«UNA NOTICIA QUE ME HONRA COMO POCAS EN MI VIDA».
Ayer 22 de Julio se presentó en la ciudad de Sancti Espíritus, Cuba, el número especial de la Revista VERDE OLIVO, órgano de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, dedicada a los 90 años de FIDEL.
La revista publica escritos de militares y civiles cubanos. En esta edición especial hubo sólo tres extranjeros a quienes les fue permitido quebrar esa regla: al Comandante Ernesto Che Guevara, con su poema “Canto a Fidel”, escrito en México en1956 cuando participaba en los preparativos de la expedición del yate Granma; a Pablo Neruda con su “Canción de Gesta”, del año 1960, celebrando con sus bellos versos el triunfo de la Revolución Cubana; y en tercer lugar al autor de estas líneas, con un breve texto que rememora mi primer contacto con Fidel en el Chile de Salvador Allende, a finales de 1971. He recibido varias distinciones a lo largo de mi vida. Pero ninguna como esta, y no podía dejar de compartirla con ustedes.

Y a continuación, el texto escrito para Verde Olivo:

«Por aquí pasó Fidel»
(Por Atilio A. Boron) Escribir unas pocas líneas sobre
Fidel es una invitación a la vez fascinante y peligrosa. Lo primero, porque se
trata de una figura titánica que cubre la segunda mitad del siglo veinte y los
primeros años del actual. Lo segundo, porque dadas las inexorables
restricciones de espacio, se corre el riesgo de apenas balbucear unas pocas
palabras incapaces de hacerle justicia a un personaje que Hegel sin duda caracterizaría
como “histórico universal”, tal como lo hiciera con Napoleón. Cedo ante la
tentación y me propongo escribir algo sobre un personaje con quien trabé
inicialmente contacto hace algo más de treinta años, cuando tuve la fortuna de
participar en uno de los cónclaves que Fidel organizara en 1985 sobre el tema
de la deuda externa. Pese a que era una convocatoria multitudinaria, a la cual
acudieron gentes de toda América Latina y el Caribe, me las ingenié echando
mano a mi férrea disciplina militante, para llegar con mucha anticipación a la
Sala 1 del Palacio de Convenciones de La Habana, donde se realizó aquella
reunión, y sentarme en las primeras filas de ese vasto auditorio. Esa actitud
fue ampliamente recompensada porque Fidel, que a lo largo de esa semana asistió
todos los días con invariable puntualidad a las sesiones de la tarde, se hacía
un tiempo durante los intervalos para hablar con los participantes, comentar
las exposiciones que habíamos oído (que duraban siete minutos, ni uno más) y
responder a las innumerables preguntas de quienes nos arremolinábamos en torno
a su quijotesca figura. Tuve la enorme fortuna de, posteriormente, poderme ver
en numerosas ocasiones con el Comandante, a veces en pequeños grupos y en
varias oportunidades en un diálogo cara a cara, sin testigos. Sería imposible
resumir en pocas líneas todo lo que me enriquecieron esos encuentros con Fidel,
tanto los grupales como los individuales, antes y después de su retiro de la
gestión gubernamental.


Si bien esa fue la primera vez que pude participar en un
tumultuoso diálogo colectivo con él, no era la primera que lo veía en persona.
Y de esto quisiera hablar, o más bien escribir, en esta oportunidad. Porque a
lo lejos lo había visto antes en Chile durante su histórica visita a ese país.
En ese tiempo, finales de 1971, yo me desempeñaba como un joven profesor de la
FLACSO/Chile y traté de seguir su itinerario lo más de cerca posible, tarea
irremediablemente condenada al fracaso porque el Comandante no limitó sus
actividades al área de Santiago sino que  recorrió Chile de norte a sur, desde
Antofagasta hasta Punta Arenas. Me consolé asistiendo a sus apariciones
públicas en Santiago  apenas recobrado del impacto emocional que me
produjo cuando el día de su llegada a la tierra de Violeta Parra, al atardecer
del 10 de Noviembre de 1971, yo era uno más de los miles y miles de
santiaguinos que salimos a las calles para brindarle una conmovedora recepción.
El clímax se produjo cuando al acercarse la caravana de automóviles por la
Avenida Costanera a la altura de las Torres de Tajamar, lo vimos pasar en un
carro descapotado, de pie, enfundado en su uniforme verde olivo, su gorra y
saludando a diestra y siniestra a la multitud agolpada a ambos lados de la
calzada. Siendo de por sí un hombre de elevada estatura, parado en ese carro,
que avanzaba lentamente, sus dimensiones adquirieron para quienes estábamos
allí vitoreándolo proporciones gigantescas y sentíamos que nos recorría, como
una corriente eléctrica, la sensación mística de que estábamos viendo pasar no
a un hombre, no a un cubano, no a un jefe de estado, sino a la personificación
misma de América Latina y el Caribe, al héroe que en nombre de Nuestra América
había puesto punto final a nuestra prehistoria. Si su sola figura nos
magnetizaba cuando pronunciaba un discurso –¡veinticinco en total durante su
gira chilena, más una maratónica conferencia de prensa un día antes de su
regreso a Cuba!-, sus formidables dotes de orador nos dejaban absolutamente
deslumbrados.

Salvador Allende, su digno anfitrión, era un líder
entrañable y un luminoso ejemplo para todos nosotros por su coherencia como
marxista y por su valentía para enfrentar a la derecha vernácula y al
imperialismo. Valentía que se puso de manifiesto por última vez en el desigual
combate librado contra la banda de facinerosos reaccionarios que orquestó el
golpe de estado del 11 de septiembre de 1973. Pero no era un orador de
barricada; sus discursos parlamentarios eran excelentes, pero jamás podrían
cautivar a una multitud. Los de Fidel, en cambio, eran como uno de esos
fantásticos  murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional de México: un
torrente por el cual fluía toda la historia de Nuestra América. Su capacidad
didáctica, su contenido profundo y su incomparable elocuencia fascinaron a
todos quienes pudimos asistir a sus concentraciones y, en mi caso, marcó para
siempre mi conciencia política. Termino anotando que el viaje de Fidel a Chile
fue algo más que una visita diplomática. Parafraseando lo que decía el
Comandante Hugo Chávez, podríamos decir también que “por aquí pasó Fidel”. Y “aquí”
fue ese sorprendente Chile adonde el Comandante llegó para comprobar, con sus
propios ojos, si había otro camino para hacer avanzar la revolución. Y, en
aquella coyuntura latinoamericana, esta era una cuestión de excepcional
importancia para el líder cubano, revolucionario integral si los hay y
obsesionado por identificar, en los complejos entresijos de nuestras realidades
nacionales, las semillas de la necesaria revolución. Esta motivación quedó
explícitamente confirmada en el notable discurso que Fidel pronunciara el 17 de
noviembre de 1971 en la Universidad de Concepción. Fue precisamente eso lo que
quiso ver Fidel en Chile, y la lectura de sus discursos y sus intervenciones en
la prensa lo evidencian como un profundo estudioso de la realidad chilena,
meticulosamente bien informado sobre lo que ese país producía, a quién lo
vendía en el mercado internacional, a qué precio y bajo cuáles condiciones. Y
lo mismo valía para otros aspectos de la vida política y social de aquel país,
que Fidel había estudiado hasta en sus menores detalles con anterioridad a su
visita. Una gira extensa e intensiva, donde no sólo pronunció discursos sino
que habló con miles de chilenos que le preguntaban de todo. Fue realmente un
viaje de estudios, propio de quien concibe al marxismo no como un dogma sino
como una guía para la acción como lo exigía Lenin—y que se
extendió desde el 10 de noviembre hasta el 4 de diciembre, en medio de la
gritería insolente de la derecha que a poco llegar exigía el abandono de Fidel
del suelo chileno. Pero Allende se mantuvo firme y brindó una cálida
hospitalidad a su amigo cubano en cada rincón de la dilatada geografía del país
andino. Con su visita Fidel dejó una estela imborrable en aquel lejano rincón
de Nuestra América, que por un par de años más todavía sería, como lo afirma la
canción nacional de Chile, “un asilo contra la opresión”. Poco después se
transformaría en el baluarte de la barbarie fascista, en asilo de
contrarrevolucionarios y guarida de terroristas que, Plan Cóndor mediante, asolaría
a los países latinoamericanos. La revolución que Fidel correctamente
caracterizó cuando dijo que en Chile estaba transitando sus primeros pasos fue
ahogada en sangre. Y allí quedaron definitivamente demostradas dos lecciones:
primera, que en Nuestra América la osadía de los revolucionarios siempre se
castigará con un atroz escarmiento. Segunda lección: que el único antídoto para
evitar tan fatal desenlace es completar sin pérdida de tiempo alguna las tareas
fundamentales de la revolución.

Fuente: Verde
Olivo
, Nº 3, Julio 2016