2 de Abril de 2013
  
Las dos Coreas:
 Para entender la actual crisis que afecta a la península coreana
nada mejor que ubicar la presente coyuntura en su contexto histórico. Y nadie
mejor que Fidel para ofrecernos una visión sintética y didáctica a la vez de la
complejidad del proceso que condujo a la grave situación actual. Compartimos por eso dos “reflexiones” que el Comandante escribió en Julio del 2008, y que conservan
toda su actualidad. Los acontecimientos que se sucedieron a partir de sus
escritos en nada modifican las tesis centrales que allí se plantean. Todo lo
contrario, el desenlace actual estaba ya inscripto en el juego de fuerzas que
el imperialismo y sus aliados establecieron después de
la Guerra de Corea con el propósito de contener el «expansionismo» soviético y las «ambiciones territoriales» de la triunfante Revolución China. Confío en
que con este material podamos comprender un poco mejor las
características e implicaciones de la crisis que se está desenvolviendo en esa
parte del mundo que, para variar, ha sido presentada de un modo brutalmente desfigurado por los medios al servicio del imperialismo: una Corea mala, agresiva, beligerante, la del Norte; y otra Corea buena, amiga de Occidente y amante de la paz, la Corea del Sur. Se oculta que éste es un país ocupado por Estados Unidos y cuya política exterior no la decide el pueblo surcoreano ni Seúl sino que se determina en Washington, y más concretamente en el Pentágono.
   

LAS DOS COREAS (Primera
Parte)

Comandante Fidel Castro Ruz
La nación coreana, con su peculiar cultura que la
diferencia de sus vecinos chinos y japoneses, existe desde hace tres mil años.
Son características típicas de las sociedades de esa región asiática, incluidas
la china, la vietnamita y otras. Nada parecido se observa en las culturas
occidentales, algunas con menos de 250 años.
Los japoneses habían arrebatado a China en la guerra de 1894
el control que ejercía sobre la dinastía coreana y convirtieron su territorio
en una colonia de Japón. Por acuerdo entre Estados Unidos y las autoridades
coreanas, el protestantismo fue introducido en ese país en el año 1892. Por
otro lado, el catolicismo había penetrado igualmente en ese siglo a través de las
misiones. Se calcula que actualmente en Corea del Sur alrededor del 25 por
ciento de la población es cristiana y una cifra similar es budista. La
filosofía de Confucio ejerció gran influencia en el espíritu de los coreanos,
que no se caracterizan por las prácticas fanáticas de la religión.
Dos importantes figuras ocuparon los primeros planos de la
vida política de esa nación en el siglo XX. Syngman Rhee, que nace en marzo de
1875, y Kim Il Sung 37 años después, en abril de 1912. Ambas personalidades, de
distinto origen social, se enfrentaron a partir de circunstancias históricas ajenas
a ellos.
Los cristianos se oponían al sistema colonial japonés,
entre ellos Syngman Rhee, que era practicante activo del protestantismo.
Corea cambió de status: Japón anexó su territorio en
1910. Años más tarde, en 1919, Rhee fue nombrado Presidente del Gobierno
Provisional en el exilio, con sede en Shanghai, China. Nunca empleó las armas
contra los invasores.
La Liga de las Naciones, en Ginebra, no le prestó atención.
El imperio japonés fue brutalmente represivo con la
población de Corea. Los patriotas resistieron con las armas la política colonialista
de Japón y lograron liberar una pequeña zona en los terrenos montañosos del
Norte, durante los últimos años de la década de 1890.
Kim Il Sung, nacido en las proximidades de Pyongyang, a los
18 años se incorporó a las guerrillas comunistas coreanas que luchaban contra los
japoneses. En su activa vida revolucionaria alcanzó la jefatura política y
militar de los combatientes anti japoneses del Norte de Corea, cuando solo
tenía 33 años de edad.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos decidió el
destino de Corea en la posguerra. Entró en la contienda cuando fue atacado por
una criatura suya, el Imperio del Sol Naciente, cuyas herméticas puertas
feudales abrió el Comodoro Perry en la primera mitad del siglo XIX apuntando con
sus cañones al extraño país asiático que se negaba a comerciar con
Norteamérica.
El aventajado discípulo se convirtió más tarde en un
poderoso rival, como ya expliqué en otra ocasión. Japón golpeó sucesivamente décadas
más tarde a China y Rusia, apoderándose adicionalmente de Corea. No obstante, fue
astuto aliado de los vencedores en la Primera Guerra Mundial a costa de China. Acumuló
fuerzas y, convertido en una versión asiática del nazi fascismo, intentó ocupar
el territorio de China en 1937 y atacó a Estados Unidos en diciembre de 1941;
llevó la guerra al Sudeste Asiático y a Oceanía.
Los dominios coloniales de Gran Bretaña, Francia, Holanda
y Portugal en la región estaban condenados a desaparecer y Estados Unidos
surgía como la potencia más poderosa del planeta, resistida solo por la Unión Soviética,
entonces destruida por la
Segunda Guerra Mundial y las cuantiosas pérdidas materiales y
humanas que le ocasionó el ataque nazi. La Revolución china estaba
por concluir en 1945 cuando la matanza mundial cesó. El combate unitario anti
japonés ocupaba entonces sus energías. Mao, Ho Chi Minh, Gandhi, Sukarno y
otros líderes prosiguieron después su lucha contra la restauración del viejo
orden mundial que era ya insostenible.
Truman lanzó contra dos ciudades civiles japonesas la
bomba atómica, arma nueva terriblemente destructiva de cuya existencia, como se
ha explicado, no había informado al aliado soviético, el país que más
contribuyó a la destrucción del fascismo. Nada justificaba el genocidio
cometido, ni siquiera el hecho de que la tenaz resistencia japonesa había
costado la vida a casi 15 mil soldados norteamericanos en la isla japonesa de
Okinawa. Ya Japón estaba derrotado y tal arma, lanzada contra un objetivo
militar, habría tenido más tarde o más temprano el mismo efecto desmoralizador
en el militarismo japonés sin nuevas bajas para los soldados de Estados Unidos.
Fue un acto incalificable de terror.
Los soldados soviéticos avanzaban sobre Manchuria y el Norte
de Corea, tal como lo habían prometido al cesar los combates en Europa. Los
aliados habían definido previamente hasta qué punto llegaría cada fuerza. En la
mitad de Corea estaría la línea divisoria, equidistante entre el río Yalu y el
Sur de la península. El gobierno norteamericano negoció con los japoneses las
normas que regirían la rendición de las tropas en su propio territorio. Japón
sería ocupado por Estados Unidos.
En Corea, anexada a Japón, permanecía una gran fuerza del
poderoso ejército japonés. En el Sur del Paralelo 38, límite divisorio
establecido, prevalecerían los intereses de Estados Unidos. Syngman Rhee,
reincorporado a esa parte del territorio por el gobierno de Estados Unidos, fue
el líder al que apoyó, con la cooperación abierta de los japoneses. Ganó así
las reñidas elecciones de 1948. Los soldados del Ejército Soviético se habían
retirado de Corea del Norte ese año.
El 25 de junio de 1950 estalló la guerra en el país.
Todavía se discute quién realizó el primer disparo, si los combatientes del
Norte o los soldados norteamericanos que montaban guardia junto a los soldados
reclutados por Rhee. La discusión carece de sentido si se analiza desde el
ángulo coreano. Los combatientes de Kim Il Sung lucharon contra los japoneses
por la liberación de toda Corea. Sus fuerzas avanzaron incontenibles hasta las
proximidades del extremo Sur, donde los yanquis se defendían con el apoyo
masivo de sus aviones de ataque. Seúl y otras ciudades habían sido ocupadas. MacArthur,
jefe de las fuerzas norteamericanas del Pacífico, decidió ordenar un desembarco
de la infantería de Marina por Incheon, en la retaguardia de las fuerzas del
Norte, que estas no podían ya contrarrestar. Pyongyang cayó en manos de las
fuerzas yanquis, precedidas por devastadores ataques aéreos. Ello impulsó la
idea por parte del mando militar norteamericano en el Pacífico de ocupar toda
Corea, ya que el Ejército de Liberación Popular de China, dirigido por Mao
Zedong, había infligido una derrota aplastante a las fuerzas pro yanquis de Chiang
Kai-shek, abastecidas y apoyadas por Estados Unidos.
Todo el territorio continental y marítimo de ese gran país
había sido recuperado, con excepción de Taipei y algunas otras pequeñas islas
próximas donde se refugiaron las fuerzas del Kuomintang, transportadas por
naves de la Sexta Flota.
La historia de lo ocurrido entonces se conoce hoy bien. No
olvidar que Boris Yeltsin entregó a Washington, entre otras cosas, los archivos
de la Unión
Soviética.
¿Qué hizo Estados Unidos cuando estalló el conflicto
prácticamente inevitable bajo las premisas creadas en Corea? Presentó a la
parte norte de ese país como agresora. El Consejo de Seguridad de la recién
creada Organización de Naciones Unidas, promovida por las potencias vencedoras
de la Segunda Guerra
Mundial, aprobó la resolución sin que uno de los cinco miembros pudiera
vetarla. En esos precisos meses la
URSS se había manifestado inconforme con la exclusión de China
en el Consejo de Seguridad, donde Estados Unidos reconocía a Chiang Kai-shek,
con menos del 0,3 por ciento del territorio nacional y menos del 2 por ciento
de la población, como miembro del Consejo de Seguridad con derecho al veto.
Tal arbitrariedad condujo a la ausencia del delegado
ruso, a consecuencia de lo cual se produjo el acuerdo de ese Consejo dando a la
guerra el carácter de una acción militar de la ONU contra el presunto agresor: la República Popular
Democrática de Corea. China, ajena por completo al conflicto, que afectaba su
lucha inconclusa por la liberación total del país, vio cernirse la amenaza
directa contra su propio territorio, lo cual era inaceptable para su seguridad.
Según datos publicados, envió al primer ministro Zhou Enlai a Moscú, para
expresar a Stalin su punto de vista sobre lo inadmisible que era la presencia
de fuerzas de la ONU
bajo el mando de Estados Unidos en las riberas del río Yalu, que delimita la
frontera de Corea con China, y solicitarle la cooperación
soviética. No existían entonces contradicciones profundas entre los dos
gigantes socialistas.
El contragolpe chino se afirma que estaba planeado para el
13 de octubre y Mao lo pospuso para el 19, esperando la respuesta soviética.
Era el máximo que podía dilatarlo.
Pienso concluir esta reflexión el próximo viernes. Es un tema
complejo y trabajoso, que demanda especial cuidado y datos tan precisos como
sea posible. Son hechos históricos que deben conocerse y recordarse.
Fidel Castro Ruz
Julio 22 de 2008
9:22 p.m.
LAS DOS COREAS (Segunda
parte)
Comandante Fidel Castro Ruz
El 19 de octubre de 1950 más de 400 mil combatientes voluntarios
chinos, cumpliendo las instrucciones de Mao Zedong, cruzaron el Yalu y salieron
al paso de las tropas de Estados Unidos que avanzaban hacia la frontera china.
Las unidades norteamericanas, sorprendidas por la enérgica acción del país al
que habían subestimado, se vieron obligadas a retroceder hasta las proximidades
de la costa sur, bajo el empuje de las fuerzas combinadas de chinos y coreanos
del Norte.
Stalin, que era sumamente cauteloso, prestó una
cooperación mucho menor que lo que esperaba Mao, aunque valiosa, mediante el
envío de aviones MiG-15 con pilotos soviéticos, en un frente limitado de 98 kilómetros, que en
la etapa inicial protegieron a las fuerzas de tierra en su intrépido avance.
Pyongyang fue de nuevo recuperado y Seúl ocupado otra vez, desafiando el
incesante ataque de la fuerza aérea de Estados Unidos, la más poderosa que ha existido
nunca.
MacArthur estaba ansioso por atacar a China con el empleo
de las armas atómicas. Demandó su uso tras la bochornosa derrota sufrida. El
presidente Truman se vio obligado a sustituirlo del mando y nombrar al general
Matthews Ridgway como jefe de las fuerzas de aire, mar y tierra de Estados
Unidos en el teatro de operaciones. En la aventura imperialista de Corea participaron,
junto a Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Países Bajos, Bélgica,
Luxemburgo, Grecia, Canadá, Turquía, Etiopía Sudáfrica, Filipinas, Australia,
Nueva Zelanda, Tailandia y Colombia. Este país fue el único participante por
América Latina, bajo el gobierno unitario del conservador Laureano Gómez,
responsable de matanzas masivas de campesinos. Con ella, como se vio,
participaron la Etiopía
de Haile Selassie, donde todavía existía la esclavitud, y la Sudáfrica gobernada por los
racistas blancos.
Hacía apenas cinco años que la matanza mundial iniciada en
septiembre de 1939 había concluido, en agosto de 1945.
Después de sangrientos combates en el territorio coreano,
el Paralelo 38 volvió a ser el límite entre el Norte y el Sur. Se calcula que
murieron en esa guerra cerca de dos millones de coreanos del Norte, entre medio
millón o un millón de chinos y más de un millón de soldados aliados. Por parte
de Estados Unidos perdieron la vida alrededor de 44 mil soldados; no pocos de
ellos eran nacidos en Puerto Rico u otros países latinoamericanos, reclutados
para participar en una guerra a la que los llevó la condición de inmigrantes
pobres.
Japón obtuvo grandes ventajas de esa contienda; en un
año, la manufactura creció un 50 %, y en dos recuperó la producción alcanzada
antes de la guerra. No cambió, sin embargo, la percepción de los genocidios
cometidos por las tropas imperiales en
China y Corea. Los gobiernos de Japón han rendido culto a
los actos genocidas de sus soldados, que en China habían violado a 25
decenas de miles de mujeres y asesinaron brutalmente a
cientos de miles de personas, como ya se explicó en una reflexión.
Sumamente laboriosos y tenaces, los japoneses han
convertido su país, desprovisto de petróleo y otras materias primas
importantes, en la segunda potencia económica del mundo.
El PIB de Japón, medido en términos capitalistas –aunque los
datos varían según las fuentes occidentales–, asciende hoy a más de 4,5
millones de millones de dólares, y sus reservas en divisas alcanzan más de un
millón de millones. Es todavía el doble del PIB de China, 2,2 millones de
millones, aunque esta posee un 50 % más de reservas en moneda convertible que
ese país. El PIB de Estados Unidos, 12,4 millones de millones, con 34,6 veces
más territorio y 2,3 veces más población, es apenas tres veces mayor que el de
Japón. Su gobierno es hoy uno de los principales aliados del imperialismo,
cuando este se halla amenazado por la recesión económica y las armas
sofisticadas de la superpotencia se esgrimen contra la seguridad de la especie humana.
Son lecciones imborrables de la historia.
La guerra, en cambio, afectó considerablemente a China.
Truman dio órdenes a la VI Flota de impedir el
desembarco de las fuerzas revolucionarias chinas que culminarían la liberación total
del país con la recuperación del 0,3 % de su territorio, que había sido ocupado
por el resto de las fuerzas pro yanquis de Chiang Kai shek que hacia allí se
fugaron.
Las relaciones chino-soviéticas se deterioraron después,
tras la muerte de Stalin, en marzo de 1953. El movimiento revolucionario se
dividió en casi todas partes. El llamamiento dramático de Ho Chi Minh dejó constancia
del daño ocasionado, y el imperialismo, con su enorme aparato mediático, atizó
el fuego del extremismo de los falsos teóricos revolucionarios, un tema en el
que los órganos de inteligencia de Estados Unidos se convirtieron en expertos.
A Corea del Norte le había correspondido, en la
arbitraria división, la parte más accidentada del país. Cada gramo de alimento
tenía que obtenerlo a costa de sudor y sacrificio. De Pyongyang, la capital, no
quedó piedra sobre piedra. Un elevado número de heridos y mutilados de guerra
debían ser atendidos. Estaban bloqueados y sin recursos. La URSS y los demás Estados del
campo socialista se reconstruían.
Cuando llegué el 7 de marzo de 1986 a la República Popular
Democrática de Corea, casi 33 años después de la destrucción que dejó la
guerra, era difícil creer lo que allí sucedió. Aquel pueblo heroico había
construido infinidad de obras: grandes y pequeñas presas y canales para
acumular agua, producir electricidad, abastecer ciudades y regar los campos;
termoeléctricas, importantes industrias mecánicas y de otras ramas, muchas de
ellas bajo tierra, enclavadas en las profundidades de las rocas a base de
trabajo duro y metódico. Por falta de cobre y aluminio se vieron obligados a
utilizar incluso hierro en líneas de transmisión devoradoras de energía
eléctrica, que en parte procedía de la hulla. La capital y otras ciudades
arrasadas fueron construidas metro a metro. Calculé millones de viviendas
nuevas en áreas urbanas y rurales y decenas de miles de instalaciones de servicios
de todo tipo. Infinitas horas de trabajo estaban convertidas en piedra,
cemento, acero, madera, productos sintéticos y equipos. Las siembras que pude
observar, dondequiera que fui, parecían jardines. Un pueblo bien vestido,
organizado y entusiasta estaba en todas partes, recibiendo al visitante.
Merecía la cooperación y la paz.
No hubo tema que no discutiera con mi ilustre anfitrión Kim
Il Sung. No lo olvidaré.
Corea quedó dividida en dos partes por una línea
imaginaria.
El Sur vivió una experiencia distinta. Era la parte más
poblada y sufrió menos destrucción en aquella guerra.
La presencia de una enorme fuerza militar extranjera
requería el suministro de productos locales manufacturados y otros, que iban
desde la artesanía hasta las frutas y vegetales frescos, además de los
servicios. Los gastos militares de los aliados eran enormes. Lo mismo ocurrió
cuando Estados Unidos decidió mantener indefinidamente una gran fuerza militar.
Las transnacionales de Occidente y de Japón invirtieron en los años de la Guerra Fría
considerables sumas, extrayendo riquezas sin límites del sudor de los
surcoreanos, un pueblo igualmente laborioso y abnegado como sus hermanos del
Norte. Los grandes mercados del mundo estuvieron abiertos a sus productos. No
estaban bloqueados.
Hoy el país alcanza elevados niveles de tecnología y
productividad.
Ha sufrido las crisis económicas de Occidente, que dieron
lugar a la adquisición de muchas empresas surcoreanas por las transnacionales.
El carácter austero de su pueblo le ha permitido al
Estado la acumulación de importantes reservas en divisas. Hoy soporta la
depresión económica de Estados Unidos, en especial, los elevados precios de
combustibles y alimentos, y las presiones inflacionarias derivadas de ambos.
El PIB de Corea del Sur, 787 mil 600 millones de dólares,
es igual al de Brasil (796 mil millones) y México (768 mil millones), ambos con
abundantes recursos de hidrocarburos y poblaciones incomparablemente mayores.
El imperialismo impuso a las mencionadas naciones su sistema. Dos quedaron rezagadas;
la otra avanzó mucho más.
De Corea del Sur apenas emigran a Occidente; de México, lo
hacen en masa hacia el actual territorio de Estados Unidos; de Brasil,
Suramérica y Centroamérica, a todas partes, atraídos por la necesidad de empleo
y la propaganda consumista.
Ahora los retribuyen con normas rigurosas y despectivas.
La posición de principios sobre las armas nucleares
suscrita por Cuba en el Movimiento de Países No Alineados, ratificada en la Conferencia Cumbre
de La Habana
en agosto de 2006, es conocida.
Saludé por primera vez al actual líder de la República Popular
Democrática de Corea, Kim Jong Il, cuando arribé al aeropuerto de Pyongyang y
él estaba discretamente situado a un lado de la alfombra roja cerca de su
padre. Cuba mantiene con su gobierno excelentes relaciones.
Al desaparecer la
URSS y el campo socialista, la República Popular
Democrática de Corea perdió importantes mercados y
fuentes de suministros de petróleo, materias primas y equipos. Al igual que
para nosotros, las consecuencias fueron muy duras. El progreso alcanzado con
grandes sacrificios se vio amenazado. A pesar de eso, mostraron la capacidad de
producir el arma nuclear.
Cuando se produjo hace alrededor de un año el ensayo pertinente,
le transmitimos al gobierno de Corea del Norte nuestros puntos de vista sobre el
daño que ello podía ocasionar a los países pobres del
Tercer Mundo que libraban una lucha desigual y difícil contra
los planes del imperialismo en una hora decisiva para el mundo. Tal vez no
fuera necesario hacerlo. Kim Jong Il, llegado a ese punto, había decidido de
antemano lo que debía hacer, tomando en cuenta los factores geográficos y
estratégicos de la región.
Nos satisface la declaración de Corea del Norte sobre la disposición
de suspender su programa de armas nucleares. Esto no tiene nada que ver con los
crímenes y chantajes de Bush, que ahora se jacta de la declaración coreana como
éxito de su política de genocidio. El gesto de Corea del Norte no era para el
gobierno de Estados Unidos, ante el cual no cedió nunca, sino para China, país
vecino y amigo, cuya seguridad y desarrollo es vital para los dos Estados.
A los países del Tercer Mundo les interesa la amistad y cooperación
entre China y ambas partes de Corea, cuya unión no tiene que ser necesariamente
una a costa de la otra, como ocurrió en Alemania, hoy aliada de Estados Unidos
en la OTAN. Paso
a paso, sin prisa, pero sin tregua, como corresponde a su cultura y a su
historia, seguirán tejiéndose los lazos que unirán a las dos Coreas. Con la del
Sur desarrollamos progresivamente nuestros vínculos; con la del Norte han existido
siempre y continuaremos fortaleciéndolos.
Fidel Castro Ruz
Julio 24 de 2008
6:18 p.m.