A continuación reproduzco una breve nota que me fuera solicitada por los compañeros/camaradas/amigos de la ALAI, la Agencia Latinoamericana de Información con sede en Ecuador y que tan brillante tarea vienen realizando desde hace largos años para difundir las truculentas realidades del capitalismo contemporáneo, sobre todo en América Latina. El artículo es sumamente polémico, fiel a mi más absoluta convicción de que la izquierda, máxime en un momento de crisis general del capitalismo, tiene que someter todo a debate. Sin antropofagias (tan comunes, lamentablemente) pero también sin complacencias. Ojalá sea un insumo útil para discutir con altura el ¿Qué Hacer? de la hora actual en la Argentina, país en el cual la izquierda (marxista y no-marxista) no ha logrado asumir el protagonismo que debería tener en una coyuntura como la actual.

Argentina: Dilemas de la izquierda marxista
 
*


Atilio A. Boron

ALAI AMLATINA,
19/05/2012.
Al igual que Hamlet, la izquierda argentina se pasea
incansablemente por los confines de la oposición preguntándose las razones por
las cuales no logra constituirse como una efectiva alternativa de gobierno.
Pero esta imagen es, en realidad, engañosa, porque no hay un errante príncipe
Hamlet, sino dos. El primero –que representa a una minoría dentro de la
izquierda– se interroga angustiosamente acerca del significado e impacto de los
cambios experimentados en fechas recientes por el capitalismo argentino una de
cuyas muchas consecuencias ha sido la fragmentación y desorganización del
universo popular y su subordinación a las políticas clientelares desarrolladas
desde el Estado. Esto, además, tuvo lugar en un período como el que se abriera
luego de la crisis de la Convertibilidad y en el cual se registraron muy
elevadas tasas de crecimiento económico las que, sin embargo, no lograron
regresar los indicadores de la pobreza a los niveles existentes al período
anterior a la crisis. Hubo una mejoría, sin duda, en relación al punto más
candente de la crisis (finales del 2001 y buena parte del 2002), en la cual los
indicadores de pobreza y desigualdad se dispararon hasta niveles sin
precedentes en la historia nacional, cercanos a los que caracterizan al África
Subsahariana. Pero si bien la recomposición capitalista gestionada primero por
el gobierno de Eduardo Duhalde y su Ministro de Economía Roberto Lavagna y
continuada luego, en parte con el mismo ministro, en la primera mitad del
mandato de Néstor Kirchner, pudo garantizar una rápida recuperación del
crecimiento económico los resultados en materia de redistribución de ingresos
fueron, en el mejor de los casos, modestos.




A diez años de iniciado ese proceso la pobreza,
sigue afectando, según cálculos de diversas fuentes (gobiernos provinciales
administrados por el kirchnerismo, consultoras privadas, la Universidad
Católica Argentina, etcétera) aproximadamente a la cuarta parte de la población
argentina. Las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos
(INDEC), intervenido por el gobierno nacional y carente por completo de
credibilidad, anuncian en cambio, una proporción de personas viviendo debajo de
la línea de la pobreza inferior al diez por ciento, dato éste que no es tomado
seriamente siquiera por los sindicatos afines al kirchnerismo a la hora de
negociar sus convenios colectivos con las distintas patronales.




La paradoja que atribula a este primer Hamlet de
la izquierda es que bajo estas condiciones, habiéndose demostrado la
incapacidad de la economía capitalista de redistribuir aún en un contexto de
elevado crecimiento económico durante más de ocho años, las capas y sectores
populares no consideran a la izquierda como una alternativa de gobierno capaz
de construir una sociedad mejor.




El otro Hamlet, representativo de una opinión
mayoritaria en el seno de la izquierda, gusta vestirse con los atuendos del Dr.
Pangloss y pensar, como el personaje incurablemente optimista de Voltaire, que
tarde o temprano la «verdad de la revolución» madurará en el seno del
proletariado y que no hay nada que cambiar. La propia irrelevancia política y
su falta de gravitación electoral y social así como las complejas mediaciones
de la coyuntura no hacen mella en su fe en la victoria final. Para esta
concepción sectaria, la tragedia de una izquierda ausente nada tiene que ver
con las renovadas capacidades de desarticulación de la protesta social exhibida
por el capitalismo contemporáneo, su eficacia para co-optar liderazgos
contestatarios, el poderío de su industria cultural para manipular conciencias
amén de las debilidades de sus propuestas, sus formas autoritarias de
organización, lo arcaico de sus discursos hacia la sociedad o su desconexión
con las urgencias sociales de nuestro tiempo. «Autocrítica» es una
palabra que no existe en el diccionario de los fundamentalistas de izquierda;
«rectificar» es otro verbo desconocido en su lenguaje. En su versión
más rudimentaria esta actitud reposa sobre un axioma indiscutible: si la revolución
no se consumó fue porque una cierta dirigencia de izquierda traicionó al
mandato popular.




Fragmentación



Estas dos posturas se encuentran, en distintas
proporciones, en todas las fuerzas y organizaciones de izquierda, sin
excepción. Fiel a la tradición peronista, la praxis gubernamental del
kirchnerismo acentuó la fragmentación de la izquierda. En realidad, no sólo de
ésta: también dividió a la Central de Trabajadores Argentinos en un ala pro-K y
otra profundamente anti-K. Lo mismo hizo con la organización de las pequeñas y
medianas empresas y hasta con la más importante central empresaria, la Unión
Industrial Argentina. Partidos centenarios como el radicalismo y el socialismo,
así como importantes agrupaciones estudiantiles universitarias, no escaparon a
esta lógica de “división primero y fagocitación después” que ha caracterizado
al peronismo desde sus inicios.




En el campo de la izquierda esta escisión
promovida por un poder cuya voracidad es inagotable no hizo sino profundizar su
debilidad. Un sector de ella, principalmente el Partido Comunista (PC),
transita por el estrecho y peligroso sendero del “apoyo crítico” al gobierno de
Cristina Fernández a partir del reconocimiento del carácter progresista de
algunas políticas, como el masivo enjuiciamiento a los genocidas; reorientación
latinoamericanista de la política exterior; algunas medidas de política social
como la “asignación universal por hijo”, extensión de los beneficios
jubilatorios, estatización de los fondos privados de pensión, ley de medios,
matrimonio igualitario y más recientemente, re-nacionalización parcial de YPF
vía expropiación de las acciones de Repsol. Pero junto con estas iniciativas
hay otras, de signo claramente reaccionario, como la aprobación de cuatro -no
una sino cuatro- leyes antiterroristas entre 2007 y 2011 a pedido de “la
embajada”; y otras de carácter regresivo como el apoyo a la megaminería a cielo
abierto, la sojización del agro, la extranjerización de la economía, la
complicidad con el gigantesco proceso de vaciamiento experimentado por YPF a
manos de Repsol, el mantenimiento de algunas vigas maestras del modelo
neoliberal establecido por la dictadura cívico-militar (como, por ejemplo, la
“Ley de entidades financieras” que consagra la primacía del capital financiero
y la renta especulativa), la impotencia reguladora del Estado y la escandalosa
regresividad tributaria que caracteriza a la economía argentina. Esta volátil y
contradictoria combinación hace que algunas fuerzas políticas, no sólo el PC,
piensen que hay “un gobierno en disputa” y que hay que aprovechar las fisuras e
inconsistencias del gobierno de Cristina Fernández para avanzar en una agenda
de radicalización de las transformaciones en curso. Es una apuesta riesgosa y
la probabilidad de un desenlace exitoso es incierta, si bien no pocas veces la
historia adopta cursos inesperados que toman por sorpresa aún a los actores más
prevenidos. Es por eso que esta tesis del “gobierno en disputa” sigue
concitando adeptos en muchas fuerzas políticas y espacios del progresismo
argentino, sobre todo cuando se comprueba que, al menos en términos
electorales, las alternativas más probables de reemplazo al kirchnerismo serían
portadoras de un retroceso considerable en casi todos los frentes, comenzando
por los derechos humanos y terminando por la gestión macroeconómica.




Renuentes a cualquier clase de “apoyo táctico o
crítico” son otras organizaciones de izquierda, de inspiración trotskista, como
el Partido Obrero (PO) y el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS), que
proponen una política de oposición intransigente y radical al kirchnerismo. No
es de extrañar esta actitud cuando lo mismo proponen para gobiernos como los de
Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y Hugo Chávez en Venezuela,
amén de tener una actitud sumamente crítica para con la propia Revolución
Cubana. El fundamento de esta política maximalista es la repulsa que emana del
reconocimiento de los rasgos más conservadores del kirchnerismo (señalados en
el párrafo anterior) acompañada de un simétrico desconocimiento de que, a pesar
del mantenimiento de importantes niveles de pobreza y exclusión social, la
situación de las capas más postergadas y explotadas de la población ha
experimentado una relativa mejoría a partir de los horrores de finales del 2001
y comienzos del 2002, y que los logros del oficialismo no son tan sólo un
“relato” sino que tienen una cierta encarnadura en el terreno prosaico pero
crucial de la economía popular. Y esto no sólo surge del examen de algunos
datos objetivos sino que, más importante aún, tiene su fundamento en la
percepción y la sensación que manifiestan sectores mayoritarios de las clases
trabajadoras. De lo contrario no se comprende cómo la fórmula de la “izquierda
dura”, que unificó al PO y al PTS obtuvo en las últimas elecciones presidenciales
poco más del 2 por ciento de la votación popular contra el 54 por ciento del
cristinismo. La conciencia alienada de la clase trabajadora no alcanza para
explicar tamaña diferencia. Sin duda que hay algo más.




Esta dispersión de la izquierda marxista afecta
también a otros espacios del progresismo, atravesado por similares
contradicciones. Con el agravante que por su gran labilidad ideológica son
fuerzas fácilmente co-optables por el kirchnerismo. El Partido Humanista y
sectores importantes del Nuevo Encuentro, por ejemplo, se aproximaron tanto en
sus políticas de alianzas con el cristinismo que sin darse cuenta terminaron
instalados al interior del Frente para la Victoria de la presidenta Cristina
Fernández. Esto revela, nuevamente, la gran dificultad que representa el
peronismo como fenómeno de masas y como heredero de la más radical experiencia
populista de que se tenga noticias en América Latina, causante en la segunda
mitad de la década de los cuarentas, de la mayor redistribución de ingresos en
cualquier país de la región hasta el triunfo de la Revolución Cubana. Es por
eso que el peronismo en sus sucesivas encarnaciones: el populismo keynesiano
del primer Perón, el ultraneoliberalismo de Menem y el kirchnerismo
neodesarrollista, es un Júpiter político que atrae a su campo gravitacional
cualquier fuerza que, seducida por su retórica tan desafiante como
inconsecuente o por sus componentes más reformistas, intente acompañar sus
políticas con la secreta esperanza de conducirlas por una ruta ajena al itinerario
trazado por el capital. Pero si el peligro para quienes piensan en sostener
“alianzas tácticas” con tan poderoso aliado es su desaparición, fundido en el
magma de un populismo en permanente reconversión y en donde los elementos de
derecha adquieren cada vez mayor fuerza, el riesgo para quienes deciden
enfrentarlo radicalmente como si fuera un gobierno de derecha más -como si
Cristina fuera Calderón o Chinchilla- y mantenerse lejos de su campo
gravitacional es quedar reducidos a una expresión eternamente condenada a ser
una secta testimonial, de irreprochable radicalismo pero privada por completo
de toda relevancia práctica lo cual, hay que decirlo, suscita problemas para
nada insignificantes de responsabilidad política que no podemos analizar aquí.




Como puede colegirse de lo anterior, no hay una
solución sencilla para el enigma que representa el peronismo en la política
argentina: un proyecto burgués, sin dudas, porque la misma Cristina ha dicho
una y mil veces que lo que anhela es instalar en la Argentina un “capitalismo
serio”, pero dotado de una envidiable base popular que ha mantenido su lealtad
al peronismo durante sesenta y siete años, desde las lejanas jornadas
fundacionales del 17 de Octubre de 1945. No es lo mismo, para la izquierda,
posicionarse frente a Piñera, Calderón, Santos o Chinchilla, que hacerlo frente
a Cristina o, salvando algunas diferencias, frente a Dilma en Brasil. De ahí la
enorme dificultad de la izquierda marxista para hacer política, para pasar de
sus más que justificadas denuncias –éticas, económicas, políticas- a la
construcción de una alternativa de masas orientada hacia la superación
histórica del capitalismo.



* Este breve texto re-elabora algunas de las ideas contenidas en
el capítulo 7 de nuestro Tras el Búho de Minerva. Mercado
contra democracia en el capitalismo de fin de siglo
 (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica,
2000) El libro puede descargarse íntegramente desde nuestro blog: 
www.atilioboron.com.ar
[Este texto es parte de la revista “América
Latina en Movimiento
”, No 475, correspondiente a mayo de 2012 y que
trata sobre «América Latina: Las izquierdas en las transiciones políticas”
disponible en http://alainet.org/publica/475.phtml ]
URL de este artículo: http://www.alainet.org/active/54976