2 de Junio

Las diversas encuestas registran un “empate técnico” entre Ollanta Humala y Keiko Fujimori. La tendencia, sin embargo, ha sido la de un crecimiento de Ollanta y un acortamiento de la distancia de unos 4 puntos porcentuales que hace aproximadamente una semana lo separaban de la hija –y heredera política- del dictador Alberto Fujimori. En el curso de esta semana los medios de comunicación peruanos  no pueden dar a conocer los resultados de los sondeos pre-electorales. Sin embargo, algunas filtraciones permiten inferir que hay indicios de que Ollanta habría pasado al frente por un muy escaso margen. El nerviosismo de la conducta de la “comunidad de negocios” del Perú, que al igual que sus homólogas de otras partes del mundo tiene acceso a información que los demás no tienen, parecería responder a esta información. A causa de esto el sol cayó un 0,47 por ciento, a 2,784 soles por dólar mientras que la bolsa limeña registró una baja del 6 por ciento. De todos modos, al reducirse la diferencia a una cifra menor a los dos puntos porcentuales, inferior  al margen de error de cualquier encuesta, es necesario manejar los datos que indican una tendencia con extrema cautela. No es posible todavía sacar conclusiones sobre lo que podría ocurrir el próximo domingo. Queda un 7 por ciento del electorado aún indeciso, y depende de como se comporte será el resultado final del balotaje. Dos factores habrá que tener en cuenta, que pueden ser decisivos: uno que juega a favor de Keiko y otro a favor de Ollanta. Lo primero, ante la cierta posibilidad de que el gobierno de Alan García, fuertemente  identificado con la candidatura del fujimorismo, organice un fraude que termine arrebatándole el triunfo a Humala. Estas son cosas que la derecha sabe hacer muy bien. Lo hizo en México en 1988, contra Cuauhtémoc Cárdenas, y otra vez en el 2006 contra Andrés Manuel López Obrador, para no citar sino los casos más escandalosos. Segundo factor, que actúa a favor de Ollanta: la subrepresentación del voto humalista en las encuestas, producto de la presión mediática que al satanizar al candidato nacionalista hace que quienes estén inclinados a votar por él se abstengan de declararlo. En la Argentina eso ocurrió, durante décadas, con el votante peronista, creando, como en el caso del Perú, una especie de “voto vergonzante” cuyos partidarios, por muy comprensibles razones (temor a represalias, vergüenza por hacer algo que los “ricos, poderosos y cultos” consideraban indigno, etcétera) no querían hacer público y que, por lo tanto, las encuestas no podían recoger. Tengo la impresión de que hay una proporción importante de ese voto en el Perú y que, tal vez, aunque no hay mucha evidencia de la cual aferrarse, pueda irrumpir inesperadamente el próximo domingo. Ollanta en quéchua quiere decir «el guerrero que todo lo ve.» Ojalá haya visto ese electorado latente y en las sombras, porque una victoria del fujimorismo sería un revés muy duro para las luchas emancipatorias de Nuestra América. El domingo se juega mucho más que la presidencia del Perú: se juega una batalla decisiva en un momento en que el imperialismo y la reacción están pasando claramente a la contraofensiva en América Latina y el Caribe, con inusitada agresividad. El triunfo de Ollanta podría marcar un hito anunciando la reversión de esa nefasta tendencia.