El día de ayer, 1° de Marzo, tuvo lugar en Guayaquil una reunión de análisis sobre la situación internacional. Dicho encuentro fue convocado por la Presidencia de la República del Ecuador a través de la Cancillería. Tomaron parte del mismo el Presidente Rafael Correa; el Canciller Ricardo Patiño; el ex presidente del Uruguay José Mujica; el Secretario General de la UNASUR Ernesto Samper; el asesor presidencial del presidente Raúl Castro en temas de Cultura, Abel Prieto; el asesor presidencial de Dilma Rousseff Marco Aurelio García; Jorge Arias, del Minrex cubano; el sociólogo venezolano Elías Jaua; Marco Enríquez Ominami, precandidato presidencial chileno; los ministros Guillaume Long, René Ramírez, Fander Falconí del Ecuador; la Secretaria General de Alianza País, Doris Solíz; y los analistas Ana Esther Ceceña, Alfredo Serrano, Diego Cánepa, Emir Sader y el autor de estas líneas.

En fecha próxima la Cancillería ecuatoriana pondrá todos los documentos presentados en línea, mientras se elabora un texto de síntesis de las discusiones. A continuación, comparto con todxs ustedes la ponencia que presentara a la reunión.

¿Estancamiento, retroceso, involución?
Hipótesis sobre la génesis de ciertos acontecimientos recientes en América
Latina

Por Atilio A. Boron [1]

La región vive
una coyuntura muy especial: al anunciado cambio de época proclamado con total
acierto por el presidente Rafael Correa hace ya unos cuantos años lo acechan
amenazas de una insólita gravedad. Proliferan las voces que pregonan -con
indisimulada alegría algunos en la izquierda, con alivio otros en la derecha-
el “fin de ciclo progresista”, más una expresión de deseos que un argumento
sólidamente fundado. Pero más allá de esta disyuntiva, es indudable que el gran
impulso ascendente de las luchas sociales y las fuerzas progresistas que desde
finales del siglo pasado conmovieron a la región se ha ralentizado. La derrota
del ALCA en Noviembre del 2005 aparece ahora, en perspectiva histórica, como el
cenit de un proceso que luego iría debilitándose paulatinamente. Sin embargo,
la inercia histórica era tan fuerte que ese auge de masas hizo posible  las victorias de Evo Morales en Bolivia a
finales del 2005 y de Rafael Correa en Ecuador también a fines del 2006. No
sólo eso: también hubo un impulso suficientemente vigoroso como para desbaratar
la intentona de golpe y secesión ensayada en Bolivia en el 2008 y el golpe de
estado en Ecuador en Septiembre del 2010. Pero, posteriormente, ese antiguo
vigor fue menguando hasta llegar a una situación de estancamiento y, en ciertos
casos, de abierto retroceso. El más importante, sin duda, fue el caso de la
Argentina: este es el primer, y hasta ahora único, país gobernado por una
coalición progresista que fue derrotado en una elección presidencial. En su
lugar ascendió al poder una heteróclita fuerza de derecha, que hizo de su
subordinación a Estados Unidos y a los cánones del neoliberalismo el principio
rector de todas sus políticas. En Venezuela el oficialismo sufrió una durísima
derrota en las elecciones de la Asamblea Nacional de Diciembre del pasado año
pero el chavismo aún conserva el gobierno. No obstante, surgen muchas dudas
acerca de su estabilidad en el mediano plazo y la gobernabilidad del orden
democrático venezolano ante el abismo que separa un Ejecutivo acosado por
innúmeros problemas de gestión y corrupción y un Legislativo dominado por una
derecha rabiosa y vengativa, y cuya lealtad a las reglas del juego de la
democracia es más que dudosa. Y apenas hace unos días, la ajustada derrota,
pero derrota al fin, sufrida por el gobierno del presidente Evo Morales en el
referendo constitucional viene a completar una trilogía de fracasos que se
torna aún más preocupante si se tiene en cuenta que hace pocos meses las
fuerzas de izquierda en Colombia perdieron la Alcaldía Mayor de Bogotá y la de
otras importantes ciudades. Agréguese a lo anterior la tambaleante situación
del gobierno de Dilma Rousseff en Brasil, cuya continuidad en el cargo parece
cada vez más pender de un delgado hilo, para comprender la gravedad del momento
actual de la política sudamericana.

Autocrítica y debate: la gran
ausencia

Una coyuntura
como esta, descrita a grandes rasgos dado que es por todos conocida, exige
llevar a cabo un análisis en profundidad de las causas que la explican. Para
ello es necesario ejercer, como punto de partida, una sana y profunda
autocrítica, huyendo de los discursos autocelebratorios que por demasiado
tiempo prosperaron en la región. Quisiera señalar que hay en nuestros países
una resistencia enorme a la autocrítica, tanto en la izquierda “en el llano”, renuente
a examinar las causas de su ineficacia y de su inoperancia históricas como
fuerza política, como en la “izquierda gobernante”, que se resiste a revisar
críticamente lo actuado y a tratar de entender la génesis de su desventura
actual.[2] Tal
como lo manifestara en su momento el ex presidente Raúl Alfonsín al autor de
estas líneas: “en nuestros países la autocrítica se desliza velozmente hacia la
antropofagia, con las desastrosas consecuencias que se desprenden de ello”. En
el caso argentino luego de la inesperada (para el entorno presidencial) derrota
del kirchnerismo representado en la candidatura de Daniel Scioli surgieron
algunas voces reclamando que se explicara lo que parecía ser inexplicable. Pero
a tres meses de producida la debacle del 22 de Noviembre del 2015 ni uno sólo
de los dirigentes del Frente para la Victoria, comenzando por la ex presidenta
Cristina Fernández de Kirchner, dijo una palabra acerca del asunto, y eso que
muchos cuadros medios del kirchnerismo y algunos analistas independientes, como
el autor de estas líneas, han venido reclamando insistentemente, y en vano, una
autocrítica. La respuesta ha sido el más absoluto silencio.[3]
Creo que sin abandonar esta actitud va a ser muy poco probable que las fuerzas
de izquierda y progresistas recuperen el papel protagónico que supieron tener
en el pasado. Estas líneas pretenden hacer un pequeño aporte en esa dirección.

El
papel de los medios hegemónicos

Avanzando en
esta línea primero que nada quisiera descartar un tranquilizador argumento utilizado
hasta el cansancio en los últimos tiempos y según el cual la causa de este
retroceso obedece a la perversidad de los medios concentrados que dispararon
toda su artillería en contra de los gobiernos populares y manipularon eficazmente
a la opinión pública. Sin duda que eso fue lo que hicieron, y de una manera
brutal. Pero antes también lo habían hecho: ¿o acaso no ganaron Evo, Correa, el
propio Chávez, Cristina, Lula, en contra de la presión de los medios hegemónicos?
¿Por qué entonces su prédica no surtió efectos tan deletéreos como los que
demuestran al día de hoy? ¿Qué fue lo que potenció su gravitación? ¿Qué hubo en
el medio? Repasemos: Una gestión de gobierno, con sus aciertos y errores[4]; una
campaña electoral, pobre y mal concebida en Argentina, Bolivia y Venezuela, a
contrapelo de los avances registrados en esa materia; la personalidad de los
líderes, siempre sometida a intensas presiones, que pueden provocar reacciones
desafortunadas o extemporáneas; el counseling
de “la Embajada” asesorando a través de sus redes de ONGs a la oposición en la
elaboración del discurso político, la presentación de los candidatos, la agenda
a ser promovida, etcétera, todo lo cual constituye el marketing político cuya importancia no hace sino crecer de la mano,
como lo subraya una y otra vez Noam Chomsky, de los avances en los estudios de
la psicología del consumidor; las “campañas sucias” desacreditando a los
candidatos progresistas que si bien jurídicamente quedan en la nada inciden en la
opinión de una porción del electorado; el terrorismo mediático, amedrentando a
la población sobre los males que sobrevendrán ante la insistencia de proseguir
marchando por el “rumbo equivocado” a la vez que se agigantan los problemas
actuales y se ocultan los logros de esos gobiernos; la “guerra económica”, de
la cual Venezuela es la principal si bien no la única víctima, y que genera
desabastecimientos, largas colas de los consumidores para adquirir productos de
primera necesidad y ataques especulativos contra la moneda entre otras
cuestiones; el agotamiento del boom
de las commodities producido por la
persistencia de la crisis general del capitalismo y, por último, la “fatiga
política” de sociedades cada vez más partidarias del cambio y la renovación de
caras, programas, estilos de gobierno.
En suma: no se
trata de negar el importantísimo papel de los medios pero sería un ejercicio de
autocomplacencia quedarnos allí y no ver el cúmulo de otros factores
intervinientes, entre ellos nuestros propios errores, que en el caso argentino
fueron de tal gravedad que echaron por la borda doce años de gobierno y
beneficiaron a un político, Mauricio Macri, que menos de un año antes no tenía
chance alguna de salir victorioso en cualquier contienda electoral que tuviera
lugar fuera de la ciudad de Buenos Aires. No sería exagerado aventurar que en
este terreno el error principal –cometido no sólo en la Argentina sino en todos
los países ya mencionados-  fue carecer
de una correcta política de comunicaciones; no haber comprendido los gobiernos
populares que la comunicación política es un arte y una ciencia, que fue
cultivada con esmero por la derecha bajo la asesoría de sus mentores
norteamericanos y que nuestras respuestas fueron  meramente instintivas, intuitivas, amateurs
en más de un sentido. No supimos contrarrestar esa ofensiva, ni en los medios
ni en las redes sociales. Estas últimas, sobre todo, podrían haber sido
aprovechadas de modo mucho más eficaz para nuestra causa y no lo fueron. Y sin
una adecuada comunicación política lo mucho y bueno que hicieron estos
gobiernos quedó sepultado bajo una campaña de mentiras, tergiversaciones y
descalificaciones orquestada por los oligopolios mediáticos, manipulando el
sentir y la percepción de grandes sectores de la opinión pública. Encarar
seriamente el desafío del tema comunicacional es una de las asignaturas
pendientes más decisivas que enfrentarán los gobiernos y las fuerzas
progresistas y de izquierda en los próximos meses. Hace tiempo que somos varios
los que venimos insistiendo en este tema, sin que hasta ahora nuestras
exhortaciones hayan sido tenidas en cuenta. La realidad actual nos obliga, en
este terreno, a pegar aquel “golpe de timón” –para usar una expresión acuñada
por Hugo Chávez- para elaborar, de conjunto, una estrategia continental de
comunicaciones para librar en mejores condiciones la batalla de ideas, que es
el núcleo fundamental de la batalla política. La derecha tiene una estrategia
continental; nosotros no, y ni siquiera tenemos adecuadas estrategias
comunicacionales a nivel nacional. Esto debe ser remediado sin más demora.

El
cambio cultural y el impacto del “vulgorepublicanismo”
Dicho lo
anterior y descartada la utilidad heurística y práctica de la unicausalidad
mediática queremos llamar la atención a una segunda cuestión, muy importante y
muy poco estudiada: el fenómeno del cambio cultural que ocurrió en los países
latinoamericanos en los últimos quince años y que modificó en gran medida el
entramado de valores, actitudes y creencias de las clases y capas populares.
Esta es  una dimensión que
desgraciadamente no ha sido hasta ahora tenida en cuenta en los análisis de la
izquierda y del progresismo, más centrados en torno a los componentes más crematísticos
de la lucha de clases: salarios, ingresos, ganancias, plusvalías, desempleo,
inflación. Estas dimensiones económicas son cruciales, pero desgraciadamente no
son las únicas que cuentan porque todos los procesos vinculados a ellas están
mediados por la ideología, el lenguaje y la cultura.
A partir de esa
premisa quisiera sugerir que hay un elemento novedoso en la cultura de las
clases y capas populares que permite formular algunas conjeturas acerca de las
razones por las cuales tres gobiernos que llevaron a cabo ambiciosos programas
de política social, que redistribuyeron ingresos, incluyeron a  poblaciones secularmente oprimidas y excluidas,
repartieron viviendas, abrieron las universidades al pueblo, protegieron
minorías (o, en Bolivia, mayorías secularmente marginadas) fueron derrotados
por los voceros del neoliberalismo que representaban la perpetuación de
aquellas condiciones de opresión y explotación. ¿Cómo explicar este disparate?
Creo, en primer
lugar, que ciertos componentes del discurso del “vulgorepublicanismo”, desdeñados
por la izquierda, penetraron muy profundamente en el suelo popular. Por aquél
debe entenderse un discurso que exalta las virtudes de la alternancia de los
gobernantes como el test ácido de cualquier régimen democrático y, por
consiguiente, la perversidad de cualquier propuesta política que pretenda abrir
el camino a la perpetuación en el poder de un líder o de una fuerza política,
por más popular que sea. Otro componente de aquel discurso exalta las bondades
del cambio, no importa en qué dirección ni para hacer qué o en beneficio de
quienes. El mundo está en constante mutación; el vértigo del progreso
tecnológico hoy lo experimenta cualquier que acceda a un teléfono celular, cosa
que no ocurría en el pasado. Y si el mundo cambia así de rápido en la esfera de
la tecnología de la vida cotidiana, y en los usos y costumbres de la sociedad,
¿por qué no debería también cambiar en la política? Lo importante es cambiar.
Lo que está, estuvo, y debe ser dejado atrás, hay que ir para adelante,
confiados en el rumbo que señala el progreso técnico. El macrismo en la
Argentina captó con mucha astucia este nuevo estado de ánimo cultural arraigado
fuertemente en la sociedad argentina, al punto tal que la coalición que
encabezó se denominó Cambiemos. Y
tengo para mí que un fenómeno no muy distinto se está experimentando en casi
todos nuestros países, incluyendo Cuba.[5]
Otro componente
muy fuerte del “vulgorepublicanismo” es la idea de que existe una prensa
independiente, que dice la verdad y que los gobiernos progresistas quieren
acallar apelando a las más canallescas estratagemas: asfixiándolas negándoles
la publicidad oficial, impidiendo su libre circulación, amenazando periodistas,
etcétera. Tanto penetró esta idea que muchas gentes de los sectores populares,
por lo menos en la Argentina, se sentían representados e interpretados por lo
que la oligarquía mediática decía o emitía por radio o televisión. La prensa
oficialista, u oficiosa, prestó un inestimable servicio a la derecha al
presentar imágenes idílicas de la realidad, aumentando de ese modo el repudio
de amplios sectores sociales al gobierno que, según los medios hegemónicos,
“mentía” al pueblo. Por ejemplo, sostener que la inflación anual era de un
dígito cuando el mismo gobierno homologaba convenios colectivos de los
trabajadores con aumentos del 28 o el 30 por ciento; o admitiendo que el nivel
de pobreza de la Argentina era equivalente al de Alemania, lo cual provocó no
sólo el rechazo sino el enojo de los sectores populares que sentían que estaban
siendo objeto de burlas por parte del gobierno nacional. Lo único que se logró
con esa actitud fue que la sociedad perdiera totalmente confianza en lo que
decía el gobierno.  El poder mediático ni
siquiera necesitaba mentir: simplemente ponía la noticia de los índices oficiales
de inflación en primera plana, con resultados devastadores porque los
asalariados sentían en sus bolsillos cuál era la dimensión real de ese flagelo.

La percepción de las políticas sociales y los derechos sociales
Más allá de los
estragos del “vulgorepublicanismo”, creo también que los receptores populares
de las políticas sociales ya no tienen la respuesta de antaño ante las mismas.  Con aquellas políticas, precozmente
implementada en los años cuarentas y cincuentas el peronismo, sin ir más lejos,
conquistó la lealtad del pueblo durante tres generaciones. No ocurrió lo mismo
con el kirchnerismo.[6] Lo
que puedo percibir, en función de observaciones dispersas pero en profundidad,
es una suerte de fatiga ante el asistencialismo y ante la inefectividad,
socialmente percibida, de las políticas sociales que no extraen a sus
beneficiarios de la pobreza. Gentes del “conurbano profundo” de la Argentina, “targets” preferenciales de múltiples
programas sociales del kirchnerismo, me confiaban días antes de las elecciones
que votarían a Macri porque estaban hartos del clientelismo, de que los
intendentes los llevaran de aquí para allá para vitorear a Cristina o a algún
candidato, de tener que recibir una dádiva. Y además, señalaban muchos,
“seguimos siendo pobres, muy pobres. Queremos trabajo genuino, y para eso
tienen que venir inversiones. Y Macri puede traerlas”. La exigencia de “trabajo
genuino” y la desconfianza en relación a los programas sociales aparecen como
elementos novedosos en la escena popular argentina, sobre todo la segunda,
cuando tales programas eran antes vistos como un derecho legítimo y suficiente.
Puede ser que la superación del abismal desamparo social de los años noventas
haya contribuido a “naturalizar” programas tales como la asignación universal
por hijo y embarazo, la formalización del empleo doméstico acabando con las
contrataciones no-registradas (“en negro”) para las trabajadoras del hogar y la
universalización de la jubilación y que ahora sus beneficiarios, con toda
razón, exijan nuevos derechos. Lo paradojal es que lo hagan apelando a una
fuerza conservadora que jamás se preocupó por el bienestar de las clases y
capas populares. En todo caso, y sin abundar tanto en detalles, el “trabajo
genuino” aparece como una reivindicación de primer orden. El asistencialismo
está bien por un tiempo pero cuando en función del mismo “mi familia hace tres
generaciones que no trabaja y vive de planes sociales y mis hermanos terminan
transando droga”, como me dijo un joven de José C. Paz, un distrito muy pobre
del Gran Buenos Aires, la demanda se dirige a otro lado: a un trabajo estable,
formal, registrado, rompiendo la dependencia de punteros, intendentes y jefes
políticos.
Creo que algo
similar ha ocurrido en Bolivia, aunque hay aspectos que emparentan más este
caso con el de Venezuela. En efecto, en estos dos países la clase media como
grupo de referencia, que no de pertenencia, irrumpió con fuerza en el
imaginario popular. Dado que “el Comandante Chávez nos ha dado esta casa”
-decía un caraqueño que participaba en un acto de Henrique Capriles con su
franela ‘roja-rojita’ distintiva del chavismo- “ahora somos clase media y
tenemos que cuidar lo que es nuestro. Chávez seguirá protegiendo a los más
pobres, pero nosotros, como clase media, tenemos la obligación de cuidar lo que
es nuestro. Y para eso nada mejor que Capriles.” Este fenómeno creo que también
se reprodujo en cierto grado también en Bolivia. 
En otras
palabras, y sintetizando un razonamiento que podría ser muy largo, la tesis que
quisiéramos compartir aquí es que, en ausencia de una intensa labor de
educación política y concientización al estilo freiriano la expansión del
consumo popular o el acceso a ciertos bienes y servicios no crea lealtades
políticas duraderas ni es material confiable para la construcción de hegemonía
política en el mediano plazo. El caso de Brasil demuestra más o menos lo mismo,
y la matriz profunda creo que se encuentra precisamente ese cambio cultural que
no hemos sabido interpretar en toda su significación. Cambio que ha tornado a
las clases y capas populares más receptivas a interpelaciones
“vulgorepublicanas” y a la seducción del consumismo y los valores mesocráticos,
o clasemedieros, y por lo tanto, más reacias a aceptar las propuestas de
gobiernos que exaltan las virtudes de la solidaridad, los derechos colectivos,
la cooperación y la justicia social. Esto, va de suyo, constituye un enorme
desafío a futuro.
La problemática de la
organización
Un tema también
insoslayable es la cuestión de la organización. No es un dato menor que la
densidad organizativa de los países que estamos analizando se haya debilitado
significativamente. En el caso de la Argentina ni el Frente para la Victoria,
ni La Cámpora, ni Unidos y Organizados lograron plasmar estructuras
organizativas dotadas de un mínimo de eficacia militante. Fueron creaciones
burocráticas que no llegaron a calar en la profundidad del suelo popular. El
debilitamiento de quien otrora fuera el mayor partido de masas de Occidente, el
PT brasileño, salta a la vista, y dejó tanto al presidente Lula como, sobre
todo, a la presidenta Dilma Rousseff indefensos ante los viciosos ataques de
sus enemigos. En Bolivia también es fácil de observar el enflaquecimiento de
los movimientos sociales, surcados por divisionismos, denuncias y ambiciones
personalistas de todo tipo. Y otro tanto cabe decir si su examina la
experiencia de Alianza País en Ecuador. No todos estos cuatro casos son
iguales, hay matices, hay sumas y restas, pero el común denominador apunta
hacia los problemas del enflaquecimiento y anemia de las estructuras
organizativas, acompañadas por la deserción de importantes aliados, una pérdida
de la mística militante y el impulso utópico de otros años. También, por la
incapacidad para neutralizar la labor de socavamiento interno realizado por
numerosas ONGs norteamericanas y europeas cuya función real es introducir
divisiones en los movimientos populares y fomentar el enfrentamiento con las
autoridades gubernamentales. Tal vez el PSUV venezolano pueda representar un
caso más atenuado, pero igualmente inscripto en la misma línea tendencial.
De lo anterior
se desprende la enorme importancia práctica, y la urgencia, por reconstruir las
estructuras organizativas del campo popular. Para gobiernos que pretenden
cambiar un estado de cosas injusto en la región más injusta del planeta la
organización de lo que Maquiavelo llamaba “la calle” es de una enorme
importancia estratégica. No basta con ocupar las “alturas del Estado”, como
recordaba Nicos Poulantzas, para llevar adelante un programa siquiera
moderadamente reformista. La inercia conservadora del estado, de todos los
estados, cualesquiera que sea el signo político del gobierno, acabará por
frustrar la posibilidad de un cambio. Para que este sea posible es preciso que
el pueblo, “la calle”, se organice eficazmente. Desgraciadamente hay una
tentación que reaparece una y otra vez en los gobiernos y que los lleva a
desestimar la importancia de esto último: la “tentación tecnocrática”, pensar
que hay quienes saben más y saben mejor, y que si se los deja obrar sin los
ruidos y las molestias de la calle gobernarán mejor. Craso error. Aislado de un
pueblo organizado y militante, el gobierno más radical es fácil presa de sus
enemigos. Estos tienen bajo su control gran parte del personal de la administración
pública, de las fuerzas armadas, de las policías, de la judicatura, del
Congreso y aparte cuentan con el apoyo de los medios hegemónicos, del gran
capital, de los poderes internacionales, comenzando por “la Embajada”. Además,
estos grupos de poder pueden movilizar a amplios sectores populares en contra
de los gobiernos a través de campañas de terror o de sus fábricas de mentiras.
Lo ocurrido en Ecuador en relación a las leyes de herencia y plusvalía es de
una elocuencia que ahorra mayores palabras. 
En suma, una correlación de fuerzas extraordinariamente desfavorable,
aunque las apariencias electorales señalen lo contrario. Pero la correlación de
fuerzas no se mide sólo por el veredicto de las urnas. Y para ello se requiere
invertir grandes esfuerzos para desarrollar nuevas estructuras de organización
del campo popular: más autónomas y plurales, menos verticalistas y
personalistas, y diversas aunque no dispersas. Esto sin caer en un “basismo”
paralizante a fuerza de pura catarsis, capaces de ejercer la crítica de sus
propios gobiernos y, al mismo tiempo, ganar la calle para defenderlo de sus
enemigos de clase. Estructuras, por último, que cumplan una crucial función de
“dirección intelectual y moral”, como decía Antonio Gramsci, y que sean el
semillero de nuevos liderazgos para las lides electorales, sindicales,
universitarias. De lo contrario seguiremos cosechando derrotas.
    


Salir del neoliberalismo, salir
del capitalismo
Otro tema
relacionado con el anterior es la subestimación en la que incurrieron las más
diversas (y encontradas) corrientes de la izquierda y el pensamiento crítico de
las enormes dificultades que se interponen a la construcción de un orden no
sólo posneoliberal sino también pos-capitalista. Lo que los datos de la
experiencia demuestran irrefutablemente es que la sola tarea de dejar atrás la
gravosa herencia del neoliberalismo constituye casi una hazaña y que,
precisamente por eso, nada podría ser más dañino que la alegre y complaciente
celebración de la presunta llegada del posneoliberalismo  a nuestras playas. Planteamiento este que
parece ignorar que todavía hoy la liberalización financiera, la desregulación
de los mercados, la privatización, la precarización laboral, la
desindustrialización, la especialización productiva siguen teniendo una
presencia definitoria en casi todos los gobiernos progresistas y de izquierda
de la región y que estos aún se encuentran sumergidos en el neoliberalismo y
lejos de las promisorias aguas del posneoliberalismo. Así como Marx y Engels, y
después Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg subestimaron la resiliencia del
capitalismo como sistema y su formidable capacidad para absorber desafíos de
todo tipo, el pensamiento crítico latinoamericano y las fuerzas de izquierda
fueron también ellas víctimas de la misma ilusión. No era tan fácil derrotar al
neoliberalismo y mucho menos iniciar el tránsito hacia el poscapitalismo. Este
reconocimiento de ninguna manera es una concesión derrotista o una exhortación
a abandonar la tarea ante la supuesta inexpugnabilidad del sistema sino que
pretende enfatizar la necesidad de mejorar nuestro conocimiento del capitalismo
como sistema mundial y en sus diversas concreciones nacionales. Quien no conoce
no puede cambiar lo desconocido. Por eso recordaba Lenin que “nada hay más
práctico que una buena teoría”. La tarea, por supuesto, es mucho más dura de lo
que se pensaba porque el ataque a una ciudadela capitalista en la periferia
-digamos Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Venezuela- no sólo es repelido
por una vigorosa, multifacética y policlasista coalición interna sino que pone
en funcionamiento las redes globales de defensa del sistema: las normas e
instituciones internacionales (capitalistas hasta la médula) que regulan el
funcionamiento de la economía mundial y que acuden rápidamente a socorrer a la
fortaleza sitiada por las fuerzas anticapitalistas. El caso de los “fondos
buitre” en Argentina ilustra con extraordinaria nitidez los nefastos alcances
de este entramado  capitalista mundial
que cancela la soberanía de algunos estados nacionales; la arbitrariedad con
que la legislación internacional penaliza a países de la periferia (Ecuador,
con lo de la Chevron; Argentina, con los “fondos buitre”, y así sucesivamente; el
papel del Departamento del Tesoro de Estados Unidos al penalizar a los bancos
que viabilizan el comercio exterior de Cuba es otro ejemplo de lo mismo, así
como las reglas de la OMC, la perniciosa influencia del CIADI del Banco Mundial
o las regulaciones no-arancelarias que descaradamente protegen las economías de
los gobiernos autoproclamados como voceros de una economía mundial regida por
la libertad de comercio. Si a lo anterior le sumamos, para seguir con esta
metáfora gramsciana de las trincheras, fortificaciones y casamatas, el crucial
papel de los medios de comunicación, controlados por la burguesía imperial y
sus aliados locales (que han creado una suerte de “Plan Cóndor de la
Información” para desaparecer a la verdad) así como su victoria en la batalla
de ideas comprobaremos que la superación del capitalismo es una tarea bastante
más complicada de lo pensado.

Sobre
el “fin del ciclo progresista”

El complicado y
amenazante tablero geopolítico mundial ha lanzado a Washington a la reconquista
de América Latina, por cualquier método: “golpes blandos”, como en Honduras y
Paraguay (que de blandos no tienen absolutamente nada); “guerras económicas”,
como contra Venezuela; chantajes vía la demolición del precio del petróleo,
para hundir a los principales enemigos del imperio: Rusia, Venezuela e Irán. “Desestabilizaciones
continuas y acosos permanentes” a los gobiernos populares de la región, y así
sucesivamente. Es que Estados Unidos necesita de una América Latina subordinada
por completo, sin fisuras, para poder arremeter contra sus enemigos extracontinentales
en Oriente Medio, Ucrania y el Mar del Sur de la China.  Se comprende entonces la desesperación de la
reacción imperial, desde el Tea Party
hasta los exabruptos de Donald Trump y la urgencia de Barack Obama por “normalizar”
las relaciones con Cuba, obstáculo fundamental para avanzar en la construcción
de un nuevo consenso imperialista en el hemisferio.
Se comprende
también la premura por redibujar el mapa sociopolítico de la región, para
volver a una Latinoamérica también “normal”, es decir, acorde con la vieja
historia en la cual los gobiernos del área se encolumnaban sin chistar detrás
de las posturas de Washington. En otras palabras, regresar a la situación
imperante hasta el anochecer del 31 de Diciembre de 1958, víspera de la
Revolución Cubana. Tal intento está destinado al fracaso, pero eso no quiere
decir que el imperio vaya a desistir de sus propósitos. Por eso los países de
América Latina y el Caribe han ingresado en una zona de fuertes turbulencias.
Algunos se apresuran a profetizar un supuesto “fin de ciclo” de los gobiernos
progresistas y de izquierda, pero los datos duros de la experiencia no avalan
ese pronóstico.[7]
Son gobiernos acosados y hostilizados y, en el caso de la Argentina, se sufrió
una lamentable –e innecesaria, gratuita- derrota. El panorama venezolano no es
alentador pero nada autoriza a pensar en la inminencia de un recambio
constitucional del Ejecutivo a favor de la MUD. En las elecciones
parlamentarias del 6 de Diciembre del 2015 hubo más de dos millones de
chavistas que, enojados por la ineficacia oficial para controlar la situación
económica, no acudieron a las urnas, pero sería poco sensato pensar que en una
futura compulsa presidencial votarían por la derecha. En suma: estamos
transitando una nueva fase económica (agotamiento del boom de las commodities latinoamericanas) y
estancamiento o retrocesos de la movilización social y política, fase que
plantea nuevas contradicciones y renovadas tensiones creativas, como recuerda
Álvaro García Linera.[8]
Pero sería imprudente descartar ab initio
la posibilidad de una recuperación del impulso ascendente de masas acicateado
por la continuación de la crisis general del capitalismo y las penurias que
este derrama sobre la periferia, potenciadas por la brutalidad de los ajustes
neoliberales como los que se han puesto en marcha en la Argentina y, en menor
medida, en Brasil. Una periferia, digámoslo brevemente, que no sólo experimentó
un avance social y político sin precedentes en los últimos quince años,
reduciendo las enormes brechas de desigualdad de antaño y adquiriendo una
amplia gama de derechos ciudadanos que difícilmente puedan ser conculcados sin
desencadenar  enormes resistencias. Más
importante aún, si algo ocurrió en América Latina y el Caribe, al calor de las
grandes luchas en contra del ALCA y en pro de las transformaciones que
modificaron significativamente el paisaje económico, social y político de los
países de la región, fue el nacimiento de una difusa conciencia política
antiimperialista y anticapitalista -intuida más que intelectualmente elaborada-
tal vez confusamente expresada pero aún así dotada del suficiente vigor como
para erigirse en un obstáculo nada desdeñable para los proyectos restauradores
patrocinados por el imperio en la región.
De acuerdo a lo
expresado más arriba podría hipotetizarse que más que la redistribución de
bienes materiales el legado más significativo de estos años también ha sido un significativo
cambio en la conciencia de las clases y capas populares, acompañando la
expansión de los derechos ciudadanos y la construcción de estados democráticos
basados en su activo protagonismo. Para los gobiernos neoliberales seguramente
que será más sencillo reconcentrar los ingresos que abolir nuevos derechos
recientemente conquistados y desciudadanizar a capas y grupos sociales que con
estos procesos adquirieron por primera vez su condición de miembros de la
comunidad política e internalizaron, si bien de manera difusa, el ideario
emancipatorio y latinoamericanista del bolivarianismo. Por otra parte, no
estaría demás interrogarse si las condiciones internacionales facilitarían  un retorno al pasado, al tipo de ordenamiento
hemisférico que esta parte del mundo conocía cuando se produjo el derrumbe de
la Unión Soviética y los estrategos norteamericanos se engañaban con “un nuevo
siglo americano”. La respuesta es obvia, todo lo cual nos conduce a
preguntarnos si sería concebible hablar de un “fin de ciclo” a partir del sólo
análisis del momento económico de una formación social? No nos parece
convincente ni razonable. Todo pronóstico tiene un margen de error más o menos
grande y no será este autor quien incurra en temerarias profecías. Digo sí,
empero, que la historia sigue su curso, y mientras discurrimos en torno a estas
posibilidades el viejo topo sigue haciendo su trabajo. En suma, son cuestiones
abiertas que ameritan un examen minucioso que apenas si hemos esbozado aquí.
  


[1]
Investigador Superior del CONICET. Profesor Titular Consulto de la Universidad
de Buenos Aires. Profesor Titular de la Universidad Nacional de Avellaneda.
Director del PLED, Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en
Ciencias Sociales.
[2]
Un ejemplo es lo ocurrido en
la Argentina con “Carta Abierta”. En ese espacio algunos de los más
distinguidos intelectuales del país acompañaron la gestión gubernamental sin
dejar trascender el menor asomo de crítica ante algunos groseros errores de
gestión y de concepción que jamás deberían haber sido convalidados con su
silencio. Sólo muy al final del mandato de Cristina, cuando el lamentable
desenlace estaba a la vista, esbozaron algunas críticas, tardías y más bien
superficiales. La justificación para esta complacencia era la virulencia del
ataque de la derecha y sus grandes medios, chantajeando a quienes con sus
críticas constructivas “le hacían el juego a la derecha”. La misión de los
intelectuales no es nada fácil, y quedó demostrado en el caso que nos ocupa. Y
no creo que sea exagerado agregar que este fenómeno está lejos de haber sido un
mal exclusivamente argentino. Tengo para mí que, con distintas variantes, se
reprodujo en otras latitudes.
[3]
Papel esencial, y que refuerza
el de los intelectuales, es el que juegan los “entornos” presidenciales que,
casi siempre con la mejor de las intenciones, impiden que el gobernante acceda
a informaciones y opiniones que podrían inducirlo a cambiar de rumbo. Por algo
Maquiavelo en
El Príncipe recomendaba a
este huir de sus consejeros y aduladores, que pavimentaban el camino hacia su
propia perdición.
[4]
En relación a esto y para
despejar cualquier duda me apresuro a expresar enfáticamente que en todos los
casos que nos ocupan
los aciertos históricos superan ampliamente los yerros en que puedan
haber incurrido los gobiernos populares
.
[5]
Esto remite a un tema arduo y
complejo que no podemos sino mencionar aquí: la relación entre el cambio
tecnológico o, dicho en el lenguaje clásico, “el desarrollo de las fuerzas
productivas” y las actitudes, valores, sentimientos de la población. El
fenomenal avance de la informática y las telecomunicaciones es de crucial
importancia en la conformación de las identidades y opiniones políticas. Así lo
comprueba, para el caso de las rebeliones de la fracasada “primavera árabe”
Zbigniew Brzezinski en su más reciente obra,
Strategic
Vision
.
[6]
El caso del primer peronismo requeriría un análisis muy extenso que no podemos
hacer aquí. Basta con señalar, a modo de preámbulo para un estudio más
pormenorizado, que la perdurabilidad de la identidad peronista refleja la
radicalidad de sus políticas sociales y de la acelerada incorporación a la
comunidad política de vastas masas populares hasta ese momento marginadas, todo
lo cual ocurrió, además, en un contexto de rápida descomposición del estado
oligárquico. Situación muy diferente a la que enfrentara el kirchnerismo y que
podría ser una clave interpretativa de la distinta encarnadura social de sus
legados.
[7]
Sobre este tema ver el dossier especial de ALAI, Revista No. 510  (Diciembre 2015), dedicado al tema “¿Fin del
ciclo progresista?” http://www.alainet.org/es/revistas/510#sthash.Cq62hr5u.dpuf
[8]
Cf. su Socialismo
Comunitario
(Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2015)