TESTIMONIO IMPRESIONANTE:  Elisabetta Piqué es una periodista y politóloga nacida en Florencia, Italia, y criada en la Argentina, donde realizó sus estudios en Ciencia Política. En 1990 inicia su carrera periodística en la agencia italiana de noticias ANSA y desde ese momento abraza la profesión periodística especializándose en  la cobertura de conflictos bélicos. Ha estado en Haití, Bosnia, Kosovo, Afganistán e Irak y ahora en Gaza. A partir de 1999 se convierte en corresponsal de La Nación (Buenos Aires) en Roma. En publicó Diario de Guerra. Apuntes de una corresponsal en el frente. Afganistán 2001-Irak 2003. (Buenos Aires: Grupo Editorial Norma, 2003). Lean el estremecedor relato que hoy entrega en la edición de hoy en La Nación. Sobran los comentarios.

Lo que quedó de la casa de la familia Al-Dallu (Gaza, Nov. 18 2012-). Entre las víctimas había 5 niños.

Martes 20 de noviembre de 2012 | Publicado
en edición impresa de
La Nación (Buenos Aires)
Ofensiva de Israel
Gaza, un infierno de destrucción y miedo
Por la lluvia de misiles, pocos se animan a salir;
ya hay 100 muertos
Por Elisabetta Piqué  | 
CIUDAD DE GAZA.- Columnas
de humo negro que se elevan ahí donde cayó el misil, bombardeos que sacuden los
edificios y dejan sin aliento, el ruido incesante de los drones (los aviones no
tripulados israelíes) o de los helicópteros de combate Apache, fuerte olor a
pólvora. La radio constantemente prendida para saber cuáles fueron los blancos
de la jornada y cuántos muertos hay que agregar a la lista. El terror de la gente, que no
se anima a salir a la calle
 . «Aquí todos somos
blancos», repite la gente, con ojos llenos de miedo y rabia.
No es vida lo que hay en
Gaza, un enclave de miseria y extremismo donde 1,6 millones de palestinos viven
hacinados. Desde el miércoles pasado está bajo fuego, a merced de la Operación
Pilar Defensivo lanzada por las fuerzas de Israel, que le dijo basta al lanzamiento
de misiles contra su territorio.
Entrar en Gaza es entrar en
el infierno. Impresiona la destrucción que dejaron seis días de ataques
consecutivos en un lugar ya de por sí dañado y que parece haberse quedado atrás
en el tiempo debido a la pobreza, las guerras y el bloqueo israelí. Ni hablar de los muertos, que
ya suman 100.
Video: Gaza, bajo las bombas
Por las bombas que caen
desde aire y mar, no hay un alma en la calle. «Nadie se anima a salir;
cualquiera puede ser un blanco en Gaza», explica Ramez, mi intérprete, que
fue a buscarme al precario puesto de seguridad levantado a dos kilómetros del
paso fronterizo de Erez.
A diferencia de la ofensiva
que hubo aquí hace cuatro años, esta vez las fuerzas israelíes, que controlan
la frontera de Gaza, dejan entrar a periodistas a este territorio palestino
gobernado por el grupo islámico Hamas, considerado terrorista.
En diciembre de 2008,
cuando tuvo lugar la Operación Plomo Fundido e Israel invadió Gaza después de
cuatro días de disparos de misiles contra territorio israelí, la frontera
estuvo sellada. Entonces, más de 1400 palestinos y 13 israelíes murieron en
tres semanas.
Con una acreditación de la
oficina de prensa del gobierno israelí y un pasaporte, en cambio, ahora es
posible entrar a Gaza. Debido al lanzamiento de misiles de parte de grupos de
militantes de Hamas y de la Jihad Islámica, sin embargo, no se puede llegar
hasta el puesto de frontera de Erez en forma autónoma. Un checkpoint en el
camino corta el paso varios kilómetros antes, en un cruce donde hay una
estación de servicio y un lugar llamado Yad Mordechai, donde se libró una
batalla en 1948, como indica un cartel.
Allí, donde ya comienzan a
oírse fuertes estruendos y verse columnas de humo negro levantándose desde los
campos que se ven más allá, es donde los periodistas deben esperar, bajo un sol
que pega fuerte, para ser escoltados por militares israelíes.
El último paso hacia Gaza,
sólo posible a la mañana, es poco antes de la una de la tarde. Un simpático
oficial israelí conduce la caravana de periodistas hasta el modesto puesto de
inmigración de Erez. «Les pido que se cuiden, no se acerquen a gente de
Hamas y de la Jihad y espero volver a verlos pasar por acá», dice el
militar, al despedirse del grupo.
La mayoría de los
periodistas lleva casco y chaleco antibalas. Antes de hacer migraciones, hay
que firmar un formulario que certifica que uno sabe que está ingresando a una
zona en riesgo. Ya en fila para el último trámite migratorio, llega el primer
momento de pánico. «¡Hay un ataque! ¿No oyen la sirena? Vayan a refugiarse
a esa sala!», grita una joven soldado a los reporteros. La alerta dura no
más de cinco minutos. Controlado el pasaporte, luego del cruce de puertas
giratorias de metal enrejadas y de dos altísimos muros de cemento armado,
comienza la caminata de más de un kilómetro a través de ese famoso túnel
techado, plagado de cámaras y enrejado, que lleva a Gaza, el infierno.
Lo primero que se advierte
es el olor a pólvora, a bombas recién estalladas, a fuego. Pero también a
miseria, a suciedad. El silencio es roto por el ruido de fuertes explosiones,
de los siempre presentes drones y del chirrido de un carrito lleno de valijas
que arrastra un maletero palestino que también avanza en el túnel hacia el
centro de la batalla. «Welcome to Gaza», dice el hombre, tez morena y
de ropa harapienta, que no se inmuta ante los estruendos que hacen saltar a los
periodistas que van llegando a una zona de guerra.
Vista de la
ciudad de Gaza durante los ataques israelíes.  Foto: Reuters
Foto 1 de 21
Las calles están desiertas,
los negocios con las persianas bajas, se ven montañas de basura sin recolectar.
«La vida está totalmente paralizada desde hace seis días. No hay colegios,
no hay comercio, nadie se puede mover. Yo vivo en el campo de Jabaliya junto a
mi familia, que no sale desde hace días, porque está aterrada. El otro día cayó
un misil en un campo de cultivos que hay a 300 metros de nuestra casa»,
dice Zared.
Mientras avanzamos por la
calle Salaheldín, la principal avenida de Gaza, también desierta, el guía va
mostrando la destrucción de las últimas horas: la estación de policía del
barrio de Djihaie, el mismo donde fue asesinado el miércoles pasado el jefe
militar de Hamas, convertida en un cúmulo de ruinas. «La bombardearon a
las dos de la mañana», indica. También están arrasados la estación de
policía de otro barrio cercano y diversos edificios del gobierno de Hamas.
Las noticias de la radio,
siempre prendida, indican que un cohete palestino cayó en Ashkelon y otros
cinco en Kissufim, en el sur de Israel. «Es nuestra resistencia, es
nuestro derecho a defendernos», comenta Ramez.
En una calle desierta, dos
hombres le están poniendo a la ambulancia carteles que dicen «Press».
Con eso se sienten más seguros, porque ellos también temen ser blancos, explica
el guía.
CIUDAD FANTASMA
Si Gaza parece una ciudad
fantasma, el único lugar donde parece haber vida es alrededor del hospital
Shifa, el principal de la ciudad, donde traen a todos los heridos y a los
mártires de esta enésima guerra sin sentido. El hospital acaba de ser visitado
por una delegación egipcia y el ministro de Salud, Moheed Mukhalatti, está
dando una conferencia de prensa ante una multitud de hombres.
«¡Los israelíes
bombardean a mujeres y chicos que están en su casa, el mundo está viendo esta
catástrofe y no hace nada!», clama. «¡Pero la comunidad internacional
no toma medidas contra Israel! ¿Para qué vienen las delegaciones
internacionales a Gaza? Traen su ayuda y su dinero, pero eso no sirve, queremos
que Israel deje de atacar a inocentes», grita.
Son las cuatro de la tarde
y una fuerte explosión hace temblar todo. La radio indica que ahora cayó un
misil sobre la Sharuk Tower, un edificio que no queda demasiado lejos del
hospital Shifa. Una columna de humo negro se levanta desde allí. «Hubo dos
mártires en la Sharuk Tower, uno es un líder de la Jihad Islámica», dice
Zared. Ya de noche, cuando los bombardeos se hacen más pesados y es un suicidio
salir a la calle, el boletín de guerra palestino indica que hubo «27
mártires y 60 heridos».
El ruido de los drones no
cede, las conexiones a Internet van y vienen y Ramez cuenta que, a diferencia
de la última guerra, hace cuatro años, cuando su familia se mudó a la casa de
un tío en el Sur, esta vez decidieron quedarse en Jabaliya, en el norte de
Gaza. «No nos fuimos porque esta vez toda Gaza es un blanco, pero si Alá
quiere, sobreviviremos.»
PEDIDO A LA ONU DE LA ARGENTINA
La presidenta Cristina Kirchner
reclamó
 al Consejo de Seguridad de la ONU que «ordene de
inmediato el fin de las hostilidades» en Medio Oriente y que convoque de
manera «urgente» a una reunión de ese cuerpo, informó ayer el
canciller Héctor Timerman.
La Presidenta transmitió en
la misiva «el claro mensaje» del Mercosur y de la Unasur en favor del
diálogo en el conflicto entre israelíes y palestinos.