17 Junio 2018.
Comparto una reflexión sobre la segunda vuelta de la elección presidencial en Colombia.

(Por Atilio A. Boron) El resultado de la
segunda vuelta en las elecciones presidenciales de Colombia sentenció la
victoria del candidato de la derecha, Iván Duque, que obtuvo10.362.080 sufragios
contra los 8.028.033 de su rival, Gustavo Petro, candidato de la coalición Colombia
Humana. Amenazadas como nunca antes las fuerzas del vetusto orden social
colombiano se reagruparon y prevalecieron por una diferencia de unos doce
puntos porcentuales. Terminado el recuento el uribista se alzó con el 54 por
ciento de los sufragios mientras que el ex alcalde de Bogotá cosechó un 42 por
ciento. La tasa de participación electoral superó levemente el 51 por ciento, un
dato promisorio ante el persistente ausentismo en las urnas de un país en donde
el voto no es obligatorio.

         El
título de esta nota refleja cabalmente lo que está sucediendo en Colombia. Si
un significado tiene esta elección es que por primera vez en su historia se
rompe el tradicional bipartidismo de la derecha, que se presentaba a elecciones
enmascarada bajo diferentes fórmulas y personajes que en el fondo representaban
a los intereses  del establishment dominante. La irrupción de una candidatura de
centroizquierda como la de Gustavo Petro es un auténtico y promisorio parteaguas
en la historia colombiana, y no sería aventurado arriesgar que marca el
comienzo del fin de una época. Un parto lento y difícil, doloroso como pocos,
pero cuyo resultado más pronto que tarde será la construcción de una nueva
hegemonía política que desplace a las fuerzas que, por dos siglos, ejercieron
su dominación en ese país. Nunca antes una fuerza contestaría había emergido
con esta enjundia, que la posiciona muy favorablemente con vistas a las
próximas elecciones regionales de Octubre del 2019 en donde Colombia Humana
podría recuperar la alcaldía de Bogotá y conquistar la de Cali y preparar sus
cuadros y su militancia para las elecciones presidenciales del 2022. Mientras
tanto Iván Duque deberá librar una tremenda batalla para cumplir con lo que le prometiera
a su jefe, Álvaro Uribe: avanzar sobre el poder judicial, poner fin a la
justicia transicional diseñada en los Acuerdos de Paz y sobre todo para evitar
que el ex presidente, el verdadero poder detrás del trono, vaya a dar con sus
huesos en la cárcel debido a las numerosas denuncias en su contra por su
responsabilidad en crímenes de lesa humanidad –entre ellos la de los “falsos
positivos”-y sus probados vínculos con el narco.



En suma: algo nuevo
ha comenzado a nacer en Colombia. Todavía el proceso no ha concluido pero los
indicios son alentadores. Nadie soñaba hace apenas tres meses en ese país que
una fuerza de centroizquierda con un ex guerrillero como candidato a presidente
pudiera obtener más de ocho millones de votos. Sucedió y nada autoriza a pensar
que el tramposo bipartidismo de la derecha podrá resucitarse después de esta
debacle; o que la euforia despertada en millones de colombianas y colombianas que
con su militancia construyeron la más importante innovación política desde el
asesinato de Jorge Eliecer Gaitán en 1948 se disolverá en el aire y todo
volverá a ser como antes. No. Estamos seguros que no habrá marcha atrás en
Colombia. A veces hay derrotas que anticipan futuras victorias. Como las que
sufrió Salvador Allende en Chile en la elección de 1964; o Lula en Brasil en
1998. ¿Por qué descartar que algo semejante pudiera ocurrir en Colombia? Sólo
tropieza quien camina, y el pueblo de Colombia se ha puesto en marcha. Tropezó,
pero se levantará y más pronto que tarde parirá un nuevo país.