«Macrismo recargado, y las tareas
que nos esperan»

(Por Atilio A. Boron)
La inobjetable victoria del macrismo a nivel nacional plantea un enorme desafío
para el conjunto de fuerzas que bregan por un país justo, democrático y
soberano. Hoy, debido al lento pero irresistible –irresistible por ahora, como
una vez dijera Hugo Chávez- ascenso de la derecha la Argentina se ha convertido
en un país más injusto, menos democrático y más dependiente. ¿Qué hacer ante
tamaña involución? ¿Cómo enfrentar a esta conjura de la plutocracia local, sus
mandantes en Washington y su ejército de publicistas y propaladores de eficaces
“posverdades” que lograron que un 41.7 % de la población votase alegremente por
quienes han demostrado que gobiernan para los ricos y con los ricos y que están
dispuestos a llevar hasta sus últimas consecuencias una suerte de eutanasia de
los pobres, los viejos, los jóvenes, los excluidos? Para responder a esta
pregunta es preciso primero reconocer exactamente la fortaleza del adversario
y, autocrítica mediante, nuestras debilidades. Ambas se combinaron para
producir esta nueva derrota del espacio progresista y de izquierda nucleado en
torno a la figura de Cristina Fernández de Kirchner.
Una celebración desmesurada
         La gritería de la derecha ha incurrido
en toda clase de hipérboles para celebrar el triunfo del macrismo. Victoria
“enorme”, “histórica”, “¡hazaña histórica!” dijo uno, “arrasadora”, “líder de
otra galaxia” según uno de los principales consultores políticos, son algunas
de las expresiones utilizadas para caracterizar lo ocurrido el pasado domingo.
¿Cómo calificar entonces la victoria de Raúl Alfonsín en 1983, que consagró la
primera derrota presidencial del peronismo a lo largo de su historia? ¿O, sin
ir más lejos, el 54 % de CFK en el 2011? Es obvio que un desbordante optimismo
campea en las filas de la derecha. Sin embargo, el analista no puede dejarse
llevar por ninguno de estos excesos, que con signo contrario también se
escucharon luego de conocido el veredicto de las urnas en el bunker de CFK en
Sarandí. Una actitud más sobria, menos propensa a esa “desmesura” que muchos de
los operadores macristas le achacaban con exclusividad al kirchnerismo
demuestra que los guarismos obtenidos por Cambiemos son prácticamente idénticos
a los que Néstor Kirchner cosechara en su primera elección parlamentaria luego
de llegar a la Casa Rosada: 41.7% para el macrismo, 41.6% para el santacruceño
en el 2005. En ambos casos, quedan por debajo de lo conseguido por Raúl
Alfonsín en las legislativas de1985 cuando se alzó con el 42.3 % de los votos. En
ambas ocasiones, 1985 y 2005, el reconocimiento de la victoria oficial ahorró
la grandilocuencia imperante en estos días. En suma: muy buena elección del
macrismo, pero lejos de ser un triunfo sin precedentes en la política
argentina. 
         Va de suyo que lo anterior no tiene por
objeto restar los méritos del adversario sino calibrarlos en su justo término. La
subestimación conduce inexorablemente a la derrota, como lo prueba la temeraria
ingenuidad del kirchnerismo al “elegir” como un rival fácil de doblegar, aún
por Daniel Scioli, al por entonces jefe de gobierno de la ciudad de Buenos
Aires. Se lo despreció y ridiculizó durante años –desoyendo a quienes
advertíamos el peligro- hasta que se produjo el amargo despertar de Noviembre
del 2015 y para sorpresa de propios y ajenos el rival despreciado terminó entronizado
en la Casa Rosada. En línea con esta actitud es preciso reconocer que Cambiemos
prevaleció en 13 distritos: Buenos Aires, la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Chaco, Entre Ríos, Jujuy, La Rioja,
Mendoza, Neuquén, Salta, Santa Cruz, Santa Fe, mientras que el justicialismo  –en sus múltiples variantes, algunas más
cercanas a Macri que a Cristina- obtenía la victoria en once, una vez
establecido el triunfo del kirchnerismo en Tierra del Fuego y, por un puñado de
votos, en la provincia de La Pampa, otrora bastión inexpugnable del peronismo. El
macrismo mejoró su representación en diputados y senadores nacionales, y si
bien no tiene quórum propio en ninguna de ambas cámaras la irresistible
atracción de la chequera que maneja la Casa Rosada y la volubilidad de sectores
y líderes políticos que se presentan como “oposición” hace prever que a partir
del 10 de Diciembre Macri contará con mejores chances de aprobar la legislación
necesaria para viabilizar la segunda, y más radical, fase del ajuste. A lo
anterior súmesele que al día de hoy Cambiemos es la única fuerza de alcance
nacional y que triunfó en los cinco distritos (Ciudad de Buenos Aires,
provincia de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Mendoza) donde se concentra el
70 % del electorado nacional. Una gran victoria, sin duda, pero que en la
historia de nuestra democracia reconoce varios precedentes como para ser calificada
como “hazaña histórica”. Raúl Alfonsín y Carlos Menem así lo demuesran.


En una nota publicada en la Revista
Anfibia
Alejandro Grimson señala tres factores explicativos de la victoria
macrista. Uno, la eficacia movilizadora del relato de Cambiemos con el cual la
población fue bombardeada día y noche a lo largo de casi dos años gracias a la
formidable, diría inédita y profundamente antidemocrática, concentración oligopólica
en la prensa, la radio y la televisión que hace que la Argentina viva, mediáticamente
hablando, bajo una “cadena nacional permanente”. En los temas fundamentales los
dos principales medios gráficos del país tienen tanta diferencia entre sí como
la que existía entre el Pravda y el Izvestia en el apogeo de la extinta Unión
Soviética, pese a lo cual los exégetas de la derecha siguen diciendo que
“antes”, es decir durante el gobierno de CFK, la libertad de prensa estaba
amenazada. En este funesto escenario mediático el mensaje transmitido por el
relato de la derecha era claro: “el kirchnerismo es el pasado, y fue una
perversa combinación de incompetencia y corrupción que creó una falsa ilusión
de bienestar que demostró ser insostenible. El país sobrevivió a aquella
pesadilla y ahora debe afrontar, con esperanzada resignación, los sacrificios
necesarios para retornar a la normalidad”. La interminable repetición de este
mensaje, taladrando día y noche el cerebro de los argentinos, más la sistemática
supresión de voces disidentes realizada por los autoproclamados custodios de la
república –eliminación de Telesur de los canales de cable, purgas en Radio
Nacional, “apriete” en emisoras y televisoras privadas para acallar voces
molestas, manejo arbitrario de la pauta oficial para perjudicar a los medios
disidentes- unido al infame desplome de lo que había sido el aparato mediático
del kirchnerismo más la oportuna sucesión de citaciones de la justicia federal
a altos personeros del gobierno anterior durante la campaña terminaron por instalar
un sentido común ampliamente compartido en la sociedad, no exento de ribetes
tragicómicos. Ante la observación de que ahora el salario se deteriora día a
día, el desempleo crece inconteniblemente y el país se endeuda de manera
exorbitante por varias generaciones la respuesta estandardizada de la víctima suele
ser algo así como: “sí, pero se robaron todo”. En otras palabras, la ilusión de
un futuro mejor (que no la esperanza) así como la execración del pasado fue
hábilmente inoculada en la población por la pléyade de inescrupulosos “marketineros”
contratados por aún más inescrupulosos líderes de la derecha. El dato de que
hay muchos más miembros del gabinete de Mauricio Macri que de Cristina
Fernández procesados por la justicia no hizo mella en aquel sentido común.
Tampoco tuvo efecto alguno el conocimiento de que Mauricio Macri llega a la
Casa Rosada estando procesado por la justicia; o que se encuentra involucrado
en negocios turbios detectados en los Panamá
Papers
(que originaron la renuncia del Primer Ministro de Islandia),
situación compartida por varios miembros de su entorno como Claudio Avruj,
Esteban Bullrich, Gustavo Arribas y su primo, Jorge Macri entre otras figuras
de Cambiemos. La prensa (dizque) “independiente” se encargó de blindar
meticulosamente el tema y la noticia se la tragó la tierra y jamás fue
examinada en profundidad por la opinión pública. Lo mismo ocurrió con la
escandalosa iniciativa del presidente de perdonar una deuda contraída por su
padre, Franco Macri, durante su gestión al frente del Correo Argentino, cosa
que ante el clamor de la opinión pública finalmente tuvo que ser revertida y
enviada a la justicia en medio de un fuerte escándalo que, sin embargo, no tuvo
consecuencias políticas. Lo mismo que una dirigente social, Milagro Sala, fuese
enviada a la cárcel y retenida allí por casi dos años sin condena y, cual
“estado canalla”, desoyendo la medida cautelar emitida por la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos y las recomendaciones de varios comités de
Naciones Unidas exigiendo su inmediata liberación. El caso de la desaparición
forzada de Santiago Maldonado a manos de la Gendarmería fue tan sólo el último
escandaloso eslabón de esta trama de mentiras, ocultamientos y desinformación
premeditada. Un proceso en donde la perversidad de una de las “candidatas
estrella” del macrismo, Elisa Carrió, llegó a extremos pocas veces vistos en la
Argentina al proferir tal cantidad de exabruptos (“20 % de posibilidades que
esté en Chile”, “como Walt Disney”, etcétera) que no sólo exhiben el lado
oculto de sus convicciones supuestamente republicanas y humanitarias y su
desenfrenada búsqueda de protagonismo en los medios sino también del triste
retroceso cultural de la ciudadanía porteña (que por décadas había sido un
baluarte en la exigencia de juicio y castigo para los culpables de la represión
de los años setentas) que ahora premia con el 51 % de sus preferencias a un personaje
que dijo tales aberraciones.
A lo anterior nuestro autor agrega dos otros factores: por una parte el
papel de la ya anotada concentración mediática que impidió que el relato
macrista pudiera ser críticamente examinado ante el gran público. Pocas veces
en nuestra historia hubo tal nivel de “unanimismo mediático” como el que hoy
asfixia a la Argentina. Esto es una nefasta innovación en nuestra vida
política, pero hay que recordar que siempre, aquí y por doquier, las fuerzas
políticas de izquierda y progresistas debieron luchar contra ese enemigo
atrincherado en los medios de comunicación, y a menudo lo hemos derrotado. Y en
segundo lugar, la gran fragmentación de la oposición y, sobre todo, la
implosión del peronismo en una multiplicidad de organizaciones políticas
construidas sobre las frágiles arenas de diversos liderazgos provinciales o
locales que impidieron se pudiera enfrentar la ofensiva de la derecha con
eficacia. Obviamente, esto remite a la crucial cuestión de lo que es hoy el
peronismo. ¿Es Cristina, como lo reafirmó claramente en la reciente campaña
senatorial, o es ella junto con todos, o algunos, de los siguientes: Gioja,
Insfrán, Pichetto, Verna y Rodríguez Saa junto a los perdidosos Urtubey, Massa,
Randazzo, Menem, Alicia Kirchner, Schiaretti y De la Sota  ¿Puede este
heteróclito conjunto converger en una propuesta común? De hecho no pudo, y esa
dispersión llevó aguas al molino del gobierno. Lo más probable es que muchos de
estos personajes ya estén en conversaciones con el gobierno nacional para
asegurar la “gobernabilidad” en los próximos dos años y “un lugar bajo” el sol
del presupuesto nacional en los nuevos tiempos que se avecinan.

¿Cómo construir una alternativa?

El exitismo oficial encuentra un sorprendente paralelismo en ciertos
miembros del entorno del cristinismo. La autoproclamación ser de “la única
oposición real”, reiterada en cuanta ocasión se pueda, tropieza con los duros
datos de la realidad. Los poco más de cinco millones de votos obtenidos a nivel
nacional constituyen sin la menor duda un piso importantísimo para futuras
competencias electorales. Pero como lo hemos dicho en múltiples ocasiones, el
problema de CFK no es su piso –sólido, confiable, leal- sino su techo, carente
de elasticidad para captar nuevas voluntades todo lo cual conspira contra su capacidad
para lanzar una propuesta atractiva no sólo para los kirchneristas sino también
para quienes no lo son, tanto dentro y especialmente fuera del peronismo. Si
algo enseña la historia reciente de la Argentina es que con el peronismo sólo
ya no se ganan elecciones a nivel nacional. El triunfazo de Cristina en el 2011
es impensable en nuestros días, porque la trama política y cultural del país
cambió en una dirección contraria a la esperada. La Argentina hoy es un país
más conservador que antes,  más
refractario a las interpelaciones progresistas o de izquierda, anatemizadas
como un irresponsable “populismo”; además, el ancho y heteróclito campo de la
izquierda y el progresismo se encuentra profundamente fracturado. Por ello, sólo
una convocatoria amplia que avance por izquierda mucho más allá de los límites
del contradictorio universo peronista estará en condiciones de canalizar las
“energías nacionales” como decía Antonio Gramsci y derrotar al proyecto macrista.
Si esta empresa de creación política no se lleva a cabo la derecha podría llegar
a gobernar por largo tiempo en la Argentina. Una banca en el Senado no es
precisamente el mejor instrumento para plantear una oposición eficaz al
macrismo. En ese ámbito Cristina seguramente terminará conformando un
monobloque, porque sus antiguos aliados peronistas no parecen demasiado
entusiasmados con su incorporación a la Cámara Alta. Dada esta realidad, su capacidad
para inclinar el fiel de la balanza a favor de sus propuestas o de arrastrar
tras su liderazgo una mayoría de senadores para poner coto a la virulencia de
Cambiemos es por lo menos dudosa. No sólo eso: el Frente para la Victoria que
había sido el instrumento político-electoral del kirchnerismo durante doce años
fue despachado a mejor vida sin ofrecérsele a sus deudos el beneficio de un
modesto funeral para explicarles las razones de tan súbito e inesperado deceso.
Lo mismo cabe decir de la creación de la Unidad Ciudadana: ¿qué asamblea de
militantes y dirigentes aprobó su creación, con qué fundamentos, cuál es su
programa, quiénes son sus autoridades, cuál será su política de alianzas? Nada
se sabe al respecto.. Sólo que ambas cosas, la disolución del Frente para la
Victoria como la creación de Unidad Ciudadana expresan un estilo de conducción
política –desde arriba, vertical, personalista- que la historia demuestra que
en la sociedad actual termina en el fracaso. Lamento decirlo porque se trata de
una tradición fuertemente arraigada en el movimiento popular y quizás tuvo
eficacia en el pasado. Pero hoy ya no funciona. Fracasó en el 2013, en el 2015
y de nueva cuenta el pasado domingo. Nada peor que ocultar lo que hoy es una
conclusión irrefutable; ese estilo de conducción es un anacronismo político,
seguro padre de nuevas derrotas.
La tarea de derrotar al proyecto de la derecha requerirá de todas
nuestras fuerzas y toda nuestra inteligencia. Vuelvo a Gramsci con aquello de
pesimismo de la razón pero acompañado por el optimismo de la voluntad. Sin una
profunda autocrítica, reclamada insistente pero infructuosamente por muchos
sectores dentro y fuera del kirchnerismo desde el 2015, no se podrá encontrar
el rumbo para construir un gran frente de liberación nacional y social,
claramente anticapitalista y antiimperialista. Las políticas de corrimiento
hacia el centro político están condenadas a terminar en una nueva frustración. Hay
una ley sociológica que dice que los pueblos prefieren el original a la copia.
Si una coalición progresista “suaviza” su discurso (en un país tan
flagrantemente injusto y saqueado por la CEOcracia como la Argentina) y adopta
uno más centrista lo más probable será que la ciudadanía elija votar por la
derecha original y no por un progresismo que modere su discurso y sus
propuestas y se vaya pareciendo cada vez más a la derecha. Si de administrar al
capitalismo se trata, nadie mejor que la burguesía y sus representantes políticos
para hacer esa tarea. No le ayudó a Cristina guardar silencio ante el crimen de
Santiago Maldonado; o referirse sólo al pasar al escándalo judicial en torno a
la detención de Milagro Sala, equiparar a ésta con un sedicioso como Leopoldo
López en Venezuela y decir que en ese país no hay un estado de derecho, o
abstenerse de felicitar a Nicolás Maduro por la magnífica victoria cosechada en
las elecciones regionales. Todo eso, a la vez que se optó por imitar el estilo
de campaña, y la escenografía new age
del PRO, lo cual no le agregó un solo voto a CFK. Los que llegaron no procedían
de esos territorios sociales donde prevalece el eclecticismo y el nihilismo
posmoderno, que es el lugar en el que Cambiemos cosecha sus votos.
La nueva construcción tendrá que trascender el plano electoral e
internarse en la creación de un amplio espacio político-cultural. Este deberá
ser la culminación de un proceso de diálogos sin exclusiones entre todos
quienes saben que al macrismo no se le combatirá con promesas de un
“capitalismo serio o racional”. La tercera vía es, digámoslo de una vez, una
vía muerta. Sólo podrán librar una efectiva batalla en contra de Cambiemos quienes
estén dispuestos también a luchar contra el capitalismo (y no sólo el
neoliberalismo) y el imperialismo y puedan comunicarlo socialmente de modo
eficaz. En la nueva construcción política que necesitamos las propuestas de los
críticos del capitalismo y el imperialismo deberán ser las que le asignen una
“tonalidad ideológica” a la nueva propuesta. Para lo otro, para hablar de un
capitalismo inclusivo y racional, está Cambiemos. Seamos claros: sólo desde la
izquierda se podrá disputar la hegemonía político-cultural del macrismo, de la
cual se desprende su preponderancia electoral. Es debido a ello que la
elaboración de un programa político con nítidos contenidos democráticos,
anticapitalistas y antiimperialistas será indispensable para cimentar la unidad
de acción de un amplio conjunto de fuerzas políticas y movimientos sociales
procedentes de distintas tradiciones y suficientemente vigoroso como para enfrentar
las batallas que se avecinan y derrotar a una derecha organizada como nunca
antes en su historia. Si fracasamos en este empeño tendremos macrismo para rato.
Es una cuestión que remite tanto a la necesidad de crear una real alternativa
que así sea percibida por una ciudadanía castigada por los rigores del ajuste
neoliberal como de simple aritmética política. Sin esa gran coalición de signo
anticapitalista y antiimperialista no podrá construirse una mayoría electoral.

El papel de Cristina

Tras la ratificación del rumbo actual en las elecciones del pasado
domingo el gobierno acelerará la marcha hacia una restructuración regresiva del
capitalismo argentino. Será necesario impedir que se consume un proyecto que
retrotraería nuestro país a la situación imperante en las vísperas de la
aparición del peronismo en 1945. Lo que ocurre en Brasil despierta la
admiración de la Casa Rosada. El ataque al salario, a los trabajadores y al
sindicalismo combativo será inminente. El endeudamiento tan irresponsable como desenfrenado
y el desmantelamiento de la legislación protectiva de los trabajadores y, en
general, de los pobres, de los adultos mayores, de los jóvenes será implacable.
Los argentinos haríamos bien en mirarnos en el espejo brasileño para advertir
lo que nos espera: congelamiento de los gastos en salud y educación, fin de la
jornada de ocho horas, derogación de las principales piezas de la legislación
laboral y jubilación sólo para el titán que venciendo indecibles contingencias
y todo tipo de enfermedades pueda hacer aportes jubilatorios durante 49 años y
llegar a su ancianidad con restos como para disfrutar de una modestísima
pensión antes de despedirse de este mundo y disfrutar de un módico funeral.
Ante ello una construcción debilitada por un arcaico verticalismo sólo serviría
para acelerar la destrucción de la ciudadanía económica, social y política que
se propone el macrismo y que con tanto esfuerzo fuera conquistada en años
pasados. Será necesario crear una suerte de Frente Amplio, como el uruguayo; o
un movimiento tan plural y heterogéneo como lo fuera el 26 de Julio en Cuba. Y
el liderazgo deberá enriquecerse del diálogo, la discusión, el debate de ideas.
Ya no hay lugares privilegiados de conducción porque todos, absolutamente
todos, hemos sido derrotados. Eso es precisamente lo que nos une: la derrota.
Y esta nueva construcción tendrá que librar una batalla organizacional,
política y cultural. Deberá ser aquel “Príncipe Colectivo” del que hablaba
Antonio Gramsci para desde su novedad y frescura llegar a sumar millones de
voluntades que, sin duda, cuando se disipe el espejismo hábilmente creado por
Cambiemos, estarán a la búsqueda de una ruta de escape que no puede ser volver
al pasado. Que quede claro: el liderazgo de Cristina no está en discusión; ningún
otro político del campo de la oposición tiene su estatura y sus votos como para
disputarle su lugar. Lo que sí está en cuestión es su estrategia de
construcción política, como lo demuestran las recientes derrotas electorales, los
sonados fracasos del FPV, la Cámpora y Unidos y Organizados y, más
recientemente, su empecinamiento en no aceptar ir a las PASO para competir con Florencio
Randazzo, que probablemente le hubiera permitido alzarse con la victoria nada
menos que en la provincia de Buenos Aires. Una Cristina que escuche (“dicen que
Cristina escucha poco”, anotaba Norberto Galasso en una entrevista para Zoom),
que confíe menos en su intuición (que la ha traicionado muchas veces), que
valore positivamente a quienes disputan sus argumentos con la intención de
colaborar en su empeño y no con el ánimo de erigir obstáculos. Una Cristina que
descrea de los adulones que le dicen que es infalible y que cuando ven que se
encamina al abismo no le dan la voz de alerta. Una Cristina que recuerde el
consejo de Evita, cuando le recomendaba a Perón desconfiar de los alcahuetes y gentes
de confianza que lo rodeaban. ¿Cuántos de ellos, que parecían kirchneristas “de
paladar negro”, no se pasaron al bando contrario ni bien CFK dejó de ser
presidenta? ¿Qué lecciones deben extraerse de ello?
Para concluir, sólo con el “vamos a volver” no va a ser suficiente para
seducir a esos contingentes sociales agredidos y ofendidos por el macrismo pero
atrapados por los traicioneros efluvios de un relato científicamente concebido
para desmovilizar y estimular la pasividad y la resignación. Esto es así porque
la campaña propagandística del macrismo ha sido muy efectiva y, además, porque
las asignaturas pendientes luego de doce años de gobierno kirchnerista son inocultables.
Se hizo mucho y bien, pero no lo suficiente; y muchas cosas se hicieron mal y
otras ni siquiera se hicieron (por ejemplo: una reforma tributaria, o la
nacionalización del comercio exterior). Y, lo que se hizo bien se comunicó mal.
Ensimismado en la engañosa seguridad de su indisputada hegemonía el gobierno
perdió capacidad de leer lo que estaba ocurriendo en la sociedad, y
especialmente lo que le estaba sucediendo a las propias bases sociales del
electorado kirchnerista. Tampoco supo entender sus nuevas demandas económicas y
sociales y tomar conciencia del vertiginoso cambio cultural que tornaba a las
clases y capas populares impermeables a la interpelación del progresismo y
críticas de las políticas asistencialistas del gobierno. Fenómeno epocal, no
exclusivo de la Argentina. En Bolivia, Ecuador y Venezuela ha ocurrido lo
mismo, si bien no tan intensamente como entre nosotros.
Será preciso elaborar un programa político que sistematice las
propuestas de transformación social que llevará a cabo la nueva coalición
política. Un programa de “desmercantilización” de la salud, la educación y la
seguridad social, convertidas por el actual gobierno en infames mercancías
cuando en realidad son derechos humanos. Un programa de recuperación de la
democracia en el espacio público, hoy férreamente controlada por la oligarquía
mediática. De preservación de los bienes comunes; de efectiva reforma del
estado, para que pueda regular al mercado y no al revés, como ocurre en estos
días. En suma, a partir de esta nueva construcción política realizar efectivamente
un tránsito desde el gobierno al poder y, de ese modo, elevar el bienestar
material y espiritual de millones de argentinas y argentinos. Un programa, en
suma, que sea totalmente ajeno al eclecticismo de la “tercera posición” o la
ilusión de un “capitalismo serio”. Un programa, en suma, tendencialmente
orientado hacia el socialismo.
Estamos en vísperas de un nuevo comienzo, desde el llano, con aliados
titubeantes, o desconfiados, y enemigos envalentonados. Será una marcha cuesta
arriba y difícil, pero si tenemos el rumbo claro y la organización adecuada,
podríamos evitar lo peor en el 2019. Es más, diría que si actuamos con
inteligencia y sin desmayos podríamos revertir el revés del 2015. Para ello
será preciso creer en nuestras propias fuerzas y contar con un programa
político de avanzada: antioligárquico, anticapitalista y antiimperialista. No
hay que olvidar que el gobierno de Macri se enfrenta a un complejo panorama
económico que sin un desenlace catastrófico a la vista; es decir, sin un 2001
en el horizonte, igual será muy duro para la gestión. La crisis general del
capitalismo y el descrédito del neoliberalismo global, ahora condenado por el
amo imperial, serán fuente de innumerables obstáculos para el éxito del
proyecto de Cambiemos. Pero dejemos que nuestros enemigos hagan lo suyo, y no
soñemos que van a trabajar para nuestra victoria. Somos nosotros quienes
debemos aprestarnos adecuadamente para la batalla, y no esperar que ellos se
equivoquen o caer nuevamente en el error de subestimar su vocación de dominio.
El clima cultural los favorece, pero eso puede cambiar si se actúa con decisión
y de cara a la verdad. El programa macrista acarreará enormes sufrimientos a
nuestro pueblo. Debemos ser capaces de mostrar que hay otro camino, que otro
mundo es posible, y que la nueva construcción política en ciernes podrá ser el
instrumento idóneo para construir esa alternativa, superadora de las
inexorables lacras del capitalismo en cualquiera de sus versiones.