Buenos Aires, 15 Septiembre de 2014.



(Por Atilio A. Boron) El Estado
Islámico ha producido una lamentable innovación en la forma de la muy larga
historia del terrorismo. Las ejecuciones ejemplarizadoras de antaño, cuyos
testigos directos eran unos pocos,  ahora
son transmitidas por internet tiempo real y su horrendo impacto llega a los
cuatro rincones del planeta. Pero este cambio no oculta el primitivismo del
método, la decapitación, utilizado por las más distintas culturas desde tiempos
inmemoriales. La opinión pública mundial se estremece y escandaliza ante esta
nueva muestra de barbarie, reforzando la satanización del Islam y, por
contraposición, exaltando los valores humanistas de la (muy) mal llamada
“civilización occidental y cristiana”, esa misma que asistió indiferente ante
los hornos crematorios de Hitler, para poner apenas uno de los tantos ejemplos
a los que podría apelarse en esta materia. Tampoco se estremeció ante el
terrorismo de estado que Israel perpetró con calculado salvajismo hace apenas
unas pocas semanas en Gaza, correctamente caracterizada como la cárcel a cielo
abierto más grande del mundo. Tal vez porque sus víctimas eran palestinos, o
árabes, y por lo tanto sus vidas no valían tanto como la de los periodistas
norteamericanos o el rehén británico recientemente ejecutado; o porque el
bombardeo indiscriminado de civiles ya ha sido naturalizado y como dicen un
gran estudioso norteamericano de estos temas, Chalmers Johnson, estamos
inundados de eufemismos que ocultan los crímenes con palabras tales como “daños
colaterales”, o “cambio de régimen” para no hablar de subversión, de
“contratistas” para no  decir que son
mercenarios, o de “embargo” para no hablar de bloqueo. [1]
               Pero hace poco tiempo
apareció una nueva forma de terrorismo, más sutil que la de la daga y la
cimitarra pero cuyas víctimas se cuentan por millones: el terrorismo
financiero. Su principal cultor y exponente no es el repugnante verdugo
islámico vestido de negro sino un afrodescendiente de suaves modales, galardonado
en el año 2009 con un insólito Premio Nobel de la Paz y que ocupa la
presidencia de los Estados Unidos.

Resulta que este sujeto ha lanzado una
furiosa ofensiva para lograr el “cambio de régimen” en Cuba, es decir, para
subvertir el orden constitucional y social de la Isla reemplazando al gobierno
de la revolución por un protectorado norteamericano que cierre el paréntesis (según
la derecha imperial) abierto el 1º de Enero de 1959. Para el logro de tan
innoble finalidad a ahora apela al terrorismo financiero, empequeñeciendo en
este terreno lo hecho por su indigno predecesor, George W. Bush. No sólo ha
mantenido el ilegal, inmoral y criminal bloqueo en contra de Cuba, caso único
por su duración e intensidad en la historia universal, sino que en los últimos
meses ha redoblado su patológica agresividad al imponer durísimas sanciones a
bancos de terceros países por el imperdonable pecado de participar en
negociaciones o transacciones comerciales originadas en, o destinadas a, la
isla caribeña. El objetivo terrorista de este empeño es infringir un brutal
castigo a toda una colectividad, la sociedad cubana, para que se arrodille ante
sus verdugos. No hay aquí daga ni cimitarra, pero el objetivo es el mismo y las
víctimas, muchas de ellas mortales, de este nuevo terrorismo, se pueden medir
por centenares, o miles, según el caso. Ratificando en los hechos que Estados
Unidos es un imperio, y que sus leyes, como las de su antecesor romano, se
aplican en todo el mundo, ha hecho de la extraterritorialidad de su legislación
un poderoso instrumento de dominación. Aplicando las leyes Torricelli y la
Helms-Burton, Washington dispuso recientemente sancionar al banco BNP Paribas
con una multa de 8.834 millones de dólares por su intervención en distintas
transacciones realizadas por los  gobiernos de Cuba, Sudán e Irán,  caracterizados como “enemigos” e incluidos en
la lista de países que promueven, amparan o protegen al “terrorismo”.[2]        

              A raíz de esta descomunal
sanción –sin precedentes por su monto- el banco canceló todas sus operaciones
con organismos y entidades cubanas, ejemplo que fue velozmente imitado por
numerosas instituciones bancarias de todo el mundo aterrorizadas también ellas
ante esta nueva muestra de prepotencia imperial, ilegal hasta el tuétano, pero
que Obama ejerce con una impunidad que supera con creces aquella de la que hace
gala el verdugo jihadista.  Según un
informe dado a conocer recientemente por al MINREX cubano, en el período
comprendido entre enero del 2009 y el 2 de junio del 2014, es decir, con
anterioridad a la megamulta en contra del BNP Paribas, el Nobel norteamericano
aplicó sanciones a 36 entidades  de
Estados Unidos y del resto del mundo por un valor de casi 2.600 millones de
dólares por el “delito de relacionarse con Cuba y otros países”. Semejante acto
de terrorismo financiero se fundamenta en las citadas leyes, la última de las
cuales fue concebida por dos trogloditas sobrevivientes del Paleolítico
inferior:  el senador republicano ultraconservador
de Carolina del Norte, Jesse Helms, un fascista homofóbico de marca mayor de la
nueva derecha evangélica norteamericana, y el representante republicano por
Indiana, Dan Burton, adscripto al Tea
Party
, amante de las armas de fuego y acérrimo opositor  a la vacunación obligatoria establecida por la
legislación federal porque, según este eminente tribuno, “producen autismo” en
niños y jóvenes. Va de suyo que entre tantas aberraciones estos dos cavernícolas
-que ya se han sumergido en las inmundas cloacas de la historia de la
reacción mundial-  se caracterizaban
también por su ardoroso anticomunismo, que los llevó a redactar la ley que
lleva sus nombres. Esa pieza legislativa se denomina “Ley de la Libertad Cubana
y Solidaridad Democrática”, un eufemismo más de los tantos denunciados por
Johnson. Su verdadero nombre debería ser “Ley para destruir a la Revolución
Cubana, apelando a cualquier recurso.”
              Ahora bien, el terrorismo
financiero de Obama tiene eficacia, en el caso que nos preocupa, por la
cobardía de los gobiernos que consienten la extraterritorialidad de la
legislación estadounidense. Si naciones pequeñas y débiles no tienen otra
opción que resignarse ante la prepotencia imperial no ocurre lo mismo con
Francia, cuyo presidente François Hollande demostró no sólo que de socialista
no le queda ni el nombre sino también que carece de las más elementales agallas
políticas requeridas ya no para ser presidente de ese país sino para ser un
humilde alcalde de cualquier ciudad del Tercer Mundo. Se arrastró para
suplicarle al Nobel de la Paz 2009 que intercediera por el banco francés, a lo
que Obama respondió que se trataba de un asunto exclusivamente jurídico y que
nada podía hacer al respecto. La misma respuesta en relación a la ofensiva de
los “fondos buitre” sobre la economía argentina. Estados Unidos crea una norma
legal, que es política hasta la médula, y luego la aplica a rajatabla
escudándose en la supuesta rectitud 
jurídica y el carácter “apolítico” de la misma. Si Hollande hubiera poseído
la milésima parte de la valentía que exhibieron sus compatriotas en la Comuna
de París (o, en un ejemplo más cercano, Charles de Gaulle) le habría dicho a
Obama que la legislación que apruebe el Congreso de los Estados Unidos le tiene
sin cuidado y que no tiene vigencia en Francia, así como las leyes que apruebe
la Asamblea Nacional de su país no la tienen en Estados Unidos. Pero la
descomposición moral del socialismo francés ya es irremediable. Lo prueba
también la actitud de su Ministro de Finanzas , Michel Sapin, quien dijo que la
medida aplicada por Washington era “desproporcionada”  –no que era ilegal, inmoral e ilegítima, sino
sólo “desproporcionada”- y que confiaba en que el BNP Paribas podría “financiar
su actividad económica de
manera satisfactoria” seguramente enterado de que la multa en cuestión
representa alrededor del 80 por ciento de las ganancias del banco durante el
año 2013. Pero, ¿qué queda del “grandeur
de la France
” después de este papelón? Napoleón y de Gaulle se revolverían
en sus tumbas si supieran de este descenso de su amado país a la condición de
una indigna colonia yankee, lo que hizo que el banco se declarase culpable de los dos cargos
criminales por los cuales fue acusado por las autoridades norteamericanas: la falsificación
de informes financieros y conspirar contra los Estados Unidos. No sólo eso:
abandonado por su propio gobierno el BNP Paribas admitió también la prohibición
impuesta por la justicia norteamericana de efectuar ciertas transacciones en
dólares durante un año, a partir del 1º de enero del 2015 y, por último, la
orden de despedir a 13 empleados del banco por su intervención durante las
diversas transacciones objeto de la penalización.  En otras palabras: el inquilino de la Casa
Blanca tiene el poder para cometer todas estas tropelías que violan desde la A
hasta la Z de la legalidad internacional y luego se declara impotente para
conceder el indulto que haría justicia a los tres luchadores antiterroristas
cubanos que continúan presos en las mazmorras imperiales. ¿Omnipotencia para un
lado, como para llegar hasta el extremo de exigir que una institución bancaria
del extranjero despida a 13 empleados, e impotencia para el otro, a la hora de
conceder un más que merecido indulto a tres inocentes que llevan 16 años en
prisión?
           Conclusión: estamos en
presencia de una nueva forma de terrorismo, tanto o más letal que la primitiva
y con un alcance muchísimo mayor. Un terrorismo que responde a las
recomendaciones de teóricos y estrategas imperiales como Joseph Nye Jr. cuando
aconseja a Washington navegar en las turbulentas aguas del sistema
internacional  haciendo uso de una
adecuada combinación del “poder duro” de los militares con el “poder blando” de
la industria cultural y la ideología.[3]  La síntesis de ambos sería el “poder
inteligente”, más eficaz que aquel que sólo se apoya en la elocuencia de las
armas. El acoso financiero sería, según esta corriente de pensamiento, una
expresión de ese “poder inteligente” que somete y oprime apelando a recursos
distintos a los convencionales pero, decimos nosotros, igualmente terroríficos.
Sólo que los crímenes del terrorismo financiero no son exhibidos como tales por
el inmenso aparato mediático de la derecha mundial sino que se lo hace aparecer
como una cuestión de técnica jurídica, 
de respeto a los contratos y a la ley, aunque se trate de la ley de un
estado imperial que con prepotencia la impone sobre el resto del planeta. Un
terrorismo disimulado pero letal que, a diferencia del caso del verdugo
jihadista,  no ofende -¡por ahora, como
dijera el Comandante Hugo Chávez!- a la conciencia universal de nuestro tiempo.
Pero que más pronto que tarde será repudiado por la gran mayoría de los países
que componen este atribulado planeta. De esto que a nadie le quepa la menor
duda.   


[1] Ver su excelente Dismantling
the Empire. America’s last best hope
(New York: Metropolitan Books,
2010), pp. 99-103.
[2] Una crónica sobre esto se
encuentra en “¿Qué hizo BNP Paribas para enfrentar una multa récord de Estados
Unidos?”,  un cable de la BBC que puede
leerse en:
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/07/140630_economia_eeuu_multa_bnp_parisbas_ng.shtml

[3] Cf. The future of power (New York:
Public Affairs Book, 2011) y su obra previa, Soft Power: The means to success
in world politics
(New York: Public Affairs Book, 2004).