Ha muerto Fidel Angel Castro Meudan 
 

Preso de la dictadura cívico-militar argentina


Estando en un
seminario internacional en Costa Rica recibí la pésima noticia del
fallecimiento de Fidel, mi gran amigo y editor en Córdoba. Casi veinte años de
amistad y de trabajo conjunto, recorriendo distintas provincias para sembrar
ideas revolucionarias, divulgar el pensamiento crítico y denunciar los horrores
del capitalismo. Tres de mis libros fueron publicados por Editorial Espartaco, el
sello que Fidel fundó y dirigió. El último, Aristóteles en Macondo, se volvió a
reeditar el año pasado conjuntamente con Ediciones Luxemburg. Con su muerte se
nos fue un hombre excepcional, un comunista de pura cepa, que no flaqueó ni
cuando venían degollando. Allí lo ven como un presidiario, «gozando de un
sabático» de cinco años y del cual sobrevivió por su garra, su temple, su
inteligencia. Se bancó toda clase de torturas e hizo de su celda una pequeña
escuela de cuadros, a los cuales acudían los presos políticos de distintas
organizaciones para educarse con su sabiduría, su enorme experiencia práctica
en las luchas populares, su temple que le hizo sobrevivir en una época en donde
los que no se «quebraban» eran asesinados y desaparecidos. Resistió
hasta el final y al salir en libertad puso en marcha su librería, en el centro
de Córdoba y poco después su editorial. Al rato, era uno de los principales
animadores de la Feria del Libro que cada Septiembre se realiza en la capital cordobesa.
Fueron muchas las veces en que accedí a participar de ese evento pura y
exclusivamente porque me invitaba Fidel. A él no le podía decir que no.


Gran amigo de Cuba y
de todos los procesos revolucionarios en curso en América Latina. Tenía la
grandeza de saber que la lucha antiimperialista no es, tal como lo advirtiera
Lenin, un tránsito sereno en un tren alemán o suizo que nos hace llegar
confortablemente a la estación final de la revolución social ni tampoco una
línea recta que asciende ininterrumpidamente hacia el cielo de la sociedad
comunista. Por eso apoyó a Evo, a Correa, a Chávez, a Maduro, por supuesto a la
Revolución Cubana porque sabía que en todos estos procesos más allá de los
inevitables errores y defectos inherentes a toda obra humana, sus aciertos
históricos eran -y son- superiores a sus eventuales desaciertos. Hace pocos
años se dio tremendo gustazo en el juicio contra el genocida general Menéndez,
amo y señor del campo de exterminio de La Perla, en Córdoba. Allí fue testigo
de cargo y pudo señalarlo con el dedo, frente a frente, en su propia cara,
diciendo «ese señor estaba allí cuando me torturaban». Fue una
victoria postrera y extraordinaria en contra del represor, un premio a su
tesón, a su inclaudicable lucha. Como recordaba Bertolt Brecht, este Fidel,
nuestro Fidel cordobés, pertenecía a la selecta estirpe de los
«imprescindibles»: aquellos que luchan todos los días, los que nunca
se pasan de bando, hundidos por su desilusión o tentados por la maquinaria
propagandística, las prebendas o el dinero que el imperio reserva a los renegados.
Se mantuvo firme como un roble, pero desgraciadamente partió antes de tiempo.
Perdimos un guerrero excepcional y un organizador cultural en la crucial
batalla de ideas. Pero su ejemplo vivirá para siempre y las semillas que sembró
ya están dando sus frutos. Seguiremos en la lucha Fidel porque, como dijo, Chávez, ¡aquí no
se rinde nadie!



Vaya toda mi
solidaridad y mi acompañamiento para su familia: para Ana, su compañera de
siempre, y para sus hijos.

¡Hasta la victoria
siempre, Fidel