Buenos Aires, 30 de Mayo de 2014.
Oscar López Rivera, en la cárcel, con la bandera de Puerto Rico

(Por Atilio A. Boron) La prensa del establishment en las Américas y Europa hace meses viene exaltando
la figura de Leopoldo López Mendoza, líder del partido Voluntad Popular (un 1 %
en las últimas elecciones municipales venezolanas) como la de un virtuosos estadista
opositor,  mañosamente encarcelado por el
gobierno de Nicolás Maduro. Pero la verdad es otra: López Mendoza es cualquier
cosa menos un disidente democrático. Es el líder de una facción sediciosa de la
derecha venezolana –entre cuyos dirigentes se encuentra la impresentable María
Corina Machado- que en Febrero de 2014 se propuso alterar por la fuerza el orden
constitucional vigente en su país y derrocar al gobierno venezolano. Los
secuaces de López (la mayoría de ellos mercenarios pagados por Estados Unidos,
según inapelables testimonios que salieron recientemente a la luz) hicieron uso
de cuanta forma imaginable de violencia, desde incendios de edificios y medios
de transporte públicos y privados, ataques violentos a universidades y centros
de salud, erección de guarimbas, apaleamiento de chavistas y asesinatos. Como
producto de estos desmanes perdieron la vida casi medio centenar de personas,
la mayoría de ellas chavistas o personal de las fuerzas de seguridad del estado.
López Mendoza fue arrestado por la comisión de estos crímenes, incluyendo
varios casos de homicidio. Antes que un disidente detenido por sus ideas o
proyectos políticos el personaje de marras es un delincuente que ha perpetrado
crímenes que en cualquier estado se purgan con extensas condenas y, en algunos
países, con la pena de muerte. [1] 
Leopoldo López Mendoza en amable conversación con el narcopolítico colombiano Álvaro Uribe Vélez

Sin embargo, para la prensa del sistema López es un héroe,
un demócrata perseguido por una feroz tiranía que en Venezuela habría
conculcado todas las libertades. Si este personaje hubiera hecho en Estados
Unidos lo que hizo en su patria habría sido encerrado de por vida en una cárcel
de máxima seguridad. Eso precisamente es lo que le ocurrió a otro López, Oscar
López Rivera, patriota independentista puertorriqueño y, por eso mismo,
nuestroamericano, que por mucho menos de lo que hiciera el “López malo”  lleva 33 años de prisión en las cárceles norteamericanas.
Para las rameras mediáticas del imperio este López, el bueno, no merece ni una
línea: a su injusto encarcelamiento se le agrega el cotidiano castigo del
silencio y el sistemático ninguneo de su condición. ¿Qué hizo López Rivera? [2]
Según la acusación que lo llevó a la cárcel: conspirar contra el gobierno de
Estados Unidos en su calidad de integrante de las FALN, las Fuerzas Armadas de
Liberación Nacional de Puerto Rico. Como se sabe, esta isla le fue arrebatada a
España, junto con Cuba y Filipinas, con el traidor zarpazo de Washington en la
guerra de 1898 y permanece desde entonces bajo una condición colonial. La
inconmovible adhesión de los boricuas a su lengua, sus costumbres y su cultura
a lo largo de medio siglo hizo que Washington lanzara, 1948 y 1957, una brutal
ofensiva para “norteamericanizar” a ese pueblo rebelde. Accediendo para su
deshonor a una orden de la Casa Blanca la Legislatura puertorriqueña se hundió
en la ignominia al establecer que eran crímenes contra el estado poseer una
bandera de Puerto Rico, cantar canciones patrióticas puertorriqueñas o hablar a
favor de la independencia de la isla. Luego de casi diez años de escarnio esa
política fue abandonada, y la identidad nacional boricua salió fortalecida de
ese agravio. A los 14 años la familia de López Rivera se trasladó a Chicago y
poco después fue  reclutado para ir a la
guerra de Vietnam, de donde regresó condecorado con la Medalla de Bronce. Vinculado
a las FALN, en 1981 cae preso por robo a mano armada, posesión de un arma de
fuego no registrada y transportación a través de una ruta inter-estatal de un
vehículo robado, todo lo cual fue interpretado por la fiscalía como parte de
una “conspiración sediciosa” para expulsar por la fuerza a Estados Unidos de
Puerto Rico. La acusación que sirvió para condenar a López Rivera fue el
estallido de una serie de bombas en el área de Chicago, operación que no dejó
víctimas fatales. Comentando este suceso un editorial del Chicago Tribune de 1980 reconoció que esas bombas “fueron puestas y
programadas para estallar con el sólo fin de dañar propiedades pero no a personas”
y que el objetivo de las FALN era “llamar la atención para su causa más que
derramar sangre.” El castigo que le impuso el juez fue monstruoso: ¡55 años de
cárcel! Para calibrar los escandalosos alcances de la tremenda injusticia que
pasa por “justicia” en Estados Unidos, la sentencia promedio para un homicidio
(que no los hubo en el caso del López bueno) es de 12 años y medio. Pero a
López Rivera le cuadruplicaron la pena y lo condenaron a 55 años de cárcel. En
1999, sigue diciendo Bauer en el reportaje que le hiciera en Mother
Jones
,  el presidente Bill
Clinton ofreció clemencia a López Rivera y otros independentistas que estaban
presos. Este ofrecimiento fue hecho a pesar de las protestas del FBI, la Oficina
del Fiscal General de Estados Unidos, la Oficina Federal de Prisiones de
Estados Unidos y la propia esposa del presidente, Hillary Clinton, conocida
arpía disfrazada de progre y que para terror del planeta aspira a suceder a
Obama en el trono imperial. En un gesto que lo enaltece, y que lo emparenta con
Antonio Gramsci cuando desde la cárcel rechazó la envenenada clemencia que le
ofrecía Mussolini,  López Rivera desechó
el ofrecimiento porque exigía a cambio aceptar otro crimen que no había
cometido, “conspiración para fugarse”, y sancionado con una pena mucho menor.
Por eso hasta hoy sigue en la cárcel. Clinton pudo haberle concedido un perdón
presidencial al terminar su mandato, pero no lo hizo, intimidado por el aparato
represivo de su país y la insaciable sed de sangre de su consorte y que, como
se recordará, estalló en risotadas al enterarse del brutal linchamiento de
Muammar El Gadaffi. Tampoco lo hizo George W. Bush y todo indica que es muy
poco probable que lo vaya  a hacer Barack
Obama, que si quisiera comenzar a ser merecedor del Premio Nobel de la Paz debería
ya perdonar y enviar a su casa a los tres luchadores antiterroristas cubanos (Gerardo
Hernández, Antonio Guerrero y Ramón Labañino) y a López Rivera, todos los
cuales jamás deberían haber sido puestos en prisión por defender tan nobles
causas sin dañar absolutamente a nadie.[3]

Tuvo suerte de haber nacido en Venezuela Leopoldo López. En
Estados Unidos le habrían dado más que 55 años. Lo más probable, dado que con
su accionar fue el autor intelectual de los disturbios que ocasionaron  varias muertes, era que su causa habría sido
caratulada como “conspiración sediciosa seguida de muertes” y que hubiera
terminado sus días recibiendo una inyección letal o enviado a la silla
eléctrica, ante las complicaciones que en los últimos tiempos ha tenido la
primera. Pero está en Venezuela y en lugar de ser un criminal, por la “conspiración
sediciosa seguida de muertes” que el López bueno no hizo pero él sí, los medios
hegemónicos y los políticos e intelectuales “bienpensantes” lo exaltan como un arcángel
de la democracia, un guardián de los valores republicanos y un ejemplo para el
mundo. Por enésima vez se pone de manifiesto toda la hipocresía y el doble
rasero del imperio y sus lenguaraces en América Latina y el Caribe. Tenía razón
Sun Tzu cuando aseguró que “toda guerra se basa en el engaño”. Y dado que
estamos en guerra: terrorismo mediático, complot económico, “golpes blandos”, “smart power” y otras lindezas por el
estilo las mentiras y el engaño están a la orden del día. Por eso el López malo
aparece como un santo y el López bueno, el patriota boricua y nuestroamericano
que brega por la autodeterminación de su pueblo,  permanece en injusta prisión y es invisibilizado
por la “prensa seria y objetiva” durante treinta y tres años. Pero claro,
mientras uno goza de todas las prerrogativas que el imperio le dispensa a sus
peones, el otro es un inclaudicable luchador anti-imperialista sobre el cual
recae no todo el rigor de la ley sino los más bajos instintos de venganza y
escarmiento que se les reserva a quienes tienen la osadía de desafiar la
prepotencia de Estados Unidos.

[1] Ver el análisis que hace Salim Lamrani en “Si la
oposición venezolana fuera francesa …”, en Rebelión, 14 de Abril del 2014. La
legislación estadounidense es aún más dura y contempla, para ciertos casos, la
pena de muerte.
[2] Una información actualizada sobre este caso se
encuentra en la nota de Shane Bauer en Mother Jones del 29 de Mayo del
2014. Puede leerse en
http://www.motherjones.com/politics/2014/05/oscar-lopez-rivera-75-years-seditious-conspiracy
[3] Cabe aclarar que hasta la fecha Washington ha tenido
éxito en evitar que el caso de Puerto Rico sea re-incorporado en la agenda del
Comité de Descolonización de las Naciones Unidas de donde fuera excluido en
1952. De hecho la Corte Suprema de los Estados Unidos estableció que “Puerto
Rico pertenece a, pero no forma parte de los Estados Unidos.
“(You belong to us, but are not part
of us!)
.
Por eso los ciudadanos
puertorriqueños no pueden elegir al presidente de Estados Unidos ni elegir candidatos
para ocupar sus bancas en la Cámara de Representantes o el Senado de Estados
Unidos. Sólo se admite un “comisionado delegado” sin derecho a voto en la
Cámara, no así en el Senado.