No puedo entender como es posible que quienes en la Argentina (y en el extranjero, en algunos casos) se horrorizaron, con razón, ante los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA en Buenos Aires, y siguen manifestando su condena y exigiendo justicia, ahora se les haya endurecido el corazón de tal manera que permanezcan indiferentes ante las atrocidades, muchísimo más graves, que el Estado de Israel está perpetrando en la Franja de Gaza. 



El sepulcral silencio de esa gente, y de los medios y las instituciones que antes hablaban, acusaban y denunciaban a los gritos lo ocurrido en la Argentina resuena con fuerza atronadora, revelando una duplicidad moral imperdonable y, espero, inolvidable. No deberá haber olvido ni perdón para quienes actúan de este modo, autoproclamados fiscales de la república, siempre dispuestos a denunciar los «atropellos» a los derechos humanos y las libertades en Argentina, Bolivia, Cuba, Ecuador, Venezuela pero llamados a un escandaloso silencio ante la barbarie desatada por Israel en Gaza que, según el Estatuto de Roma, configura un imprescriptible crimen de guerra: «genocidio.»