GRAMSCI

El 22 de enero de 1891
nacía en Ales, Cerdeña,  Antonio Francesco Sebastiano Gramsci, sin duda alguna uno de los grandes
teóricos marxistas del siglo veinte. El espectro de las preocupaciones
intelectuales de este joven sardo fue impresionante. Gramsci fue, como todas las
grandes cabezas de la historia de las ideas, un hombre que cultivó con fruición
y rigurosidad eso que Albert O. Hirschman llamó “el arte de traspasar fronteras”
y que constituye un verdadero sacrilegio para el mundo académico contemporáneo
con sus estériles divisiones en “disciplinas” separadas. Como Marx, como Lenin,
como Mao y, en la vereda opuesta, como Weber o Schumpeter, Gramsci fue filósofo,
politólogo, sociólogo, lingüista, historiador, crítico literario, periodista y
político, fundador del Partido Comunista Italiano. Un personaje realmente
extraordinario cuyos análisis de la estructura social y política del capitalismo
de su tiempo así como del complejo aparato ideológico-cultural que sostenía su
dominación política conservan una notable actualidad. No es exagerado, por lo
tanto, concebir a Gramsci como nuestro contemporáneo, como un hombre que milita
día a día con nosotros en nuestras luchas antiimperialistas y anticapitalistas.
Su integridad personal y su incansable
militancia lo llevó a soportar once años en las cárceles del fascismo italiano,
ocasión en la que escribió sus célebres Cuadernos de la Cárcel, una
cantera inagotable de sabiduría política que corona brillantemente sus escritos
anteriores. Gramsci sobrellevó ejemplarmente las penurias de la cárcel, que le
costaría la vida porque moriría a los pocos días de ser liberado de la prisión,
el 27 de Abril de 1937. Hubiera bastado una simple carta dirigida al dictador
Benito Mussolini solicitando un pedido de clemencia y declarando su intención
de exiliarse en Francia para que el déspota hubiera dispuesto de inmediato su
libertad. Es que Mussolini y Gramsci se conocían desde jóvenes y, por un corto
tiempo, ambos militaron en la facción más radical del socialismo italiano que
se oponía a la entrada de Italia a la Primera Guerra Mundial. De ahí su mutuo
conocimiento. Pero Gramsci, dando un ejemplo que -hay que reconocerlo, fue
emulado por muchos comunistas en las más distintas latitudes- no transigió y
prefirió morir lentamente en la cárcel antes que traicionar a sus ideas y a sus
camaradas. El tenebroso fiscal que tuvo a su cargo la farsa jurídica que
condenó a Gramsci a la cárcel había pronunciado unas palabras memorables, consciente
de la potencia intelectual y política de su víctima: «¡Hay que lograr que
ese cerebro deje de funcionar!». Fue por eso condenado a veinte años,
cuatro meses y cinco días de prisión, y lo mataron de a poco en las mazmorras
del fascismo. Pero ese cerebro jamás dejó de funcionar, y nos dejó una herencia
maravillosa que primero fue rigurosamente ocultada porque se hallaba en las
antípodas de la codificación estalinista del marxismo soviético y luego
distorsionada, queriendo convertir a Gramsci en un inofensivo ícono
socialdemócrata fundador del eurocomunismo. Al publicarse las obras completas
de este enorme pensador quedó en evidencia el nexo inescindible entre Lenin y
Gramsci como teórico de la revolución en Occidente y las razones de su fracaso,
como un pensador intransigentemente anticapitalista y fervientemente comunista.
Para recordarlo, me permito reproducir aquí un artículo que escribí hace unos
años en una fugaz revista de jóvenes estudiantes de Derecho en Argentina y que hoy
me parece oportuno reproducir.
El legado de Gramsci *
Por Atilio A. Boron
         
“¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!”, exclamó entre la
desesperación y la impotencia el fiscal del régimen fascista ante la corte que
estaba juzgando al fundador del Partido Comunista Italiano. La corte,
naturalmente, obedeció a su mandato y lo condenó a veinte años, cuatro meses y
cinco días de prisión y una considerable suma de dinero en

concepto de multa. Allí pasaría los restantes once
años de su vida sólo para ser liberado pocos días antes de su muerte, el 27 de
Abril de 1937, cuando múltiples enfermedades agravadas por la falta de cuidado
médico habían minado irreversiblemente su salud. Su larga agonía en las
mazmorras del fascismo revela no sólo la bajeza moral del régimen sino también
el talante ético de su víctima.[1]
Es bien sabido que en múltiples ocasiones Mussolini le hizo saber a Gramsci,
con quien había compartido en los años de la Primera Guerra
Mundial algunas actividades en el marco del viejo Partido Socialista
Italiano (principalmente en el diario Avanti!) su decisión de
conmutar su pena y dejarlo marchar al exilio a condición de que el prisionero
hiciera llegar su pedido de clemencia. Gramsci se negó terminantemente a
semejante humillación, pagando con su vida la ejemplar coherencia de su
conducta.
         
La preocupación del fiscal del régimen era más que comprensible, no así su
perversa conclusión. Preocupación comprensible, decimos, porque sin duda
Gramsci fue una de las más importantes cabezas teóricas del marxismo en el
siglo veinte, a la altura de las más encumbradas y comparable tan sólo con
Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg y, tal vez, aunque esto sería motivo de arduas
polémicas, con algunas pocas más como Mao Zedong.[2]
Pero hay una calificación muy importante: los tres arriba mencionados, para ni
hablar de Mao, pertenecían a una zona marginal del capitalismo europeo: Rusia y
Polonia. Gramsci, en cambio, pensaba al marxismo y la revolución desde uno de
los países que, en cierto modo al menos, se localizaba en el núcleo esencial
del sistema capitalista. Es cierto que tal como lo demostrara el propio Gramsci
en realidad no había una Italia sino al menos dos: el Norte próspero e
industrial, con una influencia que llegaba hasta Roma y luego el Mezzogiorno,
el Sur arcaico y tradicional, esa “inmensa disgregación social”, en palabras
del propio Gramsci, que le otorgaba a Italia una fisonomía muy especial en el
concierto de los capitalismos de la época.  Si el Piemonte y la
Lombardía, con sus cabeceras en Turín y Milán, eran un reflejo latino del mundo
industrial que agitaba la vida cotidiana en buena parte del Norte de Europa, la
estructura social que se configuraba de Roma hacia el Sur tenía muchísimo más
que ver con la periferia capitalista latinoamericana que con lo que acontecía
de Roma al Norte. Pese a ser un hombre del Sur a Gramsci, nacido en Cerdeña, le
tocó pensar y actuar al marxismo allí donde Marx había dicho que debía
producirse la revolución socialista: en aquellas naciones en donde el
capitalismo hubiera alcanzado su mayor desarrollo. Gramsci es, por lo tanto, el
gran teórico marxista de la revolución en Occidente y también de su fracaso.
Para honrar tan ambicioso programa nuestro
autor tuvo que ser, al mismo tiempo, uno de los más lúcidos analistas de las
estructuras económico-sociales y políticas de los capitalismos avanzados. Si
Lenin, Trotsky y Rosa tenían siempre como telón de fondo las particularidades
del desarrollo capitalista en Rusia –o en Polonia o en China en el caso de Mao-
y, al mismo tiempo, de su atraso en relación a otros países europeos, Gramsci
siempre tuvo como horizonte de sus aportaciones los desarrollos experimentados
en los puntos más altos de la civilización del capital: referencias a la
situación de Francia, Alemania e Inglaterra son constantes a lo largo de toda
su obra así como su pionera reflexión sobre el fordismo y el capitalismo en los
Estados Unidos, algo que difícilmente encontramos en muchos autores de la
tradición marxista. Esta permanente mirada hacia los capitalismos más
desarrollados era impulsada por algunas preguntas a las que habría de dedicarle
casi toda su vida: ¿por qué fracasó la revolución en Occidente? y ¿cuál podrá
ser el futuro del socialismo en esa parte del mundo?
         
No sólo su locación geográfica en el corazón capitalista europeo diferencia a
Gramsci de sus predecesores “orientales”. Como lo subraya Perry Anderson en su Consideraciones
sobre el marxismo occidental
, Gramsci es un teórico de otra generación y
pertenece a otra época histórica. Lenin había nacido en 1870,  Rosa en
1871 y Trotsky en 1879. Gramsci, en cambio, es de 1891 y corresponde a una
cohorte en la cual se incluyen Lukács (1885), Korsch (1886) y Walter Benjamín,
nacido en 1892, fundadores, según el historiador británico, del “marxismo
occidental.” Es decir, que cuando estalla la Revolución Rusa
Gramsci era un joven de veintiséis años que, hastiado del marxismo reseco,
acartonado, convertido en un inofensivo catecismo redactado por el pontífice
máximo  de la Segunda Internacional (y de su partido guía, la
socialdemocracia alemana), Karl Kautsky, escribe alborozado al confirmarse la
noticia del triunfo de los soviets en Rusia un artículo cuyo título lo dice
todo: “La revolución contra ‘El Capital’ ”. ¿A qué se refería Gramsci con este
título? A la versión de ese libro popularizada por el partido socialdemócrata
alemán y de la cual se “deducía” la imposibilidad absoluta de una revolución
socialista en la periferia del capitalismo. Y en caso de que tal monstruosa
aberración tuviese lugar lo más conveniente para el avance de la revolución
mundial era abortar el proceso lo antes posible. Lo que ya era, el gobierno de
los Soviets,  “no podía ser”, porque el libro, según su erudito
intérprete, decía que debía ser otra cosa.


         
El joven Gramsci se rebela contra tamaña insensatez. Había llegado a Torino
en1911, a la edad de veinte años, para estudiar en la Facultad de Letras
de la Universidad de esa ciudad.  Allí comienza a desplegar una intensa
actividad política en el marco del Partido Socialista y, tiempo después, una
vez producida la Revolución Rusa, en un grupo político denominado L’Ordine
Nuevo
 (“El nuevo orden”) integrado, entre otros por Palmiro Togliatti,
quien luego sería el Secretario General del PCI, y otros jóvenes radicalizados
como Angelo Tasca y Umberto Terraccini. En 1921 Gramsci se encontraría entre
los fundadores del PCI. De inmediato asumiría un trabajo en el Secretariado
de la Internacional Comunista que, entre 1921 y 1924 lo llevaría a
vivir en Moscú y Viena. En 1924 regresa a Italia y es elegido Secretario
General del PCI y, al año siguiente diputado al Parlamento Italiano que ya
funcionaba bajo las severas restricciones impuestas por el régimen fascista desde
sus primeros años. A fines de 1926 es encarcelado bajo la absurda acusación de
“haber querido instaurar por la violencia la república de los Soviets” en
Italia, sometido a un proceso judicial viciado de nulidad absoluta y condenado,
como decíamos al principio, a una reclusión que terminaría con su vida.[3]

          Si bien la producción de
Gramsci con anterioridad a su
encarcelamiento es importante, de lejos el corpus principal de
su obra es el que intermitentemente logra escribir, bajo las peores condiciones
que puedan imaginarse, durante sus años en las cárceles fascistas. Pero no todo
el tiempo, porque como lo expresa en su denso epistolario, sus
privaciones, enfermedades y depresiones lo obligaban a largos períodos de
pasividad en donde no hallaba fuerzas ni siquiera para leer. Pero sus
célebres Cuadernos constituyen un aporte teórico de
fundamental importancia. Escritos y reescritos varias veces en unos cuadernos
escolares, con una letra pequeña, casi diminuta, los Cuadernos contienen
sus reflexiones sobre una amplia diversidad de temas y arrojan luz sobre
algunos de los problemas más importantes del capitalismo contemporáneo.  A
la muerte de Gramsci estos manuscritos iniciaron una increíble peripecia que
tendría como etapas más significativas la España desgarrada por la Guerra
Civil y la Unión Soviética enfrascada en la guerra a muerte
contra el nazismo. Finalizada la guerra estos preciosos escritos emprenderían
lentamente el retorno a Italia donde, al cabo de unos diez años comenzaron a
ser publicados por Einaudi, una editorial comercial de Turín. Esto
fue así porque el Partido Comunista Italiano, temeroso de irritar a los
custodios del dogma que sentaban sus reales en Moscú con la difusión de las
ideas de un pensador tan “heterodoxo” como Gramsci, se abstuvo de publicarlo
en Editori Riuniti, la principal editorial del partido. Es decir,
solo  unos quince años después de la muerte de Gramsci esos manuscritos
comenzaron a ver la luz pública bajo la forma de libros compilados por un
colectivo de notables intelectuales bajo la dirección de Palmiro Togliatti,
a la sazón Secretario General del partido italiano, con títulos
precisos e índices temáticos muy específicos.[4]
Pero lo cierto es que Gramsci jamás escribió esos libros sino una enorme serie
de notas, o “notitas” como a él le gustaba llamarlas (noterelle) en
donde volcaba sus reflexiones sobre hechos de los que lograba informarse, los
recuerdos de su época de estudiante, o de las poquísimas informaciones sobre la
situación de las sociedades capitalistas a las que podía tener acceso
desde la cárcel. Notas que muy a menudo contenían advertencias como
“afirmación no suficientemente controlada o probada” o “primera aproximación al
tema”, para dejar en claro que se estaba en presencia de un pensamiento en
construcción bajo las peores condiciones imaginables.


         
El infortunio editorial de tan excelsa producción teórica ha sido notable. Es
casi un milagro que no hubiera terminado convertido en cenizas en la hoguera de
sus carceleros fascistas o en la de los custodios de la pureza del dogma. El
periplo recorrido por esos 33 cuadernos, apretujados en una destartalada valija
y recorriendo el dantesco escenario que se extendía desde los Urales a los
Pirineos provoca asombro todavía hoy. Gramsci sufrió una doble censura: la de
sus carceleros fascistas y la de los burócratas del estalinismo que, al igual
que hicieran con Mariátegui entre nosotros, jamás le perdonaron al italiano su
fidelidad a las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin y su rechazo a las
imposturas intelectuales y políticas del marxismo oficial. Los primeros le
impedían a
Gramsci acceder a la producción teórica del
pensamiento socialista o marxista, o enterarse de las novedades y las noticias
de su tiempo a las que se asomaba por la dudosa vía del rumor o, sobre todo,
leyendo algunas revistas como Civiltá Católica, que informaba de
algunos de los hechos de este mundo con evidente parcialidad. Sin embargo, era
el alimento que necesitaba una mente lúcida como pocas, audaz como casi nadie,
para bajo tan adversas condiciones producir la contribución teórica más
importante al marxismo en el período posterior a la Primera Guerra
Mundial y, muy especialmente, desde la muerte de Lenin en 1924. Los
segundos, a su vez, se prodigaron en impedir la difusión de su pensamiento una
vez que su genio creador se apagara. Los principales temas abordados en
esos Cuadernos pertenecen al corazón mismo de la teoría
marxista de la política y la cultura. Debemos a Gramsci una
elaboración sobre el “estado “ampliado” del capitalismo contemporáneo, un
estado de clase (algo que escamotean las lecturas socialdemócratas de Gramsci)
que sintetiza en su seno los tradicionales mecanismos de la dominación y la
coerción con los renovados dispositivos de la dominación ideológica que Louis
Althusser incluyó bajo el nombre de “aparatos ideológicos del estado”. Nuestro
autor desarrolla asimismo una concepción materialista de la hegemonía que
contrasta vívidamente con algunas teorizaciones contemporáneas, como las de
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, para quienes la hegemonía es un etéreo juego
de “significantes flotantes” totalmente removidos del sórdido materialismo de
la sociedad civil, para decirlo con una expresión muy usual en los análisis de
Marx. Gramsci también aporta nuevas hipótesis sobre los intelectuales, la
escuela y los medios de comunicación y su función política en la perpetuación
del dominio de clase; nos habla de los impactos que los desarrollos
tecnológicos, como el fordismo, tienen sobre la sociedad americana, desde la
moral sexual hasta la política; y también sobre la “revolución pasiva” y el
transformismo como rasgos sobre los cuales se asienta una transformación
capitalista que se produce sin revolución burguesa, algo de suma importancia
para América Latina. Las crisis políticas y la valorización de la función
educativa y organizativa del partido político de las clases subalternas, ese
“príncipe colectivo”, es otro de los temas que motivaron de su parte profundas
reflexiones. Con razón algunos autores llaman a Gramsci el teórico de las
super-estructuras, por la concentración de su labor en el examen de estas
cuestiones a las cuales el marxismo de su tiempo, dominado por un economicismo
ramplón, no le había asignado la importancia que efectivamente tenían.
         
En sus numerosos escritos Gramsci plasmó una concepción metodológica del
marxismo superadora de los esquematismos en que la “filosofía de la praxis”
(como él designaba al marxismo en su afán por sortear la censura carcelaria)
había caído tanto a manos de la social democracia alemana como de la
Tercera Internacional. Sería una tarea imposible resumir en unas pocas
líneas la vastedad de su rico pensamiento, que abarca casi todos los aspectos
de la vida social. Como vimos más arriba, Gramsci fue un teórico político y un
filósofo, un crítico cultural, un historiador del Risorgimento italiano y un internacionalista; también un fino
sociólogo cuyos análisis sobre el Mezzogiorno italiano o sobre
la vida cotidiana y los usos, costumbres y creencias populares de la
sociedad norteamericana, muy especialmente del modo en que el fordismo se
expande desde la fábrica hasta abarcar y modelar casi todas las formas de la
sociabilidad, son hasta el día de hoy piezas obligadas de referencia en
cualquier estudio sobre el tema.
Quisiera concluir con una reflexión final,
pertinente especialmente para los jóvenes cientistas sociales de nuestros días.
Al hablar de los aspectos teóricos y prácticos del economicismo Gramsci decía
que el liberalismo como filosofía económica y política se basaba en un error
teórico fácilmente detectable: la tendencia a reificar una distinción entre
sociedad política y sociedad civil que, siendo eminentemente metodológica, se
convertía en orgánica u ontológica y, a partir de la cual, el estado en cuanto
sociedad política y la sociedad civil devenían en “cosas” separadas, en
“esferas institucionales” distintas y separadas entre sí. Una distinción
meramente metodológica, decía Gramsci, se transmuta en una separación
ontológica entre esferas sociales aisladas rompiendo la unicidad y totalidad de
la vida social. Ese desliz es congruente con la imagen que la sociedad burguesa
proyecta de sí misma: un conjunto de átomos individuales y de “partes”
separadas, cada una con su propia lógica y “leyes de movimiento” y en donde los
imperativos de una, la economía, debe prevalecer sobre todas las demás. Así, el
desempleo es un tema de la economía, independiente de su impacto sobre la vida
social. El economicismo se convierte, parafreaseando a Engels, en una verdadera
religión de la burguesía toda vez que sitúa a los imperativos de la acumulación
y las necesidades del mercado por encima de cualquier otra consideración. En
los últimos tiempos –y sobre todo bajo la CEOcracia macrista- esta concepción
se expresa en el debate político argentino bajo el mandato de la
“gobernabilidad” y la “racionalidad de la vida económica”: cualquier gobierno debe
garantizar ambos, para lo cual es necesario reconciliar la política –en un
papel subordinado, obviamente- con las impostergables necesidades de la
economía. Bajo el capitalismo esto significó, lisa y llanamente,
subordinar la democracia, la justicia o la igualdad a la primacía de la
ganancia y los impulsos supuestamente bienhechores del mercado.
La base teórica y metodológica de esta
engañifa está en esa visión fragmentada de la vida social que Gramsci criticó
con simpar elocuencia. En el plano académico esta reificación tuvo por
consecuencia legitimar los saberes parciales y compartimentalizados: una
ciencia económica para “la economía”; una 
ciencia política para el “estado y la
sociedad política”; una sociología para la “sociedad civil”, el “derecho” para
las normas, y la crítica cultural para la cultura. De este modo una correcta
visión de la vida social en toda su compleja interrelación se vuelve
absolutamente imposible. Peor aún: se arranca de raíz cualquier posibilidad de
elaborar un pensamiento crítico y emancipatorio dado que sin una visión ahistórica,
integrada y totalizante de la vida social lo que existe, en su irreductible
fragmentación, es lo único que puede existir. En este “pensamiento único”
entronizado como el “sentido común epocal” (otra categoría gramsciana)
cualquier referencia a la construcción de una buena sociedad es rápidamente
desterrada del discurso político y descalificada como una ingenua y romántica
utopía de incurables soñadores. El marxismo de Gramsci es uno de los mejores
antídotos contra ese chantaje que con tanta fuerza se manifiesta en la académica
y en los medios de (in)comunicación.

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* Ensayo
originalmente publicado en la revista Derecho y Barbarie (Buenos
Aires), Nº 2, 2009. El presente texto tiene apenas algunas correcciones y
alguna actualización necesarias para insertarlo, de algún modo, en el momento
político de la Argentina del 2018.


[1] Actitud similar a la del gobierno de Mauricio Macri en relación al prisionero
político Héctor Timerman, ex canciller en el gobierno de Cristina Fernández de
Kirchner, quien por las falsas denuncias en su contra fue impedido de viajar a
Estados Unidos para someterse a una delicada intervención quirúrgica para combatir
el cáncer que lo afecta.

[2] Habrá quienes objeten la inclusión de Trotsky en
esta categoría, pero sus diversos escritos –no así su actividad política- lo
hacen merecedor de ella. Por supuesto, el revolucionario ruso y fundador del
Ejército Rojo no puede ser culpado por los análisis y las desastrosas políticas
seguidas por sus epígonos, especialmente en América Latina, situados
invariablemente como aliados objetivos del imperialismo y la reacción y
enemigos implacables de cuantos procesos emancipatorios hayan nacido en este
continente desde la Revolución Cubana hasta Evo Morales, pasando por todos los
demás. Por supuesto, estas sectas que se reclaman herederas de Trotsky no pueden
ignorar cual fue su línea política cuando llegó exiliado a México acogido por
el gobierno bonapartista de Lázaro Cárdenas y como Trotsky prestó un cauteloso
apoyo al gobernante mexicano cosa que los trotskistas contemporáneos le niegan
hasta a la Revolución Cubana. Pero por misteriosas razones nunca aluden al
tema. A los seguidores actuales del revolucionario ruso les cabe el aforismo de
Jacinto Benavente:”¡Bienaventurados nuestros imitadores, porque de ellos serán
todos nuestros defectos!”
 

 

[3] Hay un sugestivo paralelismo entre esta acusación a Gramsci y la que
los publicistas del macrismo lanzaron en contra de las manifestaciones del 14 y
el 18 de Diciembre en repudio al tratamiento de la ley de reforma previsional,
también acusados de pretender subvertir el orden institucional vigente. De ahí
que la caracterización más acertada del gobierno de Mauricio Macri sea la de
una “democradura”.
[4] Recién en
1971 el PCI publicaría en Editori Riuniti la obra de Gramsci.
Los títulos de los libros eran: Il materialismo storicoGli
Intelletualli
Il Risorgimento;  Note sul
Machiavelli
;  Letteratura e vita nazionale; y Passato
e Presente.
 En 1976 verían finalmente la luz los Cuadernos,
tal cual Gramsci los escribió. Fueron publicados, en el apogeo de la hegemonía
intelectual que el PCI había conquistado en Italia, bajo la dirección de un
gran estudioso del tema: Valentino Gerratana.