17.1.2016

 
En estos tiempos de oscuridad pocas noticias podrían haber
sido peores que el fallecimiento, el 14 de este mes de Enero de 2016, de Ellen
Meiksins Wood. Nacida en Nueva York, el 12 de Abril de 1942, hija de un
matrimonio de judíos marxistas que huyeron de la ocupada Letonia para
refugiarse en esa ciudad, Ellen se convirtió con el paso del tiempo en una de
las figuras más deslumbrantes del marxismo contemporáneo. Inició sus estudios
en la Universidad de California/Berkeley, donde obtuvo su bachillerato con
orientación en Lenguas Eslavas. Poco después iniciaría sus estudios graduados
en la misma universidad, pero en la sede de Los Ángeles, de donde egresaría con
su doctorado en ciencia política en el año 1970. Durante unos treinta años fue
profesora de Teoría Política en la Univeridad de York, en Toronto, Canadá. Formó
innumerables discípulos e incursionó en los más diversos campos de las ciencias
sociales. Como buena marxista no reconocía las fronteras disciplinarias propias
del pensamiento burgués, que dividen la economía, la sociología, la ciencia
política, la historia y la cultura como áreas de conocimiento
compartimentalizadas que reproducen la fragmentación propia del sentido común
de la burguesía. En su obra, historia y presente; economía y política; sociedad
y cultura están indisolublemente entrelazadas, y sólo a los efectos analíticos
podían, en un primer paso del conocimiento, ser separadas para luego, en un
segundo momento, ser nuevamente integradas en una totalidad dialéctica en
permanente movimiento. Fue una de las más aguda críticas del posmodernismo y el
posmarxismo, denunciando el carácter insanablemente conservador de esas modas
intelectuales que tanto daño han hecho, siempre complacientes con el
capitalismo, con la pseudo democracia burguesa y el imperialismo. Sus críticas
al nuevo revisionismo, ese marxismo descafeinado sin lucha de clases y sin
imperialismo, son un fecundo modelo de trabajo intelectual por su rigurosidad y
también por su rara capacidad para realizarlo sin apelar al lenguaje esotérico
y rebuscado que, desgraciadamente, aún se encuentra en muchos pensadores de
izquierda. Sus escritos sobre la filosofía política y la formación del
pensamiento burgués son pequeñas joyas, al igual que sus reflexiones sobre el
imperialismo y la democracia. El suyo era un pensamiento profundo, incisivo
como pocos, invariablemente situado en las polémicas de nuestro tiempo y dicho
en un lenguaje terso y llano. No escribía para polemizar con los extravíos de
algunos colegas ni perdía su tiempo en estériles debates escolásticos sino que
lo hacía sino para ayudar a los oprimidos y explotados a comprender como era el
mundo, y cómo se lo podía cambiar. No era una “marxóloga” que se regodeaba en
el sutil  manejo de las categorías
teóricas de Marx desde el encierro de una torre de marfil, sino una marxista
militante, sin respiro, que escribía sin cesar, creaba o participaba en
proyectos culturales (como la Monthly Review, por ejemplo) y colaboraba permanentemente
con las fuerzas de izquierda en Canadá, Estados Unidos y en Europa, donde
estuviera. Su inmensa estatura intelectual –plasmada en los brillantes libros y
ensayos que nos legara- se agigantaba por su don de gentes, su modestia y la sencillez
de su trato, en las antípodas de tantos intelectuales que por comparación con
Ellen son insignes pigmeos pero que transitan por el mundo con aires de
perdonavidas y haciendo gala de una insoportable arrogancia. Tuve la inmensa
fortuna de ser su amigo, de visitarla en Nueva York y Londres, y de que
aceptara una invitación a visitar la Argentina, a comienzos de siglo, ocasión
en que pronunció varias conferencias públicas en la Facultad de Ciencias
Sociales de la Universidad de Buenos Aires y en CLACSO. También de que
colaborara con un artículo para una compilación que junto con Javier Amadeo y
Sabrina González hiciéramos hace ya diez años: La Teoría Marxista Hoy.  Ellen se
avino a participar en ese emprendimiento cuyo objetivo era relevar la situación
de la teoría marxista en sus distintas manifestaciones y especialidades. (El
libro puede ser descargado gratuitamente desde este blog). A modo de homenaje a
esta enorme intelectual marxista, ganadora del Premio Isaac Deutscher y autora
de textos tan brillantes como necesarios para nuestra lucha es que reproduzco a
continuación el artículo que escribiera para la obra colectiva arriba
mencionada, en donde anuda algunas de sus tesis centrales sobre la
incompatibilidad de la democracia con el capitalismo en el marco del
imperialismo contemporáneo. ¡Gracias Ellen, por todo lo que nos has dado, por
el conocimiento que nos has aportado y por haber sido como fuiste!


__________________

Ellen
Meiksins Wood*
Estado,
democracia y globalización
**
Capítulo
en la compilación
La
teoría marxista hoy. Problemas y perspectivas
Atilio Boron, Javier Amadeo y Sabrina González
(Compiladores)
En:
(Buenos
Aires, CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, 2006)
Fecha
Página 395
RECIENTEMENTE
OFRECÍ una conferencia sobre el nuevo imperialismo
y sus
efectos negativos para la democracia en tanto Estados
Unidos
continúe intentando consolidar su hegemonía global unilateral.
En esa ocasión,
concluí sugiriendo que la democracia se estaba convirtiendo,
como no
lo era hace mucho tiempo, en una amenaza para el capitalismo.
A pesar
de todo lo que nos han dicho sobre la “globalización”
y la
decadencia del Estado-nación, el capital global depende más que
nunca de
un sistema global de múltiples estados locales. De modo que
las
luchas locales y nacionales por una democracia real y un verdadero
cambio
del poder de clase –tanto al interior como fuera del Estado–
pueden
plantearle una amenaza real al capital imperialista. Alguien en
la
audiencia preguntó: ¿por qué el capitalismo no puede continuar tolerando
este tipo
de democracia formal con la que ha estado conviviendo
durante
un largo tiempo en el mundo del capitalismo avanzado? ¿Por
qué
debería esto plantear algún peligro real para el capitalismo global?
El
interrogante realmente no era irrazonable. Por el contrario, la
historia
de la democracia moderna, especialmente en Europa occidental
y EE.UU.,
ha sido inseparable del capitalismo. Sin embargo, esto ha sido
* Profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de York,
Toronto, Canadá.
** Traducción de Atilio A. Boron.
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así
solamente porque el capitalismo ha creado una relación enteramente
nueva
entre poder político y económico, que torna imposible que la dominación
de clase
se mantenga coexistiendo con los derechos políticos universales.
Es el
capitalismo el que hizo posible una democracia limitada,
“formal”
antes que “sustantiva”, algo que nunca fue factible con anterioridad.
Y es por
esto que el capital ha podido tolerar algún tipo de democracia.
Mi
objetivo en esa conferencia no era afirmar que el capitalismo no
puede
tolerar la democracia formal –aunque no deberíamos desestimar
los
ataques contra las libertades civiles que están teniendo lugar precisamente
ahora en
EE.UU. Aquello que pretendía y pretendo subrayar aquí
es que en
las condiciones del capitalismo global actual y del nuevo imperialismo,
la
democracia puede amenazar con convertirse en algo más que
un
régimen meramente formal. Para explicarme retomaré brevemente un
argumento
sobre la relación entre el capitalismo y la democracia que aparece
en mi
libro
Democracia contra capitalismo
(2000).
Me
interesa dejar en claro desde el principio que, para mí, el capitalismo
es –en su
análisis final– incompatible con la democracia, si por
“democracia”
entendemos, tal como lo indica su significación literal, el
poder
popular o el gobierno del pueblo. No existe un capitalismo gobernado
por el
poder popular en el cual el deseo de las personas se privilegie
por
encima de los imperativos de la ganancia y la acumulación, y en el que
los
requisitos de la maximización del beneficio no dicten las condiciones
más
básicas de vida. El capitalismo es estructuralmente antitético respecto
de la
democracia, en principio, por la razón histórica más obvia: no ha
existido
nunca una sociedad capitalista en la cual no se le haya asignado a
la
riqueza un acceso privilegiado al poder. Capitalismo y democracia son
incompatibles
también, y principalmente, porque la existencia del capitalismo
depende
de la sujeción a los dictados de la acumulación capitalista y
las
“leyes” del mercado de las condiciones básicas de vida y reproducción
social
como condición irreductible contraria al ánimo democrático. Esto
significa
que el capitalismo necesariamente sitúa cada vez más esferas
de la
vida cotidiana por fuera del parámetro según el cual la democracia
debe
rendir cuentas de sus actos y asumir responsabilidades. Toda práctica
humana
que pueda ser convertida en mercancía deja de ser accesible
al poder
democrático. Esto quiere decir que la democratización debe ir de
la mano
de la “desmercantilización”. Pero desmercantilización significa,
por
definición, el final del capitalismo.
Esta es
mi posición y quiero dejarla aquí asentada con claridad.
Sin
embargo, en nuestros días solemos usar la palabra “democracia” en
un
sentido diferente al hasta aquí expresado, y el capitalismo es el que
ha hecho
esta redefinición posible en la teoría y en la práctica. De modo
que
permítanme unas palabras sobre este proceso de redefinición.
En primer
lugar, simplemente diré una o dos palabras sobre el
tratamiento
más usual del término democracia. Todos estamos fami-
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liarizados
con los usos más defectuosos –aquel que, por ejemplo, admite
que el
gobierno de EE.UU. considere al Chile de Augusto Pinochet
como un
régimen más democrático que el Chile presidido por Salvador
Allende,
presidente popularmente electo. Quiero agregar un comentario
acerca de
las definiciones más benignas sobre la democracia: aquellas
nociones
convencionales que tienden a identificar la democracia con el
constitucionalismo,
la protección de las libertades civiles y un gobierno
limitado
–la clase de nociones que frecuentemente son descriptas como
derechos
democráticos. Ahora bien, estas son todas concepciones pertinentes
ante las
cuales nosotros, los socialistas, deberíamos estar mucho
más
atentos de lo que frecuentemente hemos estado en el pasado. Pero
el demos, como poder popular, ha estado
visiblemente ausente de esta
definición
de democracia. En realidad, no existe inconsistencia fundamental
alguna
entre el gobierno constitucional, las normas del Estado
de
Derecho y las reglas de las clases propietarias.
El punto
central de esta definición de democracia es limitar el
poder
arbitrario del Estado a fin de proteger al individuo y la “sociedad
civil” de
las intervenciones indebidas de aquel. Pero nada se dice
sobre la
distribución del poder social, es decir, la distribución de poder
entre las
clases. En realidad, el énfasis de esta concepción de democracia
no lo
encontramos en el poder del pueblo sino en sus derechos
pasivos;
dicha concepción no señala el poder propio del pueblo como
soberano
sino que, en el mejor de los casos, apunta a la protección de
derechos
individuales contra la injerencia del poder de otros. De tal
modo,
esta concepción de democracia focaliza meramente en el poder
político,
abstrayéndolo de las relaciones sociales, al tiempo que apela a
un tipo
de ciudadanía pasiva en la cual el ciudadano es efectivamente
despolitizado.
Por
ejemplo, podemos considerar los discursos de los gobiernos
de las
sociedades capitalistas avanzadas –Gran Bretaña, EE.UU.– sobre
las
reformas democráticas, cuando estas tienden a restringir los derechos
de los
sindicatos. Los representantes de estos gobiernos dicen estar
defendiendo
los derechos democráticos de los individuos contra la opresión
colectiva
(ejercida por el sindicato). En este sentido, recuerdo vívidamente
cómo,
durante la huelga de mineros británicos a mediados de
los
ochenta, el Partido Laborista atacó a los mineros como si ellos fueran
enemigos
de la democracia, esencialmente porque sus acciones eran “excesivamente”
políticas.
La política es algo que hacen los representantes
elegidos
en el Parlamento. Los individuos privados se comprometen políticamente
sólo en
el momento en que votan. Los trabajadores y los sindicatos
deberían
apegarse a sus propias esferas de incumbencia y a sus
contiendas
“industriales” en sus lugares de trabajo. En este marco, aun el
derecho a
votar no es concebido realmente como un ejercicio activo del
poder
popular, sino como la ejecución de un derecho pasivo más.
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De una
manera u otra, entonces, las concepciones dominantes
de
democracia tienden a reemplazar la acción política con ciudadanía
pasiva;
enfatizar los derechos pasivos en lugar de los poderes activos;
evitar
cualquier confrontación con concentraciones de poder social,
particularmente
con las clases dominantes; y, finalmente, despolitizar
la
política. Para dar cuenta de cómo sucedió esto, trataré de sintetizar
el relato
de una larga historia.
Comencemos
por retomar la idea original griega de “democracia”.
Tomemos,
por ejemplo, la definición de Aristóteles: democracia es una
constitución
en la cual “los nacidos libres y pobres controlan el gobierno
–siendo
al mismo tiempo una mayoría”. El filósofo griego distinguió a
la
democracia de la oligarquía, definiendo a la segunda como el régimen
de
gobierno en el cual “los ricos y bien nacidos controlan el gobierno
–siendo
al mismo tiempo una minoría”. El criterio social –pobreza en
un caso,
riqueza y nobleza en el otro– juega un papel central en ambas
definiciones
y es preponderante aun respecto del criterio numérico.
Un
antiguo historiador ha incluso sugerido que, al menos para
sus
oponentes (quienes pudieron aun haber inventado el término), la
democracia
significó algo análogo a la “dictadura del proletariado”, en
un
sentido peyorativo del término. Por supuesto, él no quiso decir que
en la
antigua Grecia existía un proletariado en el sentido moderno del
término.
Específicamente, a lo que apuntaba era a remarcar que, para
los
oponentes de la democracia, esta forma del poder del pueblo era una
forma de
dominación ejercida por la gente común sobre los aristócratas.
En otras
palabras, esto implicaba la sujeción de la elite a la masa.
Por
supuesto, en este tramo, debemos decir que es complejo
aplicar
la palabra democracia a una sociedad con esclavitud en gran
escala y
en la cual las mujeres no tenían derechos políticos. Pero es
importante
comprender que la mayoría de los ciudadanos atenienses
trabajaban
para vivir, y trabajaban en ocupaciones que los críticos de
la
democracia consideraban como vulgares y serviles. La idea de que la
democracia
consistió en el imperio de una clase ociosa que dominaba
a una
población de esclavos es sencillamente errónea. Este fue el punto
central
de la oposición antidemocrática. Los enemigos de la democracia
odiaban
este régimen sobre todo porque otorgaba poder político al
pueblo
formado por trabajadores y pobres.
En
realidad, podríamos decir que el tópico que dividía a los sectores
democráticos
de los antidemocráticos era si la multitud o el pueblo
trabajador
debían tener derechos políticos, ya que se dudaba de
que tales
personas fueran capaces de elaborar juicios políticos. Este es
un tema
recurrente no sólo en la antigua Grecia, sino también en los
debates
sobre la democracia a lo largo de la mayor parte de la historia
occidental.
La pregunta constante de los críticos de la democracia era
básicamente
la siguiente: si quienes necesitan trabajar para vivir po-
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seen el
tiempo suficiente para reflexionar sobre política; pero, además,
si
aquellos quienes nacieron con la necesidad de trabajar para sobrevivir
pueden
ser lo suficientemente libres de mente o independientes
de
espíritu como para realizar juicios políticos. Para los atenienses
democráticos,
por otro
lado, uno de los principios primordiales de la democracia
se
sustentaba en la capacidad y el derecho de tales personas
para
realizar juicios políticos y hablar sobre ellos en asambleas públicas.
Ellos
incluso tenían una palabra para esto,
isegoria, que significa
“igualdad”
y “libertad” de expresión (y esta última no sólo en el sentido
en que
nosotros la entendemos en la actualidad).
Esta idea
distintiva que trascendió de la democracia griega, sin
embargo,
no encuentra paralelo en nuestro propio vocabulario político.
Nótese,
por ejemplo, la diferencia entre la antigua idea de ciudadanía
activa y
la actual variante más pasiva que vengo desarrollando. Incluso,
la noción
de libertad de expresión como nosotros la conocemos tiene
que ver
con la ausencia de interferencias en nuestro derecho de difundir
nuestras
opiniones. La noción de igualdad de expresión, tal como
la
entendían los atenienses, se relacionaba con el ideal de participación
política
activa de pobres y trabajadores. De modo que la idea griega
de
igualdad de expresión sintetiza las principales características de la
democracia
ateniense: el énfasis en una ciudadanía activa y su enfoque
sobre la
distribución del poder de clase.
Ahora
bien, las objeciones hechas por los antiguos antidemocráticos
fueron
reiteradas una y otra vez en los últimos siglos. En este sentido,
la
democracia continuó siendo sencillamente una mala palabra entre las
clases
dominantes. La pregunta entonces es: ¿cómo la democracia dejó
de ser
una mala palabra, aun entre las clases dominantes? Y seguidamente:
¿cómo se
tornó posible, tanto como necesario, incluso para esas
clases
dirigentes, el hecho de reivindicarse como democráticas?
Obviamente,
una de las principales respuestas se relaciona con
las
luchas populares que eventualmente hicieron imposible continuar
negando
derechos políticos primordiales a las masas, y particularmente
a la
clase trabajadora. Una vez que esto sucedió, las clases dominantes
tuvieron
que adaptarse a las nuevas condiciones, tanto política como
ideológicamente.
Con el inicio de las campañas electorales de masas de
fines del
siglo XIX, los antidemocráticos difícilmente podían ser abiertamente
honestos
respecto de sus sentimientos anti-populares. ¿Qué
candidato
podía decir a sus votantes que los consideraba demasiado
estúpidos
e ignorantes como para elegir por ellos mismos qué era lo
mejor en
política, y que sus demandas eran tan absurdas como peligrosas
para el
futuro del país?, se preguntaba Eric Hobsbawm (1988). Así
que,
repentinamente, todos eran democráticos.
Sin
embargo, hay más en esta historia. Mucho ocurrió antes del
siglo XIX
que habilitó la posibilidad de esta nueva estrategia ideológica.
Página 400
Existieron
cambios materiales y estructurales que modificaron el significado
y las
consecuencias de la democracia. Precisamente estos cambios
aseguraron
que, cuando la democratización moderna tuvo lugar –especialmente
bajo la
forma del sufragio universal–, esta no representara
tanta
diferencia como la que podría haber provocado previamente, o
como
quienes lucharon por ella hubieran esperado. Como trataré de explicar,
el
capitalismo posibilitó que los derechos políticos se convirtieran
en
universales sin afectar fundamentalmente a la clase dominante.
Consideremos
las implicancias de la democracia en el mundo
antiguo.
En cada sociedad previa al desarrollo del capitalismo, dondequiera
que la
explotación haya existido, fue alcanzada por lo que Marx
llamó
“medios extra-económicos”. En otras palabras, la capacidad de
los
productores directos de extraer plusvalía dependió en una forma u
otra de
la coerción directa ejercida por la superioridad militar, política
y
jurídica de la clase explotadora. En muchas de estas sociedades, los
campesinos
fueron los principales productores directos, y continuaron
con la
posesión de los medios de producción, como la tierra. Las clases
dirigentes
los explotaban esencialmente mediante la monopolización
del poder
político y militar, a veces con la mediación de alguna clase
de Estado
centralizado que cobraba impuestos a los campesinos, o incluso
mediante
alguna otra clase de poder militar y jurisdiccional que
les
permitía extraer plusvalía de estos por su condición dependiente de
sirvientes
o peones que los obligaba a aceptar un decomiso en la forma
de renta
para sus señores. En otras palabras, el poder económico y el
político
se fusionaban, y hubo siempre una división, más o menos clara,
entre
dirigentes y productores, entre quienes detentaban el poder político
y los que
componían la sociedad trabajadora.
Pero en
la antigua democracia ateniense, los campesinos y otros
productores
directores
participaban del poder político, y esto debilitaba
drásticamente
el poder de explotación de los ricos o clases apropiadoras.
En esta
democracia, las clases productoras no sólo tenían derechos políticos
sin
precedentes sino que también, y por la misma razón, disfrutaban
de un
cierto grado de libertad –igualmente sin antecedentes– respecto de
la
explotación por medio de impuestos y renta. Entonces, la importancia
de la
democracia era económica al mismo tiempo que política.
Todo esto
cambió con el desarrollo del capitalismo. La capacidad
de
explotación de los capitalistas no depende directamente de su poder
político
o militar. Ciertamente, los capitalistas necesitan del sustento
del
Estado, pero sus poderes de extracción de plusvalía son puramente
económicos:
los trabajadores desposeídos de la propiedad de sus medios
de
producción están forzados a vender su fuerza de trabajo por un
salario
para lograr acceder a dichos medios y procurar su subsistencia.
El poder
político y el económico no están unidos de la misma forma en
que lo
estaban previamente.
Página 401
Desde
entonces y hasta ahora existe una esfera económica distintiva,
con su
propio sistema de compulsión y coerción, sus propias
formas de
dominación, su propias jerarquías. El capital, por ejemplo,
controla
el lugar de trabajo y tiene un manejo sin precedentes del proceso
laboral.
Y, por supuesto, existen las fuerzas del mercado, mediante
las cuales
el capital localiza el trabajo y los recursos. Ninguno de estos
elementos
está sujeto al control democrático o a la rendición de cuentas.
La esfera
política concebida como el espacio donde las personas se
comportan
en su carácter de ciudadanos –antes que como trabajadores
o
capitalistas– está separada del ámbito económico. Los individuos
pueden
ejercitar sus derechos como ciudadanos sin afectar demasiado
el poder
del capital en el ámbito económico. Aun en sociedades capitalistas
con una
fuerte tradición intervencionista del Estado, los poderes
de
explotación del capital suelen quedar intactos por la ampliación de
los
derechos políticos.
Es
evidente entonces, que la democracia en las sociedades capitalistas
significa
algo muy diferente de lo que representó originariamente
–no
simplemente porque el significado de la palabra ha cambiado,
sino
porque también lo hizo el mapa social en su totalidad. Las relaciones
sociales,
la naturaleza del poder político y su relación con el poder
económico,
y la forma de la propiedad han cambiado. Ahora es posible
tener un
nuevo tipo de democracia que está confinada a una esfera puramente
política
y judicial –aquello que algunos denominan democracia
formal–
sin destruir los cimientos del poder de clase. El poder social
ha pasado
a las manos del capital, no sólo en razón de su influencia
directa
en la política, sino también por su incidencia en la fábrica y en
la
distribución del trabajo y los recursos, así como también vía los dictados
del
mercado. Esto significa que la mayoría de las actividades de
la vida
humana quedan por fuera de la esfera del poder democrático y
de la
rendición de cuentas.
Todas
estas transformaciones, por supuesto, no sucedieron de
la noche
a la mañana, y el proceso no tuvo una evolución natural e
inevitable.
Fue desafiado a cada paso del camino. En aquellos primeros
años del
capitalismo no era tan claro que los efectos del poder político
de las
clases dominadas estarían al final tan limitados. Hacia el siglo
XVII y
aún en el siglo XVIII, muchos de los temas básicos, especialmente
vinculados
con los derechos de propiedad, todavía no estaban
resueltos
o eran fervientemente desafiados. La masa de la población no
era aún
un proletariado desposeído sujeto al mero poder económico del
capital.
Los grandes propietarios todavía dependían mucho del control
del
Estado para sostener el proceso de acumulación de la tierra, la expropiación
de los
pequeños productores, la extinción de los derechos
consuetudinarios
de la gente y la redefinición misma del derecho de
propiedad.
En aquellos días, la soberanía popular podría haber mar
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cado una
diferencia mucho más amplia que la que puede lograr en la
actualidad.
En aquel entonces, todavía parecía esencial para la clase
dirigente
–y en verdad lo era– mantener la antigua diferenciación entre
gobernantes
y productores; entre explotadores, políticamente privilegiados,
y clases
explotadas, sin derechos políticos.
De todas
formas, a mediados del siglo XIX, cuando el desarrollo
del
capitalismo fue mucho más avanzado en Gran Bretaña, la contienda
por el
voto fue una parte importante de las luchas de la clase trabajadora
–especialmente
para los cartistas en Inglaterra. Pero lo más interesante
fue que,
después del intento frustrado del Cartismo, la pelea por
los
derechos políticos o democráticos dejó de ser central para las luchas
de la
clase trabajadora. Esto no quiere decir que la lucha política fue
abandonada
por completo, pero los movimientos de la clase trabajadora
dirigieron
cada vez en mayor medida su atención a las luchas en el
espacio
industrial. Ciertamente, en parte debido a la represión ejercida
por el
Estado. Sin embargo, a mi juicio, existe una razón estructural más
profunda.
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el mapa social había
cambiado
ya lo suficiente como para transformar las reglas de la política.
Para
entonces, la cuestión de la propiedad se había resuelto a favor
del
capital, y existía en Inglaterra una masa proletaria de trabajadores
–sin
propiedad. Adicionalmente, el capitalismo industrial había avanzado
lo suficiente
como para que el capital ganara control en el lugar
de
trabajo y en el proceso laboral. En otras palabras, la conformación
de una
esfera económica más o menos separada con su propio sistema
de poder
se había realizado. De modo que el tema primordial para la
clase
trabajadora parecía estar concentrado en la producción. Cuando
finalmente
apareció el sufragio, podríamos decir que fue un momento
de
anticlímax. A su vez, suele decirse que las revoluciones modernas no
han
tenido lugar en este tipo de capitalismo industrial avanzado, donde
el centro
de la oposición se ha trasladado al lugar del trabajo y el Estado
tiene la
apariencia de “neutralidad”, sino en lugares donde el Estado es
todavía
muy claramente un instrumento de explotación.
Hasta
aquí describí principalmente el caso británico, como primer
sistema
de capitalismo industrial con un proletariado masivo. Pero
el caso
de EE.UU. es especialmente singular e importante para entender
qué
sucedió con el concepto moderno de democracia. En EE.UU.,
por razones
históricas muy específicas, los derechos políticos fueron
distribuidos
más ampliamente y mucho antes en el proceso de desarrollo
capitalista,
incluso con anterioridad al surgimiento de un proletariado
masivo.
Cuando la Constitución de EE.UU. se redactó, las clases
propietarias
eran conscientes de los peligros de la extensión de los
derechos
políticos, pero las viejas estrategias aplicadas por otras clases
dirigentes
ya no podían ser utilizadas. La existencia de un cuerpo
ciudadano
activo surgido del período colonial y de la Revolución tor
 
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naba
imposible la opción de negar al pueblo sus derechos políticos en
la nueva
Constitución; no podía mantenerse nada parecido a la antigua
separación
entre dirigencia y productores, entre una elite políticamente
privilegiada
y una masa sin opción al voto.
Las
clases propietarias adoptaron una estrategia diferente, una
estrategia
ideológica y constitucional que hiciera mucho más factible
limitar
el daño que ocasionaría la extensión de los derechos políticos.
Precisamente
esta estrategia ha tenido profundos y duraderos efectos
en
nuestra moderna definición de democracia.
Los
padres fundadores de EE.UU. redefinieron la democracia.
Efectivamente,
redefinieron sus dos componentes esenciales –el
demos
o pueblo
y el
kratos o poder. El demos perdió su significado de clase y
se
convirtió en una categoría política antes que social. Y el
kratos fue
compatibilizado
con la
alienación del poder popular; es decir, fue convertido
en lo
opuesto a lo que significaba para los antiguos atenienses.
Aun
cuando dejáramos a un lado la exclusión de esclavos y mujeres,
la
redefinición estadounidense de democracia implicó
diluir el poder
popular,
incluyendo el poder de los ciudadanos varones quienes constituían
el pueblo
o la nación política.
Permítanme,
en esta instancia, dejar algo bien en claro. En realidad,
a los
padres fundadores de la Constitución norteamericana les
desagradaba
la democracia y no querían construir una. En rigor, ellos
diferenciaban
claramente su “república” de la democracia tal como era
entendida
convencionalmente. Sin embargo, la injerencia de elementos
más
democráticos influyó en el debate y los forzó a una mutación retórica;
así es
que en ocasiones ellos denominaban a su república como
una
“democracia representativa”. En esta nueva concepción de democracia,
el demos o “pueblo” era crecientemente
despojado de su significado
social.
Las nuevas condiciones históricas hicieron posible dotar
al
“pueblo” de un significado puramente político. El pueblo ya no era
la gente
común, los pobres, sino un cuerpo de ciudadanos que gozan
de
ciertos derechos civiles comunes. La particular definición de representación
del
pueblo buscó expandir la distancia entre la ciudadanía y
el poder,
actuar como filtro entre las personas que accedían al estatus
de
ciudadano y pasaban a conformar el pueblo y el Estado, e incluso
identificar
la democracia con el gobierno o mandato de los ricos –como
por
ejemplo lo hizo Alexander Hamilton cuando argumentó contra la
representación
“actual” e insistió en que los comerciantes eran los representantes
naturales
de los artesanos y trabajadores.
De modo
que los padres fundadores norteamericanos crearon un
ciudadanía
pasiva, una colección de ciudadanos –“el pueblo”– concebida
como una
masa de individuos atomizados –no como una categoría
social
como el
demos ateniense, sino como un grupo de individuos aislados
con una
identidad política divorciada de sus condiciones socia-
  
Página 404
les,
especialmente en lo que se refiere a su pertenencia de clase. Las
elecciones
se transformaron en el “todo” –las elecciones en donde cada
individuo
actúa solo, no únicamente en términos de privacidad sino
también
en lo que hace al aislamiento respecto de todos los demás. En
tal
circunstancia, el voto individual reemplaza cualquier tipo de poder
colectivo.
Esto es también, sin duda, lo que los gobiernos han tratado de
lograr
con sus propuestas de reformas sindicales. Si los sindicatos deben
existir,
es mejor que estén formados por miembros aislados, sin contacto
entre sí,
en lugar de miembros que ejercen su poder como colectivo.
De manera
que en EE.UU. se inventó una nueva concepción de
democracia,
formada por muchos individuos particulares y aislados
que
renunciaban a su poder para delegarlo en alguien más y disfrutar
en forma
pasiva de ciertos derechos cívicos y libertades básicas. En
otras
palabras, ellos inventaron un concepto de ciudadanía pasiva, nosocial
e incluso
despolitizada. Pero, al menos, la democracia era definida
todavía
como el gobierno del pueblo (gobierno “del, por y para el
pueblo”),
aun cuando el pueblo se había convertido en una categoría
social
neutra y su gobierno era sumamente débil e indirecto. En el siguiente
siglo,
habría otros desarrollos del concepto de democracia.
Lo que
observamos en el siglo XIX es la creciente identificación
de la
democracia con el liberalismo, la creciente tendencia a cambiar
el foco
de discusión sobre la democracia de la idea de poder popular
hacia la
clase de límites constitucionales y derechos pasivos ya mencionados
anteriormente.
Estos derechos y límites son, como dije, valiosos
en sí
mismos, pero no son por sí mismos necesariamente democráticos.
A lo que
me refiero aquí es a la estrategia ideológica de reducción e
identificación
de la democracia con estos límites y derechos liberales.
Precisamente
con esta estrategia aparece toda una nueva historia de la
democracia
que, en lugar de trazar el progreso del poder popular, orienta
y convoca
nuestra atención hacia algo diferente.
En el
siglo XIX, la democracia fue tratada como una ampliación
de los
principios constitucionales antes que como una expansión del
poder
popular. Se trataba de una disputa entre dos principios políticos
y no del
resultado de una lucha de clases o entre fuerzas sociales –señores
versus
campesinos, capital versus el trabajo.
Por
ejemplo, el gran pensador liberal, John Stuart Mill, describió
el
progreso político en términos del conflicto entre autoridad y libertad
o bien
como aquello que en ocasiones él llamó el dominio de la violencia
versus el
dominio de la ley o la justicia. No se trataba de la disputa
entre
ricos y pobres o entre explotadores y clases explotadas. En estas
historias,
el énfasis no está puesto en el ascenso de la gente común, el
demos, a altos niveles de poder social.
Por el contrario, el acento está
puesto en
la limitación del poder político y la protección contra la tiranía,
y en la
creciente liberación del ciudadano individual respecto del
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Estado,
las regulaciones comunales y las identidades y lazos tradicionales.
Los
héroes en estas historias no son quienes han luchado por el
poder de
la gente (los
levellers, los chartists, los sindicatos, los socialistas,
etcétera).
En su lugar, nuestros héroes pertenecen a las clases
propietarias,
quienes concibieron para nosotros nuestra Carta Magna
–la tan
mentada Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra– y la Constitución
de EE.UU.
Es cierto
que, especialmente desde la Segunda Guerra Mundial,
las
sociedades capitalistas avanzadas –algunas más que otras– han
agregado
una nueva dimensión a la idea de democracia, bajo la forma
de
asistencia social. Algunas personas aún hablan acerca del desarrollo
de los
derechos sociales y de una “ciudadanía social”. Así pues, si bien
este
hecho ha sido de gran importancia para corregir el daño causado
por el
capitalismo, a los fines de nuestra exposición nos interesa señalar
que
incluso esta ciudadanía social es concebida en términos de derechos
pasivos.
Nuevamente,
todos estos cambios en el concepto de democracia
fueron
posibles por las características del capitalismo, la particular
relación
entre capital y trabajo, y la también específica relación capitalista
entre las
esferas económica y política. Entonces, ¿dónde estamos
parados
en la actualidad? Pues bien, los movimientos anticapitalistas
actuales
han instalado la democracia en el centro de sus debates en
una forma
que no ha sido siempre verdaderamente de izquierda. Y esta
identificación
del anticapitalismo con la democracia parece sugerir que
estos
movimientos reconocen una contradicción fundamental entre capitalismo
y democracia,
pero esto no significa lo mismo para todos.
Por un
lado, por ejemplo, están aquellos para quienes la democracia es
compatible
con un capitalismo reformado, en el cual las grandes corporaciones
son
socialmente más conscientes y rinden cuentas a la voluntad
popular,
y donde ciertos servicios sociales son cubiertos por instituciones
públicas
y no por el mercado o, por lo menos, son regulados por
alguna
agencia pública que debe rendir cuentas. Esta concepción puede
ser menos
anticapitalista que anti-neoliberal o anti-globalización. Por
otro
lado, están aquellos que creen que, aun cuando es siempre crucial
luchar
por cualquier reforma democrática posible en la sociedad capitalista,
el
capitalismo es en esencia incompatible con la democracia
–personalmente
me sitúo en esta última perspectiva.
Existe
otro problema adicional. Muchos desde la izquierda anticapitalista
creen que
el viejo terreno de las luchas políticas ya no
está en
juego a causa de la globalización. El Estado-nación, que solía
ser la
arena principal de las políticas democráticas, está abriéndose
camino a
la globalización, de modo que tendríamos que encontrar
alguna
otra posibilidad de oponernos al capital –si es que cabe pensar
en esta
posibilidad.
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El
planteo más reciente en este sentido es el desarrollado por
Hardt y
Negri en su libro
Imperio (2002). Ellos nos dicen que el poder
del
capital imperial está en todas partes y en ninguna. El Imperio, dicen,
es un
“no-lugar”. Y debido a que no hay puntos tangibles de concentración
del poder
capitalista, no puede existir realmente un contrapoder.
En este
sentido es que tenemos que pensar en políticas de oposición
en
términos diferentes, aunque lo que esto pueda significar los autores
nunca lo
dejan del todo claro.
Hardt y
Negri son mucho más específicos en lo que respecta al
tipo de
luchas que no creen posibles, y entre ellas incluyen los conflictos
locales y
nacionales, las luchas de los movimientos de trabajadores y algunas
otras.
Mucha gente que integra el movimiento anticapitalista ve
en Imperio un manifiesto optimista para sus
políticas, pero a mi juicio
se trata
justamente de todo lo contrario. En mi opinión, esta obra parece
expresar
un profundo pesimismo sobre la posibilidad de una lucha
democrática
y anticapitalista. Creo que están equivocados. Es simplemente
falso que
no existan puntos tangibles de concentración del poder
capitalista.
No es verdad que el estado territorial que conocimos se
encuentre
en declinación frente a la economía global. Por el contrario,
creo que
el capital depende más que nunca de un sistema de estados
locales
que administren el capitalismo global.
El
problema del Estado en el capitalismo internacional es más
complicado
dado que el capitalismo global no posee un Estado internacional
que lo
sustente y, hasta el momento, tampoco creo que construya
tal
Estado. La forma política de la globalización no es un Estado internacional
sino un
sistema de varios estados nacionales; de hecho, considero
que la
esencia de la globalización es una creciente contradicción
entre el
alcance global del poder económico capitalista y el mucho más
limitado
alcance de los estados territoriales que el capitalismo necesita
para
sostener las condiciones de acumulación. Precisamente esta contradicción
también
es posible y necesaria por aquella división propia
del
capitalismo entre economía y política.
En
resumidas cuentas, mi argumento sostiene que lo que estamos
presenciando
en el nuevo imperialismo norteamericano es un esfuerzo
continuo
por lidiar con la contradicción entre la esfera de acción
del poder
económico y la continua dependencia del capital de un sistema
global de
estados territoriales. Esto representa, sin lugar a dudas,
un
peligro para el mundo en su conjunto, pero a la vez nos habla de algo
más.
Hasta aquí he explicado qué hace al capitalismo compatible con
cierta
clase de democracia, y qué hace posible que las clases dominantes
acepten
este tipo de régimen –el hecho de la separación de las esferas
política
y económica. Esta situación ha hecho posible la tolerancia
de los
partidos de la clase trabajadora en la política, incluso sin haber
estado
nunca las clases dominantes de acuerdo con esta idea. Pero ade
 
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más
sostuve que esta vieja separación ha sido desbaratada porque el
capital
internacional necesita del Estado más que nunca para organizar
los
circuitos económicos que el capital no puede manejar por sí mismo.
Porque el
capital depende, tal vez hoy más que nunca, de un sistema
global de
estados, las luchas verdaderamente democráticas –entendidas
como
contiendas para cambiar el balance de poder de clase tanto
dentro
como fuera del Estado– pueden llegar a tener un efecto mucho
mayor que
en épocas anteriores.
BIBLIOGRAFÍA
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1986
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Hamilton,
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La era del imperio: 1875-1914
(Barcelona: Labor).
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Democracia contra
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del materialismo histórico (México DF:
Siglo XXI).