que se
organizó en la universidad en mayo de este año, para condenar y
rechazar precisamente esas calumnias anónimas. Incluso, la
administración colocó obstáculos para que eso no se realizara. En
consecuencia, estamos hablando de una complicidad tácita con este
hecho.

Cuando se produce la
amenaza, a finales de junio de este año, cuando ya se ha ya ha
cambiado el tono, la administración sí expidió un comunicado
rechazándola. A mi modo de ver esa es una manifestación tardía,
porque existieron muchísimos antecedentes, que deberían haber
llevado a las distintas administraciones a rechazar ese tipo de
señalamientos y a darme el apoyo que yo como miembro de la
universidad me merezco. Pero eso no se realizó sino hasta cuando ya
se pasó a las amenazas más directas, como las que se presentaron
en junio.

La solución ahora es
salir por un tiempo, porque el ámbito de riesgo para su seguridad
está en el seno mismo de la universidad. ¿Ese es el espacio del
que le están obligando a retirarse?

Así lo considero, porque
cuando se hace la amenaza textualmente dicen: «Profesor Renán
Vega, váyase de la UPN». Si me están diciendo «váyase
de la UPN», pues obviamente, lo que yo debo interpretar es que
el espacio inmediato de riesgo es ese. Y justamente a raíz de esas
manifestaciones, con los compañeros de la junta directiva de la
Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU) estuvimos
dialogando sobre esta situación y se llegó a la conclusión de que
lo mejor que podíamos hacer era que yo tratara de salir unos meses
del país, y para eso gestionamos una invitación en otras
universidades. Y me llegaron invitaciones de varios países. Y
finalmente la universidad me aprobó una comisión especial al
exterior. Optamos por eso, pero consideramos que esto es un exilio
forzoso, de todas maneras. Un exilio forzoso en contra del
pensamiento, en contra de la libertad de cátedra, en contra de la
libertad de crítica, porque las instituciones como las
universidades deberían tener mecanismos para que esto no suceda.
Pero a uno no le debe sorprender, porque algunas de las
universidades públicas en Colombia, como por ejemplo algunas de la
costa atlántica o la Universidad Industrial de Santander, han
llegado a tener rectores directamente vinculados con grupos
paramilitares. Y ha habido casos también de consejos superiores
manejados directamente por organizaciones paramilitares. Como es
obvio, en ese ambiente la libertad de crítica, de cátedra, de
pensamiento, desaparecen. Y esa es la situación que nos ha tocado
vivir a nosotros, porque los instrumentos fundamentales de lucha que
nosotros tenemos se mueven en el plano de las ideas, del
razonamiento, de los juicios lógicos. Pero eso es lo que se está
cercenando, porque nuestras voces resultan siendo incómodas para el
establecimiento. En este caso, el establecimiento universitario en
principio.

Desde esa perspectiva,
Renán, más allá de las consecuencias que para su vida tiene esta
situación, ¿cuál es el mensaje que usted cree que se les está
dejando a los estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional?


Para mí dictar clase es una
cuestión vital. Yo no escogí la profesión docente porque no pude
desarrollar otra. No, yo siempre quise ser profesor. Y me preparé y
estudié para ser profesor. Y tengo título de licenciado. Y a mí
no sólo me gusta dictar clase, sino que me gusta compartir con los
estudiantes, estar junto a ellos, y he desarrollado mi actividad
básicamente en el terreno docente, y me reclamo más como profesor
que como escritor o como investigador. Si a mí me preguntara cómo
me definiría yo, me definiría como un profesor. Y eso lo he hecho
durante muchos años, fundamentalmente en la Universidad Pedagógica
Nacional. A pesar de los títulos que tengo, he seguido dictando
clases en los pregrados, y eso no se suele hacer, porque la gente
que obtiene el título de doctorado no vuelve a dictar clase en
pregrado, sino que se va a dictar en maestrías o en doctorados. Yo
decidí quedarme en los pregrados, porque considero que allí es
donde más cosas se pueden hacer, en términos de formación, en
términos de discusión, de cualificación política, ideológica y
académica.

En los casi 25 años que
llevo vinculado a la Universidad Pedagógica Nacional he tenido
miles de estudiantes. No podría decir la cifra precisa, pero
calculo que unos tres mil o cuatro mil y he incidido –eso creo-
positivamente en unos cuantos que han hecho aportes muy
significativos a la sociedad colombiana desde ese mismo terreno, el
de ser excelentes profesores. Para mí la cátedra es un escenario
de formación, pero de formación no panfletaria ni de discursos
doctrinarios, sino de formación académica y política. Y los
estudiantes me quieren por eso. Y muchos de ellos están muy
dolidos, porque ellos podían contar conmigo para muchas cosas:
charlas, conferencias, para hablar sobre determinados temas de los
que comúnmente los profesores no hablan. Además, porque eso mismo
me lleva a mí a moverme en muchos terrenos: he tenido que estudiar
cosas que se salen de mi ámbito profesional, porque he visto la
necesidad de conocerlas. Y, justamente, lo que quieren alejar de la
Universidad Pedagógica es esa visión, y no solamente esa visión,
sino como ese estado de ánimo que yo tengo con relación al
conocimiento y a la academia.

He tenido mucho apoyo
también de parte de los estudiantes y creo que han sido los que más
solidariamente se han manifestado conmigo en esta coyuntura, junto
con algunos colegas de la universidad.

¿Qué tiene que cambiar
en la universidad colombiana, para que pueda haber pensamiento
crítico, y más allá de eso, para que se pueda promover desde la
universidad, que se supone que es el sitio donde se forman
conciencias libres y no se le tenga miedo al conocimiento?

Como la universidad se ha
modificado tanto desde el punto de vista mercantil, el saber mismo
es visto como una mercancía, que tiene que dar réditos inmediatos.
¿Pero qué rédito inmediato genera publicar un libro sobre Marx,
por ejemplo? ¿O qué rédito inmediato puede dar publicar un
artículo donde se critica a la misma universidad, como en el texto
que yo escribí, y Rebelión publicó, que se llama
«Bienvenidos a la universidad de la ignorancia»? Donde yo
les digo que lo que está pasando ahora es el resultado de una
política de largo aliento que lleva 20 ó 25 años, y una política
de la cual han sido sujetos protagónicos, a favor de la
neoliberalización, gran cantidad de profesores. Es decir, hay
profesores de la universidad pública que están muy contentos con
este modelo, porque les ha dado réditos. Por ejemplo, a ciertos
investigadores que venden servicios. Ha sido muy beneficioso para
ellos en términos personales, pero en términos del conjunto de la
comunidad universitaria, ha sido desastroso, porque, en comparación
con miles de profesores que están pauperizados en términos
laborales, unos cuantos están bien ubicados y gozan de muchas
prebendas. Entonces, ¿qué rédito puede generar escribir un texto
que diga esto? Por el contrario, eso origina rechazo. Si yo me
pusiera a escribir libros rentables, que producen ganancia
inmediata, que hacen apología de las políticas universitarias,
sería bienvenido, me tendrían descargado, me darían todos los
viajes al exterior que se solicitaran, sería un profesor estrella.
Pero como no estoy en ese ámbito, siento todo este rechazo. Porque
precisamente eso creo que es lo importante del pensamiento crítico:
así uno esté en minoría, y siempre lo va a estar, mantenga sus
puntos de vista, no los trafique, no los negocie. Y como uno no los
trafica y no los negocia, es normal que se produzca este tipo de
rechazo. Lo que pasa es que en Colombia esto adquiere otras
connotaciones. No se trata solamente del rechazo, sino que eso puede
pasar a otro plano. Por eso acá se dice que «Cundinamarca no
es Dinamarca». Cuando aquí se hace una amenaza de esta
naturaleza, como las que estamos soportando, hay que preocuparse
porque tenemos nefastos antecedentes, ya que han matado a muchos
profesores. Un sector muy golpeado por la persecución anti-sindical
es e de los docentes, junto con los trabajadores bananeros y
petroleros. Y también hablamos de la muerte de profesores
universitarios. En el texto que yo escribí, dolido sobre los
estudiantes universitarios que murieron, yo hago un recuento de
algunos casos similares, y habló de un colega que fue asesinado
hace 13 años: Darío Betancur Echeverri. Y la hipótesis que más
fuerza tiene es que él fue asesinado por haber escrito un libro
sobre el Valle del Cauca. Escribió «Mediadores, rebuscadores,
traquetos y narcos». El título en sí mismo es muy revelador.
Y una hipótesis, ya casi una certeza, considera que la causa de su
muerte está relacionada con el hecho que Darío en ese libro
transcribe unas entrevistas, aunque con nombres simulados. Pero, al
parecer, a los personajes aludidos les llegó el rumor de lo que
decía el libro y al entender que el libro se refería a ellos,
procedieron a asesinarlo. Esto lo comentamos para mostrar un poco de
qué hablamos en Colombia cuando nos referimos a la persecución de
un colega, que fue asesinado por generar un producto tan inofensivo
como un libro, y más inofensivo ahora cuando la gente no lee
libros. ¿Qué consecuencias puede tener en un país como Colombia
que se escriba y se publique un libro, si este es uno de los lugares
del mundo donde menos se lee?

Distinto es que se publique
un libro de esa naturaleza en Francia o en Alemania. Puede generar
un escándalo en el mejor de los casos, y listo. Pero aquí las
cosas adquieren otros ribetes mucho más dramáticos. Este es un
ejemplo contemporáneo del riesgo de decir ciertas verdades en
Colombia, y un ejemplo ligado a mí por la universidad, porque yo
era amigo de este profesor, de Darío Betancur, y además porque yo
fui una de las últimas personas que habló con él, el mismo día
en que lo mataron. De cosas tan graves como la señalada es que
hablamos en Colombia. Aquí las amenazas tienen otras implicaciones.