21.7.2012

Lean esta crónica sobre una conferencia del gran filósofo italiano Doménico Losurdo  sobre la permanencia de la lucha de clases pese a los pronósticos del posmodernismo y todas las variantes del pensamiento burgués. Desde los años ochentas estos venían pronosticando su desaparición como consecuencia de las transformaciones del capitalismo, el robustecimiento de la sociedad civil y el florecimiento de múltiples identidades no-clasistas. Su argumento era tan ridículo como el de aquél que hubiese pronosticado que un buen día la ley de gravedad cesaría de operar y los objetos ya  no serían atraídos hacia el centro de la tierra. Pese a toda esa hojarasca, la lucha de clases mantuvo su vigencia más allá de cambios en sus formas de manifestación. Además, es tan antigua como la historia de la humanidad, y será inerradicable mientras no se construya la sociedad sin clases, la sociedad comunista. Ante la imposibilidad de negar la existencia de la lucha de clases los académicos y «expertos» tributarios del pensamiento burgués optaron por cambiarle el nombre y limarle su aristas más desagradables llamándola «puja distributiva», ¡como si las palabras pudieran disolver la realidad de las cosas! ¿Qué otra cosa que lucha de clases es la «puja distributiva»?

La derecha y también el populismo coinciden en atribuirle a Marx la «culpa» por haber roto, con su teoría, la «armonía social» que supuestamente existía antes de la publicación de sus perversas ideas. Pero como el filósofo (y después economista) de Tréveris lo declaró en su conocida carta al editor Joseph Weydemeyer, del  5 de marzo de 1852

«…Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto ya el desarrollo histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas. Lo que yo he aportado de nuevo ha sido demostrar: 1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente, a ladictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases…»

Por supuesto, aquí Marx se refiere a las contradicciones en el seno de la sociedad burguesa, porque la lucha de clases ya existía con anterioridad al surgimiento del capitalismo. Como él y Engels lo expresaran con inigualable contundencia en los párrafos iniciales del Manifiesto Comunista :




El filósofo Domenico
Losurdo inaugura la
Universidad de Verano de Socialismo 21 y El Viejo Topo
La lucha de clases, en
plena vigencia
21 Julio 201
Para el filósofo
italiano Domenico Losurdo, la categoría “lucha de clases” conserva hoy todo su
vigor en el mundo, por mucho que el neoliberalismo y las filosofías asociadas
–sobre todo, el relativismo postmoderno- hayan pretendido arrumbarla. A
reflexionar sobre “Ideología y lucha de clases en el siglo XXI” ha dedicado
Losurdo la sesión inaugural de la Universidad de Verano de Socialismo 21 y El Viejo
Topo, que en su primera edición lleva por título “Poder, ideología y medios de
comunicación”. (clic abajo para continuar)

Losurdo ha recordado cómo, con ojos de hoy, “podemos sonreír” al
leer los argumentos con los que filósofos como Dahrendorf o Habermas refutaban
la idea marxista de lucha de clases. Así, Jürgen Habermas señalaba que conservadores
y laboristas (o liberales y socialdemócratas) coincidían en su momento en la
defensa del estado social. No había contradicción ideológica ni, por tanto,
lucha de clases. “Con todos mis respetos, este argumento es una tontería”,
responde Losurdo. Y se pregunta: “¿Cómo nace en Europa occidental (en Estados
Unidos nunca existió) el estado social? Sin duda, es un producto de la lucha de
clases; en ningún caso una concesión graciosa de las clases dominantes”.
“¡Cómo han envejecido estos discursos sobre el final de la lucha
de clases!”, ha exclamado el filósofo italiano, quien recuerda además cómo
Habermas reconocía años después en un artículo que el capitalismo, al dejar de
tener competidor, ya no se preocupa por ocultar su rostro real. El filósofo alemán,
así pues, se desmentía. Las reflexiones de Friedrich Von Hayek –uno de los
grandes patrones del neoliberalismo y guía económico de la administración
Reagan- también reconocen implícitamente la existencia de la lucha de clases.
Y esto es así al vincular los derechos económicos y sociales
incluidos en la Carta
de los Derechos Humanos de 1948 (trabajo, instrucción y salud, entre otros) a
la revolución soviética. Es decir, según Hayek no se trata de derechos cuya
existencia deba reconocerse, sino una creación de la revolución de 1917.
“Implícitamente Hayek nos está diciendo que la lucha de clases desarrollada en
Rusia permitió la conquista de estos derechos socioeconómicos”, explica
Domenico Losurdo. Además, “cuando nos dice que estos derechos han de erradicarse,
no es por falta de recursos para garantizarlos, sino simplemente porque piensa
que no existen. Y es esto precisamente lo que está pasando hoy: asistimos al
fin del estado social”.
Profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina,
Losurdo ha escrito dos obras fundamentales: “Contrahistoria del Liberalismo”
(“El Viejo Topo, 2007) y “Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra” (El
Viejo Topo, 2011). Su principal ámbito de investigación es la filosofía
política clásica alemana (de Kant a Marx). También ha estudiado con hondura a
Nietzsche y las ideas de Heidegger en relación con la guerra.
Síntomas de la vigencia de la lucha de clases en el siglo XXI.
Losurdo subraya que ha retornado la figura del “working poor” (trabajador
pobre), habitual en el siglo XVIII y principios del XIX. Se trata de personas
que, a pesar de contar con un puesto de trabajo, no disponen de recursos
suficientes para vivir. A ellos hay que agregar los parados y los excluidos.
Pero también en el ámbito de la política puede advertirse la lucha de clases.
“Por ejemplo, en la competencia electoral”, apunta el filósofo italiano. “El
peso de la riqueza es tal hoy en día, que asistimos a situaciones similares a
las del siglo XIX, donde existía la discriminación censitaria, es decir, sólo
se tenían derechos políticos si se alcanzaba un nivel de renta determinado”.
Además, hace una década Losurdo ya hablaba de un “monopartidismo competitivo”,
con formaciones políticas que representaban a la misma burguesía y exhibían la misma
ideología neoliberal.
Pero Domenico Losurdo insiste en que constituye un serio error
reducir la lucha de clases (y otras categorías tradicionales del marxismo, como
el imperialismo y el colonialismo) a los problemas de la Europa occidental. “Hay que
entender la lucha de clases a nivel mundial”, sentencia. Por ejemplo, en
Palestina, “donde continúa el colonialismo en su formulación más clásica, es
decir, la colonización de un territorio y sus habitantes; se da en Palestina un
proceso parecido al que Marx subrayaba en Irlanda: la expropiación de tierras
por parte de los colonos ingleses (en el caso palestino, de los israelíes);
además, igual que en Irlanda, la cuestión social se presenta en Palestina como
una lucha de liberación nacional”.
Losurdo recurre habitualmente a los paralelismos históricos,
aunque con las salvedades y los matices que imponen los saltos en el tiempo. Por ejemplo, al abordar
la lucha de clases en América Latina se retrotrae a la Doctrina Monroe y
a los designios del presidente norteamericano, Theodore Roosevelt, que en 1904
ya planteó que Estados Unidos debía ejercer de policía internacional en América
Latina. “El objetivo, hoy, es también quitarse de encima la bota
norteamericana”, subraya el profesor de Filosofía de la Historia. Y para ello
resulta capital la independencia económica. El vicepresidente de Bolivia,
Álvaro García Linera, lanzó en 2006 la proclama “industrialización o muerte”,
igual que Mao advirtió poco antes del triunfo de la revolución en 1949 de los
riesgos de que China se convirtiera en una colonia de Estados Unidos. El Che
Guevara y Fidel Castro en los 60 alertaron asimismo de la necesidad de
liberarse de la opresión económica del imperialismo, y Frantz Fanon, en
Argelia, subrayaba que tras el triunfo de la revolución anticolonial se imponía
el desarrollo económico.
Trasladado al siglo XXI, “los países que se han quedado atrasados
en el desarrollo económico, tecnológico y militar corren el riesgo de una
agresión directa por parte del imperialismo; este desarrollo es el precio de su
independencia”, explica Domenico Losurdo. También es esto lucha de clases. “Ya
ha ocurrido en Libia, y ahora puede pasar en Irán y Siria”, añade. Sin embargo,
“para destruir un país no hace falta agredirlo militarmente, pues el imperialismo
cuenta con otra arma decisiva, el embargo económico; Cuba lleva padeciéndolo
más de 50 años; en Irak, antes de la guerra de 2003, el embargo produjo
centenares de miles de muertos: eso si que resultó un arma de destrucción
masiva; si las agresiones mediante el embargo han perdido fuerza en algunos
casos, como en Cuba, es por la presencia de China, que garantiza determinados
intercambios comerciales”.
En resumen, a juicio de Domenico Losurdo, la lucha de clases tiene
lugar hoy en tres frentes, “y hay que entenderlos de manera unitaria”. En
primer lugar, los movimientos de masas que en occidente (Estados Unidos, Grecia
o España) protestan en el contexto de un capitalismo en crisis; Además, las
naciones, como Palestina, que sufren una dominación –el colonialismo clásico-
política y económica; por último, los países (por ejemplo, los
latinoamericanos) que cuentan con independencia política pero han de conquistar
la económica.
A la actual Europa en crisis, fracturada por luchas desgarradoras
entre el centro y la periferia, ¿Cuál es la principal crítica que cabría
formularle? Según Domenico Losurdo, “la subordinación a los intereses de
Estados Unidos y la participación en todas las aventuras imperiales promovidas
por los norteamericanos; si pretendemos luchar contra el imperialismo, Europa
ha de plantear su autonomía y, en consecuencia, no participar en el embargo a
Cuba, Irán, ni colaborar con Estados Unidos en su objetivo de impedir que China
acceda a la tecnología”.
En medio de una crisis global a la que no se advierte salida y con
una izquierda mortecina, el recurso a los clásicos permite alumbrar el camino.
Para calibrar las perspectivas de cambio, Losurdo recurre a las categorías de
Marx “clase en sí” (clase que aún no ha tomado conciencia de su situación) y “clase
para sí” (con plena conciencia de clase). “El camino que nos queda por recorrer
para pasar del primer estadio al segundo es muy largo”, explica el filósofo.
¿Por qué? “La izquierda en occidente viene de sufrir una derrota histórica, la
destrucción del campo socialista y lo que ello implicó; por eso ahora cuesta
tanto responder a la ofensiva ideológica del neoliberalismo”, responde.
Pero una cosa es importante: “No confundir la autocrítica con el
autoodio para avanzar; con todas las críticas que puedan formularse a la
revolución de octubre, antes de 1917 las potencias occidentales eran las dueñas
del planeta. La revolución rusa rompió este escenario y favoreció los procesos
de independencia colonial; además, entre febrero y octubre de 1917, Rusia fue el
primer gran país donde las mujeres lograron la emancipación política; y otra
cuestión, ¿puede entenderse la generalización del sufragio universal sin la
contribución del movimiento comunista? Pienso que no. En Inglaterra (cuna del
parlamentarismo), antes de la revolución de octubre la fracción más pobre del
proletariado no tenía derecho al voto”. “Son cosas que no deben olvidarse”,
concluye Domenico Losurdo.

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