29.7.2014

Hola todxs: pego a continuación una nota publicada por Página/12 el día de hoy, que actualiza un artículo escrito días pasados y que fuera publicado por varios medios digitales, pero no en este periódico.
Espero les sirva como insumo para facilitar una mejor comprensión de la tragedia en curso en estas horas.

Un barrio de Gaza, antes del bombardeo

El mismo distrito, después del bombardeo

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Página/12
Martes,
29 de julio de 2014 | 
17:44
29.7.2014
 Por Atilio A. Boron

¿Qué está sucediendo en Gaza? El gobierno de Israel, un
estado que somete a un injusto, cruel e inhumano bloqueo a un diminuto
territorio palestino a orillas del Mediterráneo, decidió aplicar un escarmiento
ejemplar por el asesinato de tres jóvenes colonos judíos presuntamente
perpetrado por Hamas. Sin pruebas mínimamente convincentes y en medio de una
sospechosa operación policial, Jerusalén acusó a esa organización de lo
ocurrido con el propósito –como lo reconociera días atrás un apologista de
Israel dentro de EE.UU., Zbigniew Brzezinski– de “agitar a la opinión pública
en Israel para que justifique su ataque a Gaza”. Y eso fue lo que ocurrió:
niños, ancianos, mujeres y hombres caen bajo el fuego de su metralla. Para
Netanyahu y su gavilla en Gaza todos son terroristas, más allá de sus
apariencias. Uno de los jerarcas de la dictadura genocida en la Argentina, Ibérico Saint
Jean, dijo que “primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus
colaboradores; después a los indiferentes y por último a los tímidos”. El
gobierno israelí invirtió esa secuencia y comenzó por la población civil, gente
cuyo único crimen era vivir en Gaza, y cometió un delito al aplicar una
penalidad colectiva para un crimen perpetrado por algunos individuos. Después
de este brutal y aleccionador escarmiento invadieron Gaza para aniquilar a los
terroristas y sus colaboradores. Israel sabe que el rudimentario y escaso
armamento de Hamas apenas podía ocasionarle daños de alguna significación. Sus
amenazas de destruir al Estado de Israel son bravuconadas que no se
corresponden ni remotamente con su poder efectivo de fuego. Pero son muy útiles
en la guerra psicológica: sirven para aterrorizar a la población israelí y así
obtener su consentimiento para el genocidio y la ocupación de los territorios
palestinos. Y también para que Estados Unidos y los países europeos aporten
todo tipo de armamentos y amparen políticamente al régimen. Justamente en estos
días Israel solicitó a Washington la entrega de 225 millones de dólares
adicionales para financiar la producción de componentes de su escudo
antimisiles, conocido como “Cúpula de Hierro”. El secretario de Defensa de
EE.UU. remitió un mensaje al Senado y a la Cámara de Representantes urgiendo la rápida
aprobación de la petición israelí. Si fuese aprobada la ayuda de EE.UU. para
estos propósitos ascendería, sólo en 2014, a 500 millones de dólares. La ayuda militar,
de cualquier fuente, que recibe Hamas es cero. La desproporción de fuerzas es
tan flagrante que hablar de una “guerra” es una broma macabra. Lo dijo Marco
Aurelio García, asesor especial de la presidenta Dilma Rousseff: “Lo que
estamos viendo en Medio Oriente, por el amor de Dios, es un genocidio, es una
masacre”.
Y es así porque Gaza no tiene ejército, no se le ha
permitido que lo tenga. Israel tiene uno de los mejores del mundo, pertrechado
con la más sofisticada tecnología bélica que le proporcionan Washington y las
viejas potencias coloniales europeas. Gaza tampoco tiene una aviación para
vigilar su espacio aéreo o una flota que custodie su mar y sus playas. Los
drones y helicópteros israelíes sobrevuelan Gaza sin temor y disparan sus
misiles sin preocuparse por el fuego enemigo, porque no hay fuego enemigo. Las
nuevas tecnologías bélicas le han permitido “perfeccionar” lo que hizo Hitler
en Guernica. En su furia asesina han bombardeado casas, escuelas, hospitales,
recintos de la ONU. Sus
poderosos aliados (cómplices de sus crímenes) convalidan cualquier atrocidad.
Ya lo hicieron antes, y no sólo con Israel, y lo harán cuantas veces sea
necesario. Su mala conciencia juega a favor de este plan genocida: callaron
desvergonzadamente durante la
Shoá perpetrada por Hitler ante la vista y paciencia de todo
el mundo, desde el papa Pío XII hasta Franklin D. Roosevelt y Winston
Churchill. Callarán también ante el genocidio que metódica y periódicamente se
está consumando en Gaza, porque matar palestinos a mansalva es eso: un
genocidio. El Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional estableció en 1998 que
“se entenderá por ‘genocidio’ cualquiera de los actos mencionados a
continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a
un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal: a) matanza de miembros
del grupo; b) lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del
grupo; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que
hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”. El gobierno israelí
incurre en los tres componentes de la definición. El problema para el Estado de
Israel, al menos en su actual conformación, es que rara vez el genocidio ha
sido un camino hacia la victoria. Hitler asesinó a seis millones de judíos en
los hornos crematorios y terminó aplastado por sus enemigos. ¿Por qué pensar
que este genocidio tendrá un resultado diferente? Es tal vez por eso que en la
entrevista ya mencionada Brzezinski afirmó que con sus políticas Netanyahu
“está aislando a Israel y poniendo en peligro su futuro en el largo plazo”.
Destrucción de la mezquita de Al-Tawfeek

Afortunadamente, dentro de Israel hay sectores que reprueban
con durísimos términos la conducta seguida en Gaza: un grupo denominado “Judíos
contra el genocidio”, el Partido Comunista de Israel junto con el Frente
Democrático por la Paz
y la (Hadash) han condenado los crímenes perpetrados en Gaza y plantean,
además, la legitimidad de la resistencia de cualquier territorio ocupado. Pero
hay otros que predican la aniquilación de los palestinos, como Ayelet Shaked,
la diputada que instó a las fuerzas de ocupación a matar a las madres
palestinas porque engendran serpientes terroristas. Y desde el gobierno israelí
se trabaja para fomentar la deshumanización del “otro” árabe. Los grandes
medios de comunicación y las escuelas enseñan a los niños israelíes a odiar a
sus indeseables vecinos, degradados a la condición de una raza despreciable.
Para involucrarlos en el esfuerzo bélico se los invita a que escriban mensajes
de muerte en los misiles que lanzan sus fuerzas armadas. Otros niños serán los
que caerán muertos por esos proyectiles amorosamente dedicados por sus
contrapartes israelíes.
Este comportamiento es un escupitajo a la gran tradición
humanista del pueblo judío, que arranca con los profetas bíblicos, sigue con
Moisés, Abraham, Jesucristo y pasa por Avicena, Maimónides, Baruch Spinoza,
Sigmund Freud, Albert Einstein, Martin Buber hasta llegar a Erich Fromm, Claude
Lévi-Strauss, Hannah Arendt y Noam Chomsky. O con extraordinarios judíos que
enriquecieron el acervo cultural de la Argentina como León Rozitchner, Juan Gelman,
Alberto Szpunberg y Daniel Barenboim, entre tantos otros que sería muy largo
nombrar aquí. La traición a los grandes ideales que el judaísmo aportó a la
humanidad no será gratuita. Con su criminal cobardía, con sus delitos de lesa
humanidad, con sus prácticas propias del “terrorismo de Estado”, con la
violación de la legalidad internacional (desacatando la resolución Nº 242, de
noviembre de 1967, del Consejo de Seguridad de la ONU, que por unanimidad exige
que Israel se retire de los territorios ocupados durante la Guerra de los Seis Días de
1967), las autoridades israelíes están infligiendo un durísimo golpe a la
sustentabilidad a largo plazo del estado de Israel. Su aislamiento en la Asamblea General
de la ONU es
patético, ejemplificado por su sistemático y solitario acompañamiento a los
Estados Unidos en las votaciones sobre el bloqueo impuesto a Cuba. Incluso sus
más incondicionales amigos, como Mario Vargas Llosa, no ahorran críticas:
después de visitar Gaza en 2005 dijo en el diario español El País: “Nadie me lo
ha contado, no soy víctima de ningún prejuicio contra Israel, un país que
siempre defendí … lo he visto con mis propios ojos. Y me he sentido asqueado
y sublevado por la miseria atroz, indescriptible, en que languidecen, sin
trabajo, sin futuro, sin espacio vital, en las cuevas estrechas e inmundas de
los campos de refugiados o en esas ciudades atestadas y cubiertas por las
basuras, donde se pasean las ratas a la vista y paciencia de los transeúntes,
esas familias palestinas condenadas sólo a vegetar, a esperar que la muerte
venga a poner fin a esa existencia sin esperanza, de absoluta inhumanidad, que
es la suya. Son esos pobres infelices, niños y viejos y jóvenes, privados ya de
todo lo que hace humana la vida, condenados a una agonía tan injusta y tan
larval como la de los judíos en los guetos de la Europa nazi, los que ahora
están siendo masacrados por los cazas y los tanques de Israel, sin que ello sirva
para acercar un milímetro la ansiada paz”.

Parece poco probable que la infernal maquinaria bélica
israelí pueda hacer un alto y reflexionar sobre el significado de esta traición
a los ideales del humanismo judío. Un enfermizo racismo se ha apoderado de los
círculos dominantes en la sociedad israelí que le inhibe reaccionar ante las
monstruosidades perpetradas en contra de los palestinos en Gaza o ante la
construcción de un ignominioso muro en Cisjordania, o ante la perpetuación y
profundización de las políticas de usurpación y despojo colonial. Los horrores
padecidos bajo el nazismo parecerían ser suficientes para justificar lo que es
a todas luces injustificable e imperdonable. ¿Será así? Pero, en caso
afirmativo, la cuestión es: ¿por cuánto tiempo? Pregunta pertinente si se
recuerda el dictum de John Quincy Adams, sexto presidente de EE.UU. cuando dijo
que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses
permanentes”, una frase repetida hasta el cansancio por otro criminal de
guerra, Henry Kissinger. Sería bueno que las autoridades israelíes, que dan por
descontado un apoyo indefinido de Washington a sus políticas, meditaran sobre
este asunto.