Chapadmalal, 9 Enero 2016

No es lo que más le gusta a los políticos, sobre todo a los dirigentes. Pero
a las mujeres y hombres de a pie, a la base militante, la crítica y sobre todo
la autocrítica les parece un ejercicio imprescindible. Pero es muy infrecuente.
Claro que cuando se producen derrotas como las del 22 de Noviembre en la
Argentina ambas, la crítica y la autocrítica, se tornan aún más indispensables.

Pero ni bien se amaga con dar comienzo a las mismas irrumpe el nefasto
“entorno” de los líderes para frustrar esa iniciativa. Por algo el gran
Maquiavelo aconsejaba a los príncipes huir de esa plaga. En El Príncipe le
dedica un capítulo entero al tema para sostener que si un gobernante cae bajo
el influjo de sus cortesanos y aduladores se encamina hacia su perdición. Los
pretextos bajo los cuales se invalida la pretensión crítica son muchos. Durante
el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner la crítica era desalentada porque
según el séquito presidencial sólo servía para “confundir” a la opinión pública
o para “sembrar el desaliento y el desánimo” entre la militancia. En algunos
casos, ciertos espíritus excesivamente enfervorizados descerrajaban un disparo
mortal: la crítica “le hace el juego a la derecha”. Por consiguiente, aún
cuando fueran expresadas con la intención de mejorar lo que debía mejorarse (y
no con el propósito de debilitar a un gobierno que se lo apoyaba por algunas
cosas que estaba haciendo bien y se lo criticaba por las que no hacía o estaba
haciendo mal) esas críticas, decíamos, estaban condenadas al ostracismo. Sólo
sobrevivían en los pequeños círculos de los amigos, que compartían la
preocupación de quien esto escribe, pero no pasaban de allí. Conclusión: no
llegaba a los oídos, o a los ojos, de quien debía llegar y las posibilidades de
corregir un rumbo equivocado se perdían para siempre. La voz de orden era
acompañar el proceso y abstenerse de formular críticas o, en caso de hacerlo,
cuidar que la misma no trascendiera más allá de un insignificante cenáculo de
iniciados.

Si provocar el desánimo con la crítica era un pecado imperdonable no pareciera
ser menos ahora, una vez concluida la larga década kirchnerista. La excusa: no
hay que “hacer leña del árbol caído”, para decirlo con un aforismo de viaja
data en nuestra lengua. Algunos fanáticos consideran una traición cualquier
pretensión de hacer un balance lo más realista y equilibrado posible de todos
esos años. Resultado: la crítica externa, entendiendo por tal la proveniente de
alguien que no estuvo en el gobierno, y la autocrítica de quienes sí estuvieron
son ahogadas en su cuna. Antes era inoportuno criticar las asignaturas
pendientes o los yerros de la gestión de CFK (¡como si hubiera algún gobierno
al margen de crítica!); ahora, dicen los mismos, es una canallada, para colmo a
destiempo. Si bien no existe una prohibición expresa la consecuencia de esta
actitud es la imposibilidad de cualquier crítica, antes, durante o después. Es
el triunfo del fanatismo, del fundamentalismo, de la obsecuencia elevada a la
categoría de lealtad. La victoria de un funcionariado que no quiere hacerse
cargo de sus propias limitaciones, en una absurda pretensión de infalibilidad.
Con esto se atenta contra la posibilidad de reconocer errores, detectar
incoherencias y, también, de tomar nota de los aciertos; en suma, de
beneficiarse del aprendizaje político, único camino para hacer un mejor
gobierno si las circunstancias lo permitieran en el futuro.

MAS SOBRE ESTE  TEMA: ver en este mismo blog el posteo: “Argentina 2015: Claves de una derrota”
http://www.atilioboron.com.ar/…/argentina-2015-claves-de-un…