23.2.2013

El panameño Nils Castro es uno de los más agudos observadores de la escena política latinoamericana. Un hombre cuya obra hay que leer, aunque no siempre se esté de acuerdo con sus argumentos. Pero sin duda es la suya una mirada profunda y abarcadora, que alimenta un debate más que necesario y que la izquierda latinoamericana todavía no se decide encarar. Por eso comparto las palabras de presentación del reciente libro de Nils Castro que hiciera en la Feria del Libro de La Habana uno de los más importantes pensadores de Nuestra América, el cubano Fernando Martínez Heredia.


Izquierdas latinoamericanas
en tiempos de crear

Palabras en la presentación de Las izquierdas
latinoamericanas en tiempos de crear, de Nils Castro (Editorial de Ciencias
Sociales, La Habana) en la XXII Feria Internacional del Libro, en La Cabaña, 16
de febrero de 2013.
Fernando Martínez Heredia
Este libro de
Nils Castro pretende algo muy ambicioso, pero le agradezco mucho hacerlo,
porque el problema principal que expone es fundamental para todos los
latinoamericanos, incluyendo, naturalmente, a los cubanos. No saldremos
adelante si reducimos este problema a las respuestas pragmáticas y
fragmentarias que puedan darse frente a sus manifestaciones, ni apelando a
ingenierías políticas o administraciones de crisis. Nils ha pensado en grande,
pero frente al tema que desarrolla, si tuviera otra posición los resultados
serían nulos o inútiles.
Hizo muy bien
en pedirnos a Germán y a mí que presentáramos este magnífico libro suyo, porque
los tres nos hemos pasado la vida pensando y trabajando por la causa de la
liberación de nuestro continente. Además de ofrecernos sus comentarios y
criterios en una profunda y abarcadora exposición que comparto, Germán nos ha
situado a todos respecto a quién es este hermano nuestro. Eso me deja más libre
para reaccionar ante una lectura que me ha resultado apasionante, al mismo
tiempo que me ha aportado conocimientos y provocado pensamientos que van al
encuentro de sus tesis y argumentos. Por eso, y por el breve tiempo que debemos
utilizar, partiré de que muy pronto ustedes tendrán el libro en sus manos, para
insistir solamente en algunos de sus aspectos y, a la vez, dialogar con él, que
me parece una forma válida de honrar mejor sus calidades.
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El
planteamiento principal es expuesto con gran claridad y precisión en “Para
empezar”, el primero de los 44 breves capítulos que componen la obra. Lo
sintetizo a continuación. Las victorias electorales de las izquierdas en un
buen número de países en la etapa reciente expresan que la actitud
sociopolítica de grandes masas de la población latinoamericana ha cambiado
amplia y duraderamente. Pero esto no es consecuencia de revoluciones sociales,
y sucede sin que las propuestas políticas y programáticas de las izquierdas
hayan tenido tiempo y ocasión para reformularse a la luz de sus experiencias,
ni de las necesidades y opciones actuales de los pueblos. Son expresiones de rechazo
a las políticas neoliberales y la dedicación principal de los gobiernos ha sido
la de reparar los daños heredados de todo el largo período neoliberal, pero no
comparten un proyecto común.
Es necesario
superar la carencia doctrinaria, metodológica y programática, presente desde
que han sido descartadas varias de las creencias ideológicas de izquierda; y es
urgente construir y desarrollar propuestas teóricas, metodológicas y políticas
indispensables para abordar con eficacia los problemas, las necesidades y las
incertidumbres de nuevo tipo que han aparecido y se agregan a las existentes.
Los principios básicos y los objetivos trascendentes de las izquierdas no han
cambiado, y siguen contando con un importante acervo teórico. Pero es preciso
renovar los instrumentos culturales, teóricos y prácticos requeridos para
implementar esos principios y cumplir dichos objetivos, esto es, para
realizarlos efectivamente. Las condiciones llamadas subjetivas aún distan de
alcanzar el punto al que habían arribado en los años setenta. No basta
demostrar que la izquierda administra lo ya existente mejor que la derecha,
sino que hace falta un proyecto estratégico común para transformarlo y
remplazarlo. Y ese proyecto debe ser producido por nosotros mismos.
Pero el autor
a la vez se pregunta si las izquierdas pueden sustraerse al deber inmediato de
aliviar las condiciones de vida de los pueblos. Si no deben asumir la
oportunidad 
‑‑y la responsabilidad‑‑de gobernar
el subdesarrollo mejor que las derechas, para aliviar la situación de “los
pobres de la tierra”, instruirlos, concientizarlos, ayudarlos a organizarse y
proponerse mayores metas y, a la vez, en otro plano, para recuperar
autodeterminación nacional, abrir mayores vías al desarrollo de las fuerzas
productivas y la integración latinoamericana, profundizar la democratización y
reconstruir el entramado social, la identidad, las relaciones de solidaridad y
cooperación del sujeto social.
Entre tantos
aspectos valiosos, la obra contiene una bien meditada y detallada
reconstrucción histórica de movimientos y corrientes políticas opuestos a los
modos tradicionales de dominación en nuestro continente, de cada época del
siglo XX que revisa. Nils parte del José Martí de Nuestra América, pieza
maestra de quien a mi juicio es el primer pensador que expuso una
interpretación de América y del mundo desde una concepción anticolonialista,
moderna e inclusiva del mundo del trabajo. Esta parte es muy sanamente ajena a
las distorsiones y prejuicios de tantas interpretaciones del proceso histórico
latinoamericano desde las ópticas sucesivas del movimiento comunista
internacional, que nos confundieron o perjudicaron durante décadas, y que
todavía son consumidas.
Haya de la
Torre y el aprismo, Trotsky y los trotskismos, el peronismo, el MNR boliviano,
el trabalhismo brasileño, y otros, son analizados en sí y en las valoraciones
que de ellos tuvieron las izquierdas. Otros capítulos desarrollan en detalle y
plantean valoraciones acerca de un gran número de movimientos, ideas,
situaciones y procesos de la segunda mitad del siglo XX. A veces quisiera
pedirle más datos, o discutir la procedencia de alguna afirmación, aunque Nils
ha tenido buen cuidado de exponer siempre matices, ambigüedades y
contradicciones. Pero el resultado general es un aporte muy notable al
conocimiento de una historia que debe concurrir, como parte de la memoria, a la
pugna tremenda que está en curso en la actualidad en América Latina.
Nils arguye
que los modelos ideológicos estructurados de las izquierdas no nacían de las
experiencias y pensamientos latinoamericanos, ni podían expresar nuestros
proyectos. Se detiene, con mucha razón, en la cuestión de las relaciones entre
emancipación nacional y liberación social. Dedica varios capítulos a los
procesos del tercer cuarto del siglo XX, sin descuidar nunca las valoraciones
de las relaciones con la izquierda a escala mundial que caracterizan a este
libro. Rescato una afirmación suya: en los años sesenta y setenta compartíamos
a escala de la región un conjunto de objetivos que tenían puntos en común,
aunque es cierto que no se lograron los resultados esperados. Pero en los años
noventa, dice, había más razones para levantarse en armas que en los setenta, y
sin embargo ya no había un proyecto que impulsara y respaldara la actuación. El
tsunami neoliberal, añade, chocó contra un muro que ya se encontraba rajado por
dentro.
Esa reflexión
me recuerda una imagen que utilicé hace tiempo, la del tren de las
revoluciones, el que, a diferencia de los usuales, pasa una vez cada veinte
años. Hasta el final del siglo pasado, si uno no se había preparado
previamente, el tren lo aplastaba, o simplemente se le veía pasar sin poder
montarse en él. Y me pregunto: ¿cómo será ahora?
Nils dedica
el último tercio de la obra a la política reciente. Las izquierdas electorales
han obtenido numerosos triunfos o hecho notables papeles, dice, pero también
enumera los límites que en numerosos aspectos padecen los gobiernos
progresistas que existen en nuestro continente. Entonces inquiere: “¿cómo
asegurar la continuidad y profundización de la perspectiva progresista? Esta
pregunta obliga a traer a escena otro repertorio de asuntos por considerar, al
que paso a paso nos asomaremos a continuación”. En los capítulos siguientes
despliega un análisis muy riguroso y rico en detalles, matices y enunciados de
posiciones, logros, insuficiencias y conflictos, acerca de estas realidades que
constituyen el teatro de los eventos y las posibilidades de la América Latina y
el Caribe contemporáneos. En forma telegráfica aludo a algunas de las
cuestiones que plantea en esta parte, sólo para ilustrar al futuro lector.
Aborda los
dilemas de la cuestión democrática: ¿qué tanto de concentración o
descentralización del poder, de pluralidad del debate o de autoridad decisoria,
de persuasión o de fuerza, se debe ejercer 
‑‑y por cuánto
tiempo
‑‑ para garantizar que los cambios se hagan
realidad con la debida eficacia, sin que sus adversarios los puedan revertir?
¿Qué tan pronto el debate se debe abrir a la participación de nuevos actores
para estimular que dichos cambios produzcan nuevos desarrollos? El proyecto
tiene que ser democrático y lo más participativo posible, al mismo tiempo que
debe continuar enfrentando las urgencias y resolver las necesidades sociales
principales, como la de igual salud y educación para todos. A partir de ahí es
que se podrá rediscutir el concepto mismo de democracia y buscar qué tipo de
democracia queremos.
El debate se
debe trasladar al interior de los partidos. Hay que desarrollar una nueva
cultura política. Hoy las izquierdas pueden obtener la mayoría, pero no
disponen aún de una hegemonía político
cultural.
El proyecto
debe nacer de nuestras aspiraciones y experiencias. Una de las mayores
necesidades será tener un buen diálogo entre las distintas corrientes populares
y de izquierda. Ningún sectarismo produce un modelo nuevo. Ha emergido otra generación
de latinoamericanos y tenemos que hacer un debate más plural; es necesario
cambiar el lenguaje. Existe una multitud de jóvenes descontentos con el
sistema, pero que no buscan una solución en la actividad política. El
Movimiento de los Sin Tierra brasileño ilustra un camino posible, porque cumple
su papel de organizador social y cultural.
La emergencia
de los procesos progresistas ha cambiado la correlación de fuerza norte-sur en
el continente. Una vía de acción es recuperar soberanía y también construir
mecanismos de colaboración regional, como Unasur y la Celac.
Motivado por
el reclamo fundamental que nos hace este libro, expreso algunas de mis
opiniones. En el pensamiento latinoamericano actual existen varias corrientes y
perspectivas diferentes entre los partidarios o simpatizantes de cambios a
favor de las mayorías; algunas de aquellas, incluso, se contradicen y
polemizan.
Esta
situación tan positiva parecía imposible hace solo quince años, cuando regía
prácticamente a escala mundial un pensamiento al que se solía llamar “único”,
aunque lo que pretendían –y siguen pretendiendo–sus impulsores es más bien que
no haya ningún pensamiento, que sean olvidados el pasado y el futuro, las ideas
de progreso y las de socialismo, y los afanes en busca del desarrollo de los
países del que ya no llaman Tercer Mundo. En un mundo unipolar, con los
instrumentos económicos, políticos, militares y culturales principales en manos
del imperialismo norteamericano, nuestra región debía aceptar como hechos naturales
su predominio y su neolengua, el reino del neoliberalismo, los recortes de las
soberanías y el empobrecimiento, la pérdida de los avances sociales logrados y
la miseria de las mayorías. En cada país, los gobernantes y los poderosos en la
economía interna debían ser los cómplices y subalternos de ese orden vigente.
Un
pensamiento opuesto a ese sistema, o resistente ante sus aspectos más nefastos,
se mantuvo en el continente durante aquella etapa tan oscura, hizo análisis y
denuncias y acompañó en su brega a movimientos sociales. Pero constituía una
minoría cercada por la corriente principal y el control casi totalitario de la
información, la opinión y la reproducción de ideas ejercido por los dominantes.
En lo que va
de este siglo, ha sido el mundo de los hechos el que ha primado en América
Latina. No hubo un previo crecimiento brusco de novedades en los contenidos,
las teorías, los métodos del pensamiento social, ni hubo una revuelta
intelectual. Tampoco el pensamiento social pronosticó que en tan breve plazo
podrían salirse países del continente del control tan completo que tenía el
imperialismo, e incluso formarse poderes populares en algunos de ellos. Ahora
la praxis está requiriendo al pensamiento aprovechar los medios con que cuenta
y lanzarse al ruedo del gran laboratorio social que constituyen las realidades,
los conflictos, los condicionamientos y los proyectos actuales
latinoamericanos.
Pero no se
trata de una necesidad secundaria, o que pueda posponerse. En las condiciones
actuales confluyen dos realidades de gran magnitud e importancia crucial. Por
un lado, las enormes insuficiencias, dificultades y enemigos de los que aspiran
a la autonomía real, el bienestar de las mayorías o la liberación de las
dominaciones. Por otro, los retos gigantescos que confrontan los intentos de
lograr, defender, consolidar y hacer avanzar relaciones sociales, motivaciones
y conductas individuales, instituciones, estrategias, ideales y proyectos que
permitan la emergencia de nuevas sociedades y de vínculos solidarios que vayan
desde los interpersonales hasta el ámbito de toda la región.
Solamente una
praxis intencionada, organizada, capaz de manejar los datos fundamentales, las
valoraciones, las opciones, la pluralidad de situaciones, posiciones y
objetivos, de condicionantes y de políticas que están en juego, será capaz de
enfrentar esos retos con probabilidades de triunfar. Eso hace imprescindible el
desarrollo de un pensamiento social que se vuelva apto para ayudar y
participar, analizar y elaborar síntesis, contradecir o influir, prever futuros
y recuperar legados, desde dentro de los procesos mismos y no como una
conciencia crítica externa a ellos. Es decir, un pensamiento social que combine
la autonomía y la conciencia de su especificidad con el involucramiento en las
causas populares, la creación con la divulgación para concientizar, la
independencia con el acompañamiento.
Quisiera
llamar la atención, por último, a que ya resulta imperativo que nos
comuniquemos mucho más, que hagamos sistemática la información a los demás de
lo que cada uno hace, y la discusión entre todos de los resultados, las ideas,
las diferentes perspectivas y los proyectos. La creación y el desarrollo de
instrumentos suficientes para que esa comunicación sea constante y eficaz
podría ser decisiva para multiplicar la fuerza, el alcance y la influencia de
este movimiento del conocimiento y las ideas, y también podría ser un paso de
gran trascendencia hacia la integración continental.
Publicado
por Con Nuestra América el
23 de Febrero de 2013, 7:06 a.m.
 

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