23.6.2012
Va una nueva nota sobre la destitución de Lugo, ahora con algunos nuevos datos aportados por la información obtenido a lo largo del día sábado. 
¿Por qué cayó Lugo? La conexión del agronegocios
(Atilio A. Boron) El Congreso del Paraguay consumó este
viernes uno de los fraudes más descarados de la historia política
latinoamericana: destituyó, en un juicio sumarísimo que se asemejó mucho más a
un linchamiento político que a un proceso constitucional, al presidente
Fernando Lugo. Con una rapidez 
proporcional a su ilegitimidad, el Senado más corrupto de las Américas
-¡y eso es mucho decir!- lo halló culpable de «mal desempeño» de sus
funciones debido a las muertes ocurridas en el desalojo de una finca en
Curuguaty. Esa masacre fue una trampa montada por una derecha que desde que
Lugo asumiera el poder estaba esperando el momento propicio para acabar con un
régimen que, pese a no haber afectado a sus intereses, abría un espacio para la
protesta social y la organización popular incompatible con su dominación de
clase. El eterno deshonor de ser el conductor de este golpe institucional, que
imita al perpetrado en contra de Mel Zelaya en Honduras (con la salvedad de la
operación comando mediante el cual este fuera sacado de su casa a punta de
bayonetas) le correspondió al señor Aldo Zucolillo, director y propietario del
diario ABC Color y encumbrado dirigente de la Sociedad Interamericana
de Prensa, la siniestra SIP. Ese personaje de marras -un hijo putativo del
strossnismo- es al igual que varios de sus congéneres en el resto de la región un
inescrupuloso empresario que fomenta sus negocios al amparo de la “libertad de
prensa” y de un inverosímil “periodismo independiente”, taparrabos que no alcanza
a ocultar al torvo empresario que, como lo demuestra el
economista paraguayo Idilio Méndez Grimaldi, es el
 “socio principal en Paraguay de Cargill, una
de las transnacionales más grandes del agronegocios en el mundo.” El ABC Color
lanzó una intensa campaña previa al golpe de estado, preparando el clima
político que hizo posible el rapidísimo linchamiento político de Lugo. El
protagonismo de Cargill y Monsanto en el democracidio perpetrado en Paraguay es
escandaloso Ofreciendo una radiografía del saqueo sistemático al que ha sido
sometido ese país el economista paraguayo Méndez Grimaldi sostiene que “las
transnacionales del agronegocio en Paraguay prácticamente no pagan impuestos,
mediante la férrea protección que tienen en el Congreso, dominado por la
derecha. La presión tributaria en Paraguay es apenas del 13% sobre el PIB. El
60 % del impuesto recaudado por el Estado paraguayo es el Impuesto al Valor
Agregado, IVA. Los latifundistas no pagan impuestos. El impuesto inmobiliario
representa apenas el 0,04% de la presión tributaria, unos 5 millones de
dólares, según un estudio del Banco Mundial aún cuando el agronegocio produce
rentas en torno al 30 % del PIB, que representan unos 6.000 millones de dólares
anuales. … . El 85 por ciento de las tierras, unas 30 millones de hectáreas,
está en manos del 2 por ciento de propietarios.”
    En un capitalismo
de estas características, donde la prebenda y el soborno constituyen el motor
de la acumulación del capital, era poco probable que Lugo pudiera estabilizarse
en el poder sin construir una poderosa base social de sustentación. Sin
embargo, pese a las advertencias de numerosos aliados dentro y fuera de
Paraguay el derrocado presidente no se abocó a la tarea de consolidar la
multitudinaria pero heterogénea fuerza social que con gran entusiasmo lo
elevara a la presidencia en Agosto del 2008. Su gravitación en el Congreso era mínima
(sólo 4 senadores se opusieron al golpe parlamentario) y en Diputados no tenía
mucho más. Sólo la capacidad de movilización que pudiera demostrar en las
calles era lo que podía conferirle gobernabilidad a su gestión y desalentar a
sus enconados enemigos. Pero se resistió tercamente a ello pese a la
predisposición de amplios sectores dentro de Paraguay y al  muy favorable entorno de mandatarios amigos
que gobernaban en la región y que estaban dispuestos a acompañarlo en la
empresa.  Pero no lo entendió así y a lo
largo de su mandato se sucedieron continuas concesiones a la derecha, ignorando
que por más que se la favoreciera ésta jamás iría a aceptar su presidencia como
legítima. Gestos concesivos hacia la corrupta oligarquía paraguaya lo único que
lograron fue envalentonarla, no apaciguar la virulencia de su oposición. Pese a
esas defecciones Lugo no dejó de ser considerado como un intruso molesto, por
más que promulgara, en vez de vetarlas, las leyes antiterroristas que, a pedido
de “la Embajada”
 -otro protagonista decisivo de su caída,
junto a las transnacionales del agronegocios y los oligarcas locales- aprobaba la
banda que dominaba el Congreso. Una derecha que, por supuesto, siempre actuó
hermanada con Washington para impedir, entre otras cosas, el ingreso de
Venezuela al Mercosur. Prueba de ello es que una de las primeras declaraciones
que hizo su ilegítimo sucesor,  Federico
Franco, fue asegurarle a la Casa Blanca
que el Senado paraguayo no votará el ingreso de los bolivarianos al Mercosur.
Lo que el usurpador no sospecha es que hay altas probabilidades de que sea su
país el que se vaya a quedar fuera del Mercosur, la UNASUR y otras organizaciones
regionales. Tarde se dio cuenta Lugo de lo poco democrática que era la
institucionalidad del estado capitalista, que lo destituyó en un tragicómico
simulacro de juicio político violando impunemente todas las normas del debido
proceso. Y mal reaccionó al convalidar con su actitud de monacal obediencia la
monstruosidad jurídica perpetrada en su contra, actuando más como un obispo que
perdona un pecado venial cometido por un humilde feligrés que como un presidente
popular despojado de su cargo por una gavilla de saqueadores. ¿Por qué no
convocó al pueblo a resistir, rodeando con una muralla humana el edificio del
Congreso para frustrar el golpe de estado?  Una lección para todos los pueblos de América
Latina y el Caribe: sólo la movilización y organización popular puede garantizar
la estabilidad de gobiernos interesados en impulsar un proyecto de
transformación social, por más moderado y contemporizador que sea su afán
reformista, como fue el caso de Lugo. La oligarquía y el imperialismo jamás
cesan de conspirar y actuar, y si a veces parece que están resignados ante el
avance de un gobierno instalado por una mayoría popular, esta apariencia es
engañosa, más ilusoria de real, como se acaba de comprobar una vez más en el
sufrido país hermano del Paraguay.