10.8.2017 

Ha muerto Patricio Echegaray, la más
significativa figura argentina en el campo de la lucha antiimperialista. Ningún
líder en la izquierda de nuestro país alcanzó desde el asesinato del Che
Guevara hace ya medio siglo la gravitación internacional que supo tener
Patricio y el respeto que suscitaba en las fuerzas y partidos populares y
revolucionarios de los países de Nuestra América. A la hora de despedirlo, de
rendirle este postrer homenaje, es imprescindible situar su figura en el
momento histórico en el cual hubo de desplegar su protagonismo. Los hombres
hacen la historia pero como Marx recordaba en El Dieciocho Brumario, la hacen según circunstancias concretas y
legados históricos que escapan a su voluntad. Y esas circunstancias
difícilmente podrían haber sido peores en el momento en que, después de una
larga experiencia de organización y lucha en la FEDE, Patricio Echegaray asumía
la Secretaría General del Partido Comunista Argentino.
En la Argentina, el
frágil experimento democrático iniciado con la presidencia de Raúl Alfonsín
estaba siendo crecientemente amenazado por una rebelión militar que irrumpiría
escasamente un año después de que Patricio se hubiera hecho cargo de la
conducción del PC. La amenaza de un resurgimiento del golpismo se combinaba con
el fracaso económico del alfonsinismo, la irreductible combatividad cegetista (sugestivamente
desaparecida ni bien Alfonsín fuese sucedido por Carlos S. Menem) y el acoso
permanente del peronismo, todo lo cual hacía temer por un catastrófico derrumbe
del recién nacido proceso democrático y colocaba al partido ante gravísimos e
inéditos desafíos. En América Latina las dictaduras iniciaban una lenta (e
incompleta) retirada en Brasil y Uruguay, mientras que en Chile el pinochetismo
permanecía firmemente en control de la situación. En suma, los partidos
comunistas de la región a duras penas comenzaban a curar las heridas de un
pasado atroz y de una persecución implacable. Más al norte, Cuba resistía como
un faro de potente luz que convocaba a nuestros pueblos al no pago de la deuda
y a resistir el chantaje imperial. Hacia allí dirigió su mirada Patricio y
encontró, en Fidel y en toda la dirigencia revolucionaria cubana, el apoyo que
necesitaba para hacer frente a los retos que le planteaba la historia.


Pero en esa misma
época, ya bien entrada la segunda mitad de los ochentas, el desenfreno
belicista de Ronald Reagan en Estados Unidos unido al siniestro protagonismo de
Juan Pablo II demolían los últimos bastiones que protegían a la Unión Soviética
y los países del Este Europeo. En noviembre de 1989 caía el Muro de Berlín y con
él se venía abajo la República Democrática Alemana, que según algunos expertos
norteamericanos habían pronosticado sería el último país del Pacto de Varsovia
en regresar al capitalismo. Fue el primero, y por la brecha abierta en el muro ingresaron,
en frenético tropel, las tropas de asalto del capitalismo dirigiendo todo su
poderío para conquistar el botín más preciado: desintegrar a la Unión
Soviética, cosa que lograrían en poco más de un año, y acabar para siempre con
la Revolución Rusa, el acontecimiento más trascendental de la historia del
siglo veinte. Consumada la victoria estadounidense en la Guerra Fría comenzarían
a escucharse los himnos de victoria que anunciaban el inicio del Nuevo Siglo
Americano. La única superpotencia que quedaba en pie redobló sus esfuerzos para
diseñar el nuevo orden hemisférico y elaborar los contornos de lo que luego
sería el ALCA, es decir, la definitiva subordinación económica, y por lo tanto
política, de América Latina y el Caribe a los dictados de Washington. El
Consenso de Washington se imponía con una potencia arrolladora en toda la
región y desaparecida la URSS y China avanzando por un inesperado sendero, el
futuro del socialismo aparecía ante los ojos de millones de personas
definitivamente clausurado. En Nuestra América Cuba se debatía en medio de las
penurias del “período especial” mientras que muchos de sus “amigos” le
aconsejaban a Fidel que arriase definitivamente las banderas de un proceso que
a escala global se había derrumbado. En el resto de los países del área el
neoliberalismo más desenfrenado reinaba sin contrapesos: Menem, Sanguinetti,
Lagos, Sarney, Salinas de Gortari, Carlos A. Pérez, Sánchez de Losada, Fujimori
eran las estrellas rutilantes del nuevo mundo que brotaba del veredicto final
de la Guerra Fría. La historia había terminado, decía Francis Fukuyama, y el
capitalismo de libre mercado y la democracia liberal aparecían como las grandes
triunfadores. Había que entregar las armas y abandonar la lucha. Ese era el
mensaje que le llegaba a Patricio.
Para enfrentar tan
amenazante coyuntura había que remar contra la corriente, y Patricio lo hizo
sin desmayos acompañando la epopeya de Cuba para salvar su Revolución y los
pocos frentes de lucha que quedaban en pie en América Latina y el Caribe:
Colombia, con la consolidación territorial de las FARC-EP y el Frente Farabundo
Martí en El Salvador, que resistió con heroísmo la ofensiva norteamericana
hasta obligar a los invasores a firmar lo que para Washington fue un vergonzoso
armisticio. En Nicaragua la revolución sandinista había sido derrotada por una
repugnante combinación de injerencia militar norteamericana y corrupción oficial
y en el resto del continente las pocas fuerzas de izquierda pugnaban por reunir
sus fuerzas diezmadas por las dictaduras y luego confundidas y desorientadas por
el arrasador tsunami neoliberal, la resignación a que las inducía el
posmodernismo y la confusión ideológica resultante, fenómeno este
particularmente grave en la Argentina. De la noche a la mañana grandes partidos
comunistas de América Latina y Europa desaparecían del mapa. En México el
otrora formidable PCM se desintegró en mil fragmentos y en un acto tan
asombroso como imperdonable repudiar su nombre y su cuasi centenaria identidad.
En otras latitudes, los partidos comunistas se hundían en la irrelevancia o se
desdibujaban casi por completo, cambiando de piel y recubriéndose con otra de
indudable matiz socialdemócrata, cuando no escandalosamente social-liberal. En
Italia, sede del mayor partido comunista del mundo occidental el periplo
iniciado por la revisión eurocomunista terminó con la defunción, sin dejar
rastros,  del gran partido de Gramsci y
Togliatti, mientras que en Francia y España las identidades comunistas
permanecían pero sufriendo un tremendo drenaje de sus fuerzas y quedando
reducidas a una mínima expresión. La súbita conversión de tradicionales
partidos comunistas y numerosas camadas intelectuales, otrora celosas custodias
de la ortodoxia marxista, a la nueva fe del capitalismo triunfante produjo
estragos en el terreno de la política y la cultura y renovó la urgencia de
librar una gran batalla de ideas premonitoriamente convocada por Fidel.
En ese contexto
histórico, tan poco promisorio, Patricio desplegó su accionar. Dotado de una
fuerte personalidad y comunista indoblegable, las circunstancias probaron que era
también un avezado piloto de tormentas, capaz de mantener el pulso firme en el
timón de la nave del PC en medio de una borrasca universal. Mientras
contemplada azorado y entristecido el hundimiento de partidos hermanos a lo
largo y a lo ancho del planeta él perseveraba en el intento de salvar al navío
que había sido echado a la mar en el Teatro Verdi de La Boca apenas un año
después del triunfo de la Revolución Rusa. En medio de tanta devastación Cuba
demostraba que se podía, y que había que apelar a las fuerzas morales y
políticas que le permitieron a la isla sobrevivir a la debacle generalizada de
la izquierda mundial para salvar al Partido Comunista del naufragio. A lo largo
del camino sorteó trampas de nada inocentes “progresistas” que le decían que
había que liquidar al partido para fundirlo en nuevas construcciones políticas
y dudosas alianzas de sospechosos contornos; o que había que “aggiornarlo” ideológicamente, eufemismo
que en términos prácticos era una capitulación en toda la línea, abandonando la
lucha anticapitalista y antiimperialista para así ingresar al condominio de
partidos burgueses, revestidos de una débil pátina “progre” para gerenciar un
inverosímil “capitalismo con rostro humano”, oxímoron político jamás visto y
que jamás se verá. Como persona de una fina sensibilidad comprobó con tristeza
la deserción de muchos, ganados por la desesperanza, o por un súbito arranque
de eclecticismo teórico y político combinado en no pocos casos con oportunos
tránsitos hacia otras expresiones políticas que prometían mejores recompensas.
Pero en la oscuridad de esa noche  también percibió, precozmente, el destello de una
pequeña luz que comenzaba a titilar en el extremo norte del continente. Otro
faro se estaba encendiendo en Caracas y Patricio, tras las huellas de Fidel,
comprendió que estábamos en vísperas de una nueva batalla. Que el capitalismo
era incorregible e irreformable, y que en Latinoamérica se iniciaba una fase de
ascenso en la lucha de clases que ponía en evidencia la precariedad de todo el
tinglado económico y político montado por el neoliberalismo. Con su coraje y convicciones
de siempre se dispuso a ocupar su puesto en lo que prometía ser una nueva ronda
en la inacabable lucha en contra del imperialismo. Y allí estuvo, y se
convirtió en un animador extraordinario del proceso que nacido con el ascenso
de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela corrió como reguero de pólvora por
toda Nuestra América. En pocos años el mapa sociopolítico de la región mudó
radicalmente, y gobiernos de izquierda y progresistas surgieron en casi todos
los países y con un denominador común: poner coto a la dominación imperialista
y avanzar en la unidad de los pueblos de América Latina y el Caribe. Este
proceso tuvo su culminación en la derrota del más completo proyecto de sumisión
de nuestros países al yugo norteamericano: el ALCA, sepultado en Mar del Plata en
noviembre del 2005 y en donde Patricio tuvo un indiscutible protagonismo junto
con los principales líderes políticos y sociales de la región. Luego de tan
resonante victoria su espíritu analítico le decía que había que continuar la
lucha, porque ahora quedaba la tarea, inmensa, de perfeccionar la articulación
de las diferentes fuerzas políticas y movimientos sociales en el plano
continental para tornar irreversible la victoria obtenida en Mar del Plata. Atento
lector de los clásicos de la emancipación latinoamericana, de Bolívar y Martí,
de Fidel y el Che entre tantos otros, orientó su acción en esos años siguiendo
los consejos de Martí en “Plan contra Plan”. Sabía que el enemigo imperialista
buscaba dividirnos y dispersarnos, y que para contrarrestar sus propósitos
teníamos que aunar fuerzas, encontrarnos, juntarnos. Por eso, aparte de ser el
mayor dirigente antiimperialista de la Argentina y uno de los principales de
Latinoamérica y el Caribe Patricio hizo de la unidad de las fuerzas de
izquierda y antiimperialistas uno de sus principales proyectos políticos. Fiel
a las enseñanzas del Che sabía que sin ella no podríamos librar exitosamente el
combate contra la agresión norteamericana. No muchos en la izquierda lo
comprendieron, y menos todavía comprenden hoy la importancia decisiva,
excluyente, del enfrentamiento con el imperialismo, cuestión que baña con
imborrable deshonor a quienes así actúan.

Cuba, Colombia,
Bolivia, El Salvador, Nicaragua y Venezuela lo conocieron de cerca. Fidel,
Raúl, Manuel Marulanda, Evo, Shafik Handal, Ortega, Chávez, Correa sabían que
encontrarían en él un interlocutor inteligente y un hombre de probadas
convicciones revolucionarias. Encontrarían también a un internacionalista tal
como lo manda la mejor tradición comunista, a un militante de la unidad de la
izquierda y a un intransigente antiimperialista. Y también a un hombre de
coraje, valiente como pocos y tan distinto de los que con mucha razón Álvaro
García Linera definiera como “revolucionarios de cafetín”. 

Cierro esta
semblanza con la cual despido a un amigo y un camarada ejemplar con una
historia que me fuera contada por Fidel y que retrata a Patricio de cuerpo
entero. “Cuba necesitó siempre gente como Patricio”, un día me dijo. “Muchas
veces teníamos que enviar mensajes o establecer contactos en distintos países,
y no podíamos hacerlo con nuestra propia gente. Patricio fue uno de los más
activos colaboradores en ese terreno, nos ayudó mucho.” Pensé que la historia
terminaba allí pero el Comandante siguió y me dijo que “hace muchos años había
una misión que era muy peligrosa y no encontrábamos a un amigo de total
confianza para hacerla. Había que ir a Colombia, meterse en la selva y llegar donde
Marulanda. Necesitábamos entregarle una documentación y, además, que alguien
pudiera conversar con él en nuestro nombre, transmitirle lo que pensábamos los
cubanos de la situación y las perspectivas de la guerrilla de las FARC. Sabíamos
que, por su inteligencia y sus conocimientos de la realidad colombiana Patricio
podría hacerlo, pero no queríamos arriesgarlo. Si en el difícil trayecto hasta
llegar al comando central de las FARC tropezaba con una patrulla del ejército
colombiano, o con paramilitares, era hombre muerto, y a alguien como él había
que preservarlo. Pero el tiempo pasaba y no hallábamos quien pudiera ir.
Finalmente lo llamamos y le pedimos que viniera a La Habana que teníamos algo
que conversar con él. A los pocos días ya estaba con nosotros. Le explicamos
cuidadosamente nuestros planes, y los peligros que correría en una travesía que
duraría entre dos y tres meses, cruzando selvas enmarañadas, ríos torrentosos,
debiendo salvar exitosamente, con el acompañamiento de los guerrilleros, al
menos tres círculos de seguridad que custodiaban el acceso al campamento
central de las FARC. Había que ir a pie, abriendo brechas en la selva a
machetazo limpio; a veces en precarias canoas, ocasionalmente a caballo. Y
siempre atentos al enemigo que estaba por todas partes. ¡No dudó ni un minuto!
Le dijimos que lo pensara, que se jugaba la vida, que habíamos tomado todas las
precauciones pero si había una pequeña falla en la operación –una señal mal
interpretada, una delación, un accidente, un problema de salud- su suerte estaría
echada. Insistió, me dijo que iría y al día siguiente estaba comenzando el
entrenamiento para llevar adelante la misión. La realizó con un éxito total.
Estuvo con Marulanda y la plana mayor de las FARC y no sólo entregó nuestro
documento sino que, tan interiorizado estaba del mismo, que pudo explicarlo
hasta en sus más mínimos detalles y persuadir a la dirección de las FARC de la
necesidad de revisar sus tácticas como movimiento guerrillero. Fue un acto
heroico de solidaridad y camaradería revolucionaria, una contribución
extraordinaria a la causa de la revolución, y por eso mi gratitud y la de Cuba
con Patricio será eterna.”



Ese era Patricio
Echegaray. Un imprescindible, como decía Bertolt Brecht. Seremos fieles a su
memoria.
¡Hasta la victoria,
siempre, querido amigo y camarada!