Eduardo Galeano escribió una vez que pocas cosas son más útiles, productivas y sobre todo realistas que las utopías. Estas son como elhorizonte, al que nunca alcanzaremos, pero que nos permite avanzar. Esto viene a cuento de la alegría que me produjo la aparición de una nueva edición del gran libro de Friedrich Engels, Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico, que Ediciones Luxemburg publicó en su Colección «Batalla de Ideas» que tengo el honor de dirigir.

Como todos los libros de esa Colección, el texto de los autores que publicamos va siempre precedido por un extenso estudio introductorio sobre el libro, para situar en el contexto contemporáneo las reflexiones, argumentos y datos que los clásicos utilizaron en unas coordenadas espacio-temporales completamente distintas. Pero, si son clásicos es porque sus obras guardan una permanente actualidad, y son pródigas en valiosas enseñanzas para las luchas emancipatorias de nuestro tiempo. En este caso el estudio introductorio a la obra de Engels lo realizó Fernando Lizárraga, uno de los intelectuales más lúcidos de su generación y autor de una de las obras más interesantes de los últimos tiempos que esperamos bien pronto se encuentre disponible en la Argentina:  El Marxismo y la Justicia Social. La idea de igualdad en Ernesto Che Guevara. A continuación reproducimos unos pocos párrafos de la introducción de Lizárraga al libro de Engels.

Estudio Introductorio
“Pérdida y recuperación de
la utopía”
Fernando Lizárraga 
  
En una de las
primeras ediciones norteamericanas de Socialism: Utopian and Scientific,
publicada en Chicago por Charles H. Kerr & Co., en 1907, el editor no
dudaba en calificar a esta obra como “uno de los libros más notables del siglo
XIX” (Kerr, 1907: iii)[ ]. A su juicio, el socialismo de Marx y Engels ya había
alcanzado una posición de liderazgo en Europa, donde se lo reconocía como “la
esperanza de los trabajadores y el terror de los poderosos” (Kerr, 1907: iii).
Rebosante de optimismo, vaticinaba una rápida difusión de la nueva teoría en
Estados Unidos, país en el cual veía un escenario propicio “para la
organización de los trabajadores manuales e intelectuales en un partido
destinado a construir un nuevo y mejor orden social a partir de las ruinas del
capitalismo” (Kerr, 1907: iii). En la edición de 1908, Kerr celebraba que el
folleto engelsiano circulara “más rápido que nunca” y que las cifras de ventas
superasen los pronósticos más auspiciosos: entre 1883 y 1892, unos 20 mil
ejemplares fueron impresos en Alemania, mientras que en Estados Unidos se
vendieron cerca de 30 mil en apenas ocho años. “Las muchas ediciones exigidas
por la creciente demanda han gastado las planchas, y ahora lo estamos
reimprimiendo de un modo más atractivo”, se entusiasmaba Kerr (1908: 7). El
imprentero de Chicago, convencido de que Engels era “el escritor socialista más
importante después de Marx”, se animaba a afirmar que esta obra ya no
necesitaba un prefacio, puesto que “junto con el Manifiesto Comunista es uno de
los libros indispensables para quien desee comprender el movimiento socialista
moderno” (Kerr, 1908: 7). Un siglo después de las vehementes efusiones de Kerr,
Ediciones Luxemburg entiende que la obra del alter ego de Karl Marx reclama el
estudio preliminar que aquí presentamos, sin otra pretensión que la de aportar
algunos elementos para la discusión del claro y contundente texto engelsiano. (clic abajo en Más Información)

Tal como
explica Engels en el “Prólogo a la edición inglesa de 1892” –que se incluye en
este volumen–, Del socialismo utópico al socialismo científico (en adelante,
SUSC) fue concebido como un folleto de divulgación a pedido de Paul Lafargue,
líder socialista francés y yerno de Karl Marx. La primera edición francesa se
publicó en 1880 y sin demora se tradujo a una decena de idiomas. Como es
sabido, las traducciones suelen ser fuente de muchos y pedurables equívocos.
Por eso, la primera advertencia que debemos realizar se refiere al título de la
obra. La traducción de Lafargue se tituló Socialisme utopique et socialisme
scientifique, mientras que las primeras versiones inglesas utilizaron una
estructura similar: Socialism: utopian and scientific. Es probable que aquí se
haya originado la extendida visión –muy habitual entre lectores de solapas– que
atribuye a Engels un profundo desdén hacia el socialismo utópico y una
exaltación casi fanática del socialismo científico. Sin embargo, cuando se
analiza el título en alemán, las cosas cobran otro cariz. Engels eligió decir
Die Entwicklung des Sozialismus von der Utopie zur Wissenschaft, que debe
traducirse como El desarrollo (o la evolución, o el despliegue) del socialismo
desde la utopía hasta la ciencia (el título de la presente edición, Del
socialimo utópico al socialismo científico, conserva el sentido del original en
alemán)[ ]. La clave del problema –que retomaremos en las siguienes páginas–
reside en que la palabra Wissenschaft se traduce normalmente como ciencia, pero
la voz germana designa un modo de conocimiento mucho más amplio y que posee
menos resonancias positivistas que las voces inglesa, española o francesa
(Jameson, 2005: 48). Por lo tanto, es preciso establecer sin dilación que el
socialismo científico no es lo contrario del socialismo utópico, sino (acaso)
su consecuencia necesaria; no marca una ruptura absoluta, sino una superación
de los primeros escarceos de los utópicos.

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En nuestros
días, la posición de Lenin en cuanto revalorización del impulso utópico merece
ser tenida muy en cuenta. Al mismo tiempo, es preciso dotar a este impulso de
contenidos mínimos que prefiguren una sociedad deseable y posible. Mientras
prolifera el culto a lo fragmentario y lo incomunicable, a las meras
superficies sin esencias, a los significantes vacíos y a un escepticismo
radical, la utopía reclama ser vista como una forma, un gesto y hasta un
programa perfectamente contestatario, puesto que sus “propios excesos y su
compromiso con lo absoluto y con lo absolutamente irrealizable e imposible,
paradójicamente, muy a menudo ha tenido un impacto concreto sobre […] la praxis
política misma” (Jameson, 2005: 211). La imaginación utópica, entonces, puede
(y debe) operar en términos de disrupción, puesto que “la forma utópica en sí
misma es la respuesta a la convicción ideológica universal de que no hay
alternativa posible, de que no hay alternativa al sistema. Pero lo afirma
forzándonos a pensar en la ruptura misma, y no ofreciendo una imagen más
tradicional de cómo serán las cosas luego de la ruptura” (Jameson, 2005: 232).
Engels y Marx
acometieron oportunamente la tarea de situar al socialismo “en el terreno de la
realidad”; formularon una teoría indispensable para la crítica y la
transformación social; recorrieron el trabajoso camino desde la utopía hasta la
ciencia. Su legado vale tanto por las respuestas que hallaron cuanto por los
interrogantes que dejaron para las generaciones futuras. Hoy, ante un panorama
en el cual no se distinguen con
claridad los actores que efectuarán la esperada ruptura revolucionaria, la
imaginación utópica vuelve a reclamar su lugar, “nos obliga precisamente a
concentrarnos en la ruptura misma” y nos exige “una meditación sobre lo
imposible, sobre lo irrealizable por derecho propio” (Jameson, 2005). Un
programa radical que busque construir una sociedad alternativa, desde sus
principios y valores hasta sus modos institucionales, deberá explorar sin temor
ni descanso el horizonte de la utopía.